Muir | Escritos sobre naturaleza | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 416 Seiten

Reihe: Ensayo

Muir Escritos sobre naturaleza


1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-120830-3-3
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 416 Seiten

Reihe: Ensayo

ISBN: 978-84-120830-3-3
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



En una vida de exploración, escritura y activismo político apasionado, John Muir se convirtió en el vocero más elocuente de Estados Unidos sobre el misterio y la majestuosidad de los parajes naturales. Figura crucial en la creación del sistema de parques nacionales estadounidense y un visionario profeta de la conciencia ambiental que fundó el Sierra Club en 1892, también fue un maestro de la descripción natural que evocó con poder e intimidad únicos los paisajes libres del oeste americano. La calidad espiritual y el entusiasmo hacia la naturaleza expresados en sus escritos ha inspirado a los lectores, incluidos los presidentes y congresistas, a tomar medidas para ayudar a preservar las grandes áreas naturales. Hoy Muir es referido como el 'Padre de los Parques Nacionales'.

John Muir, también conocido como 'John of the Mountains', fue un naturalista escocés-estadounidense, autor, filósofo ambiental, glaciólogo y primer defensor de la preservación de la naturaleza en los Estados Unidos. Su activismo ayudó a preservar el Valle de Yosemite, el Parque Nacional Sequoia y muchas otras áreas silvestres. El Sierra Club, que fundó, es una prominente organización de conservación estadounidense. Hoy Muir es referido como el 'Padre de los Parques Nacionales'.
Muir Escritos sobre naturaleza jetzt bestellen!

Weitere Infos & Material


01


Una infancia en Escocia

Primeros recuerdos • El terror de los «médicos secuestradores» • Hazañas valerosas • El salvajismo de los niños • La escuela y las peleas • Nidos de pájaros

Siendo niño, en Escocia, apreciaba todo lo que era salvaje y, con el paso del tiempo, mi aprecio por los lugares y las criaturas salvajes no ha hecho sino aumentar. Por suerte, alrededor de mi ciudad natal de Dunbar, junto al tormentoso mar del Norte, lo salvaje no escaseaba, si bien la mayor parte del terreno se componía de tersas tierras de cultivo. Junto a mis amigos de sangre caliente, que eran tan salvajes como yo, me encantaba vagabundear por los campos escuchando el canto de los pájaros y caminar por la orilla del mar contemplando y maravillándome de las conchas y las algas, las anguilas y los cangrejos que encontraba entre las rocas cuando bajaba la marea. Y, lo mejor de todo, ver durante aquellas terribles tormentas como las olas azotaban furiosamente los promontorios y las escarpadas ruinas del viejo castillo de Dunbar, cuando el mar, el cielo, las olas y las nubes se entremezclaban haciéndose uno. Nunca se nos ocurrió hacer novillos, pero después de cumplir los cinco o seis años me escapaba hacia la costa o los campos prácticamente cada sábado, y todos los días de vacaciones excepto los domingos, desoyendo las advertencias solemnes que me conminaban a jugar en el jardín y el patio trasero para evitar malos pensamientos y malas palabras. Todo aquello era en vano. A pesar de los severos castigos, que nos seguían como sombras, la naturaleza salvaje heredada corría, gloriosa y verdadera, por nuestras venas, tan invencible e imparable como las estrellas.

Mis recuerdos más tempranos del campo fueron adquiridos en breves caminatas con mi abuelo, cuando quizá no contaba más de tres años. Durante uno de estos paseos, mi abuelo me llevó a los jardines de lord Lauderdale, donde vi higos creciendo contra un muro soleado y pude probar algunos, además de comerme todas las manzanas que quise. Durante otra caminata memorable a través de un campo de heno, al sentarnos a descansar sobre uno de los montones que había alrededor, pude escuchar un grito agudo y punzante y, saltando con entusiasmo, se lo hice notar a mi abuelo. Me contestó que solo se escuchaba el viento, pero yo insistí en escarbar en el heno y voltearlo hasta que descubrimos el origen de aquel extraño y emocionante sonido: una rata de campo con media docena de crías, pequeñas y desnudas, colgando de sus tetillas. Este fue, para mí, un maravilloso descubrimiento. Ni siquiera un cazador que se topara con un oso y sus crías en una guarida salvaje podría sentir tal excitación.

Me enviaron a la escuela antes de completar mi tercer año. El primer día de clase estuvo, sin duda, lleno de maravillas, pero no logro acordarme de ninguna. Sí recuerdo a nuestra sirvienta lavándome la cara, echándome jabón en los ojos, y a mamá colgándome del cuello, para que no la perdiera, una pequeña bolsa verde que contenía mi primer libro y a la que el viento marino hacía ondear como una bandera. Pero antes de que me mandaran a la escuela, según me contaron, mi abuelo me había enseñado ya el abecedario leyendo los carteles de las tiendas que había al otro lado de nuestra calle. Recuerdo claramente el orgullo que sentí cuando logré terminar mi primer libro, después el segundo, que parecía voluminoso e importante, y así hasta llegar al tercero. Este recorrido de un libro a otro supuso para mí un avance triunfal, cuyo vívido recuerdo aún me llena de orgullo.

El tercer libro contenía historias interesantes y lecciones sencillas de lectura y ortografía. Mi historia preferida era El perro de Llewellyn, y es este el primer animal que viene a mi mente después de aquella rata de campo de voz estridente. Mi fascinación y la de algunos de mis compañeros de clase por esta historia era tan profunda que solíamos leerla una y otra vez con los corazones encogidos, dentro y fuera de clase, derramando amargas lágrimas por el fiel y valiente perro, Gelert, asesinado por su propio amo, quien, al verlo venir todo ensangrentado mientras su hijo estaba desaparecido, se imaginó que había devorado al pequeño, cuando en realidad le acababa de salvar la vida matando a un gran lobo. Es necesario mirar muy atrás si queremos comprender la vasta capacidad del corazón de un niño para sentir tanta pena y simpatía por los animales como por sus amigos y vecinos humanos. Este cuento folklórico destaca entre la multitud de mis viejos recuerdos de escuela, tan nítido como si yo mismo hubiera sido uno de los cazadores galeses de la historia, escuchando los cuernos de caza, viendo a Gelert asesinado, sumándome a la búsqueda del niño perdido, descubriéndolo al fin feliz y sonriente entre la hierba y los arbustos junto al cadáver destrozado del lobo, y llorando con Llewellyn por el triste destino de su noble y fiel amigo canino.

Otro de mis cuentos favoritos de este libro era La campana de Inchcape, el poema de Southey que cuenta la historia de un sacerdote y un pirata. Para orientar a los marineros en los días oscuros y tormentosos, un buen sacerdote decide colgar una gran campana en la peligrosa roca de Inchcape. Cuanto mayor era la tormenta y más altas las olas, más fuerte sonaba el aviso de la campana, hasta que el malvado Ralph el Vagabundo la cortó, dejándola hundirse en el mar. Un día de tiempo calmo, cuenta la historia, cuando la campana repiqueteaba suavemente, el pirata desembarcó en la roca diciendo: «Hundiré esa campana para atormentar al abad de Aberbrothok». Así que cortó la cuerda y abajo cayó la campana «con un sonido borboteante; las burbujas ascendían y se rompían, etc.». Entonces, «Ralph el Vagabundo izó las velas, asoló los mares por mucho tiempo; y ahora, enriquecido con su botín robado, dirige su curso hacia la costa de Escocia». Pronto llegó una terrible tormenta, con la oscuridad de las nubes y la oscuridad de la noche y el rugido de las altas olas. «Dónde estamos ahora, no lo sé —gritó el pirata—, pero ojalá pudiera escuchar la campana de Inchcape». Y la historia continuaba explicando cómo el malvado pirata «se arrancaba los cabellos» y «se maldecía desesperadamente» cuando «con un golpe terrible», su robusto barco encalló en la roca de Inchcape y se hundió con Ralph y su botín junto a la campana del buen sacerdote. Esta historia apelaba a nuestro amor por las buenas acciones, lo salvaje y nuestro sentido de la justicia.

Muchas experiencias terroríficas conectadas con estos primeros días de escuela nacieron de los crímenes cometidos por el casero de una humilde pensión de Edimburgo, quien permitía a los pobres miserables sin hogar dormir en sus bancos o en el suelo por algo más de un penique la noche, y cuando la amable Muerte venía a liberarlos, vendía sus cuerpos al doctor Hare, de la escuela médica, para ser diseccionados. Pero lo que los niños escuchamos no tenía nada que ver con la historia original. Las sirvientas nos hablaban de «médicos secuestradores» que, envueltos en largas capas negras y provistos de un arsenal de esparadrapo increíblemente adhesivo, merodeaban por las carreteras, por las calles de la ciudad incluso, en busca de niños a los que ahogar y vender. El método de estos «médicos secuestradores», explicaban las sirvientas, consistía en pegar, con la rapidez de un rayo, un trozo de esparadrapo sobre la cara del escolar, tapándole la boca y la nariz para que no pudiera respirar o pedir ayuda. Entonces lo escondía bajo su larga capa negra y lo llevaba a Edimburgo, donde sería vendido y cortado en pedacitos para que la gente aprendiera cómo estamos hechos por dentro. Solíamos mencionar las palabras «médico secuestrador» en susurros temerosos, y no nos atrevíamos a aventurarnos fuera de casa cuando oscurecía. En los cortos días de invierno, la noche llegaba antes de que la escuela hubiese cerrado, y cuando el tiempo era nuboso teníamos a veces dificultades para encontrar el camino a casa, a menos que enviaran a una sirvienta a buscarnos con una linterna. Pero durante la época de los «médicos secuestradores» la escuela comenzó a cerrar más pronto porque, de haber mantenido su horario habitual, el profesor no habría sido capaz de echarnos de la clase. Preferíamos quedarnos sin cenar toda la noche a arriesgarnos a ser presa de aquellos misteriosos doctores que, supuestamente, nos esperaban fuera. Teníamos que ascender por una colina llamada Davel Brae, situada entre la escuela y la calle principal. Una noche, justo antes de oscurecer, mientras subíamos corriendo por la colina, uno de los niños gritó: «¡Un médico secuestrador, un médico secuestrador!», y huimos desordenadamente hacia la escuela para asombro de Mungo Siddons, nuestro profesor. Aún hoy recuerdo la expresión divertida que cruzó el rostro del buen maestro mientras nos observaba, tratando de adivinar qué nos habría pasado, hasta que uno de los chicos mayores, sin aliento, le explicó que había un enorme «médico secuestrador» en el Brae y que no podíamos volver a casa: «¡Sí! Lo hemos visto claramente, con su larga capa negra para llevarnos dentro, y algunos creemos haberle visto el esparadrapo listo en la mano». Al vernos en tal estado de terror y temblequeo, el maestro supo que no se libraría de nosotros a menos que nos acompañara liderando el camino. Pero...



Ihre Fragen, Wünsche oder Anmerkungen
Vorname*
Nachname*
Ihre E-Mail-Adresse*
Kundennr.
Ihre Nachricht*
Lediglich mit * gekennzeichnete Felder sind Pflichtfelder.
Wenn Sie die im Kontaktformular eingegebenen Daten durch Klick auf den nachfolgenden Button übersenden, erklären Sie sich damit einverstanden, dass wir Ihr Angaben für die Beantwortung Ihrer Anfrage verwenden. Selbstverständlich werden Ihre Daten vertraulich behandelt und nicht an Dritte weitergegeben. Sie können der Verwendung Ihrer Daten jederzeit widersprechen. Das Datenhandling bei Sack Fachmedien erklären wir Ihnen in unserer Datenschutzerklärung.