E-Book, Spanisch, 192 Seiten
Reihe: Sauce
González Paz Vivir como un niño
1. Auflage 2014
ISBN: 978-84-288-2649-5
Verlag: PPC Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 192 Seiten
Reihe: Sauce
ISBN: 978-84-288-2649-5
Verlag: PPC Editorial
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Antonio González Paz nació en Jerez de la Frontera en 1945. Es biólogo y sacerdote marianista. Ha dedicado la mayor parte de su vida a la educación y al trabajo con jóvenes. En PPC ha publicado varios titulos: 'Vivir al revés' (1999), 'La vocación de san Mateo' (1999, 2ª ed.), 'La cena en Emaús' (2002), 'Retablo de Maese Pedro' (2003), 'Vivir como un niño' (2005, 2008 2ª ed.) y 'Los ecos y las sombras' (2007), 'Amar lo que se cree' (2010) y 'La tierra y la cruz' (2012), entre otros.
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3
UN PRÍNCIPE ENAMORADO
DESCUBRIR EL AMOR
Llegó, procedente de Barcelona, a pasar unos días con su familia a casa de uno de mis mejores amigos. Allí la conocí una tarde que preanunciaba la primavera. Se llamaba Ana y, aunque era hija de emigrantes, se sentía más catalana que la Moreneta. Era alta, delgada, esbelta, con cabellos negros y ojos brillantes. Hablaba un castellano con un acento duro, que dañaba los tímpanos, pero que a mí me sonaba como una fuentecilla de la Alhambra.
Me gustó desde que la vi. Su presencia me atraía y me turbaba. Deseaba y temía quedarme a solas con ella. A veces me sorprendía con un temblor en las piernas y un tartamudeo en los labios que no podía reprimir. Me hacía experimentar sensaciones nuevas que no sabía nombrar. A su lado aprendí a conjugar verbos hasta entonces desconocidos.
Ella se hacía la interesante. Alternativamente me ignoraba y reclamaba mi atención. Coqueteaba con los demás en mi presencia. Tiraba y soltaba el sedal sin que yo fuera consciente de sus maniobras. Me sabía en sus manos y jugaba conmigo haciéndome sufrir. Me hubiera gustado decirle que la quería, pero temía romper el hechizo de esos días.
Cuando se aproximaba la fecha de su marcha, me envolvió una angustiosa congoja y un deseo irreprimible de llorar. El día señalado la acompañé a la estación. Cuando el tren estaba a punto de partir me dio un beso y dijo: «Te quiero. He sido una idiota. Por mi culpa no te has enterado, pero te quiero...».
Me quedé desconcertado. Cuando quise reaccionar ya había subido a un vagón que empezaba a moverse. Era demasiado tarde. Había perdido el tren.
Cuando llegué a casa, busqué en el libro de Literatura un poema que habíamos comentado en clase. Lo leí una y otra vez con los ojos vidriados hasta aprendérmelo de memoria. Decía:
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos».
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como ésta, la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
(PABLO NERUDA, Veinte poemas de amor)
A lo largo de mi vida he oído a infinidad de adolescentes contar historias semejantes a esta. Aunque conozco de sobra la melodía, las variaciones son infinitas. Me sobrecoge y emociona escuchar el relato de un primer amor. El del Principito no podía ser una excepción.
EL PRINCIPITO Y LA ROSA
El autor no precisa como llegó al asteroide B 612 una semilla de rosal. Lo cierto es que germinó y floreció lentamente. El Principito asistió sobrecogido al nacimiento de la rosa y se quedó prendado de su belleza.
–Acabo de despertarme... Todavía estoy despeinada...
El Principito no pudo contener su admiración:
–¡Qué bonita eres!
–¿Tú crees? –respondió melosamente la flor–. He nacido con el sol...
Al principio no le pareció demasiado humilde, ¡pero era tan espectacular!
–Me parece que es la hora de desayunar –añadió enseguida–. ¿Serías tan amable de acordarte de mí?
El Principito, un tanto desconcertado, buscó una regadera con agua fresca y regó la flor.
La aparición de la rosa acabó con la dulce monotonía de la vida del Principito. La rosa era verdaderamente exigente y caprichosa.
En cierta ocasión, refiriéndose a sus cuatro espinas, le había dicho al Principito:
–No me dan miedo las zarpas de los tigres.
–No hay tigres en mi planeta, y aunque los hubiera, los tigres no comen hierbas.
–No soy una hierba, le respondió ella con voz acariciadora.
–Perdón.
–No me dan miedo los tigres, pero me horrorizan las corrientes de aire. ¿No tendrías una mampara? (...).
–Cuando anochezca méteme dentro de una urna de cristal. Aquí hace mucho frío y hay pocas comodidades.
Sin darse cuenta el Principito se fue enamorando de la rosa. Entonces no supo poner nombre a lo que estaba viviendo. Solo cuando tomó distancias, pudo confesar:
–Nunca debí escucharla –me confió un día–, nunca se debe escuchar a las flores. Solo hay que contemplarlas y aspirar su perfume. El suyo inundaba mi planeta pero yo no era capaz de disfrutarlo. La historia de las zarpas, que tanto me fastidió, había ablandado mi corazón.
Luego añadió:
–Entonces no supe comprenderla. Debí juzgarla por sus hechos y no por sus palabras. Me perfumaba e iluminaba. ¡Nunca debería haberme marchado! Debí intuir la ternura oculta tras sus mentiras. ¡Las flores son tan contradictorias! Era demasiado joven para saber quererla.
HERIDO DE AMOR
En el planeta del Principito, la flora era más bien pobre. Aparte de los baobabs, existían unas flores muy elementales de corola simple y vida breve. Nacían en los prados al amanecer y morían con la puesta del sol.
Pero inesperadamente una planta desconocida brotó en el campo. El hecho sorprendió al Principito que siguió su desarrollo con suma atención por si se trataba de una nueva variedad de los peligrosos baobabs. Quizás si hubiese podido prever las complicaciones que, con el tiempo, le iba a ocasionar la hubiera arrancado de raíz...
La nueva especie llegó en forma de semilla. El autor del libro, que habitualmente tiene en cuenta a los lectores adultos, a los que les gusta la precisión y la seriedad en la información, parece haberlos olvidado: no da ningún dato de cómo llegó hasta allí aquella simiente.
Para subsanar esta laguna he hecho mis propias investigaciones. Dado que las semillas del rosal carecen de vilano, lo que les hubiera permitido ser llevadas por el viento, la única explicación científica posible es que viajara adherida a las plumas, o en el interior del tracto digestivo de una de esas aves migratorias que periódicamente se instalaban en el planeta del Principito.
Una vez satisfecha la natural curiosidad de las personas mayores, podemos acercarnos a la historia de amor que vivió el Principito. El encuentro con aquella rosa le dejó para siempre herido de amor. Eso es lo verdaderamente interesante para los que amamos la vida.
La semilla caída en tierra germinó, creció poco a poco y se preparó largamente hasta que alegró el planeta con su primera y única rosa. La flor se hizo esperar preparando cuidadosamente su puesta en escena: nació con el primer rayo de sol.
Desde el primer momento, la rosa se reveló como presumida, coqueta, mentirosa, caprichosa, egocéntrica. Le gustaba llamar la atención y tener a los demás pendiente de sus antojos. Se sabía espléndida en su belleza y segura en su atractivo. Hablaba constantemente, hasta convertirse en el centro de la conversación, y era tan orgullosa que nunca se permitía llorar en público.
Con un carácter así, cabía esperar que su presencia despertara más bien la antipatía y el rechazo de los demás. No era, en el sentido etimológico de la palabra, un ser amable, es decir, digno de ser amado.
Y sin embargo, por paradójico que parezca, el Principito se sintió atraído por su belleza y seducido por su personalidad. Aquella flor, que había elegido para nacer el momento de la salida del sol, le robó el corazón dejándole herido de amor.
Como la experiencia era radicalmente nueva, el Principito no acertaba a ponerle nombre a lo que le estaba ocurriendo. Se sentía desconcertado, turbado, atormentado. Era demasiado joven para...




