E-Book, Spanisch, Band 262, 572 Seiten
Reihe: Historia
Montalvo / Zambulbide Obras
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-9816-979-9
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 262, 572 Seiten
Reihe: Historia
ISBN: 978-84-9816-979-9
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
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Nacido en Ambato de José marcos Montalvo y Josefa Fiallos, estudió filosofía y derecho en Quito antes de regresar a su ciudad natal en 1854. Ocupó cargos diplomáticos en Italia y Francia de 1857 a 1859. Político liberal , las creencias de Montalvo estaban marcadas por la anti- clericalismo y un agudo odio hacia los dos caudillos que gobernaron Ecuador durante su vida: Gabriel García Moreno e Ignacio de Veintemilla . Después de que un número de El Cosmopolita atacara brutalmente a Moreno, Montalvo fue exiliado a Colombia durante siete años. El asesinato de Moreno se atribuyó a los escritos de Montalvo. Fue un dedicado defensor de la democracia y enemigo del escritor Juan León Mera . A finales de los setenta Juan Montalvo fue dos veces exiliado a Francia, permaneciendo allí desde 1879, como castigo por Las catilinarias (1880), obra que lo hizo famoso en los círculos intelectuales de Estados Unidos , Europa y el resto de América Latina . Junto a los libros completos, Montalvo fue un consumado ensayista, y sus Siete Tratados (1882) y Geometría Moral (publicados en 1902, después de su muerte) fueron populares en Ecuador y fueron prohibidos por Veintemilla.
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El cosmopolita
Libro I
Prospecto
Mucho es que ya podamos a lo menos exhalar en quejas la opresión en que hemos vivido tantos años; mucho es que no hayamos quedado mudos de remate a fuerza de callar por fuerza; mucho es que el pensamiento y las ideas de los ciudadanos puedan ser expresadas y oídas por ciudadanos. La tiranía también se acaba, sí, la tiranía también tiene su término, y a veces suele ser el más corto de todos, según que dicen los profetas: «Vi al impío fuerte, elevado como el cedro: pasé, y ya no le vi; volví, y ya no le encontré». Ahora nos falta que no vuelva, en el cual santo deseo Dios está para ayudarnos. Hay pestes, hambres, terremotos, nada falta en este mundo; pero más que todo hay tiranía. Y si nos alumbran bien las luces de nuestro entendimiento, ya decimos que el cólera asiático hace menos estragos en los hombres que un Atila; que un Caracalla les es más ruinoso que la mayor hambre; que un Rosas es más temible que un Vesubio. Los azotes naturales con que nos castiga la Providencia, de ella vienen al fin, y por el mismo caso ni nos desesperan, ni nos causan sentimiento; porque estando como estamos natural y obligadamente en sus manos, se nos puede tratar por ella según conviene a sus altos juicios, sin que de ahí tomemos ocasión para indignarnos. Empero las calamidades que nos vienen de nuestros semejantes, de nuestros hermanos, traen consigo una punta de amargura, que sobre causarnos males positivos, despiertan en el corazón un afecto indeciso, un nosequé de acedo e insufrible que redobla nuestras pesadumbres, y es el vivo resentimiento experimentado siempre por el alma sensitiva cuando ve venir los males de donde no debía esperar sino buenos oficios. Los hombres, en el mismo hecho de serlo, debieran de valerse unos a otros, supuesto que el padre común de todos les tiene mandado conceptuarse unos mismos y propender a su mutua felicidad.A fuerza de ver que nunca ha sido así, ya miramos como cosa corriente las desolaciones que los azotes del género humano van haciendo en su arrebatada carrera. Timur o Tamerlán manda asesinar cien mil prisioneros indios, por haberse sonreído algunos a la vista de su campamento; se le antoja al mismo, o era a otro príncipe, erigir una gran torre de cráneos humanos, y he ahí la ciudad de Ispahán gravada con un tributo de setenta mil cráneos frescos; y ese Caracalla nombrado poco ha, sin el menor motivo, hace de repente matar todos los habitantes de Alejandría. Vemos estas cosas en las historias, y poco nos horrorizan, y casi no nos admiran: debe ello ser que los siglos se interponen entre esos acontecimientos y nuestra alma, y de puro estar distantes nos obligan a quedar fríos. Pero demos que un tiranuelo de casa, un contemporáneo venga a oprimirnos, siendo como es y debe ser tan nuestro igual, y todo es hervir de enojo y tenernos por los más tristes de los hombres. Allí está Julio Arboleda que, con haber muerto a lanzadas atados a un poste, o a balazos en el patíbulo, unos trescientos compatriotas suyos, nos impresiona más desagradablemente que Sila haciendo degollar en el Pretorio diez mil prisioneros con la mayor serenidad del mundo. Allí está Gabriel García que, con haber fusilado él también algunos prisioneros inermes, después de haber azotado a un general y obligádole a morir, nos parece peor o a lo menos tan malo como el que puso fuego a Roma. Es que nuestro Don Gabriel ponía fuego a un edificio que vale más que Roma, la civilización moderna.Por esto es que nos sentimos tan aliviados cuando el Cielo nos quita de por medio estos Julios y Gabrieles, que en verdad, mejor les hubiera estado a ellos mismos quedarse allá increados en el seno de la nada, que venir a modo de Anticristos trayendo un juicio anticipado y prematuro a los pobres de sus compatriotas.Somos de parecer que el castigo de los grandes pecadores debe dejarse a la Providencia, bien así como las leyes antiguas no imponían pena ninguna al parricida, por cuanto les había parecido tan inhacedero ese crimen y tan superior a todo castigo humano, que lo dejaron sabiamente a Dios. En el orden de nuestras cosas, y tocando de paso al afamado García Moreno, diremos que entre todas sus acciones no hay ninguna peor ni de tan ruines consecuencias, digan lo que quieran los demás, que la vapulación introducida por él como resorte de gobierno. Ha matado; todos los tiranos han matado. Ha ahogado la voz pública; lo mismo hacía Flores. Ha desterrado Senadores y Diputados estando para reunirse en Congreso, crimen de más de la marca, pero en fin no sin ejemplo: éste es Napoleón primero dispersando a sablazos la Asamblea Nacional. Portales, célebre ministro de Chile, hacía dar de azotes a los ladrones y forajidos, sistema penitenciario, cosa muy diferente de la política. Pero no hemos sabido que ni en la refinada tiranía del mismo Manuel Rosas ni del Doctor Francia haya entrado jamás tan monstruoso castigo. Este es el parricidio para cuyo crimen los romanos no alcanzaron a hallar pena.Íbamos a decir que hay un medio de evitar la perpetuidad de las venganzas, o lo que es lo mismo, las desgracias de los pueblos; este medio es el perdón. Bien hubiéramos querido ver un congreso sabio y digno constituirse en tribunal del gran culpable, llamarle a juicio, interrogarle, aterrarle e imponerle la pena de sus delitos. La justicia no debe prescribir; pero los odios individuales, los enconos de partido, los rencores de persona a persona, ¡termínense por Dios! De lo contrario, enhilando agravio tras agravio, desquite tras desquite, venimos a forjar una cadena interminable en la cual nos enredamos, y a cuestas con nuestra propia obra, somos esclavos de nosotros mismos, de nuestras malas pasiones, la esclavitud que más desafortuna y envilece a la familia humana.Si en nuestras manos estuviera la suerte de Don Gabriel García, le pusiéramos cortésmente en la frontera, siguiendo el consejo de Platón, aunque no se trate de un poeta; no montado sobre un asno, no con pozas ni con grillos, objeto de vilipendio; pero tampoco adornado de coronas y laureles; sino urbana, humana y generosamente, cual a hombre de nota que supo hacerse nombrar, si bien por el mal camino, persona de alto lugar y puesto. Él ha sepultado a los ecuatorianos en las montañas salvajes, entre los indios bravos y las fieras; nosotros le enviaríamos al país de los extranjeros, al país de la hospitalidad, al país de los ingenios, ¡a Francia! Gustan sobre manera las lágrimas que César vierte sobre Pompeyo, gustan sobre manera al pecho generoso las que Augusto derrama por Antonio, y prenda la conducta de ciertos grandes hombres que las toman con sus enemigos en desgracia, bondadosos y civiles, cuando podían matarlos o infamarlos. El Regente de Inglaterra, desengañando la confianza de Bonaparte, recibiéndole como a enemigo cuando venía como refugiado, mandándole como a Crisóstomo al desierto Pitio cuando llegaba a sus umbrales como Temístocles, no puede sino ser un feo personaje, muy repulsivo para los ánimos excelsos.Y esa honrosa expatriación que impondríamos a Don Gabriel, no sería pena ni obra de venganza, sino conveniencia propia suya y de la Nación, atento que su alma inquieta y rudas afecciones no se acomodaran quizás a dejarle en paz como conviene, y al fin y al cabo darán al traste con él o con su patria. Si así como se deja llevar de esos malévolos empujes, se dejase alumbrar por un rayo de sabiduría, él mismo, de su bella gracia, tomaría el camino de Europa, y allá se fuera a desplegar sus talentos que le tienen para sabio y no para magistrado. Podría él llegar a ser un Cuvier; un Sully, nunca. Y es gran ceguera dejar un camino ancho, suave y fuera de peligro, por donde se va a la gloria limpiamente, por un vericueto intrincado y escabroso que al fin lleva al abismo. Si a fuerza de filosofía y buen comportamiento hiciere olvidar sus faltas y los males con que ha hecho gemir a los ecuatorianos, bien podía suceder que todos le perdonasen y empezasen a ver en él un hombre útil por sus prendas, si ya se arrepentía y dejaba de ser pernicioso por sus defectos. Veremos lo que hace; pero entre tanto gocemos de estos instantes de libertad que suelen ser fugitivos cuando ella no está en buenas manos. Escribamos, hablemos, levantemos el ánimo de nuestros abatidos compatriotas a mejores deseos y más honrosos pensamientos. Cumplamos los deberes de ciudadanos exigiendo la realidad de nuestros derechos, obedeciendo las leyes, llenando las obligaciones que se derivan de ellas, y procurando con el influjo de la pluma corregir las costumbres sociales, malamente estragadas en el decurso de estos años.Y pues nos proponemos escribir para el público, no para los partidos, bien será ponerle al cabo de qué y cuánto ha de esperar de los que con él se obligan voluntariamente. Desde luego nos ha de ocupar la suerte del continente americano, sin, que tengamos por ajenos a nuestro propósito los grandes acontecimientos de Europa y del mundo entero, si el caso lo pidiese. De «Cosmopolita» hemos bautizado a este periódico y procuraremos ser ciudadanos de todas las naciones, ciudadanos del universo, como decía un filósofo de los sabios tiempos. Las revoluciones, las guerras, los desastres y progresos de las repúblicas que más de cerca nos tocan, llamarán nuestra atención con preferencia, y hablaremos de ellas, no como de patrias ajenas, no como extranjeros neutrales, sino como hijos de su seno, como ciudadanos de sus estados, como obedecedores de sus leyes; pues tenemos bien creído que la sangre que corre por las venas de los hispano-americanos, la lengua, los comunes intereses y la semejanza de pasado y porvenir, infunden en el corazón afecciones de viva fraternidad, ideas de unión y favorecimiento en la cabeza, en el corazón y la cabeza no mezquinos ni...




