E-Book, Spanisch, 600 Seiten
O'Malley La torre
1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-16858-56-9
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 600 Seiten
ISBN: 978-84-16858-56-9
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Daniel O'Malley se graduó por partida doble en los estados de Michigan y Ohio antes de regresar a Australia, el hogar de su infancia. En la actualidad trabaja para el gobierno australiano, en calidad de enlace con los medios de comunicación dentro de la agencia encargada de investigar los accidentes de tráfico. Su primera novela, La torre, se ha traducido a más de una docena de idiomas y va a ser adaptada a la televisión.
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1
Querida tú:
El cuerpo que llevas puesto era mío. La cicatriz que tienes en la cara interior del muslo izquierdo está ahí porque me caí de un árbol y me empalé la pierna con nueve años. El empaste de ese diente al fondo del maxilar superior izquierdo es el resultado de haberme pasado cuatro años evitando ir al dentista. Pero lo más probable es que el pasado de este cuerpo te importe muy poco. Al fin y al cabo, si estoy escribiéndote esta carta es para que la leas en el futuro. Quizá te preguntes por qué querría hacer alguien tal cosa. La respuesta es muy simple y, a la vez , complicada. La respuesta simple es: porque sabía que sería necesario.
La respuesta complicada podría llevarme más tiempo.
¿Sabes cómo se llama el cuerpo que ocupas? Myfanwy. Myfanwy Alice Thomas. Te diría que ese es mi nombre, pero el cuerpo lo tienes tú ahora, así que me imagino que serás tú quien lo use. La gente suele equivocarse con la pronunciación, pero me gustaría que al menos tú supieras vocalizarlo. No sigo las normas tradicionales de pronunciación del galés, de modo que para mí la W es muda y la F es sorda. «Miff-un-ee», por tanto. Rima con Tiffany, de hecho, ahora que me paro a pensarlo.
Antes de que empiece a contarte esta historia, deberías conocer algunos detalles. Para empezar, eres alérgica a las picaduras de abeja. Como te clave el aguijón una y no actúes de inmediato, morirás. Siempre tengo a mano varios de esos tubitos inyectores de epinefrina, por lo que te recomiendo que los busques ahora que todavía no te hacen falta. Debería haber uno en mi bolso, otro en la guantera del coche y otro más en casi todas las chaquetas que posees ahora. Si te pican, apartas la pestaña del chisme, te lo pegas al muslo y aprietas. No te pasará nada. Vale, te sentirás como una auténtica porquería, pero por lo menos no estirarás la pata.
No sufres más alergias aparte de esa ni restricciones alimentarias, y estás en muy buena forma. Hay antecedentes de cáncer de colon en la familia, eso sí, por lo que deberías someterte a revisiones periódicas, aunque todavía no te han detectado nada. Ah, y tu tolerancia al alcohol es deplorable. Pero eso seguro que todavía no has tenido ocasión de averiguarlo. Te acucian preocupaciones más importantes.
Llevarás encima mi cartera, con suerte, la cual contiene todas esas tarjetitas de plástico tan imprescindibles hoy en día para sobrevivir en el mundo electrónico que nos rodea. Permiso de circulación, tarjetas de crédito, afiliación a la Seguridad Social y carné de la biblioteca, documentos todos ellos expedidos a nombre de Myfanwy Thomas. Salvo tres. Y esos tres son, ahora mismo, los más importantes. Escondidas por ahí encontrarás una tarjeta de débito y otra de crédito, además de un carné de conducir cuya titular es Anne Ryan, nombre sin vinculación oficial alguna contigo. El número de identificación personal para todos ellos es el 230500. La fecha de mi cumpleaños seguida de los años que tienes. ¡Eres una recién nacida! Te recomiendo que saques inmediatamente algo de dinero de la cuenta de Anne Ryan, busques un hotel y te registres con su nombre.
Es probable que ya estés al corriente de esta última parte, puesto que has debido de sobrevivir a varias amenazas inmediatas para leer esto, pero el caso es que corres peligro. El simple hecho de que no seas yo no significa que estés a salvo. Además de este cuerpo, has heredado unos cuantos problemas y responsabilidades. Busca un lugar seguro antes de abrir la segunda carta.
Atentamente,
Yo
Se quedó tiritando bajo la lluvia, viendo cómo se diluían las palabras con el aguacero. Le goteaban los cabellos, tenía un sabor salobre en los labios y le dolía todo. Había hurgado en los bolsillos de su chaqueta a la luz mortecina de una farola cercana en busca de alguna pista que le indicara quién era, dónde se encontraba o qué estaba pasando. Había dado con dos cartas en el bolsillo interior. El primer sobre estaba dirigido a «Tú», sin más. En el segundo sólo había un número dos.
Sacudió la cabeza con rabia, alzó el rostro hacia la tormenta y contempló el relámpago bifurcado que centelleaba en el cielo en aquellos precisos instantes. Escarbó en otro bolsillo y sus dedos se cerraron sobre un objeto abultado. Al sacarlo vio que se trataba de una caja de cartón, larga y delgada, que empezaba ya a deformarse a causa del agua que la empapaba. Lucía una etiqueta para medicamentos en la que podían leerse, mecanografiados, un término químico que parecía interminable y el nombre de Myfanwy Thomas. Le bastó con ejercer una suave presión con los dedos para notar la firmeza del autoinyector de plástico que contenía el envoltorio; volvió a guardárselo en el bolsillo.
«Así que esta soy yo —pensó con amargura—. Ni siquiera se me concede el lujo de no saber cómo me llamo. Se me deniega la oportunidad de empezar de cero. Quienquiera que fuese esta tal Myfanwy Thomas, ha conseguido meterme en un lío descomunal». Se sorbió los mocos y se limpió la nariz con la manga. Paseó la mirada en derredor. Se encontraba en una especie de parque. Las lacias copas de los sauces llorones barrían el claro. Una extensión de césped a la que le faltaba cada vez menos para convertirse en una fosa de barro la rodeaba. Despegó los pies del suelo fangoso, con decisión, y sorteó con cuidado el anillo de cuerpos diseminados a su alrededor. Todos estaban inertes y todos llevaban las manos enfundadas en guantes de látex.
Salió del parque abrazándose a sí misma y calada hasta los huesos. Con las advertencias de la carta muy presentes en sus pensamientos, había sido precavida y había explorado los alrededores en busca de cualquier agresor en potencia que pudiera estar al acecho entre los árboles. El trueno que reverberó sobre su cabeza le hizo dar un respingo. Contempló la escena que se desplegaba ante sus ojos cuando hubo llegado al final del sendero que había tomado. Era evidente que el parque se encontraba en algún tipo de zona residencial, pues frente a ella se erguía una hilera de casas de estilo victoriano. Seguro que eran preciosas, se dijo con aspereza, pero no estaba de humor para admirarlas como se merecían. No se veía luz en ninguna de las ventanas y se había levantado un viento frío. Entornó los párpados para otear la carretera, a lo lejos, y discernió un distante resplandor de neón que auguraba la presencia de algún tipo de emporio empresarial. Exhaló un suspiro mientras encaminaba sus pasos en esa dirección, con las manos embutidas en las axilas a fin de calmar los temblores que las atenazaban.
Una visita al cajero automático, una llamada de teléfono realizada desde una cabina cochambrosa y ya estaba sentada en la parte de atrás del taxi que habría de conducirla a un hotel de cinco estrellas. Miró atrás varias veces para cerciorarse de que no estuviera siguiéndolos nadie, y en cierta ocasión llegó incluso a pedirle al conductor que diese dos vueltas extra a la manzana por la que circulaban en esos momentos. No sucedió nada sospechoso, aunque el taxista sí que le lanzó un par de miradas cargadas de recelo desde el espejo retrovisor. Cuando llegaron por fin al hotel, murmuró algo acerca de un novio que la acosaba y el conductor asintió comprensivo, en silencio, aunque no sin dejar de observarla como si se quisiera quedar con su cara. Los alumnos de hostelería en prácticas a los que les habían endilgado el papel de porteros para el turno de noche hicieron honor a su formación y ni siquiera pestañearon mientras le franqueaban el paso a aquella mujer chorreante de agua. Cruzó el majestuoso vestíbulo dejando un húmedo rastro sobre las baldosas.
La recepcionista, con su uniforme y su peinado impecables (¡a las tres de la madrugada! ¿Qué clase de autómata monstruoso era esa mujer?), reprimió educadamente un bostezo y sólo abrió los ojos un poco más de la cuenta mientras aquella persona que, titubeante, se había identificado como Anne Ryan se registraba sin reserva previa ni rastro de equipaje a la vista. El botones que apareció a continuación tenía pinta de estar más dormido que despierto, pero se las apañó para conducirla hasta su habitación y abrir la cerradura electrónica. No le dio propina, pero supuso que su andrajosa apariencia contribuiría, cuando menos en parte, a que se le disculpara esa omisión.
Mientras se desvestía, el temor a quedarse dormida y perecer sumergida en el olvido del agua perfumada con esencias florales la llevó a descartar la idea de meterse en la bañera y optó por darse una ducha. Así descubrió que tenía el cuerpo cubierto de moratones. Jadeó de dolor al agacharse para coger el jabón, terminó de asearse, se envolvió en un gigantesco albornoz esponjoso y, tambaleándose, regresó al dormitorio. Tras detectar un movimiento por el rabillo del ojo, se giró y se quedó mirando fijamente a la desconocida que la observaba desde el espejo.
Se examinó la cara, dominada por unos feos ojos morados. «Diablos —maldijo—. No me extraña que el taxista se tragara la historia del novio acosador». Daba la impresión de haber recibido dos fuertes puñetazos, y tenía la esclerótica inyectada en sangre a causa del llanto. Los labios, en carne viva, le escocieron cuando se pasó la lengua por ellos.
—Alguien ha intentado reventarte a patadas —le dijo a la mujer del espejo. El rostro que le devolvía la mirada tenía las facciones enjutas y, si bien no podría calificarse de hermoso, tampoco era feo. «Soy anodina —se lamentó—. Anodina y con el pelo moreno...




