G. | Ojalá te lo hubiera dicho | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 250 Seiten

G. Ojalá te lo hubiera dicho


1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-10070-25-7
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 250 Seiten

ISBN: 978-84-10070-25-7
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



*ADVERTENCIA: NO LEAS LA SINOPSIS DE ESTA NOVELA. Es mejor que vayas a ciegas, en serio... Pero si sientes la imperiosa necesidad de hacerlo, aquí la tienes: Me mintió. Y no un par de veces: todo el tiempo. Para ella, yo era el típico Don Popular, el quarterback estrella que reinaba en los partidos de los viernes por la noche. Para mí, ella era la friki gótica que estaba sentada en las gradas y tocaba el clarinete en la banda. Pero, a pesar de lo diferentes que éramos, todas las noches entraba en su dormitorio a través de la ventana, incluso cuando empezamos en la universidad. Era la única persona que me entendía, y no habría podido mantenerme alejado de ella ni aunque hubiera querido. Nuestra conexión fue tóxica y ardiente, y nunca nos atrevimos a apagar las llamas. Nos enamoramos demasiado rápido, demasiado intensamente. Y eso no habría supuesto un inconveniente, de no haber sido porque yo ya estaba saliendo con otra persona: su hermana. *¿Ves? Por eso no deberías haber leído la sinopsis, y deberías haber ido a ciegas. Por desgracia, este es un viaje emotivo a través de un romance con tintes tóxicos que te conducirá a lugares inesperados. A la autora le apetecía escribir algo como esto, así que no digas que no te habíamos avisado de lo que ibas a encontrarte.

Whitney G. (1988, Tennessee, Estados Unidos) es una optimista de la vida obsesionada con los viajes, el té y el buen café. Es autora de varias novelas best seller incluidas en las listas de The New York Times y de USA Today, y cofundadora de The Indie Tea, página que sirve de inspiración para autoras de indie romántico. Cuando no se encuentra hablando con sus lectores a través de su página de Facebook, la podremos encontrar en su web, en su Instagram, en Twitter... Pero si no la vemos en las redes, es porque está encerrada trabajando en una nueva y loca historia... Ojalá te lo hubiera dicho es la nueva novela de Whitney en nuestra colección Phoebe, después del éxito de Una noche y nada más y Turbulencias en 2017; Carter y Arizona en 2018; Mi jefe, Mi jefe otra vez y Dos semanas y una noche en 2019; Sexy, descarado, irresistible, Olvidar a Ethan y El rey de las mentiras en 2020; Fue un martes, Entre tú y yo, Te esperaré todas las noches, Novio por treinta días, Besos a medianoche, Fiesta de empresa y Sin compromiso en 2021; Fue un miércoles y Por supuesto que no es él en 2022 y Te esperaré siempre, Ejecutivo a la carta y Un abogado irresistible en 2024.
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Autoren/Hrsg.


Weitere Infos & Material


1


Yo

«Querida Carly Hills:

Fui yo quien te robó el bolso de Prada durante el viaje de fin de curso. Pero no me llevé nada: lo tiré al río Blackwater porque estaba harta de que me llamaras “Zorra con cara de Miércoles Addams”.

Lo siento.

Bueno, en realidad no, pero ojalá te lo hubiera dicho.

Scarlett».

A mi cita le huele el aliento a Doritos y no del sabor bueno, el ranchero, sino del rancio, tipo nachos con queso, que deberían haber dejado de producir hace décadas.

Está lloviendo, estamos en su coche y no dejo de preguntarme por qué lleva una camiseta con la leyenda «Los colegas van antes que las chicas». También me confunde que me mire con deseo cuando lo único que tenemos en común es el color de ojos.

—Eres muy madura para ir al instituto —dice pasándome los dedos por el pelo—. No esperaba que supieras nada de música clásica.

Sonrío.

—Toco el violín y el clarinete desde los cuatro años.

—Eso es impresionante. —Se acerca un poco más—. Entonces, ¿eso quiere decir que tienes unos dedos superhábiles?

—Supongo que sí.

—Nunca he tocado ningún instrumento, pero apuesto a que te impresionarían mis habilidades punteando tu cuerpo. —¿Por qué ha pronunciado la palabra «cuerpo» como «cueeerrrpooo»?—. Espero que lo hayas pasado bien esta noche. —Me ha salvado de preguntárselo—. Estoy deseando conocerte mejor.

—Yo también. —Asiento, aunque no tengo la más mínima intención de responder a sus llamadas.

Tengo que abandonar de una vez por todas la idea de que los universitarios son «intelectuales y profundos». Es el quinto con el que salgo, y, aunque este no ha intentado lamerme el cuello ni ha tratado de impresionarme con una partida interminable de ping-pong cervecero, su conversación ha sido tan superficial y mundana como la de los demás. Y solo ha hablado de sí mismo.

—Debo irme, en serio. —Me echo hacia atrás—. Tengo clase por la mañana.

—¿Seguro que no quieres que te acompañe? —Se desabrocha el cinturón de seguridad—. No quiero que te resbales con la lluvia.

—No. Tengo que entrar por la puerta de atrás para que mis padres no se despierten y se enteren de que me he saltado el toque de queda.

—Eso es lo bueno de las residencias. —Me da un beso en la frente con olor a rancio—. No hay padres, y a nadie le importa el toque de queda.

—Suena genial.

—Lo es. —Mueve los dedos—. Te llamaré el viernes para mostrarte lo que puedo hacer con estos, ¿vale?

—Claro. —Me juro a mí misma que voy a bloquear su número en cuanto entre—. Estoy impaciente…

Salgo a la lluvia, me despido con un gesto de la mano y echo a andar por el camino de entrada de mi vecino; cuando sus faros desaparecen al doblar la esquina, salto la valla y llego al que es de verdad mi patio trasero. Los truenos resuenan a lo lejos cuando corro hacia la enorme casa del árbol y abro la bolsa de lona que he dejado ahí hace unas horas. Poseída por los nervios, me pongo unos pantalones de chándal por encima de las medias de red y escondo el top negro bajo una sudadera con capucha.

Tengo exactamente quince minutos antes de que mis padres se den cuenta de que el bulto con forma humana que hay en mi cama no es más que un montón de jerséis y sudaderas. Las luces de la cocina se encienden de repente, así que me deslizo detrás del tronco del árbol y, un instante después, veo cómo mi padre va a la nevera, saca una cerveza como si fuera un zombi y se sienta a la isla; abre el portátil y pone los dedos sobre él, lo que me deja claro que va a estar ahí sentado un buen rato.

Mierda.

No hay manera de entrar por la puerta trasera sin que me descubra, y no puedo arriesgarme a que me vuelvan a pillar saliendo sin permiso: ya he pasado demasiado tiempo castigada este año.

Pienso rápido, cojo una piedra y la lanzo contra la ventana del salón. Fallo, así que cojo otra; y otra más. Hacen falta cinco intentos antes de que una dé contra el cristal, rebote e impacte contra un canalón.

Mi padre se levanta inmediatamente y mira a su alrededor.

Vamos. Vamos…

No hace ningún movimiento, así que cojo la piedra más grande que encuentro, la lanzo y en esa ocasión rompo el cristal. Mi padre coge un bate de béisbol y corre hacia el sonido.

¡Por fin!

Voy hacia la casa lo más rápido que puedo, empapándome con la lluvia. Se me engancha la tira de una de las sandalias en una herramienta de jardinería y caigo de bruces al suelo. Dejo escapar un grito de dolor e intento soltármela, pero se ha atascado, así que no me queda más remedio que abandonarla ahí.

Llego al enrejado de acero al que se aferra la hiedra en el lateral de la casa, me agarro a él, trepo hasta el segundo piso y abro la ventana. Utilizando el pie desnudo para mantener el equilibrio, paso el cuerpo por el hueco y caigo al suelo.

—Lo he conseguido. —Dejo escapar un suspiro de alivio—. Lo he conseguido, joder.

Las luces se encienden.

—Juraría que el toque de queda era a las diez, Scarlett —dice mi madre desde la cama—. ¿No hablamos de eso la última vez que te castigué? —Miro el reloj, tentada de decirle que son las nueve y cincuenta y ocho, pero me muerdo la lengua—. También recuerdo haberte dicho que tenías que pedir permiso para salir. —Se cruza de brazos—. La última vez que lo comprobé solo tenías diecisiete años… Y como está claro que no puedo fiarme de ti, no hagas planes para los tres próximos fines de semana. Vendrás con tu hermana y conmigo a Nashville para comprar los vestidos de la graduación.

—¿Por qué no me ahogas en la piscina? —Me tumbo boca arriba—. Sería un castigo menos cruel.

—Qué graciosa, Scarlett.

Suelto un gemido y me levanto. La sola idea de acompañar a mi madre y a mi hermana durante más de una hora ya es suficiente castigo.

Me lanza una toalla seca y se levanta de la cama.

—¿Dónde estabas?

—En una cita —confieso.

—¿En serio? —sonríe—. ¿Y quién es él? O ella.

—Es un universitario, mamá.

—Claro que sí, cariño —resopla—. ¿Estabas con ese amigo tuyo tan rarito? ¿Kaizen?

—Se llama Kevin.

—Eso he dicho. Me gusta mucho, y me encanta que me adore.

Te odia.

—Sí, he salido con Kevin —confirmo, asombrada de que no me conozca en absoluto. Podría contarle punto por punto lo que he estado haciendo los últimos meses y no se creería ni una sola palabra.

A sus ojos, sigo siendo la chica tímida y torpe que prefiere encerrarse en cualquier sitio a tocar música en lugar de hacer nuevos amigos.

—Estaba revisando tu armario hace un rato, y me pregunto si te estás preparando para asistir a un montón de funerales de los que no me he enterado.

—No, mamá —respondo—. Es que me encanta vestir de negro y de gris.

—No me extraña que ningún chico del instituto quiera salir contigo —replica—. Deben de pensar que eres la Reina de la Muerte o algo así… Menos mal que todavía te maquillas poco…

—Gracias, mamá.

Por favor, vete y no me sueltes el discurso sobre lo preciosa que soy…

—Eres una chica preciosa, Scarlett. —Se acerca a mí—. Tienes cerebro y talento, pero me preocupa que acabes vieja, malhumorada y leyendo novelas románticas para excitarte en lugar de experimentar la vida real.

—No es por eso por lo que la gente lee novelas románticas.

—Claro que sí. —Me pone las manos sobre los hombros—. No pueden encontrar hombres en la vida real, así que tienen que recurrir a fantasear con los de ficción. No quiero que seas así. Quiero que encuentres a un tío estupendo que te trate bien, te mantenga y haga que mojes las bragas sin necesidad de pasar las páginas.

—No quiero hablar de sexo contigo. Jamás.

—Podrías tener al chico que quisieras si fueras más como…

—Mi hermana —la interrumpo—. Sí, ya lo sé.

Asiente y me dedica una mirada cargada de comprensión.

—Lo de los tres próximos fines de semana iba en serio. Buenas noches, Scarlett.

—Buenas noches.

Sale al pasillo y cierra la puerta. Me acerco y espero en el silencio, pensando que tal vez, solo tal vez, haya cambiado sus viejas y problemáticas costumbres, pero escucho cómo navega a través de listas de canciones. Luego empieza a hablar con una voz aguda y cantarina.

—Acabo de pillar a una de mis hijas saltándose el toque de queda, así que me he sentado con ella para tener una conversación sincera. Debíamos hablar de su comportamiento, y, aunque he tenido que castigarla, me respetará mucho más como madre por no haberle dado carta blanca. Hablando de «dar carta blanca», cuando se trata de criar adolescentes…

Me pongo los auriculares y me cambio de ropa. Mi madre, antigua bloguera, sigue teniendo la costumbre de crear contenido con cualquier cosa, por mundana que sea. Su vida gira en torno a lo que le reportará más comentarios y likes, y aunque el mundo la conoce como la «Dulce Caroline sureña», una mujer a la que le encanta hacer tartas y que tiene un enfoque de la vida a lo Mary Poppins, maldice como un estibador portuario y es bastante guay. Ah, y lo único que le he visto hacer al horno son galletas...



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