E-Book, Spanisch, 304 Seiten
Gray Diarios de un fumador
1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-129125-8-6
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 304 Seiten
ISBN: 978-84-129125-8-6
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
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Simon Gray (Hayling, 1936) fue un prolífico dramaturgo británico. Escribió un sinfín de guiones de radio, cine y televisión, cinco novelas y más de treinta obras de teatro, en las que destacan Otherwise Engaged (1975) y The Late Middle Classes (1999). Sus múltiples volúmenes de diarios, en los que despliega su inteligencia y su ingenio característicos, le han granjeado un buen número de lectores fieles y devotos. En 2004 fue nombrado Comandante del Imperio Británico. Murió en 2008 a los 71 años.
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feliz cumpleaños, cariño
Así que aquí estoy, transcurridas las dos primeras horas de mi sexagésimo sexto año. A partir de mañana tengo derecho a varias prestaciones, o eso tengo entendido: una pensión estatal de tantas libras a la semana, viajes gratuitos en transporte público, tarifas reducidas en los ferrocarriles. Supongo que también tengo derecho a otras prestaciones secundarias: a una atención respetuosa cuando hablo, al auxilio infalible cuando tropiezo o me tambaleo, a la vista gorda de mis semejantes cada vez que hago todo eso que de un tiempo a esta parte acostumbro a hacer con más frecuencia, aunque me esfuerzo por mantener en secreto: eructar, tirarme pedos, babear y resoplar. A partir de ahora podré hacer todas esas cosas abierta y públicamente, en un espíritu de mutua comprensión. Así soy yo, a mis sesenta y cinco años y un día. Así es él, a sus sesenta y cinco años y un día: una fuente de pedos, eructos, babas y qué más decíamos, pedos, eructos, babas, ah, sí, y resoplidos. Pero como fumo algo así como sesenta y cinco cigarrillos diarios es probable que la gente siga soltándome su inevitable: «Bueno, si insistes en despacharte tres paquetes diarios, etc.», a lo que yo responderé, como siempre… La verdad es que ahora mismo no recuerdo qué respondo, y cómo iba a recordarlo, cuando dudo mucho que a nadie, ni siquiera a mis médicos, se le ocurriera nunca decir nada parecido a ese «Bueno, si insistes, etc.». En realidad, me limito a referir una conversación que mantengo conmigo mismo muy a menudo, cada vez que me veo resoplando al subir las escaleras y también al bajarlas, o mientras me repongo de los mareos tras ponerme los calcetines o atarme los cordones de los zapatos, dos maniobras perfectamente diferenciadas. No, más bien cuatro maniobras, separadas por intervalos más largos que las propias maniobras. Naturalmente, como la mayoría de personas de sesenta y cinco años y un día, solo me percato de mi edad, del insólito número de años que llevo cumplidos, por medio de estos síntomas físicos; en mi fuero interno, el niño, de unos ocho años de edad, sigue haciendo de las suyas. Mejor me iría si fuera a la inversa, si poseyera los apetitos, la resistencia física y el encanto de un niño sano de ocho años, y la vida interior de un hombre de sesenta y cinco años y un día, tal como me imagino a ese hombre con la mirada de un niño de ocho años: un hombre de mundo, sereno, caritativo y rebosante de tolerancia y de clemencia. Sí, ese es el quid del asunto: necesito estar en contacto con el adulto que llevo dentro, ese adulto que siempre me ha rehuido salvo como idea. Pero lo cierto es que soy más desagradable que…, que a los sesenta y cuatro años, sin ir más lejos, y era ya entonces más desagradable que a los sesenta y dos, y así sucesivamente, perdiendo capacidad de desagrado a medida que me remonto en el pasado, hasta llegar a una edad en que era pre-desagradable, de forma consciente al menos, cuando la única vergüenza que conocía era la de que me pillaran , que era por la época en que tenía…, bueno, supongo que unos ocho años.
dos amigos en apuros
¿Qué día es? Estamos a viernes, falta una semana para la Navidad, van a dar las doce de la noche y esto es lo que ha sucedido esta tarde: mientras Victoria y yo nos preparábamos distraídamente para ir a cenar al Chez Moi, que queda justo enfrente de casa, llamaron a la puerta. Nos quedamos los dos paralizados, ella en su estudio y yo en el mío, esperando que el timbre volviera a sonar o se marchara quien lo había pulsado (desde que nos atracaron en la acera de casa, tenemos por norma no abrir nunca la puerta de noche, a menos que sepamos con certeza quién anda ahí). El timbre no volvió a sonar. «¿Se te ocurre quién puede haber sido?», bramé con mi ronquera habitual (la descripción es bastante acertada: a un volumen normal tengo la voz grave y quebrada, resultado de cincuenta y siete años de tabaquismo, pero cuando la alzo se vuelve ronca). «¿Has visto algo?» A veces Victoria se asoma a la ventana del dormitorio cuando suena el timbre. No, dijo, había visto una silueta en el cristal esmerilado de la puerta principal, nada más; ni siquiera podía aventurar si era un hombre o una mujer, había sido solo un vistazo desde lo alto de la escalera. «Ya —dije—, ¿alguna idea? ¿Has oído pasos? ¿No sería un policía?» Les tengo pavor a los policías que llaman a la puerta, a esos portadores de malas noticias, es un resabio de los años en que mis hijos pasaban por esa fase: el primer coche de Lucy, la tendencia de Ben a perderse en lugares desprotegidos, desprotegidos del propio Ben, en algún caso. Sí, puede que fuera un policía, dijo Victoria, pero claro que podría haber sido cualquiera, porque ella no había oído nada. Al instante me persuadí de que yo sí había oído algo, unos pasos lentos y deliberados, un andar pesado, el andar de un policía, aunque ahora que lo pienso, tendría que haber sido un policía de otra época, un policía de , si no el propio Dixon, los policías de hoy en día no pisan tan fuerte, para empezar ya no llevan las botas reglamentarias de antaño, ahora calzan unos zapatitos ligeros y elegantes con los que a buen seguro corretean livianos en parejas o en tríos o incluso en tropeles de cuatro o cinco tras los pasos de alguna estrella del pop cuyos hábitos de navegación en la red han levantado sospechas… Vamos, que si lo hubiera pensado mejor, habría concluido que aquellas pisadas fuertes que me habían pasado inadvertidas no podían ser de un policía, pero no lo hice, y daba ya por sentado que había sido en efecto un policía quien había llamado a la puerta —llegué de hecho a visualizarlo allí con su casco negro, su casaca, sus pantalones azules y sus enormes botas— cuando cruzamos la calle hacia el Chez Moi y, solo entrar, nos encontramos con los Pinter. Allí estaban Harold y Antonia, en la segunda sala, sentados a una mesa frente a la puerta.
—He llamado al timbre de vuestra casa hace un momento para ver si queríais uniros —dijo Antonia—. Sabía que estabais porque he visto a alguien a través del cristal, en lo alto de la escalera.
Le recordamos nuestra política de no abrir la puerta a menos que sepamos quién anda ahí, omitiendo por supuesto que yo había confundido sus pasos, que no había oído, con los de un policía de otra época. Aun así, me pareció inusual, por no decir insólito, que Antonia hubiera llamado a nuestra puerta, y había también algo anómalo en la actitud de Harold, tan contenido y tan tierno en sus saludos…
—El caso —comentó cuando apenas nos habíamos sentado—, vale más que os lo diga sin rodeos, es que acabo de enterarme, hoy mismo de hecho, de que tengo cáncer.
El mundo se puso inmediatamente patas arriba y empezó a dar vueltas. Durante todos estos años, el orden natural de las cosas siempre ha sido que soy yo quien se pone enfermo y coquetea de vez en cuando con la muerte, y él quien presume de una salud de hierro, que parece cada vez más de hierro con el paso del tiempo. Además, una condición tácita pero innegociable de nuestra relación, tal como la concibo, es la de que él siga en este barrio cuandoyo me vaya al otro, igual que andaba ya por aquí cuando yo llegué.
Harold nos explicó las fases del tratamiento que le esperaba: comenzaría dos días después de Navidad, tendría entonces una pausa de tres semanas durante las cuales los venenos se ocuparían de combatir el cáncer, y luego otra jornada intensiva de tratamiento seguida de otras tres semanas de pausa. Para entonces, comentó con absoluta sobriedad, serían visibles ciertos cambios físicos: podían alterarse sus facciones, podía quedarse calvo...
—En fin, tú ya conoces los trámites —me dijo—, después de lo de Ian. ¿Cómo está, por cierto?
—No muy bien —repuse, y le transmití la información que acababa de darme el propio Ian la víspera, precisamente en el Chez Moi, en una mesa vecina a la que ocupábamos ahora. Traté de ser conciso e impersonal y me mordí la lengua para no decirle que «su caso es muy distinto, él está mucho peor», lo cual es cierto, hasta donde yo sé, porque el cáncer de Harold está localizado en el esófago, mientras que el de Ian está por todas partes, en el hígado, los pulmones y, a estas alturas, probablemente en el sistema linfático, pero pensé que a Harold no le gustaría que le ofrecieran consuelo recalcando la gravedad de otro amigo en apuros… ¡La gravedad de otro amigo en apuros! Dios, menuda frasecita. No la había usado en la vida, ¿de dónde habrá salido? ¡Qué gravedad ni qué apuros cuando lo que quiero decir es que se está muriendo!
¿Cómo se las apañará Harold?
Bien, creo. Lo afrontará con entereza y resolución. Con agallas. Agallas no le faltan, por suerte.
de vacaciones
He hablado un rato con Rollocks: de la luna, que estaba bastante llena, o en cuarto menguante, según el temperamento del observador; de críquet, del trágico declive del críquet de las Antillas; y de la opinión que nos merece esta era de la informática en la que estamos inmersos. Calculo que Rollocks tendrá cinco años menos que yo, pero es mayor en términos de dignidad, porte y elocuencia. Me acaba de servir una Coca-Cola especialmente helada. El bar está vacío salvo por Rollocks, que nunca atiende a ningún otro cliente, por lo que he podido comprobar. Su turno empieza a las once de la...




