E-Book, Spanisch, 480 Seiten
Reihe: Ensayo
Hägglund Esta vida
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-125285-7-2
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 480 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-125285-7-2
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Especializado en filosofía poskantiana, teoría crítica y literatura modernista en francés, alemán, inglés y lenguas escandinavas. Es profesor de Literatura Comparada y Humanidades en la Universidad de Yale, donde ha impartido cursos sobre Ser y tiempo de Heidegger, la temporalidad de la narrativa de Conrad a Beckett, y la mortalidad del alma de Aristóteles a John McDowell. El profesor Hägglund es autor de cuatro aclamados libros, que se ocupan de los filósofos del tiempo (de Kant a Husserl y Derrida), los teóricos del deseo (de san Agustín a Freud y Lacan), los escritores modernos (Proust, Woolf, Nabokov) y el legado del idealismo alemán (de Hegel a Marx y más allá). Sus libros han sido objeto de conferencias y coloquios en Harvard, Yale, NYU, Cornell y Oxford. Ha recibido becas de la Fundación Woodrow Wilson, la Comisión Fulbright y la Fundación Bogliasco. Elegido miembro de la Harvard Society of Fellows en 2009, recibió el Premio Schück de la Academia Sueca en 2014 y una beca Guggenheim en 2018. Su obra ha sido traducida a una docena de idiomas y ha dado conferencias por todo el mundo. Galardonado con el Premio René Wellek, Esta vida. Por qué la eternidad religiosa no nos hace libres (2019) ha sido nombrado mejor libro del año por The Guardian, The Millions, NRC y The Sydney Morning Herald. New York Magazine lo seleccionó como una de las lecturas esenciales durante la pandemia.
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01
Fe
I
Jamás pensó que se sentiría así. Ella entró en su vida, transformó su mundo, abrió su cuerpo y su mente. Sin embargo, siempre se dijo a sí mismo que la devoción que sentía por ella no comprometería su devoción por Dios. «Me habían advertido —recuerda— que no contara con la felicidad terrenal».[20] Pero resulta que eso es precisamente lo que hizo. La amaba, y porque la amaba su muerte le ha dejado destrozado. Durante días y noches registra «las palabras insensatas, el amargo resentimiento, el mariposeo en el estómago, la irrealidad de pesadilla, el baño de lágrimas».[21]
Sus piadosos amigos le dicen que busque consuelo en Dios y en las palabras de san Pablo: «No te aflijas como los que no tienen esperanza». Sin embargo, llega a comprender que «lo que dice san Pablo solamente puede confortar a quien ama a Dios más que a sus muertos».[22] Su fe en Dios le guiaría hacia una vida eterna. Pero al amarla y llorar su muerte, no encuentra consuelo en su fe en Dios y la eternidad. No quiere descansar en la paz eterna; quiere que ella vuelva y que su vida en común continúe, en el tiempo y el espacio de su existencia compartida. «La amada terrenal —escribe— triunfa incesantemente sobre la mera idea que se tiene de ella. Y quiere uno que así sea. Se la quiere con todas sus barreras, todos sus defectos y toda su imprevisibilidad. Es decir, en su directa e independiente realidad. Y esto, no una imagen o un recuerdo, es lo que debemos seguir amando después de que ella haya muerto».[23]
Las palabras pertenecen a C. S. Lewis en su libro Una pena en observación, escrito tras la muerte de su esposa, Joy Davidman. Si bien Lewis era uno de los escritores cristianos más influyentes de su época, Una pena en observación esgrime un tono diferente. Más que predicar o instruir, Lewis trata de describir lo que le está sucediendo en su experiencia de duelo, mientras explora el dolor y la desesperación de haber perdido a su amada. Lo que se desprende de este relato no es simplemente una crisis de fe, en el sentido de que la muerte de su mujer le haga dudar de la existencia de Dios. Lo que aflora es algo más profundo: la presunción de que su fe en Dios no puede ofrecer consuelo alguno ante la pérdida de un ser querido. Si una madre llora la muerte de su hijo, escribe Lewis, «todavía puede conservar su esperanza de “glorificar a Dios y gozar de Él para siempre”», es decir, «consolarse con el espíritu imperecedero de “Dios como meta” que habite dentro de ella. Pero este consuelo no sirve para su maternidad. Lo específico de su felicidad maternal tiene que darlo por perdido. Nunca ya, en ningún sitio ni en ningún tiempo, volverá a sentar a su hijo en sus rodillas, ni a bañarlo, ni a contarle un cuento, ni a hacer proyectos para su futuro, nunca conocerá a los hijos de su hijo».[24]
En oposición a su fe religiosa en la eternidad, Lewis describe un apasionado compromiso con una vida finita. La madre que llora a su hijo o el amante que llora a su amada se han consagrado a una relación que requiere tiempo para ser lo que es. El amor no es algo que pueda ocurrir en un instante. El amor expresa más bien el compromiso de cuidar a otra persona a lo largo del tiempo. La temporalidad de ese amor no es tan solo una condición inevitable; es intrínseca a las cualidades positivas de estar con el ser querido. Al amar a otra persona, uno valora un futuro proyectado, la repetición de actos y el tiempo de vida en común. Es el final de esa vida temporal lo que uno lamenta cuando pierde al amado. Y como aclara Lewis, la esperanza de la eternidad no proporciona ningún consuelo. Incluso si se cumpliera la esperanza de la eternidad, no devolvería la vida que compartían juntos:
Vamos a suponer que las vidas terrenales que ella y yo compartimos durante unos pocos años no sean en realidad más que el fundamento, el preludio o la apariencia terrena de otros dos algos inimaginables, supercósmicos y eternos. Estos algos podrían ser representados como esferas o globos. Por donde el plano de la Naturaleza los atraviesa, —es decir, en la vida terrenal— aparecen como dos círculos o rebanadas de esfera. Dos círculos que se tocaban. Pues bien, estos dos círculos, y sobre todo el punto en que se tocaban, es lo que realmente echo de menos, de lo que tengo hambre. Me decís: «Se ha ido». Pero mi corazón y mi cuerpo están gritando «¡Vuelve, vuelve! Vuelve a ser un círculo que toca el mío en el plano de la Naturaleza». Esto es imposible, claro, ya lo sé. Sé que la cosa que más deseo es precisamente la que nunca tendré. La vida de antes, las bromas, las copas, las discusiones, la cama, aquellos minúsculos y desgarradores lugares comunes. Desde cualquier punto de vista, decir «H. ha muerto» es decir «Todo aquello se acabó». Forma parte del pasado. Y el pasado es pasado, que no otra cosa quiere decir el tiempo, porque el tiempo en sí mismo no es ya más que otro nombre de la muerte, y el cielo mismo una región donde han ido a parar las cosas de antaño, al fallecer. […]
A no ser, claro, que creáis a pies juntillas en todo ese galimatías de las reuniones familiares en el más allá descritas en términos totalmente terrenales. Pero todo eso es contrario a las Sagradas Escrituras, está sacado de malos himnos y litografías. No existe en la Biblia una sola palabra acerca de ello.[25]
Lewis articula aquí vívidamente cómo el apego a la amada se expresa a través del compromiso de seguir viviendo con ella. No puede aceptar la muerte de su esposa porque quiere que continúe su vida en común, en el ritmo temporal y la concreción física que otorgaron su cualidad excepcional a su relación. Por consiguiente, no quiere que ellos sean seres autosuficientes y atemporales (lo que él describe como «dos algos inimaginables, supercósmicos y eternos»). Más bien quiere que se necesiten mutuamente, vulnerables y abiertos a ser transformados por el contacto con el otro. Por la misma razón, la promesa de un estado de existencia eterna no puede ofrecer lo que él desea. En la consumación de la eternidad —aquí descrita como un estado celestial donde todas las «cosas de antaño» han muerto en pro de la eternidad— no habría tiempo para que su relación perviviera. La eternidad pondría fin a su tiempo juntos, y en un estado como ese, su amor no podría sobrevivir.
Por tanto, el compromiso con su amada que inspira Una pena en observación está reñido con el compromiso que Lewis tiene con Dios. Como versado lector de teología cristiana, es muy consciente de que no debe amar a los seres mortales como un fin en sí mismo, sino solo como un medio para alcanzar el amor de Dios. Como explica en Una pena en observación: «Si te acercas a Él no tomándolo como meta sino como camino, no como fin sino como medio, no te estás acercando para nada a Él».[26] Por eso Lewis subraya que la Biblia no admite visiones de una vida después de la muerte que proyecten el reencuentro con las personas que has amado a lo largo de tu vida. Tales visiones no se dirigen a Dios como fin, sino que como mucho lo tratan como un medio para recuperar al amado mortal. La visión de un más allá donde su esposa recibiría a Lewis está vinculada a seguir viviendo con la persona amada más que a morar en la eternidad de Dios.
Lewis ilumina así mi distinción principal entre pervivir (prolongando una vida temporal) y ser eterno (asumido en una existencia atemporal). Como deja dolorosamente claro, no se puede reconciliar lo primero con lo último. Al llorar a su mujer, Lewis la ama como un fin en sí mismo. No quiere nada más allá de ella; quiere que vuelva y que su vida de amantes continúe: «las bromas, las copas, las discusiones, la cama, aquellos minúsculos y desgarradores lugares comunes». Este deseo se compromete a compartir una vida que requiere tiempo para ser lo que es. No solo resulta inalcanzable una vida eterna por querer que vuelva su amada, sino que es también indeseable. Quiere que su relación perviva, en lugar de ser asumida en una vida eterna.
Cabe preguntarse por qué la elección entre el pervivir y el estar en la eternidad tiene que ser excluyente. Muchas ideas populares preconcebidas de la vida después de la muerte creen que es posible combinar el pervivir y el estar en la eternidad, lo que permite conservar las cualidades positivas de la vida sin la amenaza de perderlas. Así, en respuesta a mi argumentación, el famoso teólogo Miroslav Volf ha puesto de relieve que las visiones cristianas de la eternidad se entienden mejor como visiones de una existencia infinita que como visiones de una existencia atemporal.[27] Volf acepta que una vida atemporal, eterna, carecería de sentido, ya que no puede haber experiencias ni acontecimientos sin tiempo....




