Gorokhova | Un montón de migajas | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 320 Seiten

Gorokhova Un montón de migajas


1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-17109-89-9
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 320 Seiten

ISBN: 978-84-17109-89-9
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
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Un montón de migajas son las memorias de juventud de una chica curiosa e inteligente que lucha por sobrevivir en la represora Unio?n Sovie?tica de los an?os sesenta, sin renunciar a sus anhelos de libertad. Elena Gorokhova es una joven rusa que descubre las verdades que los adultos le ocultan y las mentiras que subyacen al triunfalismo oficial de su patria: su pai?s ya no es la Rusia majestuosa de las novelas decimono?nicas o de los zares, sino un Estado totalitario y desesperado por preservar a toda costa su poder y su orgullo. Elena se apasiona por el estudio de la lengua inglesa y desea explorar el mundo ma?s alla? del telo?n de acero, pero en la Unio?n Sovie?tica de 1960 algo tan inocente puede resultar subversivo: el Estado la controla del mismo modo que la controla su madre, convertida en un espejo de la madre patria: autoritaria y sobreprotectora, es difícil zafarse de ella. A los veinticuatro an?os, tras varios desengan?os, Elena asumira? las consecuencias de su inconformismo y se propondra? emigrar al extranjero para liberarse del doble yugo nacional y materno. La crítica ha dicho «Gorokhova plasma la fealdad y las humillaciones de la vida cotidiana en la Unio?n Sovie?tica, pero tambie?n es sensible a la poesi?a que late, asfixiada, bajo su superficie. Un libro fascinante.» J. M. Coetzee «El equivalente ruso de Las cenizas de Ángela.» Billy Collins, Poeta Emérito de los EE. UU. «Por suerte, para entender el horror inoculado por una ideología aniquiladora del ser humano, se han traducido últimamente al español libros que dejan constancia del terror imperante durante el período estalinista, pero pocos, que yo sepa, de la época posterior de asentamiento y esclerotización del comunismo. De ahí el valor e importancia de Un montón de migajas de Elena Gorokhova (...).» Fermín Herrero, Revista Epicuro

(1955) crecio? en Leningrado, el actual San Petersburgo, donde recibio? una educacio?n basada en los preceptos de la ortodoxia sovie?tica. Poco despue?s se intereso? por el estudio de la lengua inglesa y comenzo? un proceso de desengan?o gradual con el re?gimen sovie?tico que culmino? cuando, a los veinticuatro an?os, se caso? con un americano para poder emigrar a Estados Unidos, donde ha residido hasta la actualidad. Es doctora en Pedagogi?a Lingu?i?stica y ha trabajado como profesora de ingle?s, de ruso y ha ensen?ado lingu?i?stica en varias universidades. Adema?s de Un monto?n de migajas, es autora de Russian Tattoo, otro libro de memorias.
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2. Los maridos de mi madre

Cuando mi madre conoció a mi padre en 1950, ella tenía ya una hija de ocho años, mi hermanastra Marina, y había estado casada en dos ocasiones: dos efímeros matrimonios de guerra cuyo rastro se había desvanecido en unos pocos meses.

Su primer marido llegó a ella como consecuencia de la breve guerra que en 1939 enfrentó a la Unión Soviética con Finlandia, tumbado en la mesa de operaciones y con restos de metralla incrustados en el trasero.

—Vaya forma de detener una bala —dijo Vera, su ex compañera de estudios, a la que habían destinado al mismo hospital que a ella.

Mi madre practicó un corte en las nalgas del que sería su futuro esposo y extrajo los trozos de metralla, todos menos uno, una esquirla alojada cerca del hueso de la cadera. Hurgó y hurgó, pero finalmente tuvo que dejarla donde estaba, un recuerdo duradero de su primer encuentro oculto bajo su piel.

Se llamaba Sasha Gladki y también se había licenciado en medicina por la Universidad de Leningrado. Bromeaba y se burlaba de su herida, y se deleitaba con las atenciones que le dispensaba el personal femenino del hospital. Mi madre, con el semblante serio, propio de una doctora que realiza la ronda diaria de pacientes, seguía la evolución de la herida y examinaba los puntos. Ejercer el control absoluto sobre Sasha y su tratamiento (la expresión de su ancho rostro, con un ligero hoyuelo en la barbilla, cada vez que ella le tomaba la temperatura; la gratitud que asomaba en sus profundos ojos grises) hizo que mi madre quisiera quedarse con él para siempre.

—Te apuesto lo que quieras a que me pide que me case con él —le dijo mi madre a Vera, señalando con la cabeza la puerta tras la cual yacía Sasha, rodeado de enfermeras.

Habían pasado casi dos semanas desde la operación y faltaba poco para el día en que éste debía regresar a Leningrado.

A mi madre le gustaba que Sasha la siguiera con la vista por toda la sala mientras ella esterilizaba jeringuillas en agua hirviendo e intentaba urdir un plan que le permitiera retenerlo durante más tiempo. Mi madre estaba a punto de cumplir los veinticinco y pronto sería demasiado vieja para casarse. Su propia madre se había casado a los dieciocho y su amiga Vera, a los veintidós. La mejor edad para tener hijos, como todo el mundo sabía, eran los veinte años, y ella los había dejado atrás hacía ya algún tiempo.

Dos días después de la fecha establecida, mi madre le firmó el alta. Antes de marcharse, Sasha la esperó en el patio trasero, cubierto de cardos, donde, con una sonrisa tímida, le dijo que el destino los había unido. Le prometió que le escribiría una carta todas las semanas y que le mandaría una caja de chocolatinas.

—¡Chocolatinas! —exclamó Vera, maravillada—. ¡Por unas chocolatinas incluso yo me casaba con él!

Unas semanas más tarde llegó la caja, grabada con la insignia de Pedro el Grande a lomos de un caballo sobre dos patas, el famoso Jinete de Bronce de Leningrado, en la tapa. Desde el inicio de la guerra, el chocolate había desaparecido de las tiendas y aquella enorme caja le recordó a mi madre que sus esfuerzos y destreza habían salvado la vida de Sasha.

Unos meses más tarde, cuando la guerra de Finlandia hubo terminado, Sasha regresó a Ivánovo y se casaron. Por aquel entonces casarse era fácil: un sello de color púrpura en la tercera página del pasaporte interno y, en el caso de mi madre, un cambio de nombre: Gladki en lugar de Kuzminova. Cuatro días más tarde, Sasha regresó a sus estudios en Leningrado. Al principio, todas las semanas le escribía una carta; luego, una al mes. Finalmente, mi madre recibió una carta que no esperaba, en la que él le achacaba el tener aventuras mientras él estudiaba medicina en la biblioteca de Leningrado. Alguien, una fuente anónima, le había informado por carta de que su nueva esposa, «stroinaya kak beryozka», alta y esbelta como un abedul, era —escribió con letra rápida e inclinada— ni más ni menos que una fulana.

Mi madre reaccionó con sorpresa seguida de indignación. De inmediato tomó la pluma y le escribió a Sasha que, si realmente se creía esas cosas, no tenían nada más que hablar. Si tomaba en serio esos chismorreos malintencionados, habían terminado, y su matrimonio quedaba anulado.

No lo decía en serio, tan sólo quería dejar claro su rabia e indignación. En realidad, deseaba que él se disculpara o que incluso le mandara otra caja de chocolatinas. Pero no obtuvo respuesta. Mi madre esperó dos meses, tras los cuales envió una furiosa carta al departamento de Anatomía de la Universidad de Leningrado donde él estudiaba. La respuesta llegó meses más tarde, en otoño de 1941, cuando las tropas alemanas ya habían entrado en Rusia. Como a todos los médicos, a Sasha lo habían llamado a filas. En el mapa de la Unión Soviética, sobre el que la mancha negra de las tropas alemanas se expandía rápidamente, había ya varios frentes y nadie sabía con certeza adónde habían enviado a Sasha. Nadie lo supo jamás.

A mi madre, que además de doctora era asimismo una investigadora en anatomía en la Escuela de Medicina de Ivánovo, también la reclutaron y se vio obligada a dejar sus tubos de ensayo y sus órganos muertos flotando en tarros de formol, para empezar a suturar carne viva, lacerada, en un hospital de campaña. Con su nuevo uniforme de color caqui, provisto de un cinturón con la hoz y el martillo que ajustaba una estrecha falda, era una mujer demasiado guapa para participar en la guerra, demasiado esbelta y con unas piernas demasiado largas, a pesar de que llevaba unas botas militares dos números más grandes que el suyo.

Sus tres hermanos habían sido reclutados durante la guerra contra Finlandia y se hallaban destinados en extremos opuestos del país. Sima y Vova en Oriente, cerca de Japón, y Yuva en la frontera entre la Unión Soviética y Polonia. El sábado 22 de junio de 1941, cuando los tanques alemanes pisaron por primera vez suelo soviético, mi madre se acordó de Yuva, que estaba destacado en la frontera polaca. Entumecida y desconcertada, como todos los rusos, oyó la voz de Mólotov, que, vociferando en los altavoces, anunciaba la invasión. Estaba junto a la ambulancia de la sala de urgencias del pueblo, donde trabajaba los fines de semana. El vehículo tenía las puertas abiertas de par en par y el motor en marcha. En el aire flotaba la fragancia húmeda de las lilas y el sol brillaba alegremente entre las hojas del mes de junio, como un loco que ríe y baila mientras las llamas consumen su casa. ¿Por qué era Mólotov, comisario popular de Asuntos Exteriores, y no el propio Stalin, quien se dirigía al pueblo? ¿Dónde estaba Stalin mientras los tanques alemanes aplastaban escuadrones enteros de hermanos, hijos e incluso maridos descarriados?

El hospital al que habían destinado a mi madre era apenas un vagón de tren aparcado en una vía de servicio a un kilómetro y medio del pueblo de Kalinin, que había sido ocupado por los alemanes. Fue allí donde mi madre vio por primera vez las indomables plagas de piojos. Los heridos llegaban en camión desde el frente, situado a un kilómetro de distancia, y aunque ella limpiaba de parásitos las heridas con una taza de té y lavaba los colgajos de tejido desgarrado tan bien como podía, los piojos proliferaban de nuevo entre las múltiples capas de sucios vendajes e impedían dormir a los heridos, que se pasaban la noche gritando. Aquellos chicos eran más jóvenes que ella (tenían la edad de sus hermanos) y mi madre no podía dejar de mirar sus rostros polvorientos, aferrándose a la vana esperanza de que, tras recorrer de algún modo los setecientos kilómetros que había hasta la frontera polaca, llevaran a su hermano a su hospital para que ella pudiera salvarlo.

Todas las semanas enviaba una carta a sus padres con su letra cuadriculada: «Querida mamochka, querido papochka, espero que estéis todos bien. Espero que mi hermana Muza sea una alumna aplicada y que os ayude con la casa y el jardín en mi ausencia. Espero que nuestro querido Yuva esté luchando contra el enemigo con la misma valentía con la que nuestros muchachos luchan aquí». Eran siempre cartas llenas de esperanza. Lo que realmente quería decir era que confiaba en que su hermano Yuva no fuera uno de los miles de cuerpos que sabía que había enterrados bajo la cálida tierra del oeste ruso, pero, naturalmente, no podía escribir eso a sus padres. A medida que la línea del frente avanzaba hacia el este en el mapa que colgaba sobre la litera del comisario del hospital, mi madre tuvo que hacer un esfuerzo para que sus misivas no se contagiaran de la angustia y el pesimismo que la invadían. «El correo militar es muy lento», escribía, utilizando eso como pretexto para justificar por qué no habían tenido noticias de Yuva en seis meses.

A principios de diciembre, después de que el enemigo hubiera sido expulsado de Kalinin, llegó la orden de trasladar el hospital a la escuela local. Ésta se hallaba al final de la calle, o de lo que en su día había sido una calle. Habían arrancado las ventanas, que ahora estaban tapiadas con paneles de madera. En el patio, dos soldados se dedicaban a exhumar cadáveres de alemanes, que habían sido enterrados allí antes de que la línea del frente se desplazara hacia el sur. Amontonaron los cuerpos en la entrada de la escuela y los cargaron en un camión que se los llevó del centro de la ciudad; los soldados rasos habían sido enterrados descalzos y en ropa...



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