Madison | Tentar al playboy | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 310 Seiten

Madison Tentar al playboy


1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19301-63-5
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 310 Seiten

ISBN: 978-84-19301-63-5
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



playboy (Voz ingl.) 1. m. Hombre, generalmente rico y atractivo, de vida ociosa y sexualmente promiscua. Sinónimos: socialité, buscador de placer. Noah Lo tengo todo: soy rico y guapo y puedo tener a la mujer que quiera. Hasta que la conozco a ella y todo mi universo recibe una patada en el culo, porque Kaleigh no quiere saber nada de mí. Kaleigh Nunca repito una cita con nadie. Así hay menos posibilidades de que me rompan el corazón. Hasta que mis ojos aterrizan sobre el único hombre por el que rompería mi norma. Ella cree que puede huir de mí. Que voy a dejar que se me escape. Él cree que puede hacerse con una mujer como yo. No tiene ni idea. Un hombre que lo tiene todo necesita solo una cosa: a alguien que le tiente. Solo tienes que ver cómo tiento al playboy...

Cuando no tiene la nariz dentro de un libro ni los dedos volando sobre el teclado de un ordenador, se mete en la cocina para crear platos gourmet. Te la puedes encontrar, con unos tacones de al menos diez centímetros, llevando a los niños en el coche o puede que con su marido, programando sus viajes de negocios. Es una suerte que sus personajes hagan lo que ella dice, porque ni su labrador la escucha... Tentar al playboy es la tercera novela de Natasha en Phoebe, después del gran éxito conseguido con Tentar al jefe y Algo tan perfecto (2023).
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1


Kaleigh

—Bip. Bip. Bip.

El sonido que proviene de la habitación de mi hermana hace que me dé la vuelta y mire el reloj.

—Las cinco y media… —gruño contra la almohada, y me vuelvo a acurrucar en el calorcito de mi cama.

Lo primero que hice cuando me mudé con mi hermana fue colocar cortinas opacas. Ah, y un pestillo en la puerta. Me gusta dormir desnuda, así que no quiero que se vuelva a repetir lo de que entren en mi habitación mi sobrino de diez años y mi sobrina de seis mientras estoy dormida. Cierro los ojos, pero solo pasan seis minutos hasta que vuelvo a escuchar el mismo pitido. Me tapo la cabeza con las sábanas y pienso en cuánto ha cambiado mi vida en los seis últimos meses…

Yo era una chica soltera que disfrutaba de la vida. Al fin había conseguido ser mi propia jefa, al haber logrado abrir mi propio taller de yoga y pilates, algo por lo que me he estado dejando el culo desde que tenía dieciocho años. Joder, si ya insistía con el yoga incluso cuando todavía no era popular… Vivía aún en casa, y por eso me pude permitir pagar el anticipo para el taller. Todo iba como la seda, hasta que recibí la temible llamada de mi hermana, que lloraba destrozada desde su coche.

Le había puesto los cuernos. Son las únicas palabras que recuerdo haber escuchado, las únicas que importaban. La rata blandengue que tenía por marido la había engañado. Y por si eso fuera poco, se había tirado a la profesora y tutora de su hijo de diez años, Gabe. Es evidente que le pagó mucho más que por las tutorías. Así que cogí todas las cosas de ese tipo que pude y las tiré por la ventana al patio delantero.

Lauren aparcó en la acera justo cuando yo empezaba a bajar las escaleras. Aparecí por el lateral de la casa con un bidón de gasolina en la mano. Lo eché por encima de la ropa, me acerqué hasta Lauren y le tendí una cajita de cerillas.

—Vamos a quemar a ese hijo de puta.

Nos quedamos sentadas sobre el césped observando cómo ardía todo hasta que uno de los vecinos llamó a los bomberos, que vinieron pitando. Tres camiones enteros, con las sirenas resonando en la noche, además de una ambulancia y un coche patrulla. Vimos las llamas ascender desde la pila de todas sus pertenencias hasta que todo aquel revoltijo quedó bañado en agua.

Obviamente, cuando aquel cabrón apareció poco tiempo después, los bomberos acababan de apagar la última hoguera. De su ropa solo quedaban las cenizas. Lo único que sobrevivió fueron algunos de sus palos de golf.

Se tiró del pelo y empezó a gritar como loco.

—Esta es la gota que colma el vaso. Lauren, ella no se acercará a mis hijos.

Yo me senté en el portal de la casa que había sido su hogar y mi hermana se puso a mi lado. Parpadeó varias veces y miró al infinito.

—Te acostaste con Carmen —fue lo único que dijo al fin—. Esa sí que fue la gota que colmó el vaso.

—Polla mustia —me salió, sin más, y él se giró hacia mí de golpe—. Me has oído bien. —Me levanté—. Te ha dado dos hijos, no uno solo, imbécil, dos. —Le señalé con el dedo—. Ha mantenido la puta casa limpia mientras tú te ibas a meter por ahí la polla. Mira a tu alrededor. —Gesticulé con las manos—. Lo has perdido. Apriétate el cinturón, colega, porque te vamos a machacar.

Él frunció el ceño al comprender mi amenaza.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó, mirando a una y luego a la otra.

Lauren se levantó y se acercó a nosotros hasta colocarse a mi lado.

—Significa que te va a dejar pelado, cabeza hueca. Y ahora, ¿por qué no os largáis tu barriga fondona y tú por donde habéis venido? —Desvío la mirada hacia Lauren—. Te dije que deberíamos haber ido al campo de tiro a aprender a disparar. —La agarré de la mano y la metí en casa.

Cuando cerramos la puerta a nuestra espalda, nos sentamos en el sofá.

—Se ha follado a otra persona —susurró—. El sexo duraba como máximo un minuto, la mayoría de las veces.

Yo me senté a su lado y le pasé el brazo por los hombros.

—Ay, cariño, esa fue la primera señal de que deberías haberle dado una patada en el culo mucho antes.

Ella apoyó la cabeza en mi hombro.

—Vamos a ver, los pies le apestan a queso.

Asintió.

—Tiene un pene regulero.

Siguió asintiendo.

—Ni siquiera te lo hacía ahí abajo. Desde hacía un año. —La obligué a mirarme—. No merece tus lágrimas. Vale, a lo mejor un par, porque te dio los dos mejores niños del planeta, pero aparte de eso, ¿cuándo fue la última vez que estuvo aquí de verdad?

Ella ladeó la cabeza tratando de pensar.

—Exacto, estaba aquí, pero no lo estaba, y para ser sincera, os merecéis algo mucho mejor.

—Me merezco algo mejor —murmuró—. ¿Dónde están los niños? —Miró a su alrededor.

—Papá vino a por ellos —le contesté—. Volverán mañana. Porque esta noche… —me acerqué al frigorífico, abrí la puerta y saqué la botella de vodka Grey Goose que ella siempre guardaba— lo vamos a sacar de tu sistema. —Saqué un par de vasos del armario—. O al menos hasta que te desmayes. —Le serví el primer chupito—. Por los cabrones y por las zorras que se los cepillan.

Ella cogió el vaso y se lo bebió de un trago, para hacer una mueca después.

—Quema. —Lo dejó de un golpe en la mesa y yo le serví otro—. Por las mujeres sin manchas en las camisas y el pelo perfecto.

Arqueé una ceja, sorprendida, pero me tomé el chupito igual y volví a rellenarlo.

—Por los maridos que dejan subida la tapa del váter y al final se depilan para otra mujer.

—Ay, cariño. —Dejé el vaso sobre la mesa—. ¿De verdad tenía un matojo?

Los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Esa debería haber sido la primera pista, ¿verdad?

—Debería haber sido la primera pista de que debías largarte por patas, pero quién soy yo para juzgar. —Cogí la copa—. Por pollas más grandes y pubis depilados.

Ella brindó conmigo y se bebió el tercer chupito de un trago.

—Creo que voy a vomitar. —Salió corriendo.

Ese fue el principio de la operación «Destruyamos a Jake». Se limpió las telarañas, y empezó a hacer yoga conmigo e ir a clases de spinning. Volcó toda su frustración en lo que yo llamé «el cuerpo de la venganza».

Alguien llama a la puerta, y levanto la cabeza.

—Tía Kay, ¿puedes hacerme una trenza? —pregunta mi sobrina, Rachel, desde el otro lado de la puerta—. Porfis. Mami está probándose vestidos.

Me levanto y cojo el albornoz antes de abrir la puerta. En cuanto lo hago, ella entra corriendo y se tira encima de mi cama tamaño king-size. Es una habitación pequeña en la que solo caben mi cama y una cómoda, pero tiene un ropero enorme, y con eso me vale. Parece que duermo encima de una nube porque uso dos colchas.

—¿Qué tipo de trenza quieres? —le pregunto, sentándome detrás de ella, en la cama.

—Una como la de Ariel.

Sigo peinándola, y le hago una pequeña trenza de espiga.

—Vale, tesoro. Ve a vestirte antes de que tu madre te vuelva a avisar a gritos.

Le doy un beso en la coronilla y la veo salir a saltitos de la habitación. Me visto cuando cierra la puerta, y después bajo las escaleras para prepararme un café. Me paso por la entrada y recojo el periódico que nos han dejado en el felpudo.

Me quedo sentada leyéndolo mientras mi hermana corretea de aquí para allá, chillando para que se den prisa. Hoy es su primer día de trabajo. Vuelve a trabajar. Ha aceptado un empleo temporal, y aunque no es lo que buscaba, es mejor eso que nada. Sé que está hecha un manojo de nervios porque no ha parado de caminar de un lado a otro sin darse cuenta siquiera.

Me he puesto unas mallas de yoga, además de una camiseta holgada que deja un hombro al aire, y estoy tratando de saborear mi segunda taza de café. No llevo sujetador porque, bueno, la verdad es que no tengo ganas. Mis copas B perfectas no se van a ir a ningún sitio.

—¿Cómo te acuerdas de esas cosas? —le pregunto, mientras empieza a colocar los platos del desayuno en el fregadero.

—Es magia. Cuando tengas hijos, obtendrás un cerebro —me contesta, sonriendo con suficiencia.

—¿Y entonces qué le pasó a Jake? —Le devuelvo la sonrisa y le doy un sorbo a mi café, que ya casi se ha enfriado del todo.

—Vale, lo retiro. Cuando seas madre, obtendrás un cerebro. A ver, no creo que todos los hombres sean unos gilipollas. Mira a papá —me dice, mientras guarda la leche en el frigorífico y coge la caja de cereales para ponerla en el armario. Vuelve a sonar la alarma de su móvil. Ah, una cosa más: mi hermana está obsesionada con la puntualidad—. ¡Dos minutos, chicos! —Hasta tiene sonidos de alarma distintos—. ¿No vas a llegar tarde? —me pregunta, antes de coger los almuerzos y dirigirse hacia la puerta con los...



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