Ohri | El Gabinete de los Ocultistas | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 231, 240 Seiten

Reihe: Impedimenta

Ohri El Gabinete de los Ocultistas

El segundo caso de Julius Bentheim
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-18668-04-3
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

El segundo caso de Julius Bentheim

E-Book, Spanisch, Band 231, 240 Seiten

Reihe: Impedimenta

ISBN: 978-84-18668-04-3
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Prusia, Año Nuevo de 1865. El barón von Falkenhayn ha organizado una grandiosa celebración en su castillo campestre. Allí tiene lugar una sesión de espiritismo a la que asisten trece individuos y que se revelará mortal. El terror se apodera de la región desde esa misma noche, cuando el farmacéutico de la localidad aparece aplastado por lo que se describe como el atroz sonido de unos cascos de caballo. En contra de la opinión pública, el joven estudiante de leyes Albrecht Krosick pasa a la acción y decide fundar 'el Gabinete de los Ocultistas', que también constará, adrede, de trece miembros. Pero las muertes no cesan, y su gran amigo Julius Bentheim, dibujante para la policía y detective aficionado -'La musa oscura'-, tendrá que enfrentarse, además de al caso, a sus propios fantasmas.

Armin Ohri nació en 1978. Se crió en Ruggell, el pueblo más septentrional de Liechtenstein. Sus obras, normalmente novelas policíacas (que Öhri enmarca en un contexto histórico), acostumbran a perpetuar los esquemas de las grandes tramas decimonónicas. Su libro 'La musa oscura' (2012; Impedimenta, 2016) le hizo merecedor del Premio de Literatura de la Unión Europea, e inauguró la serie de los detectives berlineses Julius Bentheim y Albrecht Krosick, que continúa con 'El Gabinete de los Ocultistas' (2014), 'La dama en sombras' (2015) y 'El corazón negro' (2021).
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Capítulo cinco


El escritor se hallaba en compañía de una dama de algo más de cuarenta años, con el pelo castaño, largo y peinado con la raya en medio, de nariz un poco alargada y cuyas cejas dibujaban un arco en forma de media luna.

—¿Me permite que se los presente? —le preguntó el escritor—. Dos amigos en espíritu y al mismo tiempo los protagonistas de la conversación que acabamos de mantener: estos son Julius Bentheim y Albrecht Krosick.

La mujer les tendió la mano y ellos le besaron el guante de seda. Después ella dijo:

—Es una alegría para mí, de verdad, una alegría. —Su voz sonó natural y encantadora, de ningún modo pareció afectada.

—Su excelencia Johanna von Bismarck —les presentó Fontane.

Los estudiantes hicieron entonces una reverencia adicional —también ante los caballeros presentes— y así Julius logró ocultar su sorpresa.

—De modo que son ustedes los valientes paladines que se han medido con la gendarmería de Buckow —observó la condesa de buen humor—. Uno de sus compañeros de mesa disfrutó ayer de un banquete con nosotros. Por desgracia, no se vio en condiciones de informarnos sobre el horrible accidente.

—¿De qué invitado se trata, condesa?

—El mayor general Von Moltke.

—Un hombre de pocas palabras —opinó Albrecht mordaz—. No me extraña que no les contara nada. Según ciertos rumores se ve que hay que darle un martillazo en el pie para que abra la boca.

Fontane, que trabajaba para el periódico conservador Kreuz-Zeitung, entre cuyos miembros fundadores se contaba Otto von Bismarck, se quedó sin aliento cuando escuchó a aquel joven vulgar hablar así. Sin embargo, para su alivio, y también para el de Julius, la condesa confirmó su opinión. Con una sonrisa inteligente en los labios, más que meramente simpática, dijo:

—Sí sí, hay quienes alaban los modales del señor Moltke y glorifican su carácter reservado, su tacto y su discreción. Pero otros, con mayor conocimiento de causa, decimos la verdad: el mayor general tiene la lengua un poco perezosa, odia hablar.

—Ni con la mejor de sus voluntades podría haberles informado de nada —se inmiscuyó Fontane—. Ya se había marchado con sus dos asistentes cuando el señor Arnd terminó bajo los cascos.

—Tanto mejor para nosotros, tenemos en nuestro círculo a otros dos testigos oculares, los auténticos protagonistas —repuso uno de los hombres, que podía reconocerse sin dificultad alguna como el explorador de América Balduin Möllhausen, pues de nuevo llevaba puesta una chaqueta de piel de estilo trampero. Tomó dos copas de vino blanco de una bandeja que ofrecía un sirviente que acababa de acercarse y se las dio a los dos estudiantes—. Pero, entonces, cuéntennos: ¿es verdad que la policía le hizo reproches al barón por el tipo de entretenimiento nocturno que ofreció durante la velada?

—De hecho, la situación no carecía de cierta comicidad —observó Albrecht. Dio un trago, se pasó brevemente la lengua por los labios para atrapar una gota y, a continuación, relató con todo lujo de detalles la conversación de aquella madrugada en el castillo de campo.

Cuando concluyó, la condesa Bismarck aplaudió divertida.

—Fascinante —dijo—. Ese policía rural tiene que ser un ejemplar único, un atavismo sobre dos patas.

Theodor Fontane negó vivaracho con la cabeza mientras comentaba:

—Opiniones de esa índole, por desgracia, todavía no están del todo superadas. Los representantes oficiales de nuestras dos iglesias cristianas reniegan siempre en sus sermones de todo tipo de profecías, pero, sin embargo, no logran acabar con todas las supersticiones populares. Piensen, sin ir más lejos, en la práctica de derretir plomo[7] o en la lectura de los posos del café. En principio, no son más que bobadas, pero, pese a ello, son tradiciones apreciadas por viejos y jóvenes.

Möllhausen asintió.

—No olvide lo aciago de la fecha —advirtió—. Desde tiempos inmemoriales se consideran, por ejemplo, la noche de San Andrés, la de Santo Tomás y también la de San Juan como momentos especiales del destino. Naturalmente, la Nochevieja no puede faltar.

Fontane se pasó los dedos por las patillas y añadió, cavilando:

—En la Prusia Oriental se calienta la estufa con particular fuerza esa noche, para que también las almas de los muertos puedan entrar en calor. Todo Königsberg parece entonces una sauna. Y en los Montes Metálicos se pone en Nochevieja un cubierto más en la mesa para el último miembro de la familia fallecido.

—Da escalofríos —rio la condesa—. Pensar que a la mesa se siente un fantasma.

—Para el guardia Haacke eso sería algo muy serio, desde luego —intervino Julius—. Una tradición de difuntos tan previsora creo que sería muy de su gusto. Por desgracia, también lo es la creencia en la mística de los números.

—¿El trece?

—Sí, el trece.

—En la Última Cena eran trece, y creo que todos conocemos cómo acabó aquello. —La condesa, que había sido criada en el pietismo, se santiguó antes de continuar—. Desde entonces se vincula el trece con la desgracia, la mala suerte y los infortunios.

—Eso debo contradecirlo, condesa. Ya el Libro de Ester recoge la orden del rey persa Asuero de matar a todos los judíos de su reino el día trece del mes duodécimo. Y la mitología nórdica, tan familiar para nosotros los prusianos, narra un banquete de los doce dioses al que se une Loki sin ser invitado, creando confusión; como asistente número trece lleva la desgracia a los recintos de Asgard y causa la muerte del dios de la luz Balder.

Krosick miraba asombrado a su amigo Julius. Este se encogió de hombros y dijo —casi disculpándose— en voz baja:

—De estas cosas se entera uno cuando corteja a la hija de un pastor…

Durante unos breves instantes, nadie dijo ni una sola palabra.

Julius Bentheim le dio un sorbo a su copa de vino y sintió como si un velo de inhibición se hubiese posado sobre el grupo. Intuía que los presentes conocían su mal de amores. Cuando un joven formal ha encontrado a la mujer de su vida, el fracaso de las esperanzas puestas en su relación no es, ni mucho menos, una desgracia menor, y los allí reunidos tenían claro que las preocupaciones de Bentheim no podían desdeñarse como triviales o sentimentales.

Solo la condesa miró a su alrededor ligeramente desconcertada, antes de dar comienzo a una historia graciosa para romper el incómodo silencio:

—Hace tres años y medio, cuando mi esposo se hallaba como ministro plenipotenciario en París, organizaba con frecuencia veladas en el palacio Beauharnais. De vez en cuando, uno de los lacayos era contratado como quatorzième. Imagínense: ¡los franceses tienen una palabra específica para ello!

—¿Es lo que estoy pensando? —gruñó Möllhausen.

—Sí, una especie de invitado profesional que impide que estén sentados a la mesa trece comensales. Los franceses tienen una categoría profesional específica para ello. Hay gente que cobra miles de francos por ir a cenar bien cada noche y divertirse.

—Una cosa hay que reconocerles: el savoir-vivre, ese saber vivir, lo poseen, los franceses.

—A nosotros no nos hace falta —opinó el narrador de aventuras.

Krosick sonrió malicioso.

—¿Usted cree? ¿Es que no se sentiría, llegado el caso, un poco incómodo en una reunión compuesta por trece personas?

—¡Bah! ¿Adónde iríamos a parar si apoyásemos supersticiones infundadas?

—Yo debo admitir que, por muy ilustrada que quiera mostrarme, a mí sí que me resultaría un poco desagradable —dijo la condesa.

El viajero se quitó con la mano una pelusa imaginaria de su chaqueta de piel y se mantuvo firme en su opinión:

—Cuando quiera, donde quiera: indíqueme doce personas y me uniré a ellas.

—¡Una idea fabulosa! Abordemos el asunto desde el ocultismo, justamente para demostrar que está superado —se apasionó Theodor Fontane—. ¡Fundemos un gabinete de ocultistas!

—¿Con trece miembros?

El escritor miró a Julius, divertido.

—¡Naturalmente! ¿Cuántos si no? Plantemos cara a los prejuicios estúpidos.

Krosick, que siempre se apuntaba a un bombardeo, se mostró entusiasmado.

—¡Yo me apunto! —exclamó—. Pero hay que correr la voz. No tiene gracia divertirse en secreto. El mundo tiene que saber de nosotros. Será una broma impactante. ¡Venga esa mano, Julius, amigo mío! ¡Por el Gabinete de los Ocultistas!

Vacilante, Bentheim tomó la mano de su amigo para apretarla.

—¡Por el Gabinete! —repitió, y los presentes le dedicaron una entusiasta ovación. Los ojos de Fontane brillaban traviesos y Möllhausen incluso se rio entre dientes cuando Krosick lo rodeó con el brazo. Con el semblante de un hombre de mundo, que en nada estima la fe ni la religión y únicamente pone la mano en el fuego por la ciencia, miró Bentheim a su alrededor. Pero, en su interior, hacía ya tiempo que se había depositado y comenzado a germinar la semilla de la fatalidad.

[7].Referencia al Bleigießen o molibdomancia, arte adivinatoria generalizada en varios países europeos como...



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