García | Silencio, se rueda | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 160 Seiten

García Silencio, se rueda


1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-17709-76-1
Verlag: Ediciones Oblicuas
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 160 Seiten

ISBN: 978-84-17709-76-1
Verlag: Ediciones Oblicuas
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Román García Cabezas es uno de tantos vagabundos que pueblan la ciudad ganándose la vida como puede, buscando en los Servicios Sociales la oportunidad de incorporarse al mundo laboral y, con ello, a la sociedad que le ha dado la espalda. A raíz de uno de estas propuestas, un día le ofrecen un peculiar trabajo que habrá de cambiarle la vida durante dos meses; se trata de la participación en una película inusual en la cual debe interpretarse a sí mismo. Silencio, se rueda es un relato inteligente, escrito con un estilo sorprendente y de una belleza difícil de hallar en las publicaciones actuales, y que ahonda de manera sutil en cuestiones existenciales como la identidad, la ficción como discurso narrativo de la verdad y otros aspectos de índole sociocultural.

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3


Puse papel de periódico dentro de los zapatos, me calcé y escondí los cartones entre el contenedor y el muro. El camal derecho del pantalón estaba seco, pero se distinguía la mancha de orina; por suerte esta empezaba a medio muslo, demasiado baja para atribuirla a mi incontinencia. Comí un trozo de pan y tres nueces, pegué una meada y eché a andar.

La bibliotecaria me susurró que, como aquella mañana hacía frío, había imaginado que yo pasaría por allí.

—Hace frío para ser mayo —le dije.

—Es la corriente del Golfo. Vaya y busque sus palabras.

Siguiendo las normas que la bibliotecaria había establecido para mi caso, lo primero que hice fue ir al lavabo y lavarme las manos y la cara. Me dirigí hacia los diccionarios enciclopédicos y me llevé a la mesa el tomo que contenía las palabras comprendidas entre «Quim» y «Sona». El reloj de la pared marcaba las nueve y media. Tenía tiempo y dormité algunas páginas sin buscar nada en concreto, porque, a fuerza de frecuentar diccionarios, uno acaba por comprender que buscar es lo contrario de encontrar. Fui correteando entre las voces esperando el encuentro con una palabra que se moviera entre las otras.

Serendipia.

A las once fui a los Servicios Sociales y me senté al lado de Telele.

—¿Han llamado a alguien?

La sala de espera de los Servicios Sociales no tiene ningún encanto pero es tranquilizadora por ser conocida: el calendario de un año que para el lector estará en un futuro no demasiado lejano y con la foto de un Papa que, si se quiere, será el actual; la máquina distribuidora de bebidas, la puerta número 2, el desconchado en la pintura del techo, un fluorescente tartamudo, el cartel que prohíbe fumar y ese otro donde un monigote blanco sobre fondo verde indica la salida de emergencia que no es otra que la que va a la calle. La sala ha estado así desde hace años, quizás desde antes de que el lector de este relato lo esté leyendo. (Y con esto dejo de una vez por todas estas idas y venidas en el tiempo que no hacen sino enmarañar el hilo de esta historia).

Una norma tácita establecía que no se hablase, y ello, unido al ronroneo de la actividad monótona de la secretaria, hacía del lugar un limbo donde uno podía desvanecerse como si estuviese en su propia habitación. Acabé cerrando los ojos, y debía de andar en la frontera entre la vigilia y el sueño, cuando me sobresalté: la secretaria me estaba mirando e hizo un movimiento con la cabeza que interpreté como una invitación a que me acercara. Así lo hice.

—Cuando le llame, le llamaré —me dijo malhumorada.

Abrumado por el error me fui a sentar de nuevo.

Yo conocía su quehacer al dedillo: primero ordenaba expedientes que iba dejando en una esquina de la mesa, miraba las carpetas una a una, elegía una entre todas, la separaba del montón, abría un cajón, sacaba una libreta, anotaba algo, guardaba la libreta, cerraba el cajón, abría otro cajón, guardaba la carpeta, elegía otra carpeta y así toda la mañana con escasas variantes; movimientos gestionados con una cadencia tan lenta y constante que las acciones se dejaban anticipar, y si yo me decía: «ahora abrirá el cajón», ella iba y lo abría. Anticipar sus acciones, lejos de ser una proeza o un juego de profecías, era, ante todo, un eficaz soporífero, un elemento tranquilizador que no hacía sino confirmar que yo comprendía el funcionamiento de aquel mundo y que podía descansar y rendir mi cabeza sobre la del que ya había llenado de babas mi hombro. Repentinamente volvió a hacer el gesto con la cabeza, el mismo que poco antes yo había interpretado como una llamada. Era una leve cornada lanzada al aire que, por ser imprevisible, destacaba entre los otros movimientos. Cerré los ojos y dormité. De tanto en tanto bastaba con entreabrirlos un poco y verla ordenando una pila de carpetas, abrir un cajón, consultar un expediente y llevarlo a otro cajón para volver al sueño, sabiendo que todo estaba bien, como siempre, que uno podía dormir como un bebé ante aquella madre hacendosa y vigilante. Alguna vez se levantaba y desaparecía tras la puerta número 2. Yo me quedaba esperándola, imaginando (o casi soñando) qué otras actividades podría estar llevando a cabo en su breve ausencia, de qué mesa y de qué estante estaría tomando expedientes con aquel ritmo que, con seguridad, no habría variado tras la puerta. Cualquier cambio de ritmo repentino habría implicado un acontecimiento: un hijo muerto, el despido improcedente, una herencia. Cuando por fin reaparecía por la puerta número 2, estaba claro que los hijos seguían vivos y no había herencia por la que alegrarse; el mundo seguía igual con su mesa, su pila de expedientes, el cajón de la derecha, anotar, guardar, cerrar. Solo de vez en cuando aquella cornada al aire, imprevisible, contra toda lógica, valiente entre los otros gestos, como un hipo en mitad de una frase.

Me desperté. Ella debió de mirar un expediente durante más tiempo del habitual y me desperté. Me estaba mirando. Ojeó el expediente. Me volvió a mirar. Algo estaba ocurriendo y un segundo antes de que me llamara supe que iba a hacerlo. No fue aquella cornada que con toda seguridad ya no me habría vuelto a confundir, fue un gesto preciso y casi imperceptible que, sin lugar a dudas, era la mínima expresión de un «¡acérquese!». Acomodé como pude la cabeza de Telele y fui despertándome hasta la mesa.

—Su nombre.

—Román.

—Cuando le pida el nombre, dígame también los apellidos.

—Perdón.

—¿Se llama usted Perdón? Si sigue así no acabaremos en un lustro, deje de joder la marrana y dígame su nombre, eso es todo.

—Román García Cabezas.

Simuló buscar el expediente que tenía ante sí.

—Aquí le tengo…

Empezó a musitar su contenido como una oración: Román García Cabezas, cuarenta y siete años, sin oficio, especialidad ninguna, domicilio no tiene…

No era la primera vez que me lo rezaba y, como en las otras ocasiones, me quedé ante ella, las manos entrelazadas por delante y esperando una pregunta que no era otra cosa que una manera de incluirme, de hacerme cómplice; como si su sermón solo cobrara sentido ante el feligrés que, contestando, dice su «amén».

—¿Tiene domicilio?

—No…, quiero decir que no. O sea: no.

¿Me pregunto por qué me resultará tan difícil responder solo con un «no» sin tener que añadir coletillas, como si no encontrara el final a una negación?: quiero decir no. O sea, que no. Vamos, que no…

Como digo, las preguntas no buscaban resolver dudas, eran solo una astucia para establecer que, si ella pregunta, yo respondo; si ella manda, yo obedezco; toda la entrevista se ponía al servicio de esa sola idea. Podría haberme hecho el sordo, «perdone, ¿qué ha dicho?», y hacerle repetir una pregunta que, siendo tonta, repetida, se vuelve doblemente tonta. O contestarle en su propio estilo: «¿Domicilio?, cuando lo tenga lo tendré». Se me pasaban esas ocurrencias por la cabeza e imaginaba situaciones y discusiones de las que salía airoso. Eran fantasías divertidas, coquetas y, sobre todo, cortas, porque si las elaboraba demasiado y muy a pesar de ser yo mismo el guionista de mis fábulas, el optimismo no daba para tanto y no podía evitar que algún personaje acabara llamando a la policía que, inexorablemente, se presentaría y contra la que no hay nada que discutir, ni en la realidad ni en la ficción: solo esperar que los agentes no te machaquen el pie con sus botas y te lleven a empujones hasta el coche, te aporreen en el trayecto, te arrojen a un calabozo y te orinen encima.

—¿Tiene familia?

—No, señorita.

Estaba la tía Lucrecia. Los Servicios Sociales no estaban al corriente de que yo tuviera aquel resto de familia que debía rondar los ochenta años. Mi expediente rebosaba de enormes incorrecciones, porque desde siempre he tenido la certeza de que, con las autoridades, la verdad no te lleva a ninguna parte, de suerte que, si me preguntan algo, una tendencia —que yo estimo natural— me lleva a mentir. ¿Qué gano con esa estratagema? Nada. O, a lo sumo, la escuálida victoria de saber que aunque puedan obligarme a limpiar alcantarillas, a responder preguntas sin sentido, a aguantar insultos, amenazas y toda la serie de atropellos que acaban siendo parte de la normalidad, me queda, por lo menos, ser el dueño de la verdad. ¿Sabe leer? No. ¿Tiene oficio? No. ¿Tiene familia? No.

—¿Tiene usted amigos?

La pregunta me pilló por sorpresa. La secretaria se quedó pensativa, como si comprendiera que, vaya usted a saber a causa de qué experiencias personales, la pregunta no era fácil de contestar.

—Entiéndame: quiero decir amigos íntimos.

—No… Quiero decir que no tengo… Vamos, que no… No.

Ella siguió leyendo en silencio. Transcurrió un momento sin que nada ocurriera y me desdoblé para mirarme desde fuera. Me vi titubeante, con las manos, como siempre ante cualquier autoridad, entrelazadas por delante; mal afeitado, sucio y con cara de tonto, mi sorprendente cara de tonto. Temí...



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