Penn | La bici lo es todo | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 208 Seiten

Reihe: ESPECIALES

Penn La bici lo es todo

La búsqueda de la felicidad sobre dos ruedas
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-121913-3-2
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

La búsqueda de la felicidad sobre dos ruedas

E-Book, Spanisch, 208 Seiten

Reihe: ESPECIALES

ISBN: 978-84-121913-3-2
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Robert Penn ha montado en bicicleta casi todos los días de su vida. La utiliza para ir a trabajar, para darse baños de aire y sol, para mantenerse sano y para sentirse libre. Este es el relato de su historia de amor con el ciclismo y del viaje que emprendió para construir la bicicleta de sus sueños, un desenfrenado peregrinaje que lo conduce de inventores de bicicletas de montaña californianos a constructores de cuadros artesanales británicos. La bici lo es todo es una oda al ciclismo que transmite el entusiasmo de un enamorado de las dos ruedas de una forma ingeniosa y divertida. Un verdadero himno a la bicicleta, la historia de por qué pedaleamos y cómo esta simple máquina tiene el poder de seducirnos a todos, que hará las delicias de los aficionados a la bici y de quienes defienden su mayor uso, tanto en las ciudades como en el campo.

Robert Penn es un periodista y escritor que publica en The Guardian, Observer, Sunday Times, FT, Independent on Sunday y Conde Nast Traveler, además de muchas publicaciones sobre ciclismo. Presentó el documental BBC4 / 2 'Ride of My Life: the Story of the Bicycle' y la serie de BBC4 'Tales from the Wild Wood'. Recorrió en bicicleta la autopista transamazónica con Freddie Flintoff para hacer 'Road to Nowhere', calificado por The Times como 'brillantemente contado'. Ha escrito los libros 'The Sky is falling on our heads', 'The Wrong Kind of Snow' y 'The man who made things out of trees'.
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Weitere Infos & Material


La Petite Reine

Who climbs with toil, wheresoe’er,

Shall find wings waiting there.

HENRY CHARLES BEECHING

Going down Hill on a Bicycle, A Boy’s Song[1]

«Te presento al futuro», le dice Butch Cassidy a Etta Place mostrándole dónde sentarse en el manillar de su bicicleta. Cuando B. J. Thomas empieza a entonar Raindrops Keep Fallin’ on My Head —de Burt Bacharach—, Butch y Etta ya han salido de la granja pedaleando por un camino polvoriento.

Este es uno de los interludios musicales más conocidos de la historia del cine. La canción ganó un Óscar. En el póster de Dos hombres y un destino —estrenada en 1969— aparecía la pareja en bicicleta. Cabe destacar que Paul Newman realizó él mismo todas las piruetas subido a la bicicleta. Este interludio es un momento de inflexión en la película: la ley no es la única que persigue a los últimos pistoleros; el futuro —simbolizado por la bicicleta— también va tras ellos. Tras la escena de su escapada a la granja, Butch lanza la máquina ultramoderna colina abajo y sin conductor hacia una zanja: «¡El futuro es todo tuyo, asquerosa bicicleta!», grita. Queda postrada en el riachuelo y las ruedas giran y giran hasta que se detienen. Ha llegado la hora de que Butch y Sundance abandonen el Oeste. Se marchan a Bolivia para tratar de revivir el pasado.

William Goldman basó su guion original —que también fue galardonado con un Óscar— en las vidas de Robert LeRoy Parker y Harry Longabaugh, una conocida pareja de asaltantes de trenes y miembros de la banda Grupo Salvaje. Al final huyeron de Wyoming hacia Argentina en 1901. Un periodo de cambios extraordinarios —no solo en el Salvaje Oeste, sino en todo el mundo occidental— había llegado a su fin.

En la década de 1890, para muchas personas el futuro llegó demasiado rápido. Aquellos años fueron testigos de las primeras conexiones telefónicas, de la «repartición de África», de la fundación del Partido Laborista Británico, de la racionalización y la codificación de los deportes a escala mundial y de la primera Olimpiada de la era moderna. Se descubrieron la heroína, el radio y la radioactividad. Abrieron sus puertas el Waldorf Astoria en Nueva York y el Ritz de París. Durkheim inventó la sociología. Entre los hitos del pensamiento social se incluyen los derechos de los trabajadores y las pensiones de jubilación. Los Rockefeller y los Vanderbilt amasaron fortunas privadas sin precedentes. Nacieron la radiografía y la cinematografía. Verdi, Puccini, Chaikovski, Mahler, Cézanne, Gauguin, Monet, William Morris, Munch, Rodin, Chéjov, Ibsen, Henry James, W. B. Yeats, Rudyard Kipling, Oscar Wilde, Joseph Conrad y Thomas Hardy se encontraban en la cúspide de sus facultades creativas. Fue una década excepcional: el broche final de la época victoriana.

En el centro de todo aquello estaba la bicicleta. Se calcula que en 1890 había 150 000 ciclistas en Estados Unidos y una bicicleta costaba aproximadamente la mitad del salario anual de un peón de fábrica. En 1895 su coste equivalía al salario de varias semanas y cada año las filas ciclistas aumentaban en un millón.

El tipo de bicicleta que usaban Butch y Etta se llamaba «de seguridad». Fue la primera bicicleta moderna, y la culminación de la larga y escurridiza búsqueda de un vehículo impulsado por el hombre. Fue «inventada» en Inglaterra en 1885. La primera época dorada de la bicicleta comenzó tres años después, cuando se le añadió la llanta neumática, que fue realmente lo que consiguió que la máquina resultara cómoda. En palabras de Victor Hugo, «se puede resistir una invasión de ejércitos, mas no una idea cuya hora ha llegado». El «evangelio de la rueda» se extendió tan rápido que las masas no daban crédito a cómo algo tan simple podía haber permanecido desconocido durante tanto tiempo.

La fabricación de bicicletas pasó de ser una industria artesanal a convertirse en un gran negocio. Por primera vez las bicicletas se producían en serie en las cadenas de montaje; el proceso de diseño estaba separado del de producción; las fábricas especializadas suministraban componentes estandarizados. Un tercio de todas las patentes registradas en la década de 1890 en la oficina de patentes de Estados Unidos estaban relacionadas con la bicicleta, que de hecho contaba con su propio edificio especializado en patentes en Washington D. C.

En 1895, en la muestra de bicicletas Stanley —el acontecimiento anual del sector—, 200 empresas exhibieron 3000 modelos diferentes. Ese mismo año en Gran Bretaña se fabricaron 800 000 bicicletas, según publicó la revista The Cycle. Muchos cerrajeros, armeros y todo aquel que fuera capaz de demostrar aptitudes metalúrgicas abandonaron sus oficios y se marcharon a trabajar a las fábricas de bicicletas. En 1896, el año de máxima producción, en Estados Unidos 300 empresas fabricaron 1200 000 bicicletas, convirtiéndose en una de las mayores industrias del país. La empresa más importante, Columbia —en cuyas fábricas de Hartford (Connecticut) trabajaban más de 2000 personas—, se jactaba de fabricar una bicicleta por minuto.

A finales de la década, para millones de personas la bicicleta se había convertido en un modo práctico de transporte personal: la montura del pueblo. Por primera vez en la historia, la clase trabajadora se volvió móvil y, dado que podía desplazarse, se vaciaron las viviendas abarrotadas, se expandieron las áreas del extrarradio y la geografía de las ciudades cambió. En el campo, la bicicleta contribuyó a ampliar el patrimonio genético: en Gran Bretaña, a partir de la década de 1890 los certificados de nacimiento muestran cómo los apellidos empezaban a aparecer lejos de las localidades rurales a las que habían estado fuertemente asociados durante siglos. En todas partes la bicicleta fue un catalizador de campañas para la mejora de las carreteras e incluso podría decirse que propició que se pavimentara el camino para la llegada del automóvil.

Los beneficios para la salud de la bicicleta coincidieron con las ansias de superación personal que caracterizaron aquella época: los mismos trabajadores que pedaleaban hasta las fábricas y las canteras fundaron clubes de gimnasia y coros, bibliotecas y sociedades literarias. Los fines de semana, los distintos clubes salían a montar en bici. Se disparó el número de carreras amateurs y profesionales. Para los espectadores estadounidenses, el ciclismo en pista o velódromo se convirtió en el deporte número uno. Arthur A. Zimmerman —una de las primeras estrellas deportivas internacionales— ganó más de mil carreras en tres continentes —primero en la categoría amateur y después como profesional—, incluidas tres medallas de oro en el campeonato del mundo de ciclismo celebrado en Chicago en 1893. En Europa, las competiciones en ruta se hicieron inmensamente populares. Carreras «clásicas» tan longevas como Lieja-Bastoña-Lieja o París-Roubaix se celebraron por primera vez en 1892 y 1896, respectivamente. El Tour de Francia se inauguró en 1903.

Durante los «felices noventa», la idea de la velocidad cautivó muy en particular a los estadounidenses: se consideraba que la velocidad era un signo de civilización. A través del transporte y de la comunicación, los estadounidenses terminaron asociando la velocidad a la unificación de su vasto país; sobre una bicicleta podían conseguir que fuera una realidad. Los corredores de pista sobrepasaron los sesenta kilómetros por hora a finales de 1893. La bicicleta eclipsó el trote de los caballos y se convirtió en lo más rápido sobre la carretera. Las innovaciones tecnológicas consiguieron que la bicicleta fuera cada vez más ligera y veloz a medida que avanzaba la década. En 1891, Monty Holbein estableció el récord mundial de 24 horas en pista recorriendo un total de 577 kilómetros en el velódromo londinense de Herne Hill; seis años después, Mathieu Cordang, holandés y gran fumador de puros, rodó 400 kilómetros más.

Una bicicleta normal era de rueda fija (sin marchas ni piñones), con cuadro de acero, manillar ligeramente inclinado, sillín de cuero y, por lo general, sin frenos —se frenaba pedaleando hacia atrás—. Las roadsters (o bicicletas inglesas) solían pesar alrededor de 15 kilos; las bicicletas de carreras estaban por debajo de los 10 kilos, es decir, un peso muy parecido al de las actuales. El 30 de junio de 1899, Charles Murphy se convirtió en el ciclista más famoso de Estados Unidos al recorrer una milla en 57,45 segundos. Lo logró rodando sobre tablones tendidos entre los raíles de la vía férrea de Long Island detrás de una locomotora que lo protegía y marcaba el ritmo.

La bicicleta satisfacía las demandas de independencia y movilidad de la sociedad fin de siècle. La bicicleta de seguridad introdujo a nuevos colectivos en el mundo de las dos ruedas: mayores y jóvenes —desde principios de la década de 1890 se comercializaron modelos juveniles—, bajitos y torpes, hombres y mujeres. Por primera vez cualquiera podía montar en bici. La producción en serie y el boyante mercado de segunda mano permitieron que la mayoría de la gente pudiera permitirse una bicicleta. Stephen Crane, célebre autor estadounidense de la época, afirmaba: «La bicicleta lo es todo».

Tal vez el mayor impacto de la bicicleta consistiera en la destrucción de las barreras de clase y de género, que hasta ese momento se habían mantenido totalmente...



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