Bedford | El legado | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 320 Seiten

Bedford El legado


1. Auflage 2016
ISBN: 978-84-17109-13-4
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 320 Seiten

ISBN: 978-84-17109-13-4
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



En Alemania, a comienzos del siglo xx, en un momento crucial de la historia europea, dos familias están relacionadas por el matrimonio: los Von Felden, aristócratas católicos, terratenientes del sur de Alemania, y los Merz, la gran burguesía judía de Berlín. Entre la fantasía de los unos y el sentido del deber de los otros, Bedford traza un magnífico retrato de unos personajes que asisten, zarandeados por su locura y su ceguera, a un mundo que se desvanece poco a poco, la Alemania recién unificada y el militarismo prusiano en las décadas anteriores a la Primera Guerra Mundial.

(Sybille von Schoenebeck) nació en 1911 en Charlottenburg (Alemania), en el seno de una familia aristocrática. Se educó en Italia, Inglaterra y Francia. Tras estallar la Segunda Guerra Mundial, se trasladó a Estados Unidos, donde trabajó como traductora. Para entonces, su fugaz matrimonio de conveniencia con Walter Bedford, un oficial del Ejército británico, había llegado a su fin. En 1956 publicó El legado, la primera de cuatro novelas de carácter autobiográfico: Favorita de los dioses (1963), Un error de orientación (1968) y Fragmentos de vida: una educación nada sentimental (1989). Escribió también memorias y relatos de viajes. Y es autora de una extensa biografía sobre Aldous Huxley. Murió en Londres en 2006.
Bedford El legado jetzt bestellen!

Weitere Infos & Material


Introducción

Empecé a escribir esta novela como un deber sagrado durante un caluroso agosto romano, en 1952. Había cumplido los cuarenta años y el deber sagrado no tenía nada que ver con la historia, que debía de llevar décadas arrinconada en mi cabeza, sino con el hecho de que Victor Gollancz hubiera aceptado el texto mecanografiado de un libro de viajes en el que estuve trabajando los dos últimos años, y con mi convencimiento de estar alcanzando al fin el tan glorificado métier d’écrivain. Escribir, ser escritora, fue mi auténtica aspiración desde que tuve uso de razón, que fue a una edad temprana. Mis aptitudes fueron más tardías. El balance de mi pasado literario se componía —además de algún que otro ensayo pretencioso— de tres novelas, cada una un poco menos decepcionante que la anterior, tal vez, y cada una rechazada (tras esperanzadoras vacilaciones por parte de las editoriales). Y cada rechazo iba seguido de otro año, o más, de dudas, desesperación y desidia. Con la misma ingenuidad consideré entonces el prometido salto a la imprenta —que, de hecho, no sucedió hasta la primavera siguiente— como un giro radical ya consumado: el telegrama GOLLANCZ ACCEPTE LIVRE (¿en francés como solución intermedia para las oficinas de correos inglesa e italiana?) me llegó mientras regaba, como todas las tardes, mis fragantes enredaderas en el terrado romano; me santigüé (por ritual más que por religión) y, como el caballo Boxer de Rebelión en la granja, dije en voz alta: «Me esforzaré más», y le di una propina al mensajero. Ya era escritora.

Lo que hace un escritor es escribir. Se acabaron las dudas y la haraganería, por difícil que pudiera ser, y el cielo sabe que fue, es y será siempre muy difícil para mí. Así que…

Sin embargo, aún quedaban otras tareas antes de que la nueva conciencia permitiera enrollar esa hoja en blanco en el carrete de mi máquina de escribir. Tareas, precisamente, en papel: cartas por contestar, trabajo pospuesto, la gigantesca labor de escribir a Ivy Compton-Burnett… Yo admiraba profundamente su trabajo, y me había referido a él como «un secreto inglés» ante los editores de la Partisan Review, la publicación mensual neoyorquina, quienes me habían encargado un artículo con ese título y de la extensión que quisiera. Eso fue en 1947. El artículo fue considerado improcedente, y no vio la luz. Sin embargo, cinco años más tarde, Ivy no era ya ningún secreto, ni siquiera en América: cualquier cosa que hubiera escrito sobre ella no le habría aportado gran cosa a su público. Aun así, el reconocimiento siempre es bienvenido (como podría haber dicho ella misma), de modo que, arrepentida, me senté un día canicular tras otro a escribirle: «Estimada señorita Compton-Burnett», con el fin de explicarle mi descuido y realizar un minucioso comentario sobre cada una de sus siete (¿o eran ya nueve entonces?) novelas publicadas. La carta tenía una extensión de treinta páginas. (Y resulta que la guardó: sus biógrafos han citado fragmentos.) Me había supuesto un tiempo que, por aquel entonces, no podía permitirme, pues parte de la penitencia estribaba en la renuncia a toda remuneración, algo que necesitaba desesperadamente. No tenía dinero, ni fuente de ingresos, procedieran o no del trabajo, salvo la generosidad de unas amistades fieles. Aquello no iba a durar demasiado (dejemos de lado si el aplazado adelanto de Gollancz fue suficiente). Llegó el día, a mediados de agosto, en que terminé mi tarea. Metí la carta en un sobre con un franqueo considerable y, durante un paseo nocturno, la introduje en las indiferentes fauces de la Posta Centrale. No guardé ninguna copia: era parte del trato. Ya era libre.

Libre para escribir en serio. Había evocado, seleccionado y ordenado palabras, tecleándolas en la Remington portátil, reflexionado, recolocado y reescrito durante una respetable cantidad de horas diurnas, semana tras semana. Establecida una rutina, el siguiente paso era… empezar.

Mientras cuidaba de mi jardín (que había erigido con mis manos en el erial de un terrado, a base de baldosas, cuerdas y macetas de terracota y sacos de tierra y estiércol de cabra) o contemplaba la puesta de sol, observando cómo de improviso el cielo se llenaba de vencejos, con la primera copa de vino tinto, frío, de la Toscana en la mano, o paseando de noche y cruzando, sola, piazzette y calles de Roma, entusiasmada con la belleza y la gloria, revoloteaban en mi mente Hermanos y hermanas, Hijas e hijos y mordaces diálogos burnettianos; pero de pronto cesaron. Ahora iba por libre.

A la mañana siguiente escribí con fluidez los primeros párrafos de una novela sabiendo que iba a convertirse en eso. De pronto resurgieron, de algún recuerdo arrinconado, una estructura y, tal vez, un punto de vista. Tenía una época, un país, personajes… Sabía quiénes eran, dónde estaban y qué iba a ser de ellos. En cuanto a qué iban a hacer, lo ignoraba por el momento. Eso llegó despacio, gradualmente, iluminándose poco a poco en el interior del túnel… Oh, también me estanqué a menudo y tracé lo que yo llamo una fausse route. Esto era lo que me esperaba (escribir el libro me llevó casi tres años). Pero, aquella mañana, la mayor parte surgió con claridad: la época era finales del siglo xix y comienzos de xx; el país, Alemania; y los persojes, un triángulo de tres familias que, vinculadas de un modo algo desdichado por enlaces matrimoniales, diferían por completo en cuanto a costumbres, valores y religión. Estaban divididas por su ignorancia de la política o su afición a ella, por la geografía y el dinero. Todas tenían una percepción sesgada de su época y consideraban su postura la correcta, sin percatarse de que se las podía considerar (como hago yo ahora) miembros excéntricos, e incluso anacrónicos, de sus respectivos círculos. Una de esas familias pertenecía al estable y recio Berlín judío, la ciudad de la disciplina, la energía y los engaños del protestante Norte prusiano; las otras dos, a realidades discrepantes del Sur católico: una de ellas, amodorrada, agraria y con la mirada puesta en el pasado; la otra, obsesionada con los sueños ecuménicos de alcance europeo. Cada familia y los miembros que las integraban confiaban en conservar lo que les pertenecía, aunque, de hecho, eran títeres, víctimas a menudo de la recién unificada Alemania y de lo que se coció en ella entre 1870 y 1914, periodo en el que transcurre la novela. Buena parte de lo que se permitió que sucediera en esas décadas estaba mal planteado y fue cruel y malo (por expresarlo en términos sencillos); contenía, además, cierta chifladura típicamente alemana, carente de humor… ¿Sirvió de base para la enorme monstruosidad que vino después? ¿Nos dejaron algún legado los acontecimientos privados que aquí esbozo? Escribir sobre ellos me hizo pensar que sí lo dejaron; de ahí el título.

En ocasiones me han preguntado por mis fuentes, y debo responder que éstas no se basan en documentos ni en un conocimiento exhaustivo de la sociedad alemana y la época. Lo cierto es que no llevé a cabo ninguna investigación.

Nací en Alemania, pero la abandoné cuando era una niña (para siempre), por las circunstancias primero y luego por elección. Y hasta tal punto había cortado mi vínculo con mi país que no regresé hasta la década de 1960, salvo una breve visita en coche que hice con Aldous Huxley y su esposa en la primavera de 1932, es decir, unos ocho meses antes de que Hitler ascendiera al poder. Así pues, lo que sé, o creo saber, de los lugares y hombres y mujeres de esta historia procede de lo que vi y, sobre todo, de lo que oí de niña, cuando contaba entre tres y diez años de edad. Conseguí absorber buena parte de ese material, retenerlo y moldearlo décadas después, bajo una mirada adulta. Lo demás es invención y conjeturas. Algunos personajes —especialmente el de Sarah y el conde Bernin— son invención mía. Del mismo modo, parte de lo que recopilé de niña ya lo había transformado mi imaginación y lo había convertido en el destilado de un pasado, que se manifestaba a través de rumores, medias verdades y relatos malévolos, así como de escenas idílicas y entrañables recuerdos. A mí me brindaron versiones rebajadas, a menudo en tono de censura, de advertencia o de reprobación…, creyendo que gran parte de ellas quedaban fuera del alcance de mi oído y comprensión. Hubo también numerosas charlas de sobremesa, que literalmente tuvieron lugar por encima de mi cabeza sumergida en un plato de sopa. Los que avivaban la conversación eran, cada cual a su modo, mi padre y mi madre, y, a su manera, criados, primos y asimilados, el reparto, en cierta medida, de mis tres familias de ficción. Eso me lleva a formularme otra pregunta bastante habitual: ¿cuánto de ese material es autobiográfico? ¿Cuánto ocurrió de verdad? En cierto modo una buena parte lo es, tanto por lo que respecta al ámbito privado como al público. En todo caso, ese legado no es mi historia, puesto que la mayor parte ocurrió antes de que yo naciera. La primera persona del singular, que empleé tal vez torpemente, se desvanece cual «gato de Cheshire» muy pronto.

Sí. Fui yo quien estuvo yendo y viniendo entre dos casas, una inalterable y cerrada y la otra no exenta de elegancia. Tuve un padre que tal vez era lo que yo supuse o le atribuí: un hombre educado para el placer y para vivir el lado soleado de la vida, que se vio atrapado, más de una vez, por los miedos y acontecimientos. No puedo saber si fue así, pues...



Ihre Fragen, Wünsche oder Anmerkungen
Vorname*
Nachname*
Ihre E-Mail-Adresse*
Kundennr.
Ihre Nachricht*
Lediglich mit * gekennzeichnete Felder sind Pflichtfelder.
Wenn Sie die im Kontaktformular eingegebenen Daten durch Klick auf den nachfolgenden Button übersenden, erklären Sie sich damit einverstanden, dass wir Ihr Angaben für die Beantwortung Ihrer Anfrage verwenden. Selbstverständlich werden Ihre Daten vertraulich behandelt und nicht an Dritte weitergegeben. Sie können der Verwendung Ihrer Daten jederzeit widersprechen. Das Datenhandling bei Sack Fachmedien erklären wir Ihnen in unserer Datenschutzerklärung.