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E-Book, Spanisch, 352 Seiten

Reihe: Ensayo

Press Trabajo Sucio


1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-127563-1-9
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 352 Seiten

Reihe: Ensayo

ISBN: 978-84-127563-1-9
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Una denuncia innovadora y urgente desde la primera línea del 'trabajo sucio', el trabajo que la sociedad considera esencial pero moralmente comprometido. Pilotos de drones que llevan a cabo asesinatos selectivos. Inmigrantes indocumentados que trabajan en los mataderos industriales. Guardias que patrullan los pabellones de las prisiones más violentas y abusivas de Estados Unidos. En 'Trabajo sucio', Eyal Press ofrece una visión que cambia el paradigma del panorama moral de la América contemporánea a través de las historias de las personas que realizan los trabajos éticamente más problemáticos de la sociedad. Como muestra Press, cada vez estamos más protegidos y distanciados de una serie de actividades moralmente cuestionables que otras personas menos privilegiadas realizan en nuestro nombre. La pandemia de COVID-19 ha atraído una atención sin precedentes sobre los trabajadores esenciales y sobre los riesgos para la salud y la seguridad a los que están expuestos los trabajadores de prisiones y mataderos. Pero 'Trabajo Sucio' examina un conjunto menos familiar de riesgos laborales: las dificultades psicológicas y emocionales como el estigma, la vergüenza, el TEPT y el daño moral. Estas cargas recaen desproporcionadamente sobre los trabajadores con bajos ingresos, los inmigrantes indocumentados, las mujeres y las personas racializadas. A través de las conmovedoras y a veces desgarradoras historias de las personas que realizan el trabajo sucio de la sociedad, y examinando incisivamente las estructuras de poder y complicidad que conforman sus vidas, Press revela verdades fundamentales sobre las dimensiones morales del trabajo y los costes ocultos de la desigualdad en Estados Unidos.

Jerusalén (Palestina), 1970. Escritor y periodista estadounidense afincado en Nueva York, es autor de tres libros y colaborador de The New Yorker y The New York Times, entre otras publicaciones. Gran parte de su obra narrativa y periodística se centra en temas de moralidad y desigualdad social y económica. En 1973, su familia emigró de Israel a Búfalo (Nueva York). Press se licenció en Historia por la Universidad de Brown en 1992. Posteriormente se doctoró en la Universidad de Nueva York. Desde la primavera de 2021 es también sociólogo con un doctorado por la Universidad de Nueva York. Búfalo sirvió de telón de fondo a su primer libro, Absolute Convictions (2006). Su segundo libro, Beautiful Souls (2012), examina la naturaleza del coraje moral a través de las historias de personas que arriesgaron sus carreras, y a veces sus vidas, para desafiar órdenes injustas. El libro ha sido traducido a numerosos idiomas y seleccionado como lectura común en varias universidades como la Estatal de Pensilvania y la Universidad de Brown. Su libro más reciente, Trabajo sucio (2021), examina los trabajos moralmente problemáticos que la sociedad aprueba tácitamente y la clase oculta de trabajadores que los realizan. Galardonado con el Premio James Aronson de Periodismo por la Justicia Social, ha recibido una beca Andrew Carnegie, una beca del Centro Cullman en la Biblioteca Pública de Nueva York y una beca de la Fundación Puffin en el Type Media Center.
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01

Doble lealtad

Al poco de que Harriet Krzykowski empezara a trabajar en la Institución Correccional de Dade, en Florida, un recluso le susurró: «Sabes que nos matan de hambre, ¿no?». Era el otoño de 2010. El Dade, una prisión estatal situada a unos sesenta y cinco kilómetros de Miami, había contratado a Harriet, profesional de la salud mental, para ofrecer a los internos con problemas clínicos de comportamiento un seguimiento de sus tratamientos médicos. El recluso estaba alojado en el centro psiquiátrico de la prisión, un lugar conocido como la Unidad Transitoria de Cuidados (UTC). Se trataba de un conjunto de edificios de dos plantas conectados mediante pasillos cubiertos y equipados con espejos unidireccionales y cámaras de vigilancia. Al principio, Harriet pensó que el hombre se estaba imaginando cosas. «Pensé: “Bueno, tendrá paranoias o será esquizofrénico”». En otro momento escuchó las quejas de otro preso, de otra zona de la UTC, que protestaba porque las bandejas de comida le solían llegar vacías a su celda. Al percatarse de que varios hombres de la UTC tenían un aspecto preocupantemente delgado, decidió trasladarle sus inquietudes a la doctora Cristina Perez, quien se encargaba de supervisar la unidad de hospitalizados.

En aquel momento Harriet tenía treinta años, la piel clara, los ojos azules y aspecto tímido. El campo de la psicología correccional atrae a un buen puñado de idealistas que tienden a ver a todos los prisioneros como víctimas de la sociedad y desconfían de cualquiera que lleve una placa de personal de seguridad; los agentes los suelen llamar «ama-matones». Sin embargo, el apelativo no describía a Harriet, que nunca había trabajado en una institución carcelaria y que llegó al Dade teniendo muy presentes los riesgos de su nuevo empleo. Sabía que en esa prisión había violadores, pedófilos y asesinos; condenados por delitos graves que no le inspiraban pena, sino temor. Harriet consideraba que los agentes de seguridad del Dade tenían una labor difícil que merecía respeto, sobre todo por proteger a aquellos empleados con menos experiencia que no llevaban la placa de seguridad. Suponía que si alguno de los agentes no se comportaba como debía, sus superiores querrían estar al tanto para tomar cartas en el asunto.

La doctora Perez, de unos cuarenta años, tenía un aire frío y sereno, y no pareció preocuparse mucho cuando Harriet le contó que había oído que «a esta gente no le están dado de comer». «No te puedes fiar de lo que te digan los reclusos», le recordó a Harriet. Cuando esta le informó de que las quejas le estaban llegando desde distintas alas de la UTC, la doctora le aseguró que aquello no era inusual, ya que los presos solían idear métodos muy innovadores para pasar mensajes por todo el centro.

Harriet también le mencionó que había escuchado que algunos guardias acosaban a los presos. Delante de ella, un guardia le había dicho a uno: «Venga, suicídate, nadie te va a echar de menos». Tampoco esto pareció escandalizar a la doctora Perez: «Las palabras se las lleva el viento». Después se acercó a Harriet y le dio un consejo: «Recuerda que tenemos que tener una buena relación laboral con el personal de seguridad».

Al poco de mantener esta conversación, a Harriet le tocó trabajar un domingo. Uno de los guardias le dijo que por cuestión de falta de personal, los internos de la UTC no iban a poder acceder al patio. El patio era un espacio cuadrado de cemento, plagado de malas hierbas y con pocas instalaciones, pero para muchas personas de la UTC era el único lugar en el que podían respirar aire fresco y hacer ejercicio. Una de las responsabilidades de Harriet en sus turnos de fin de semana era precisamente supervisar esta actividad. El domingo siguiente, se les volvió a denegar el acceso al patio, y la situación se fue repitiendo semana tras semana, siempre con explicaciones que a Harriet le sonaban cada vez más a excusas. Cuando finalmente decidió insistirle a un guardia al respecto, este le dijo: «Es el día del Señor y estamos descansando». Harriet le contó esta conversación y su frustración a la doctora Perez en un correo.

Unos días después, Harriet tenía que hacerse cargo de un «grupo psicoeducativo», una sesión de una hora durante la cual los reos se juntaban para hablar mientras ella observaba su estado de ánimo y sus sentimientos. Cuando ya había entrado una docena de participantes, levantó la vista y se dio cuenta de que el guardia que había estado hasta entonces en la puerta se había marchado. Estaba sola en una habitación llena de convictos. Harriet llevó a cabo la sesión sin incidente alguno, y pensó que seguramente habrían llamado al guardia para alguna cuestión urgente. Pero después, mientras estaba en el patio, el guardia que tenía que estar con ella también desapareció, dejándola una vez más sin protección entre los presidiarios.

Fue también en esa época cuando las puertas de metal que controlaban los guardias de seguridad para regular el tráfico entre los diferentes edificios de la UTC empezaron a abrirse más despacio para Harriet. No era infrecuente que pasaran varios minutos antes de que uno de los agentes la dejara pasar, aunque fuera ella la única empleada en un pasillo repleto de prisioneros. Harriet intentaba aparentar tranquilidad, pero al recordar estas situaciones admite que «estaba muerta de miedo».

En teoría, la UTC había sido diseñada con la idea de ofrecer a los presos con enfermedades mentales un espacio seguro en el que recibir tratamiento antes de reincorporarse a las instalaciones principales del Dade. En realidad, Harriet se dio cuenta de que muchas de las personas a su cargo permanecían encerradas en celdas aisladas durante meses. Se suponía que el aislamiento estaba reservado a individuos que hubieran cometido infracciones disciplinarias graves. En este aislamiento forzoso, con frecuencia el estado de los hombres de la UTC empeoraba rápidamente, mostrando un aspecto demacrado, afligido y la mirada perdida. «Había muchos que cuando entraban estaban ágiles y con ganas de hablar, y a los pocos meses estaban durmiendo en su celda entre sus propios excrementos», comentó Harriet.

A pesar de su inexperiencia, Harriet empezaba a dudar de que la UTC estuviera cumpliendo con la función que se le atribuía. Además, estaba convencida de que los guardias del Dade la estaban castigando por el correo electrónico que le había enviado a la doctora Pérez sobre su dificultad para acceder al patio. Pero temía que seguir quejándose de la situación solo la llevase a sufrir más represalias. Ni siquiera quiso comentárselo a Steven, su marido, por miedo a que, si le contaba sus desventuras, él le insistiera para que dejara el puesto, lo que complicaría más aún su ya precaria situación económica.

En aquella época, Harriet y su marido vivían en casa de la madre de ella, en Miami, con sus dos niños. Él era ingeniero informático y estaba en paro. Ella ganaba doce dólares a la hora en el Dade. Para ir tirando, tenían que complementar los modestos ingresos de Harriet con vales de comida y préstamos puntuales de su madre. Harriet ya estaba acostumbrada a condiciones duras como esas. Nació en un pueblo pequeño del noroeste de Misuri, y cuando tenía siete años su madre la llevó, junto con su hermana mayor, a una destartalada casa de acogida para mujeres para poder escapar de la violencia de su padre, un bebedor empedernido que aceleró la huida de su mujer y sus hijas cuando estampó al gato de la familia contra la pared. Cinco años más tarde, después de que sus padres se divorciaran, Harriet se encontró viviendo en un pueblo más pequeño aún, en el estado de Illinois, donde el sueño de su madre, que era poder dedicarse al arte (era ceramista), no tardó en irse al traste. En su lugar, sobrevivían a base de ayudas públicas y del trabajo que consiguió su madre como empleada en una gasolinera. Vivían en una casa humilde donde los armarios solían estar vacíos.

En 1998, Harriet acabó el instituto y se mudó a Miami con su madre, donde su situación económica mejoró. Su madre empezó a trabajar de enfermera, y ella se matriculó en la Universidad Internacional de Florida. Decidió estudiar Psicología, cautivada por la idea de ayudar a los demás a controlar sus impulsos destructivos para que pudieran tener una vida mejor. Pero durante un tiempo fue Harriet la que no consiguió dominar sus impulsos destructivos. Se empezó a pegar atracones y engordó veintidós kilos; después dejó de comer y perdió casi treinta. Salía mucho de fiesta y consumía muchas drogas: afrontó el choque cultural de Miami sumergiéndose en su hedonística vida nocturna. Al principio, la experiencia era muy estimulante, pero fue perdiendo el interés con el paso del tiempo. Cuando una de sus compañeras de piso dilapidó todo el dinero que tenía en drogas, Harriet se apartó de ese estilo de vida y pasó un año centrada en cuidarse. Una noche, soñó con un amigo de su infancia llamado Steven, a quien conoció en una parada de autobús cuando estaban en quinto de primaria. Se puso en contacto con él y le pidió que fuera a visitarla. Unas semanas más tarde, apareció y acabó quedándose junto a ella. En 2007, contrajeron matrimonio.

Para entonces, Harriet ya...



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