E-Book, Spanisch, Band 376, 202 Seiten
Reihe: Historia
Sarmiento Recuerdos de provincia
1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9897-665-6
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 376, 202 Seiten
Reihe: Historia
ISBN: 978-84-9897-665-6
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Domingo Faustino Sarmiento Albarracín (1811-1888). Argentina. Hijo de José Clemente Sarmiento, soldado del ejército del San Martín, y de Paula Zoila Albarracín. Tuvo quince hermanos, sólo sobrevivieron seis. En 1816 ingresó en la Escuela de la Patria. Estudió latín a los trece años, doctrina cristiana y geografía y trabajó para un ingeniero francés. La Autobiografía de Benjamín Franklin influyó en él. En 1828 entró en el ejército a favor de los unitarios. Escribió mucho y con autoridad sobre temas militares. Se distinguió en el combate de Niquivil y sufrió arresto domiciliario hasta que en 1831 marchó a Chile. Allí fue minero durante tres años. Sin embargo, continuó sus estudios y tradujo obras de Walter Scott. En 1842 el gobierno de Chile lo nombró director y organizador de la primera Escuela Normal de Preceptores de Santiago de Chile. Escribió en la prensa chilena bajo la influencia de Larra. Viajó a Madrid; Argel, Italia, Suiza, Alemania, Inglaterra, Estados Unidos y Canadá. Poco después se casó con Benita Martínez Pastoriza. Fue representante de Argentina en los Estados Unidos. Estuvo tres años allí y se interesó por conocer su democracia, que había apreciado en su viaje anterior. En 1880 fue candidato a la presidencia de la república. El 8 de mayo de 1888 marchó a Paraguay en busca de un ambiente propicio para su salud. Murió unos días después.
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Los Albarracines
A mediados del siglo xii un jeque sarraceno Al Ben Razin conquistó y dio nombre a una ciudad y a una familia que después fue cristiana. M. Beauvais, el célebre sericicultor francés, ignorando mi apellido materno, y sin haberme visto con el bornoz, me hacía notar que tenía la fisonomía completamente árabe; y como le observase que los Albarracines tenían en despecho del apellido los ojos verdes o azules, replicaba en abono de su idea que en la larga serie de retratos de los Montmorency, aparecía cada cuatro o cinco generaciones el tipo normal de la familia. En Argel me ha sorprendido la semejanza de fisonomía del gaucho argentino y del árabe, y mi Chauss me lisonjeaba al verme, todos me tomarían por un creyente. Mentele mi apellido materno que sonó grato a sus oídos, por cuanto era común entre ellos este nombre de familia; y digo la verdad que me halaga y sonríe esta genealogía que me hace presunto deudo de Mahoma. Sea de ello lo que fuere, los viejos Albarracines de San Juan tenían en tan alta estima su alcurnia, que para ellos el hijo del Alba, habría sido a su lado, cuando más, un cualquiera. Una tía mía cuasi mendiga solía llegar a casa desde sus tierras de Angaco, coronando, sobre un rocín mal entrazado y huesoso, unas grandes alforjas atestadas de legumbres y pollos, echando pestes contra don Fulano de tal, que no la había saludado, ¡porque ella era pobre! y entonces se seguía la reseña de los cuatro abuelengos del infeliz que no escapaba a la segunda o tercera generación de ser mulato por un lado, y zambo por el otro, y además excomulgado. Yo he encontrado a los Albarracines sin embargo en el borde del osario común de la muchedumbre oscura y miserable. A más de aquella tía había otro de sus hermanos imbécil que ella mantenía; mi tío Francisco ganaba su vida curando caballos, esto es, ejerciendo la veterinaría sin saberlo, como M. Jourdain escribía prosa sin haberlo sospechado. De los otros once hermanos y hermanas de mi madre, varios de sus hijos andan ya de poncho con el pie en el suelo, ganando de peones real y medio al día.
Y sin embargo esta familia ha ocupado un lugar distinguido durante la colonia española, y de su seno han salido altos y claros varones que han honrado las letras en los claustros, en la tribuna en los congresos, y llevado las borlas de doctor o la mitra. Distínguense los Albarracines aún entre la plebe por los ojos verdes o celestes como antes dije, y la nariz prominente, afilada y aguda sin ser aquilina. Tienen la fama de trasmitir de generación en generación aptitudes intelectuales que parecen orgánicas y de que han dado muestras cuatro o cinco generaciones de frailes dominicos padres presentados y que terminan en fray Justo de Santa María, obispo de Cuyo. Los jefes de esta familia fundaron el Convento de Santo Domingo en San Juan, y hasta hoy se conserva en ella el patronato y la fiesta del santo, que todos hemos sido habituados a llamar Nuestro padre. Hay un Domingo en cada una de las ramas en que se subdivide, como hubieron siempre dos y aun tres frailes dominicos Albarracines a un tiempo. Fuelo un hermano de mi madre, secularizado don Juan Pascual, cura de la Concepción, excelente teólogo, y empecinado unitario, y hasta la clausura del Convento en 1825, se halló entre sus coristas un representante de la familia patrona de la orden. Sábese que en aquella edad media de la colonización de la América, las letras estaban asiladas en los conventos, siendo una capucha de fraile signo reconocido de sapiencia, talismán que servía a preservar acaso el cerebro contra todo pensamiento herético. No celó del todo, no obstante al del célebre fray Miguel Albarracín, cuya gloriosa memoria se ha conservado hasta hoy como la gala y alarde del convento. Hay raras manías que aquejan el espíritu humano en épocas dadas; curiosidades del pensamiento que vienen no se sabe por qué, como si en los hechos presentes estuviese indicada la necesidad de satisfacerlas. A la piedra filosofal que produjo en Europa la química, se sucedió en América la cuestión famosa del milenario, en que todo un San Vicente Ferrer había quedado chasqueado. Sobre el milenario han escrito varios, haciéndose notar Lacunza, chileno cuya obra se publicó en Londres no ha muchos tiempos. Mucho antes que él había ensayado su sagacidad en resolver tan arduo problema, el docto fray Miguel, de quien es tradición conventual que tenía ciencia infusa, tanto era su saber. El infolio que escribió sobre la materia, fue examinado por la inquisición de Lima, el autor citado ante el Santo Oficio, acusado de herejía; y con ansiedad de sus cofrades, fue a aquella remota corte a responder a tan temible cargo. Era la inquisición de Lima un fantasma de terror que había mandado la España a América, para intimidar a los extranjeros, únicos herejes que temía; y a falta de judaizantes, y heretizantes la inquisición cebaba de cuando en cuando alguna vieja beata que se pretendía en santa comunicación con la virgen María por el intermedio de ángeles y serafines, o alguna otra menos delicada que preferiría entenderse con el ángel caído. La inquisición se hacía la desentendida por largo tiempo, jugaba a la gata muerta, y cuando la fama de santidad o de endiablamiento estaba madura, caía sobre la infeliz ilusa, traíala al Santo tribunal, y después de largo y erudito proceso, hacía de su flaco cuerpo agradable y vivaz pábulo de las llamas, con grande contentamiento de las comunidades, empleados y alto clero que por millares asistían a la ceremonia. Existen en Lima varios procesos de Autos de fe, entre ellos uno muy notable contra Ángela Carranza, natural de la ciudad de Córdova del Tucumán, quien pasó a la ciudad de Lima por los años de 1665, y empezó a adquirir fama de santidad y de favorecida del cielo. Diose a escribir sus revelaciones ocho años más tarde, diciéndose asistida e inspirada por los doctores de la iglesia. Estos escritos llegaron a componer más de 7.500 fojas, en forma de diario hasta el mes de diciembre de 1688, época en que cayeron en poder del Santo Oficio de Lima, el cual los calificó de heréticos y blasfemos. Encerrada en las cárceles de la inquisición el 21 de diciembre de 1668 entablaron contra ella un proceso que duró por espacio de seis años, resultando condenada a «salir en auto de fe público en forma de penitente con vela verde, soga a la garganta y a estar encerrada en un monasterio por espacio de cuatro años». La ejecución de esta sentencia tuvo lugar a 20 de diciembre de 1693, como consta de una relación publicada en Lima por la imprenta real el año 1695. El nombre de esta mujer se conserva aún en todos los pueblos del Perú, y la dicha descripción del auto de fe, en que se habla de ella, es uno de los libros más raros de cuantos se han impreso en Lima.
El gran delito de esta beata fue prendarse de un amor místico muy subido de dos personajes pacíficos de nuestra historia cristiana. Santa Ana y san Joaquín a quienes describe con todos sus pormenores. Era nuestra señora santa Ana, «muy hermosa, algo metida en carnes, befa de labios, las manos muy blancas y san Joaquín de facciones toscas y nariz grande aunque viejo no inspiraba asco a su esposa porque era aseado y se vestía bien.
»Del preñado de la señora santa Ana nacieron Cristo y María pero Cristo como cabeza de María, y cuando Cristo nació de la señora santa Ana renacieron también Joaquín y Ana; y cuando santa Ana alimentó con su leche a la Virgen santísima, Jesucristo también la mamaba, y de los pechos de santa Ana solamente mamaron Cristo y María; pero quien primero mamó fue Jesucristo».
Después de las beatas venían los extranjeros, de los cuales, entre otros hay un Juan Salado, francés, que fue quemado, sin otra causa racional que la novedad de ser francés, rara avis entonces en las colonias y objeto de odio para los pueblos españoles. Pero como sucede siempre con todos los poderes absolutos e inicuos, en Lima entre las víctimas de la inquisición cayó una vez un deudo de san Ignacio de Loyola, quien acusado de judío judaizante por sus criados que querían robarlo, murió en la prisión, y el Santo tribunal le hizo enterrar secretamente. Andando el tiempo, empero, hubo de morir uno de los criados, y declaró en artículo de muerte, su villanía, y la inquisición se propuso reparar el daño con el cadáver que se hizo exhumar al efecto. De las costumbres, horriblemente pueriles de aquella época, podrá formarse idea por los extractos de la sentencia absolutoria que sigue: don Juan de Loyola Haro de Molina, natural de la ciudad de Ica donde obtuvo los honrosos empleos de maestre de campo del batallón, y varias veces el de alcalde ordinario, siendo de primer voto en su Ilustre Cabildo y regimiento, de poco más de sesenta años de edad, de estado soltero, que preso por este santo oficio, murió. Salió al auto en estatua, y estando en forma de inocente con palma en las manos y vestido de blanco se le leyó su sentencia absolutoria, dándole por libre de los delitos de herejía y judaísmo, que por maliciosa conspiración y falsa calumnia se le imputaron. Restituido, pues, al buen nombre, opinión y fama que antes de su prisión gozaba, se mandó: saliese en el acompañamiento entre dos sujetos distinguidos, que el Santo tribunal señaló para que le apadrinasen en la procesión de reos: y que al tiempo de alistarse la función en la iglesia, se colocase la estatua en medio de los más calificados del concurso: y levantádose cualesquiera secuestros, y embargos hechos en sus fincas y bienes, se entregasen del todo, según el inventario que de ellos se hizo cuando se secuestraron y que si sus hermanos, sobrinos y parientes quisiesen pasear la estatua por las calles públicas y acostumbradas, en un caballo blanco hermosamente enjaezado,...




