E-Book, Spanisch, 536 Seiten
Reihe: Ensayo
Lopez Sueños árticos
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-122192-7-2
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 536 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-122192-7-2
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Escritor y ensayista estadounidense cuya obra es conocida por sus preocupaciones humanitarias y ambientales. Ganó el National Book Award por Sueños árticos (1986) y su libro Of Wolves and Men (1978) también fue finalista del mismo premio. Lopez se crio en el sur de California y en Nueva York. Asistió a la Universidad de Notre Dame, consiguiendo títulos de grado y posgrado allí en 1966 y 1968. Fotógrafo de paisajes, sus ensayos, cuentos, críticas y artículos de opinión comenzaron a aparecer en 1966. Ha viajado a cerca de 80 países y en 2002 fue elegido miembro del Club de Exploradores, y fue descrito como 'el escritor de la naturaleza más importante del país' por el San Francisco Chronicle. Sus escritos son frecuentemente comparados con los de Thoreau, ya que aporta una honda erudición al texto sumergiéndose en su entorno, integrando hábilmente sus preocupaciones ambientales y humanitarias. En sus ensayos, a menudo examina la relación entre la cultura humana y el paisaje físico. En sus novelas, frecuentemente aborda temas de intimidad, ética e identidad. En su calidad de fotógrafo paisajista, Barry Lopez sigue manteniendo un estrecho contacto con una diversa comunidad de artistas.
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Presentación
Quienes hayan estado en picos de gran altitud conocerán de primera mano la «blancura total»: ese punto en el que una tempestad de nieve alcanza tal intensidad que es imposible distinguir entre la tierra nevada y la nieve del aire. El mundo se disuelve en un único tono cromático carente de toda profundidad. La percepción se nubla. La orientación se ve dificultada. Solo la verticalidad continúa siendo fiable.
La blancura total ártica es diferente. En el Ártico, la blancura total se produce no cuando la luz es demasiado escasa, sino cuando es excesiva. Sucede, tal y como explica Barry Lopez, «cuando la luz que viaja en una dirección y en un determinado ángulo tiene el mismo flujo luminoso, o potencia, que la luz que viaja en cualquier otra dirección, independientemente de su ángulo». Las dos corrientes de luz chocan y se suprimen mutuamente. «No hay sombras. El espacio no tiene profundidad. No hay horizonte. El suelo del mundo desaparece. Al caminar, tropezamos como cuando creemos bajar un escalón inexistente».
Barry López es, sin duda alguna, uno de los escritores vivos más importantes en lo relativo a la naturaleza y nuestra relación con ella. Para él, la característica que define un entorno salvaje es que nos hace en cierto modo «tropezar». Elimina un peldaño de nuestra escalera y por tanto pone de relieve la «impulsividad de estrechas miras» de la planificación humana. «Es precisamente por la gran diferencia en los regímenes del tiempo y de la luz en el Ártico —escribe— por lo que [este] es capaz de desvelar de forma sorprendente la complacencia de nuestras ideas sobre la naturaleza en un sentido general».
A menudo se sugiere que nos vemos atraídos hacia las tierras vírgenes para experimentar un proceso de sanación y consuelo. Para Lopez, los espacios salvajes no son terapéuticos ni reconfortantes. Son engañosos y el aprendizaje resulta duro. Su obra maestra, Sueños árticos, publicada en 1986, está repleta de personas cuyas expectativas se ven trastocadas por el entorno polar, a veces a costa de sus propias vidas. Un cazador, con la percepción de las proporciones alterada por la desnudez de la tundra, dedica una hora a seguir los pasos de un oso pardo que resulta ser una marmota. A un oso polar le salen alas y echa a volar cuando se acerca un grupo de hombres: habían estado siguiendo a un búho nival. Y luego está la fata morgana, el espejismo de hielo y luz que simula una línea de costa con dentadas cordilleras y que en ocasiones se cobró la vida de los exploradores del siglo XIX que navegaban hacia él con la esperanza de alcanzar tierra firme. La mitología de los nativos americanos deificó esta capacidad del paisaje para confundirnos en la figura de Cuervo: el dios embaucador. Barry Lopez entiende el fenómeno fundamentalmente como una cuestión física, pero también él lo venera por los desafíos que supone para nuestras estructuras de pensamiento y formas de conocimiento.
Antes de escribir Sueños árticos, Lopez viajó durante cinco años en calidad de biólogo de campo por el norte de Canadá. Atravesó los variados territorios de la región: las anaranjadas y ocres tierras yermas de la isla Melville; los profundos cañones del río Hood; la bahía de Baffin, donde gigantescos icebergs se desplazan lentamente; y la isla de Pingok, en el mar de Beaufort, donde las mareas son tan leves que «es posible rozar con la punta de los pies el extremo del agua y, con la debida paciencia, verla avanzar únicamente hasta los talones de las botas en seis horas». Su contacto continuo con estos lugares, así como el análisis que exigía su trabajo de investigación, lo llevó a adquirir una aguda comprensión de la región. También sentó las bases del particularmente austero estilo de sus obras. El Ártico, señala, tiene «las clásicas líneas del paisaje desértico: sobrio, equilibrado, ilimitado y mudo» (percibimos con admiración el equilibrio de los adjetivos: corto-largo-largo-corto, de esta descripción). Lo mismo puede decirse de la prosa de Barry Lopez. De todos los grandes escritores paisajistas modernos, su estilo parece el que con más pureza representa el terreno que describe.
Cuando comenzó a escribir sobre el Ártico, Barry Lopez se tuvo que enfrentar al problema de la representación: ¿cómo podía el lenguaje apresar un paisaje tan descomunal y «monocorde»? ¿Cómo describiría el reino de la inmensidad y la repetición («extensiones ininterrumpidas de hielo y nieve» y «llanuras de aguas abiertas»)? ¿Cómo iba a situar este paisaje inhóspito y enigmático al alcance de las palabras sin trivializarlo ni faltar a la verdad? Las altas latitudes, como las grandes elevaciones, son regiones a cuya superficie (piedra, nieve, hielo, luminosa atmósfera...) las palabras no se adhieren con facilidad.
Lo que terminó por comprender es que los detalles anclan la percepción en un contexto de inmensidad. Es quizá el rasgo más definitorio del estilo de Lopez el súbito desplazamiento de lo panorámico a lo específico. Una y otra vez evoca el alcance y la claridad de un paisaje ártico para luego enfocar «el caparazón quitinoso de un insecto» refugiado en una mata de hierba, la centelleante tracería de «telas de araña deshechas», o «los huesos de un lemming», cuya forma se asemeja a la de la «hebra de líquenes “asta de venado” junto a la que yacen». El efecto para el lector de estos cambios abruptos de perspectiva es embriagador, como si nos hubiera cogido del hombro y nos hubiera clavado sus prismáticos en los ojos.
De hecho, biólogo en un territorio remoto, Barry Lopez en raras ocasiones viajaba sin un par de lentes colgadas al cuello. Nos ofrece frecuentes referencias a su importancia para la observación: «Cogí mis binoculares para acercarlo», escribe sobre el ancho valle de un río en las islas Banks. «Tomé mis prismáticos para estudiar de nuevo los bueyes almizcleros», señala, de forma que aparezcan «nítidos, incluso a una distancia de tres o cuatro kilómetros». «Me acomodo en un pliegue de la tundra, protegido del viento […] y comienzo a estudiar la lejana orilla con los prismáticos».
Lo que las lentes ofrecen en enfoque y alcance, lo restan en visión periférica. Observar un objeto mediante unos prismáticos es verlo en tajante aislamiento, rodeado de oscuridad (como si estuviera al final de un túnel). Este efecto de apartamiento explica otro de los elementos propios del estilo de López: la imagen lúcida y sencilla, fantástica en su precisión: los caribúes que se sacuden para eliminar el agua del río bajo el sol de la tarde de forma que «una flor de rocío […] brillaba en el aire a su alrededor como granos de mica», o una liebre de montaña que se levanta de su escondrijo en la tundra «en un abrupto estado de alerta […] tan resuelto como si alguien hubiera silbado».
El sorprendente estilo atento de López nace de los prismáticos, pero también de la otra tecnología clave del biólogo de campo: el cuaderno. El origen de sus textos en las notas manuscritas es patente en sus oraciones sin verbo y su sintaxis a sacudidas: «La ballena boreal negra con sus manchas blancas en la barbilla. Morsas sobre un témpano de hielo. Ríos en el hielo primaveral». Es palpable también en la deslumbrante inmediatez de los pasajes del libro conjugados en presente, que transmiten la sensación de haber sido transferidos sin revisión de la vida al cuaderno y de este a la página impresa.
Teniendo en cuenta la formación científica de Lopez, es sorprendente la atención que Sueños árticos concede a los límites del racionalismo. Cierto, su carga de datos es enorme: aquí encontrarán explicaciones sobre la cristalografía de las delgadas hojas de hielo que comienzan a formarse sobre la superficie del agua o de la termodinámica del pelo de los osos polares, aclaraciones que son milagros de ferviente concisión. Pero para Lopez, esta información nunca resuelve ni resume el Ártico y sus criaturas; en lugar de esto, profundiza su «misterio» (una palabra que, gratamente, no teme utilizar). La ciencia conduce con delicadeza lo real hasta una magnificencia aún mayor, pero carece de capacidad explicativa absoluta. «Me convertí —recordaría más tarde al comentar su transición de “científico” a “escritor” durante sus años en el Ártico— en alguien que viaja y que fundamentalmente se concentra, por decirlo en pocas palabras, en lo que los positivistas lógicos dejan de lado».
En 1997, el verano en el que cumplí veintiún años, pasé varias semanas en el noroeste de Canadá escalando las Rocosas y recorriendo los caminos salvajes de la cuenca del Pacífico. Estuve solo durante largos periodos de tiempo, con horas y horas que llenar en tiendas de campaña, por lo que pasé mucho tiempo leyendo. Siempre que regresaba a una ciudad, entre viaje y viaje, me dirigía a la librería más cercana para hacerme con suministros. Estaba ojeando estanterías en Vancouver cuando encontré un ejemplar de Sueños árticos. Tenía poderosas razones para no comprarlo. Nunca había oído hablar de Barry Lopez. Su subtítulo (Imaginación y deseo en un paisaje septentrional) me pareció entonces propio de la novela rosa. Era caro para mis posibilidades. Y sobre todo, era pesado: cerca de quinientas páginas en papel grueso. Puesto que...




