E-Book, Spanisch, 136 Seiten
Reihe: Ensayo
Junger Tribu
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-122192-8-9
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Sobre vuelta a casa y pertenencia
E-Book, Spanisch, 136 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-122192-8-9
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Es un escritor, periodista y documentalista estadounidense, conocido sobre todo por su libro The Perfect Storm: A True Story of Men against the Sea (1997) y su posterior adaptación cinematográfica. El libro narra el caso real del pesquero Andrea Gail, que se hundió en 1991 en las costas de Nueva Escocia, en el que perecieron sus seis tripulantes tras la arriesgada decisión de continuar viaje a pesar de las previsiones meteorológicas adversas. A Death in Belmont (2007) se centra en la violación y asesinato de Bessie Goldberg, en 1963, que muchos adjudicaban al conocido como Estrangulador de Boston, un tema muy controvertido en EE.UU. Fire (2001) es una colección de artículos sobre temas candentes en lugares altamente conflictivos, como Afganistán, Kosovo o Sierra Leona. War (2010), resultado de su viaje a Afganistán con el reportero Hetherington, fue uno de los libros más vendidos de no ficción ese año. Junger ha recibido diferentes premios, como el National Magazine Award en 2000, por su 'The Forensics of War', reportaje publicado en Vanity Fair. En 2009 fue premiado, junto con Hetherington, con el Alfred I. du Pont-Columbia University Award, por The Other War: Afghanistan. Asimismo, un documental realizado por ambos, Restrepo, recibió el Gran Premio del Jurado en la sección de documental en el Festival de Sundance de 2010, y la nominación a Mejor Documental en los Premios Óscar de 2010.
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Quizás el hecho singular más sorprendente sobre Estados Unidos sea que, única entre las naciones modernas que se han convertido en potencias mundiales, lo logró mientras se abría paso entre casi cinco mil kilómetros de tierra totalmente salvaje poblada por tribus de la Edad de Piedra. Desde el conflicto armado entre indios americanos habitantes de la actual Nueva Inglaterra y los colonos ingleses y sus aliados nativos americanos en el siglo xvii, conocido como la guerra de King Philip (que fue el nombre adoptado por el principal líder del bando indio americano, Metacomet), hasta los últimos robos de ganado de los apaches cruzando el río Bravo en 1924, Estados Unidos libró una batalla permanente contra una población nativa que apenas había cambiado, tecnológicamente, en 15.000 años. Durante el curso de tres siglos, Estados Unidos se convirtió en una floreciente sociedad industrial atravesada por la división de clases y la injusticia racial, pero cohesionada por un corpus legal que, al menos en teoría, consideraba iguales a todas las personas. Los indios, por otro lado, vivían en comunidad en campamentos móviles o semipermanentes gobernados más o menos por consenso y ampliamente igualitarios. La autoridad individual se ganaba, más que detentarse por la fuerza, y se imponía únicamente a personas que estaban dispuestas a aceptarla. Si a alguien no le gustaba, era libre de marcharse a cualquier otra parte.
La proximidad de estas dos culturas a lo largo de muchas generaciones representaba para ambos lados una rigurosa opción sobre cómo vivir. Hacia finales del siglo xix, en Chicago se construían fábricas y en Nueva York arraigaban los barrios pobres, mientras que los indios guerreaban con lanzas y hachas a unos dos mil kilómetros de distancia. Algo dice de la naturaleza humana que un sorprendente número de estadounidenses —en su mayoría hombres— acabara uniéndose a la sociedad india en vez de permanecer en la suya propia. Emulaban a los indios, se casaban con ellos, eran adoptados por ellos, y en ocasiones hasta luchaban a su lado. Lo contrario casi nunca ocurrió: los indios casi nunca escapaban para unirse a la sociedad blanca. La emigración siempre pareció ir de lo civilizado a lo tribal, lo que desconcertó a los pensadores occidentales a la hora de explicar semejante rechazo aparente de su sociedad.
«Cuando un niño indio se ha criado entre nosotros, se le ha enseñado nuestra lengua y habituado a nuestras costumbres —escribía Benjamin Franklin a un amigo en 1753—, [incluso] si solo va a ver a sus parientes y da un paseo con ellos, no hay manera de persuadirle para que vuelva». Por otro lado, seguía escribiendo Franklin, a los prisioneros blancos liberados de los indios era casi imposible retenerlos en casa: «Aquellos rescatados por sus amigos, y tratados con toda la ternura imaginable para convencerlos de quedarse entre los ingleses, pues ocurre que al poco tiempo se sienten disgustados con nuestra manera de vivir […] y aprovechan la primera buena oportunidad que tengan para escapar de nuevo a los bosques».
La preferencia, entre muchos blancos, por la vida tribal fue un problema que incidió de forma desgarradora durante las guerras fronterizas de Pensilvania en la década de 1760. En la primavera de 1763, un líder indio llamado Pontiac convocó un consejo de tribus junto al pequeño río Écorces, cerca del antiguo puesto comercial francés de Detroit, en lo que actualmente es el estado de Michigan. El constante avance de asentamientos blancos era una amenaza que unificó a las tribus indias en formas que ningún periodo de paz y prosperidad podía lograr, y Pontiac pensaba que, con una alianza lo suficientemente amplia, podría hacer retroceder a los blancos al lugar que habían ocupado una o dos generaciones antes. Entre los indios se contaban cientos de colonos blancos que habían sido capturados por comunidades fronterizas y adoptados por las tribus. Algunos estaban conformes con sus nuevas familias y otros no, pero colectivamente constituían una enorme preocupación política para las autoridades coloniales.
El encuentro de las tribus fue coordinado por corredores que podían cubrir casi doscientos kilómetros en un día y que entregaban como regalos tabaco y cinturones de abalorios junto con el mensaje de reunirse urgentemente en asamblea. El trenzado de las cuentas de los cinturones estaba hecho de tal manera que incluso las tribus distantes entendieran que la reunión estaba fijada para el decimoquinto día de Iskigamizige-Giizis, la luna que hace hervir la savia. Grupos de indios se desplazaron hacia Rivière aux Écorces y acamparon a lo largo de las orillas del río hasta que, finalmente, en la mañana de lo que los colonos ingleses conocían como el 27 de abril, los ancianos empezaron a pasar a través del campamento llamando a los guerreros a consejo. «Salieron de sus cabañas: las altas y desnudas figuras de los salvajes ojibwas, con los carcajes colgados a la espalda y ligeros palos de guerra descansando en sus brazos —escribió un siglo más tarde el historiador Francis Parkman—; los ottawas, ceñidos en sus llamativas mantas; los wyandotes, agitándose con sus camisas llamativas, sus cabezas adornadas con plumas y sus mallas adornadas con campanillas. Enseguida estuvieron todos sentados en la hierba dentro de un amplio círculo, en filas concéntricas, una asamblea grave y silenciosa».
Pontiac era conocido por la altura de su oratoria, y hacia el final del día había convencido a los guerreros reunidos de que el futuro de su gente estaba en juego. Trescientos guerreros marcharon sobre la fortaleza inglesa mientras otros 2.000 luchadores esperaban la señal de ataque en el bosque. Después de intentar tomar el fuerte con sigilo, se retiraron y atacaron desnudos y entre alaridos, con balas en la boca para facilitar la recarga. El intento fracasó, pero poco después la guerra estalló en toda la frontera. Prácticamente todos los fuertes y empalizadas desde el alto Allegheny hasta Blue Ridge fueron asaltados simultáneamente. Le Boeuf, Venango, Presque Isle, La Baye, St. Joseph, Miamis, Ouchtanon, Sandusky y Michilimackinac fueron invadidos y sus defensores masacrados. Partidas de arrancadores de cabelleras se diseminaron por los bosques y descendieron hasta las remotas granjas y asentamientos por toda la escarpadura oriental, matando aproximadamente a 2.000 colonos. Los supervivientes huyeron en dirección hacia el este hasta la frontera de Pensilvania, que empezaba en Lancaster y Carlisle.
La respuesta inglesa fue lenta pero imparable. Los remanentes de la 42.ª y 77.ª División de infantería de montaña, que acababan de regresar de acciones militares en Cuba, fueron congregados en los barracones militares de Carlisle y preparados para la marcha de más de 300 kilómetros hasta Fort Pitt. Se les unieron 700 milicianos locales y 30 exploradores y cazadores rurales. Se suponía que la infantería de montaña tenía que proteger los flancos de la columna, pero pronto se les retiró de la tarea porque se perdían una y otra vez en los bosques. El comandante era un joven coronel suizo llamado Henri Bouquet que había combatido en Europa y se había unido a los ingleses para promocionar su carrera. Sus órdenes eran sencillas: avanzar por Pensilvania, con hombres que despejaban con hachas el camino para los carros, y reforzar Fort Pitt y otras guarniciones asediadas en la frontera. No había que hacer prisioneros. A las mujeres y los niños nativos había que capturarlos y venderlos como esclavos. Y había que pagar recompensas por cualquier cabellera, femenina o masculina, que los colonos blancos lograsen arrancar de una cabeza india.
El ejército de Bouquet salió atropelladamente de Carlisle en julio de 1763, y en unos cuantos meses había derrotado a los indios en Bushy Run y reforzado Fort Pitt y otras guarniciones periféricas. Al verano siguiente llevaron su campaña al corazón del territorio indio. A veces cubriendo ocho kilómetros, y otras cubriendo dieciséis, las tropas de Bouquet labraron su senda a través del fértil y llano camino de la cuenca del río Ohio. Atravesaron grandes mesetas de árboles de hoja caduca y sabanas abiertas alimentadas por innumerables arroyos y ríos. Algunos de los ríos tenían playas de grava que se extendían a lo largo de muchos kilómetros y permitían el paso cómodo a los carromatos de suministros. El bosque carecía en su mayor parte de maleza y los hombres, a pie o a caballo, pasaban fácilmente. Lo que atravesaban era una especie de paraíso, y los diarios de Bouquet mencionan la belleza natural de la tierra casi en cada página.
Hacia mediados de octubre, Bouquet había alcanzado el río Muskegham, en lo profundo del territorio de shawnees y delawares, y una delegación india se reunió con él para demandar la paz. Con la esperanza de intimidarles, Bouquet desplegó sus fuerzas en un campo adyacente: fila tras fila de hombres en armas con las bayonetas caladas; montañeses con faldas escocesas formados tras las banderas de sus regimientos; y docenas de pioneros vestidos a semejanza de los indios y apoyados confiadamente en sus rifles de una manera que debía de ser enormemente...




