Lykke | Estado del malestar | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 272 Seiten

Lykke Estado del malestar


1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-122364-2-2
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 272 Seiten

ISBN: 978-84-122364-2-2
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Una sátira hilarante sobre la insoportable levedad de la clase media blanca surgida bajo los auspicios del Estado del bienestar. Galardonada con el Premio Brage, el más importante galardón literario de Noruega, esta novela ha supuesto la consagración de Nina Lykke como una de las grandes escritoras de su país gracias a la ironía con la que critica el supuesto paraíso de los países nórdicos. Estado del malestar es una divertida sa?tira de la insoportable levedad de la clase media surgida al calor del Estado del bienestar, vista por una mujer privilegiada que vive en uno de los países más ricos del mundo y, sin embargo, se halla siempre al borde de un ataque de nervios. Elin es una doctora muy profesional y competente, pero está cansada de ser buena, de ser una esposa y madre ejemplar, de atender a pacientes que se autodiagnostican en Google y buscan curas a males imaginarios. Bebe casi una botella al di?a del vino ma?s caro y ve series de televisión, mientras su marido Axel se inscribe en una carrera de esqui? tras otra. Hasta que un di?a, por error, Elin envía una solicitud de amistad a Bjørn, su novio de juventud, poniéndolo todo patas arriba. Acorralada por sus dilemas, Elin abandona su casa y se instala a vivir en su consulta. Sabe que en algu?n momento tendra? que salir de su madriguera y afrontar la realidad, pero permanece alli? en una especie de estado catato?nico. Desde una esquina la interpela el esqueleto de pla?stico Tore, una voz en off mordaz y socarrona que le señala las verdades que no se atreve a reconocer. La crítica ha dicho... «Trágico, estimulante y bien escrito.» Berta Gómez, Radio Primavera Sound «Estado del malestar les va a producir resaca sentimental. Pero yo no he podido dejar de beber esta realidad que novela con maestría Nina Lykke.» Ana Abelenda, La Voz de Galicia «Una crítica acerada y afable de una sociedad de la abundancia que engendra ciudadanos insatisfechos y aletargados.» Jurado del Premio Brage «Considerar a Elin como un mero estereotipo de la sociedad de bienestar noruega sería empequeñecer a este personaje rico en matices de cuyo fino humor gozará cualquier lector. Sus reacciones y conflictos resultarán familiares a muchos lectores; sin ir más lejos, su hábito de encadenar capítulos de series con una copa de vino siempre llena en la mano. ¿Será entonces que la Europa del Norte no es tan diferente de la del sur?» Mercedes Cebrián, El País «La ingeniosa misantropía de Lykke y su desprecio hacia la época actual son tan corrosivos que me veo empujado a la indignación moral, pero no puedo, me hacen disfrutar demasiado.» Inger Bentzrud, Dagbladet «De lectura fácil y entretenida, es una puerta abierta a conocer la frialdad y el aburrimiento de una sociedad biempensante, en la que apenas existen las carencias materiales y en la que la moralidad también se rige por las raíces de una cultura luterana-protestante que ha dejado su huella. Un texto que nos incita a pensar sobre el escaparate del estado de bienestar.» Lourdes Rubio «Estado del malestar levanta la alfombra de los siempre perfectos países nórdicos y cuestiona si esa exigencia de ser felices no nos convierte en seres profundamente tristes.» Eva Cosculluela, Heraldo de Aragón

Nina Lykke (Trondheim, 1965) es una de las escritoras noruegas más destacadas de la actualidad. Su debut literario tuvo lugar en 2010, con el libro de relatos Orgien, og andre fortellinger (Orgía y otras historias). Gatopardo ha publicado sus novelas No y mil veces no (2021), que obtuvo el Premio de la Crítica Joven de Noruega, y Estado del malestar (2020), que le valió el Premio Brage, el galardón literario más importante de su país. Sus libros se han traducido a diecinueve idiomas.
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Capítulo 1

Nadie conoce las modas populares mejor que un médico de familia. He visto de todo: productos sin gluten, sin lactosa, sin azúcar, todas las recetas de los periódicos y de internet que convencen a personas sanas de que si dejan de comer pan o queso todo irá como es debido. Los pacientes de mediana edad no comprenden por qué están siempre tan cansados. Porque te haces mayor, les digo, pero ellos creen que esto de la edad no les concierne, igual que piensan que todo ese asunto de la muerte no va con ellos. Que la muerte hará una excepción en su caso. Dan por hecho que el cuerpo ha de funcionar sin crujidos y se sorprenden el día que deja de hacerlo. El día que las heces no salen, el sueño no llega y los músculos no colaboran. Con cuarenta y siete años no se es viejo, dice el paciente de cuarenta y siete años. Sí, le respondo. Con cuarenta y siete años se es lo bastante viejo como para que las cosas ya no funcionen como antes. Pero no están dispuestos a aceptarlo. Quieren seguir igual que hasta entonces y por eso se compran un determinado tipo de zumo o unos polvos verdes en internet, o se hacen pruebas de alergias e intolerancias alimentarias para poder seguir como antes si se toman el zumo o los polvos o dejan de consumir algún producto indispensable o no se acercan a animales peludos.

No quieren saber nada de lo que les digo, que es que tienen que relajarse, estar satisfechos con lo que tienen, comer de todo y moverse un poco, por ese orden. Estoy harta de decírselo y ellos están hartos de escucharlo, pero esa es la verdad y la verdad es aburrida.

Es viernes por la mañana, son las ocho menos cinco. En cinco minutos se desatará el caos. «Que pase el enemigo», como suele decir una de mis compañeras. E incluso ahora, después de todos estos años, puedo estar aquí sentada frente al escritorio del centro de salud, en el segundo piso de un viejo edificio de Solli plass, y no caer enseguida en por qué hay gente fuera esperando a pasar consulta. Han pedido permiso en el trabajo para venir aquí, pero ¿por qué? En mi cabeza solo hay vacío y silencio. Sobre el escritorio tengo unos cuantos papeles, una pantalla de ordenador, junto a ella, un estetoscopio, un poco más allá una especie de máquina grande con ruedas, pero qué es todo eso, qué son todas esas cosas y qué va a pasar aquí dentro, qué se puede esperar. Por qué estoy aquí. A la izquierda, la ventana; detrás, una estantería con libros y revistas; láminas con ilustraciones del cuerpo humano en medio de la pared de enfrente. Parece la consulta de un médico, pero dónde está el médico, si aquí solo estoy yo. Dónde están los adultos, cómo he acabado yo aquí. Tiene que ser un malentendido. Tal vez pueda marcharme sin más. Hacer como que voy al baño, escabullirme entre aquellas personas que esperan afuera y desaparecer.

Pero entonces el mundo vuelve a enfocarse y me acerco a la puerta y la abro e invito a pasar al primer paciente del día, claro que sí, vuelvo a entrar en la rueda y ahí estoy, con las manos enfundadas en un par de guantes de látex y los dedos untados con lubricante frente a un hombre que está tumbado de lado en la camilla, con los pantalones bajados y el trasero blanco al aire, y en cuanto le separo las nalgas veo y huelo que no se ha limpiado bien, que no se ha limpiado en absoluto tras su última visita al baño aunque supiera que iba a ir al médico, porque sufre de hemorroides y de prurito anal, y no tengo ningún problema en ser profesional e inspeccionarle las hemorroides y después meterle un dedo con cuidado para explorarle el recto y la próstata, ya que estoy, y más tarde sacar el dedo, tirar los guantes y lavarme las manos a fondo con un cuidado casi quirúrgico y pulsar tres veces el dispensador de gel hidroalcohólico.

—Espero que no te importe que abra la ventana —le digo—. Tengo que ventilar un poco.

Mientras tanto, él se ha puesto la ropa. Ahora está sentado y parece un ciudadano cualquiera y los bultitos morados que le rodean el ano sucio vuelven a estar ocultos bajo un pantalón negro con raya.

—Lo siento. No me atrevo a limpiarme bien últimamente. Tengo miedo de hacerme sangre.

—No pasa nada.

Sí, sí que pasa, dice Tore.

Tore es el esqueleto a tamaño natural que está en la esquina, entre el lavabo y la puerta. Está hecho de plástico y es mi único testigo de lo que ocurre aquí dentro. Cuando lo compré, le puse un sombrero negro de hombre en la cabeza porque me hacía gracia. En esa época me preocupaban esas cosas, el papel que desempeña el humor en la relación médico-paciente, la importancia de la risa para la recuperación. Entonces estábamos convencidos de que cambiaríamos el mundo y el sistema sanitario noruego, y veíamos a los pacientes como un todo y bla, bla, bla. También creíamos que éramos una excepción, que éramos especiales y que este centro de salud sería algo único, y tal vez sea eso lo que al final nos anima a levantarnos por la mañana, esa firme creencia de que somos especiales, de que somos una excepción.

Sí que pasa algo. Vaya que si pasa, prosigue Tore. Podía haber humedecido el papel y haberse limpiado con cuidado. Hay muchas opciones. Podría haber comprado toallitas en el 7-Eleven y haberse limpiado con ellas antes de venir. Pero no hizo ninguna de esas dos cosas. Y si está dispuesto a ponerle el culo lleno de excrementos frescos en la cara a una persona que no conoce, ¿qué no estará dispuesto a hacer? ¿Qué más esconde, qué más oculta este hombre?

Mientras me oigo hablarle de ejercicio físico, hidratación y fibra, intento abstraerme, de la voz agitada de Tore y del fuerte olor que hace tan solo unos minutos inundaba la estancia y que aún persiste en el aire.

Cuando estudiaba, hacía horas extra en una residencia de ancianos. Allí aprendí a abstraerme, y, después de tan solo una semana, podía pasar de limpiar excrementos de cuerpos y paredes y sillas de ruedas a comerme una hamburguesa en la cafetería. Construí una mampara hermética que separaba un lugar de otro, el antes del después, y sobre todo a mí de los pacientes.

Ahora ya no aguanto nada. Además de todo lo que se ha gastado y debilitado con los años, la capacidad de separar unas cosas de otras también ha empezado a deteriorarse y ahora tengo que hacer un esfuerzo consciente para aquello que hace años no me costaba nada.

Hablo mientras una serie de imágenes con vida propia me pasa por las retinas. Hablo de pomadas y supositorios, escribo una receta en el ordenador, pero las imágenes siguen pasando y cada vez son peores, se vuelven indescriptibles, son mis propios dientes afilados que muerden las hemorroides hasta que el techo se llena de heces y de sangre. ¿De dónde viene todo esto? Antes yo no era así. He pasado cosas mucho peores. He limpiado abscesos que han salpicado no solo a quienes estábamos cerca sino, en varias ocasiones, también el techo y las paredes. He curado heridas. He visto todo tipo de fluidos corporales y olido todos los olores que puede producir una persona. No puedo derrumbarme por unas simples heces. Pero las mamparas ya no son herméticas y todo espera su momento para salir y desparramarse por completo. Si no me contengo, sería un escándalo y perdería el derecho de estar aquí, y entonces qué pasaría conmigo ahora que esta consulta y este uniforme son lo único que me queda.

Puedes tomártelo con calma, señala Tore. Además, el escándalo ya se ha producido.

Pero no aquí, le respondo. Aquí aún no ha pasado nada.

El Hombre de las Hemorroides se va. Actualizo la agenda, abro la puerta y digo el nombre del siguiente paciente, pero el único que espera ahí fuera es un hombre con gafas y coleta que niega con la cabeza. Miro a un lado y al otro del pasillo, me acerco a la sala de espera y vuelvo a decir el nombre, pero nadie levanta la vista del móvil.

Cuando me dispongo a entrar en la consulta, el Hombre de la Coleta me mira desafiante. Su mirada dice lo siguiente: Ya que el paciente anterior no ha venido, ¿puedo pasar? No, no puedes, responde en silencio mi postura. Ahora me voy a tomar un descanso, que me lo he ganado.

En otros tiempos le habría hecho pasar. Para adelantar trabajo, mantener el control y la perspectiva e irlos despachando. Sin embargo, ya hace tiempo que me he dado cuenta de que no importa lo rápido que trabaje ni a cuántos pacientes reciba. Siempre surgen más, como de un grifo abierto. Siempre hay más. No tiene fin.

Me siento frente al escritorio y miro al infinito. «No pasa nada —alcanzo a pensar—, hay que tomarse con calma estos momentos libres a lo largo del día, es importante…», pero entonces vibra el teléfono y ahora recuerdo que también vibró cuando yo tenía el dedo metido dentro del Hombre de las Hemorroides.

En la pantalla hay un montón de mensajes no leídos. Varios de ellos son de Bjørn.

¿Qué tal estás? ¿Por qué no contestas?

Ese también lo dejo sin respuesta, como he hecho con los que me envió ayer. O anoche, al parecer, porque, ahora que miro las aplicaciones, veo que me ha mandado mensajes a varios sitios, a media noche y a las tres y a las cuatro de la madrugada.

Esta es mi nueva táctica: no contestar, no coger el teléfono. Eso llevo haciendo desde ayer por la tarde, cuando ya estaba con los pulgares en la pantalla, como de costumbre. Pero no me salieron las palabras. Qué iba a escribir, quién estaba al otro lado, esperando una respuesta, y qué sentido tenía todo eso.

Deja que esperen, pensé, y apoyé el teléfono en la estantería. Lo harán de todas...



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