E-Book, Spanisch, 272 Seiten
Reihe: Ilustrados
Proust Combray
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-19320-34-6
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 272 Seiten
Reihe: Ilustrados
ISBN: 978-84-19320-34-6
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Marcel Proust (París, 1871-1922) Escritor francés. A los nueve años sufrió el primer ataque de asma, afección que ya no le abandonaría, por lo que creció entre los continuos cuidados y atenciones de su madre. Durante los años de su primera juventud llevó una vida mundana y aparentemente despreocupada, que ocultaba las terribles dudas que albergaba sobre su vocación literaria. Tras descartar la posibilidad de emprender la carrera diplomática, trabajó un tiempo en la Biblioteca Mazarino de París, decidiéndose finalmente por dedicarse a la literatura.
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II
De lejos, en diez leguas a la redonda, vista desde el tren cuando llegábamos la última semana antes de Pascua, Combray[44] no era más que una iglesia que resumía la ciudad, que la representaba, que hablaba de ella y por ella a la lejanía, y que, cuando nos acercábamos, mantenía apretados alrededor de su alto manto sombrío, en pleno campo, contra el viento, como una pastora sus ovejas, los lomos lanosos y grises de las casas apiñadas que un resto de murallas medievales cercaba aquí y allá con un trazo tan perfectamente circular como el de una pequeña ciudad en un cuadro de primitivo. Para vivir, Combray era algo triste, como sus calles, cuyas casas construidas con piedras negruzcas de la región, precedidas de escalones exteriores, rematadas por aguilones que proyectaban su sombra delante de ellas, eran lo bastante oscuras para que, cuando la luz empezaba a menguar, hubiera que subir las cortinas en las «salas»; calles de graves nombres de santos (muchos de ellos estaban unidos a la historia de los primeros señores de Combray): calle Saint-Hilaire, calle Saint-Jacques donde estaba la casa de mi tía, calle Sainte-Hildegarde, a la que daba la verja, y calle du Saint-Esprit a la que se abría la puertecita lateral de su jardín[45]; y esas calles de Combray perviven en una parte tan recóndita de mi memoria, pintada con colores tan distintos de los que ahora revisten para mí el mundo que, en verdad, todas me parecen, y la iglesia que las dominaba desde la Plaza, más irreales todavía que las proyecciones de la linterna mágica; y, en ciertos instantes, se me figura que poder atravesar todavía la calle Saint-Hilaire, poder alquilar un cuarto en la calle de L’Oiseau —en la vieja hospedería del Oiseau Flesché, de cuyos tragaluces subía un olor a cocina que, por momentos, todavía me llega con la misma intermitencia y el mismo calor—, sería entrar en contacto con el Más Allá de un modo más maravillosamente sobrenatural todavía que trabar conocimiento con Golo y hablar con Genoveva de Brabante.
La prima de mi abuelo —mi tía abuela—, en cuya casa habitábamos, era la madre de aquella tía Léonie que, desde la muerte de su marido, el tío Octave, no había querido salir, primero de Combray, luego, en Combray, de su casa, más tarde de su cuarto, y por último de su cama, de la que ya no «descendía», siempre acostada en un vago estado de pena, de abatimiento físico, de enfermedad, de idea fija y de devoción. Su aposento particular daba a la calle Saint-Jacques, que acababa mucho más lejos en el Prado Grande (por oposición al Prado Chico, que verdeaba en medio de la ciudad, entre tres calles), y que, uniforme, grisácea, con los tres altos escalones de gres delante de casi todas las puertas, parecía una especie de desfiladero tallado por un cantero de imágenes góticas en la misma piedra en que hubiera esculpido un belén o un calvario. En realidad mi tía solo ocupaba dos habitaciones contiguas: por la tarde se quedaba en una mientras ventilaban la otra. Eran de esas habitaciones de provincias que —así como en ciertos países hay partes enteras del aire o del mar iluminadas o perfumadas por miríadas de protozoarios que no podemos ver— nos encantan con los mil olores depositados en ellas por las virtudes, la prudencia, los hábitos, por toda una vida secreta, invisible, superabundante y moral que la atmósfera mantiene en suspensión; olores naturales todavía, desde luego, y color del tiempo como los de la campiña vecina, pero ahora hogareños, humanos y encerrados, jalea exquisita, industriosa y límpida de todos los frutos del año que ha dejado el huerto por la despensa; estacionales, pero móviles y domésticos, capaces de corregir el picor de la escarcha blanca con la dulzura del pan caliente, perezosos y puntuales como un reloj de aldea, callejeadores y comedidos, despreocupados y previsores, lenceros, matinales, devotos, felices con una paz que no aporta otra cosa que un momento de ansiedad y un prosaísmo que sirve de gran reservorio de poesía a quien los atraviesa sin haber vivido en ellos. Allí el aire estaba saturado con la quintaesencia de un silencio tan nutricio, tan suculento que no me adentraba en él sino con una especie de gula, sobre todo en aquellas mañanas todavía frías de la semana de Pascua en que lo saboreaba mejor por estar recién llegado a Combray: antes de entrar a desear los buenos días a mi tía, me hacían esperar un momento en la primera estancia donde el sol, todavía invernal, había venido a calentarse a la lumbre, ya encendida entre los dos ladrillos y que encalaba todo el cuarto con un olor a hollín, haciendo de él como uno de esos grandes «antehornos» de campo, o una de esas campanas de chimenea de castillos, bajo los cuales se desea que fuera arrecien la lluvia, la nieve, incluso alguna catástrofe diluviana, para añadir al bienestar de la reclusión la poesía de la invernada; daba unos pasos desde el reclinatorio a los sillones de terciopelo estampado, siempre revestidos con sus reposacabezas de ganchillo; y el fuego, cociendo como una pasta los apetitosos olores que volvían muy grumoso el aire del cuarto y a los que ya había hecho trabajar y «levantarse» el frescor húmedo y soleado de la mañana, los hojaldraba, los doraba, los arrugaba, los hinchaba, transformándolos en un invisible y palpable pastel provinciano, una inmensa «empanadilla» a la que, nada más saborear los aromas más curruscantes, más finos, más reputados, pero también más secos de la alacena, de la cómoda, del papel rameado, yo siempre volvía con una inconfesada codicia para enviscarme en el aroma mediocre, pringoso, soso, indigesto y afrutado de la colcha de flores.
En la habitación contigua, oía a mi tía hablar completamente sola a media voz. Nunca hablaba sino bastante bajo por estar convencida de tener en la cabeza algo roto y flotante que hubiera desplazado si hablaba demasiado fuerte, pero nunca se quedaba mucho rato, incluso estando sola, sin decir algo, porque creía que era saludable para su garganta y que eso, impidiendo a la sangre detenerse en ella, volvería menos frecuentes los ahogos y las angustias que sufría; además, en la inercia absoluta en que vivía, prestaba a sus menores sensaciones una importancia extraordinaria; les confería una motilidad que hacía difícil guardárselas para ella, y a falta de confidente a quien comunicarlas, se las anunciaba a sí misma, en un perpetuo monólogo que era su única forma de actividad. Por desgracia, tras haber contraído el hábito de pensar en voz alta, no siempre prestaba atención a que no hubiera alguien en la habitación contigua, y a menudo la oía yo decirse a sí misma: «Tengo que acordarme de que no he dormido» (pues no dormir nunca era su mayor pretensión cuyo respeto y rastro conservaba el lenguaje de todos nosotros: por la mañana Françoise no iba a «despertarla», sino que «entraba» en su cuarto; cuando mi tía quería echar una cabezadita durante el día, se decía que quería «reflexionar» o «reposar»; y si, hablando, alguna vez se le olvidaba hasta el punto de decir: «lo que me ha despertado» o «he soñado que», se ruborizaba y se corregía lo más rápidamente posible).
Al cabo de un momento, yo entraba a darle un beso; Françoise mandaba hacerle una infusión de té; o, si mi tía se sentía agitada, pedía en su lugar una tisana y era entonces yo quien se encargaba de hacer caer de la bolsita de farmacia a un platillo la cantidad de tila que luego había que poner en el agua hirviendo. Al secarse, los tallos se habían curvado en un caprichoso enrejado de cuyas volutas salían las pálidas flores, como si un pintor las hubiera dispuesto, las hubiera hecho posar del modo más ornamental. Después de haber perdido o cambiado su aspecto, las hojas parecían las cosas más diversas, un ala transparente de mosca, el reverso blanco de una etiqueta, un pétalo de rosa, pero que hubieran sido apiladas, machacadas o trenzadas como en la confección de un nido. Mil pequeños detalles inútiles —fascinante prodigalidad del farmacéutico— que en un preparado ficticio se hubieran suprimido, me daban, como un libro donde nos maravilla encontrar el nombre de una persona conocida, el placer de comprender que realmente se trataba de tallos de verdaderos tilos, como los que veía en la avenida de la Gare, modificados, precisamente porque no eran falsos, sino ellos mismos y que habían envejecido. Y, como cada nuevo rasgo no era otra cosa que la metamorfosis de un rasgo antiguo, en bolitas grises reconocía yo las yemas verdes que no han llegado a madurar; pero, sobre todo la luminosidad rosada, lunar y suave que hacía resaltar las flores en la frágil selva de tallos donde estaban suspendidas como pequeñas rosas de oro —señal, como el resplandor que todavía revela en una pared el sitio de un fresco borrado, de la diferencia entre las partes del árbol que habían sido «en color» y las que no lo habían sido—, me indicaba que aquellos pétalos eran los mismos que antes de adornar de flores la bolsita de la farmacia habían aromado las noches de primavera. Aquella llama rosa de cirio seguía siendo su coloración, pero semiapagada y adormecida en aquella vida menguada que ahora era la suya y que es como el crepúsculo de las flores. No tardaba mucho mi tía en mojar en la infusión hirviente, cuyo gusto a hoja muerta o a flor marchita saboreaba, una pequeña magdalena, y cuyo trozo, cuando me lo ofrecía, estaba suficientemente ablandado.
A un lado de su cama había una gran cómoda amarilla de madera de limonero y una mesa que servía al mismo tiempo de botiquín y de altar mayor, donde, debajo de una estatuilla de la Virgen y de una botella de Vichy-Célestins, había libros de misa y...




