Prieto Pérez | Como torrente de la montaña | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 320 Seiten

Reihe: Surcos

Prieto Pérez Como torrente de la montaña

Un viaje a pie desde génova hasta asís
1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-9945-758-1
Verlag: Editorial Verbo Divino
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Un viaje a pie desde génova hasta asís

E-Book, Spanisch, 320 Seiten

Reihe: Surcos

ISBN: 978-84-9945-758-1
Verlag: Editorial Verbo Divino
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



Como torrente de la montaña es un libro de viajes, concretamente de la peregrinación que su autor, Luis Francisco Prieto, hace a pie desde Génova hasta Asís, motivado por una promesa hecha en la UCI de un hospital. Pero lo que comienza siendo el cumplimiento de una promesa se convertirá pronto en un viaje iniciático en el que el protagonista irá tomando conciencia profunda de sí mismo, de la realidad exterior y de su misión en la vida, e irá experimentando en el trascurso de las sucesivas etapas una transformación positiva en su relación consigo mismo, con los demás y con el mundo. Gracias a numerosas experiencias en el camino, Luis Francisco terminará entendiendo su paso por la UCI como principio y fundamento de su posterior situación de crecimiento personal. Tanto es así que una experiencia que podría interpretarse en clave negativa despertará en él la esperanza y la confianza en el ser humano, y toda una serie de valores como la solidaridad, la generosidad y la estima de lo cotidiano y las pequeñas cosas. Y como él, todos los lectores aprenderán a disfrutar de cada día de sus vidas como si fuera único e irrepetible. Con ilustraciones de Forges para cada una de las etapas. Con prólogo de Forges y epílogo de Joxe Mari Arregi, franciscano del santuario de Arantzazu.

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Segunda etapa, domingo 19 de agosto

Levantarme fue un suplicio. Por lo menos, el dolor de hombros y espalda había remitido en parte y el agarrotamiento había desaparecido, gracias al gel aplicado por la noche. A las ocho de la mañana me despedía de Luigi, el simpático joven milanés que se ofreció gustoso a acercarme en su vehículo hasta Fontanigorda y que no terminó de entender muy bien mi negativa. Así comenzó un precioso día de sol con algunas nubes que amortiguaban en parte el intenso calor que ya a esas horas hacía.

Nada más abandonar el camping comencé una durísima subida que culminaba en el puerto de Fregarolo. De inmediato comencé a sudar, como si estuviese dentro de una sauna, y al poco comencé a sentir los intensísimos dolores de hombros y espalda. Como me estaba temiendo, no tardé en escuchar al Luis cómodo y práctico recriminándome: «¿Cómo había sido tan insensato cuando preparé el recorrido de haber pensado solo en los kilómetros a recorrer y no haber tenido en cuenta la climatología, la increíble sinuosidad de Liguria y, sobre todo, el insufrible castigo de la mochila? Por tanto, lo mejor era retirarse a tiempo». Hube de admitir, suspirando, que no le faltaba razón y tal vez su proposición fuese acertada. Entonces escuché al Luis comprometido: «¿No querías sacrificio cuando tomaste esta resolución? ¿No estabas dispuesto a todo? En caliente es fácil hacer promesas dentro de la comodidad de cada día; lo difícil es acometerlas llegado el momento. ¿No te has dicho alguna vez que sería bueno someter al cuerpo a una disciplina de aligeramiento y purificación para hacerlo más dócil al espíritu? Pues, ¡qué mejor ocasión tienes ahora para constatarlo! ¿Y qué es esto comparado con lo que hicieron Colón y compañía? ¡Venga, déjate de monsergas y adelante!». Así, de esta manera, no me quedó más remedio que tirar hacia arriba.

El paisaje era verdaderamente fantástico: castaños, cerezos, abetos, abedules, nogales, manzanos, perales… No había un solo claro en medio del bosque, solo los pequeños pueblecitos que iba atravesando, que eran como islas en medio de tanta frondosidad. La ausencia casi completa de circulación, la contemplación de tanta belleza, el olor a las fragancias del bosque, el estupendo concierto de trinos y cucús, el repiqueteo de algún pájaro carpintero…, todo ello lo interpreté como una clara manera de animarme: «¡Vamos, vamos Luis, para arriba!».

Al otro lado del puerto referido, el bosque se abría a un amplio valle en el que se divisaban algunos huertos y pequeños prados, donde pastaban plácidamente caballos, que llevaban grandes cencerros que hacían repicar con gran algarabía. Aprovechando la sombra de un manzano y la compañía de los caballos, di buena cuenta de un pedazo de queso parmesano y otro de salchichón, acompañados con pan y agua caliente; dos melocotones completaron la comida. Cuando llegó el momento de reiniciar la marcha, que fue al poco rato, para evitar que la pereza hiciese de las suyas, miré con envidia a los caballos: ¡Qué bien parecían encontrarse! Permanecían concentrados únicamente en llenar su estómago, disfrutando del bello lugar y del momento presente, sin inquietarse lo más mínimo por lo que les pudiese deparar el mañana. Con gusto les hubiese cambiado la plaza.

Con este pensamiento sobre la sencillez de la vida de los animales y lo complicada que la hacemos los humanos, llegué a Villanoce, un encantador pueblecito instalado sobre la ladera de una de las muchas colinas que pueblan el paisaje. Por la información obtenida en los pueblos anteriores, sabía de la existencia de dos hotelitos. Con la confianza de encontrar alojamiento, me dirigí al primero de ellos. No podía dar un paso más. La sorpresa fue encontrarlos completos. Al parecer, en este mes están siempre llenos. Aunque llevaba saco de dormir, por si acaso, era consciente de que necesitaba una buena ducha y descansar correctamente si quería continuar con la aventura.

El siguiente pueblo con hotel distaba quince kilómetros, pero como no podía con mi alma, descarté enseguida esa posibilidad. Sopesé un rato la situación y, de repente, me acordé del servicial cura que el día anterior se prestó a ayudarme. Pensé que, tal vez, sería el mismo de este pueblo, pues al tratarse de pequeños pueblecitos era posible que un cura se encargase de varias parroquias a la vez. Opté pues, por acercarme a la iglesia. No había nadie, pero enfrente de la misma, a unos treinta metros, se encontraba una pareja de unos cincuenta años. Y hacia ellos me dirigí para preguntar por el cura. Me dijeron que no tardaría mucho en volver. Me aproximé de nuevo a la puerta de la iglesia, dejé la mochila en el suelo y me senté dispuesto a esperar.

No sé el tiempo que transcurrió pues debí de quedarme dormido. Cuando me di cuenta de que alguien estaba hablando cerca de mí, abrí los ojos y reconocí a la pareja de antes hablando con el cura, reconocible por su camisa y pantalón negros y el alzacuello blanco. Comencé a incorporarme dificultosamente, pues me dolía todo, a la vez que el cura se aproximaba. Su cuerpo menudo y su grave semblante, que denotaba una persona acostumbrada a no derrochar sonrisas y parco en palabras, contrastaba con la corpulencia y la afabilidad del cura que había encontrado el día anterior.

—¿Me estás buscando? —preguntó serio, a la vez que curioso e intrigado, una vez que se presentó ante mí.

Sin saber muy bien qué decir, comencé:

—Pues sí, padre. Por ciertas razones personales estoy haciendo un recorrido a pie hasta Asís. Esta mañana salí de Rovegno y pensaba dormir aquí, pero los dos hoteles están completos. No sabiendo bien qué hacer, he pensado que, tal vez, usted podría ayudarme.

Permanecimos en silencio observándonos. Sus inquietos ojos iban de los míos, recorriendo mi sudado cuerpo, hasta detenerse en la mochila que descansaba a mi lado. Se puso a acariciarse el mentón de forma infatigable, como buscando en ello la ayuda necesaria para una mejor comprensión de lo que le había sido expuesto. Transcurrido un tiempo considerable sin respuesta alguna, pude perfectamente oír lo que no decía, pero pensaba: «Pero… ¿qué he hecho yo para que me caiga este “problemón”?». Observándolo visiblemente contrariado por tener que alterar sus hábitos y queriéndole evitar tan mal trance, añadí:

—Bueno, no tiene importancia. Ya me las arreglaré —dije, intentando romper la incomodidad.

Mi respuesta le hizo reaccionar inmediatamente y en un intento de salir del paso airosamente, sin darse mal rato, atinó a decir el hombre:

—Mira, joven, lo único que puedo hacer es llevarte en coche al pueblo con hotel más cercano.

—Muchas gracias, padre, pero yo únicamente saldré de Villanoce por medio de mis piernas —repuse tranquilo.

Me miró nuevamente, aún más sorprendido por mi contundente afirmación, y no sabiendo bien qué hacer pero comprendiendo que yo no estaba bromeando, buscó con la mirada a la pareja, a la cual se habían unido dos personas más que nos observaban sin perder detalle. Dejó de acariciarse el mentón y haciendo un elocuente gesto de espera con sus manos dio media vuelta y se dirigió hacia las cuatro personas. Mientras departían en corrillo no dejaban de dirigirme curiosas miradas alternativamente, a medida que iban conociendo el contenido de nuestra insólita conversación. Intuí que calibraban mi honestidad pero, sobre todo, mi estado mental. Estaba deseando sentarme, por no decir tumbarme, pero creí que permanecer de pie les causaría mejor impresión y decidí entonces aguantar así, sintiéndome observado como un bicho raro. Al cabo de unos largos minutos de intensa charla, el cura se aproximó de nuevo con su serio y grave semblante para decir con tono ceremonial:

—Hemos decidido acogerte en la antigua escuela. —Hizo una pausa bien calibrada para remarcar a continuación mirándome directamente a los ojos y como queriendo adivinar qué oscuras intenciones escondía—: Solo espero que no hagas nada malo. —Y concluyó ordenando con energía—: ¡Venga! ¡Acompáñanos!

Y así, en grupo, nos dirigimos hacia el local referido sin intercambiar palabra alguna. La pareja junto con el cura me mostraron el deshabitado edificio. La parte de abajo albergaba las antiguas aulas; la superior conservaba un apartamento en un estado más que aceptable: era la antigua vivienda del maestro, con tres habitaciones, un servicio y un salón-comedor. Encantado, tomé posesión de mi alojamiento, me explicaron el funcionamiento de las llaves y me dijeron que, estas, las podía entregar en un determinado bar al día siguiente por la mañana. El cura, una vez más, dirigiéndome una mirada cargada de suspicacia, me dijo que esperaba no tener que arrepentirse por su actuación. Dándoles las gracias y diciendo al cura que estuviese tranquilo, que nada malo iba a pasar, nos despedimos.

Tomé una deliciosa ducha de agua fría y antes de quedarme dormido como un tronco, bajé a cenar a una trattoria cercana que había visto en el camino hacia la escuela. El local estaba lleno y no me extrañó, pues este pueblo atesora unos magníficos alrededores. Mientras esperaba pacientemente mi turno para ser servido, hube de hacer un esfuerzo grande para no quedarme dormido sobre la...



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