E-Book, Spanisch, 270 Seiten
Reihe: Ensayo
Johnson El mapa fantasma
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-121913-8-7
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
La EPIDEMIA que cambió la ciencia, las ciudades y el mundo moderno
E-Book, Spanisch, 270 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-121913-8-7
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Steven Johnson.- Escritor de divulgación científica estadounidense. Autor de varios libros sobre la intersección de la ciencia, la tecnología y la experiencia personal. También ha co-creado tres sitios web influyentes: la pionera revista en línea FEED, el sitio comunitario galardonado Webby, Plastic.com, y más recientemente outside.in. Como editor colaborador de Wired, escribe regularmente para The New York Times, The Wall Street Journal, The Financial Times y otras. Forma parte de los consejos asesores de varias empresas relacionadas con Internet.
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SÁBADO, 2 DE SEPTIEMBRE
OJOS HUNDIDOS,
LABIOS AZUL OSCURO
Durante los dos días posteriores a que la niña de los Lewis cayera enferma, la vida en Golden Square continuó con su clamor habitual. En la cercana Soho Square, un afable reverendo llamado Henry Whitehead salió de la habitación que compartía con su hermano en una casa de huéspedes y emprendió su paseo matutino hacia la iglesia de St. Luke en Berwick Street, adonde había sido destinado como auxiliar. El joven Whitehead, de veintiocho años, había nacido en la localidad costera de Ramsgate y se había formado en un prestigioso colegio público llamado Chatham House, dirigido por su padre. Whitehead, que había sido un alumno brillante en Chatham, graduándose como el mejor alumno en composición inglesa, continuó su admirable trayectoria en el Lincoln College de Oxford, donde gracias a su sociabilidad y amabilidad adquirió una gran popularidad que le acompañaría durante el resto de sus días. Se convirtió en un fiel aficionado a la vida intelectual de las tabernas: sentarse a cenar con un grupo de amigos, saborear una pipa, contar historias o debatir sobre política o filosofía moral hasta altas horas de la noche. Cuando se le preguntaba por sus años universitarios, a Whitehead le gustaba decir que había aprendido más de los hombres que de los libros.
Cuando dejó Oxford, Whitehead ya estaba decidido a ingresar en la Iglesia anglicana, y recibió la ordenación en Londres varios años después. Su vocación religiosa no pudo vencer a su afición por las tabernas londinenses, y siguió frecuentando los viejos locales de los alrededores de Fleet Street —como The Cock, The Cheshire Cheese o The Rainbow—. Como solían decir sus amigos, Whitehead era liberal en lo político, pero conservador en lo moral. Además de su formación religiosa, era una persona sagaz, de pensamiento empírico y dotado de una prodigiosa memoria para los detalles. Era también excepcionalmente tolerante con las ideas disidentes, y no le afectaban las críticas de la opinión pública. A menudo se le oía decir a sus amigos: «Creedme, el hombre que está solo en minoría es probablemente el que esté en lo cierto»[25].
En 1851, el párroco de St. Luke ofreció a Whitehead un puesto de auxiliar, explicándole que la parroquia era un lugar para aquellos que «se preocupan más por la aprobación que por el aplauso de los hombres». Su labor en St. Luke era como la de un misionero al servicio de los humildes habitantes de Berwick Street, y su figura era conocida y respetada en el tumultuoso vecindario. Así recogía uno de sus contemporáneos el caos que caracterizaba la zona de St. Luke en aquella época:
Uno no se da cuenta, al caminar por Regent Street, de lo pequeña que es la distancia de calles y paseos que separa a «los pequeños desconocidos de los grandes desconocedores». Pero, para quien se adentre en las desconocidas tierras de los suburbios del Soho a través de los accesos de las calles Beak Street o Berwick Street, hay mucho material, sorprendente e interesante, con el que estudiar las costumbres de los pobres de Londres. De repente, te ves obligado a parar tu coche en seco ante el paso de la carreta de un vendedor ambulante que te pregunta si vas a Berwick Street de St. Luke: si confiesas que ese es tu destino, te dice educadamente, pero con un marcado tono sohoniano, que se te permitirá el paso hacia finales de la semana siguiente, y enseguida empiezas a creer que hay algo de verdad en semejante profecía. A ambos lados de la estrecha calle pueden verse apiñadas las paradas y los carros de los vendedores. El vendedor de carne de gato, el de pescado, el carnicero, el frutero, el juguetero y el viejo trapero se abren paso a empujones anunciando a gritos sus mercancías. «¡Carne de primera! ¡Carne! ¡Carne! ¡Compren! ¡Compren! ¡Aquí! ¡Aquí! ¡Aquí! ¡Ternera! ¡Ternera! ¡Hay ternera fresca! ¿Qué le apetece? ¡Vendido! ¡Otro vendido! ¡Pescado regalado! ¡Cerezas en su punto!». Tu destino es la iglesia de St. Luke en Berwick Street: no tardas en ver su borrosa hilera de deslucidas ventanas semigóticas. Justo enfrente del enrejado de la puerta hay un hombre despellejando anguilas; oyes un grito, sabes que procede de una miserable criatura que no se resigna a su destino y que ha logrado escurrirse de entre las manos del hombre escabulléndose entre la multitud.[26]
Con el calor y la humedad de finales de agosto, el Soho desprendía inevitablemente los olores generados por los pozos negros y las cloacas, las fábricas y los hornos. Parte del hedor provenía de la omnipresencia de ganado en el centro de la ciudad. A un viajero moderno que se desplazara en el tiempo hacia el Londres victoriano no le sorprendería ver caballos (y, por consiguiente, su estiércol) por todos los rincones de la ciudad, pero probablemente le asombraría descubrir el elevado número de animales de granja que vivían en barrios tan abarrotados como Golden Square. Por las calles caminaban en tropel auténticos rebaños; el mercado de ganado más importante, en Smithfield, tenía unas ventas regulares de cerca de quince mil ovejas al día. Un matadero situado en los límites del Soho, en Marshall Street, mataba una media de cinco bueyes y siete ovejas al día, deshaciéndose de la sangre y la suciedad procedentes de los animales a través de unos desagües que desembocaban en la calle. Al no disponer de las instalaciones adecuadas, los residentes convertían las viviendas tradicionales en «establos» —apiñando veinticinco vacas en una diminuta habitación—. En algunos casos, las vacas eran subidas a los desvanes mediante poleas, y se las encerraba en la oscuridad hasta que se les agotaba la leche.[27]
Hasta los animales de compañía podían resultar agobiantes. Un hombre que vivía en el ático del número 30 de Silver Street tenía veintisiete perros en una sola habitación. Acostumbraba a depositar en el tejado del edificio lo que sin duda era una cantidad sorprendente de excrementos caninos, que acababa secándose bajo el sol abrasador del verano. Un poco más abajo, en la misma calle, una mujer de la limpieza convivía con diecisiete perros, gatos y conejos en su piso, de una sola habitación.
El hacinamiento humano era igualmente opresivo. A Whitehead le gustaba explicar una anécdota vivida durante una visita a una de esas casas repletas, cuando le preguntó a una humilde mujer cómo se las arreglaba para sobrevivir en semejante estrechez. «Bueno, señor —contestó—, estábamos muy cómodos hasta que el caballero se ha puesto justo en medio». Entonces señaló hacia un círculo que había trazado con tiza en el suelo de la habitación que delimitaba la zona que se le permitía ocupar al «caballero».[28]
El trayecto realizado por Henry Whitehead aquella mañana estuvo seguramente lleno de interrupciones y encuentros: una parada en una cafetería muy frecuentada por maquinistas, visitas a las casas de varios feligreses, unos minutos para acompañar a los enfermos del asilo St. James Workhouse, situado en la misma calle de su iglesia, que acogía a quinientos indigentes de la ciudad de Londres forzados a realizar arduas tareas durante todo el día.[29] Probablemente también paró un rato en la fábrica de los Eley Brothers, lugar en el que ciento cincuenta trabajadores producían a gran escala uno de los inventos militares más importantes del siglo: la «cápsula fulminante», un sistema que había permitido la utilización de las armas de fuego en cualquier condición meteorológica. (Los antiguos sistemas a base de sílex perdían su efectividad a poco que lloviera). Gracias al estallido de la guerra de Crimea, unos meses antes, el negocio de los Eley Brothers estaba operando a pleno rendimiento.
Los setenta trabajadores de la fábrica de cerveza Lion Brewery de Broad Street realizaban sus labores cotidianas mientras iban sorbiendo el licor de malta que se les proporcionaba como parte de sus salarios. En el número 40 de esa misma calle, justo encima del piso de la familia Lewis, tenía su propio negocio un sastre, a quien solo conocemos por el apelativo de señor G., a quien a veces ayudaba su mujer. En las aceras se agolpaban los trabajadores callejeros: fabricantes y reparadores, traperos y vendedores ambulantes, que vendían todo tipo de cosas, desde bollos y almanaques hasta cajas de rapé y ardillas vivas. Es probable que Henry Whitehead conociera a muchas de estas personas por sus nombres, y que se pasara la mayor parte de aquel día conversando con ellos, en las aceras o en sus propias casas, y transmitiéndoles su apoyo y su respeto. Sin duda, el calor debió de ser uno de los temas de conversación más recurrentes: las temperaturas habían alcanzado máximas de treinta y dos grados centígrados durante varios días consecutivos, y la ciudad apenas había recibido una gota de lluvia desde mediados de agosto. También se hablaría de las noticias que llegaban de la guerra de Crimea, o del nombramiento de un nuevo jefe del Departamento de Salud, un hombre llamado Benjamin Hall, que había prometido seguir con la audaz campaña sanitaria de su predecesor, Edwin Chadwick, pero sin producir tantos trastornos a la población. La ciudad estaba a punto de concluir la lectura de la...




