Schlüter Rodés | La luz del alma | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 176 Seiten

Reihe: Sauce

Schlüter Rodés La luz del alma


1. Auflage 2014
ISBN: 978-84-288-2650-1
Verlag: PPC Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, 176 Seiten

Reihe: Sauce

ISBN: 978-84-288-2650-1
Verlag: PPC Editorial
Format: EPUB
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El corazón tiene sus razones que la razón no puede entender. Cuando las imágenes arquetípicas presentes en los cuentos tocan el alma, la despiertan, orientan e iluminan. Se podría decir, pues, que en los cuentos se revela la 'luz del alma'.

Ana María Schlüter es maestra Zen (con el nombre de Kiun An, 'Ermita de la Nube Radiante'). Nació en Barcelona, en 1935, de padre alemán y madre catalana. Durante las guerras civil y mundial vivió en Alemania. A los veintitrés años ingresa en el colectivo religioso 'Mujeres de Betania'. Poco después, se doctora en Filosofía y Letras con una tesis en torno a la pregunta '¿Por qué unos ven y otros miran y no ven?'. En los cursos y retiros que imparte emplea con notable éxito el recurso a los cuentos tradicionales, bien de origen budista, bien de origen popular europeo.  En PPC ha publicado 'El camino del despertar en los cuentos' (1997) y 'La luz del alma' (2004).
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EL TAMBORILERO


RECUPERAR LA MEMORIA DE LO MÁS IMPORTANTE


Érase una vez un joven tamborilero que una tarde salió solo a pasear. Estando en medio del campo, se acercó a un lago. Allí vio de pronto tres piezas de lino blanquísimas.

–¡Qué bonitas son! –dijo.

Tomó una y se la guardó en el bolsillo. Volvió a casa sin acordarse más y se durmió. Al poco tiempo de dormirse, oyó una voz muy suave que decía:

–Tamborilero, tamborilero, despierta.

Él no veía a nadie, estaba todo oscuro, pero le parecía que algo se movía cerca de su cama.

–¿Qué quieres? –preguntó.

–Devuélveme la camiseta que me quitaste en el lago.

–La tendrás enseguida –le contestó el tamborilero– si me dices quién eres. La voz dijo:

–¡Ay! Yo soy la hija de un gran rey. He caído en poder de una bruja y estoy desterrada en la montaña de cristal. Todos los días tengo que bañarme en el lago con mis hermanas, pero sin camiseta no puedo volar; ellas ya se han ido; yo me he quedado atrás. Por favor, devuélvemela.

–Tranquila, tranquila –dijo el tamborilero–, con mucho gusto te la devuelvo ahora mismo.

Y la sacó del bolsillo para entregársela. Ella la cogió rápidamente.

–Espera, espera –dijo el tamborilero–, a lo mejor puedo ayudarte.

–Eso es casi imposible, porque solo se puede conseguir subiendo a una lejana montaña de cristal, y, aunque llegases allí, no lograrías subir.

–Lo que yo me propongo –dijo el tamborilero–, lo consigo. Siento compasión por ti y no tengo miedo. Dime, ¿cuál es el camino que lleva allí?

–Hay que pasar por un bosque donde viven gigantes que se comen a los humanos, y no puedo decirte más –contestó la princesa.

Y desapareció.

El principio de este cuento refleja la situación de alguien que, en un momento dado de su vida, en un momento de soledad, de silencio, de tranquilidad, descubre un “no sé qué”, como una pieza de lino blanco, sin forma ni color, y, sin embargo, de gran belleza y valor. Le gusta, se lo lleva consigo, pero luego lo olvida. Pasan los años y no se acuerda más de que lleva eso consigo. Lo tiene completamente olvidado, hasta que llega un momento, en la soledad de la noche, o sea, en circunstancias de oscuridad, en que oye una voz: «¡Tamborilero, tamborilero!». Algo desde dentro le llama. Sin ver nada todavía, solamente sintiendo una voz que le llama, él responde. Ese algo es una princesa, que él no ve, pero que lleva en sí la promesa de que él puede llegar a ser rey, o sea, libre y noble. Pregunta por el camino que lleva allí y se le dice que es muy difícil. Es prácticamente imposible llegar a ser eso que en promesa, en potencia, ya se es. El camino pasa por un lugar muy peligroso y conduce a una montaña que es prácticamente imposible escalar.

Pero el tamborilero tiene dos cosas que le ayudan a emprender la tarea: siente compasión y es decidido, y, aunque supone afrontar peligros, él sigue adelante.

Nada más despuntar el día, se pone en camino con su tambor. Sin miedo, entra en el bosque, pero no ve gigantes por ninguna parte. Entonces piensa: “Los voy a llamar.” Empieza a tocar el tambor y, de pronto, allí mismo, en medio de la hierba, se mueve algo y se pone en pie. Es más alto que un pino.

–¡Qué haces por aquí, gusano! –le dice el gigante–, ¡despertarme a mí de mi mejor sueño!

Contesta el tamborilero:

–Vienen detrás de mí miles de soldados y les estoy indicando el camino. Van a limpiar este bosque de monstruos como tú.

–¡Oh! –dice el gigante–, ¡los piso como hormigas!

–Pero se te van a escapar, se van a esconder y, cuando duermas, vendrán cada uno con un martillo y te golpearán la cabeza y te destruirán.

“La cosa empieza a ponerse fea”, piensa el gigante, y le dice al tamborilero:

–¡Bueno, bueno, pequeñajo! Te prometo que no os voy a molestar más a los humanos, y, si tienes un deseo, por favor, pídemelo.

–Quiero ir a la montaña de cristal: tú que tienes las piernas muy largas me puedes llevar en un momento.

Entonces el gigante lo tomó y lo puso encima de sus hombros. Mientras tanto, el tamborilero iba tocando el tambor. El gigante pensó: “Esto es que está avisando a los soldados para que se vayan”, y siguió adelante hasta que se encontraron con otro gigante.

El primero pasó el tamborilero al segundo, y este se lo metió en el ojal. Allí se agarró al botón, hasta que llegaron a un tercer gigante. Este lo colocó en el ala de su sombrero. Allí iba paseando y mirando el panorama, porque sobresalía por encima de todos los árboles.

Muy a lo lejos empezó a ver una montaña. El gigante dio unos cuantos pasos más y se encontraron al pie de la montaña de cristal, que parecía tres montañas superpuestas.

–Y ahora, ¡súbeme! –dijo el tamborilero.

Pero el gigante empezó a murmurar cosas raras, tomó al tamborilero, lo dejó en el suelo y se fue. El tamborilero intenta subir, pero resbala. Lo intenta una y otra vez, pero es imposible.

–¡Ojalá fuera un pájaro! –dice.

De pronto oye unas voces y ve hombres que se pelean por una silla de montar vieja y desgastada.

–¿Qué estáis haciendo vosotros, peleándoos por semejante cosa?

–¡Ah!, pero es una silla de montar muy especial: te montas, deseas Un sito adonde ir y en un momento estás allí. Ahora me toca montar a mí, y no me la quiere dejar.

–Bueno –dice el tamborilero–, eso lo arreglo yo enseguida.

Se aleja unos cuantos pasos, pone una estaca en el suelo y dice:

–¡Venga!, el que llegue antes de los dos es el que se montará primero.

Mientras los dos van corriendo, él se sienta en la silla de montar y expresa el deseo de subir a la montaña.

En un abrir y cerrar de ojos aterriza en la cima de la montaña. Es un lugar muy raro, con mucho silencio; no se ven seres humanos, ni animales, ni nada; solo hay una casa de piedra, un gran lago oscuro donde no se mueve nada y un bosque muy grande y espeso. El viento sopla en la copa de los árboles y las nubes casi le rozan. El tamborilero se acerca a la casa de piedra y llama tres veces a la puerta. De pronto se abre la puerta y aparece una vieja con gafas, una nariz larguísima y una mirada muy penetrante:

–¿Qué quieres? –pregunta.

–Quiero hospedaje, cama y comida.

–Muy bien, eso lo puedes tener, pero tendrás que hacer tres trabajos en pago por ello.

–De acuerdo –dice el tamborilero–, estoy dispuesto a hacerlo.

Come, duerme y a la mañana siguiente aparece la vieja con un dedal y dice:

–Con este dedal, tu primera tarea hoy va a ser vaciar el lago, sacar toda el agua del lago y colocar los peces ordenadamente: los grandes con los grandes, los medianos con los medianos y los pequeños con los pequeños. Al final del día tiene que estar todo hecho.

El tamborilero empieza, pero vaciar un lago con un dedal es imposible. Llega el mediodía y está igual que antes. El tamborilero está desanimado y triste. Al mediodía llega una joven con el cesto de la comida y le dice:

–Te veo muy triste, ¿qué te pasa?

–Yo vine en busca de una princesa, pero aquí no hay ninguna princesa, no la encuentro, yo me voy. Tengo que vaciar el lago con un dedal y no puedo.

Entonces la joven le dice:

–Reposa tu cabeza en mi regazo y duérmete. Cuando despiertes, estará todo hecho.

Y, sin dejar que lo repita dos veces, echa la cabeza en su regazo y se duerme. Cuando está dormido, la joven hace girar un anillo mágico y dice:

–¡Arriba el agua! ¡Fuera los peces!

El agua toda se va evaporando y los peces saltan a la orilla y se van colocando ellos mismos ordenadamente: los grandes con los grandes, los medianos con los medianos, los pequeños con los pequeños, y cuando el tamborilero se despierta, está todo hecho. No se lo puede creer, solamente anda por allí un pez perdido. Le dice la joven:

–Mira ese pez, cuando venga la vieja preguntará: “¿Y ese pez?” Entonces tú lo agarras, se lo tiras a la cara y le dices: “¡Para ti, bruja!”

Al cabo de un tiempo viene la bruja y dice:

–¡Muy bien! ¿Ves como no ha sido difícil? Mañana habrá otro trabajo mejor. Pero, ¿qué pasa con ese pez, ahí en el suelo?

Entonces él lo agarra y, tirándoselo, dice:

–¡Para ti, bruja!

Ella hace como si no sintiera nada, y se va.

A la mañana siguiente aparece la bruja con un...



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