E-Book, Spanisch, 336 Seiten
Reihe: Ensayo
Shah Pandemia
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-122096-7-9
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 336 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-122096-7-9
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Periodista de investigación y autora de libros aclamados por la crítica y galardonados sobre ciencia, derechos humanos y política internacional. Miembro del Instituto de la Nación y de la Fundación Puffin, ha publicado en The New York Times, The Wall Street Journal, Scientific American, Foreign Affairs, CNN, Al Jazeera y BBC. Ha recibido apoyo económico para sus investigaciones de parte del Centro Pulitzer Crisis Reporting y The Nation Investigative Fund. Ha dado conferencias en universidades y colegios de todo el país (Columbia, MIT, Harvard , Yale, Brown, Georgetown).
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Introducción
Hijo del cólera
El cólera mata deprisa. No sigue una secuencia de debilidad progresiva. La persona que se contagia, al principio no nota nada. Un día y medio después, el cólera ha acabado con todos los fluidos corporales y dejado un cadáver marchito y azul.
Esta es la razón por la que incluso después del contagio podríamos, por ejemplo, disfrutar de un buen desayuno en un hotel, con huevos fritos y un zumo del tiempo. O ir hasta el aeropuerto conduciendo por una carretera sin asfaltar y llena de baches y sentirnos en perfectas condiciones para aguantar las largas colas que nos esperan. Incluso cuando el asesino ya ha empezado a actuar sigilosamente en nuestras entrañas, podríamos pasar los controles de seguridad, comprar un cruasán en la cafetería y descansar un rato en un moderno asiento de plástico delante de la puerta de embarque antes de que un chisporroteante sistema de megafonía anuncie nuestro vuelo.
Sería solo después de recorrer los pasillos del avión y localizar el asiento, con la tapicería ligeramente estropeada, cuando el desconocido huésped que llevamos alojado dentro se manifestara con un ataque de excreciones explosivo y mortal, y el viaje transoceánico se viera brusca y cruelmente interrumpido. Sin una intervención inmediata de la medicina moderna, nuestras probabilidades de supervivencia serían de un 50 por ciento.
Este fue el destino de un pasajero que iba en la cola delante de mí para tomar el vuelo 952 de Spirit Air en Puerto Príncipe, Haití, con destino a Fort Lauderdale, en Florida, el verano de 2013. En el momento en que el cólera lo atacó, los demás seguíamos apiñados en un vestíbulo sofocante, entre la puerta de embarque y el avión, preparándonos para subir a bordo. Allí esperamos mientras se realizaba una desinfección de emergencia en la cabina. La aerolínea no nos había explicado el motivo del retraso imprevisto de una hora. Cuando un empleado de la compañía salió corriendo del avión y cruzó el vestíbulo en busca de más desinfectante, los impacientes pasajeros lo bombardearon con preguntas. La respuesta que dio, volviendo la cabeza por encima del hombro, fue: «Un pasajero se ha cagado encima». En Haití, donde se estaba viviendo una epidemia de cólera devastadora, no cabía la menor duda de lo que significaba eso.
Si el enfermo se hubiera infectado una o dos horas más tarde, si los síntomas se hubieran presentado cuando todos habíamos ocupado nuestros asientos, cuando un brazo estuviera pegado al suyo en el estrecho reposabrazos compartido, o una rodilla rozara la suya, o una mano hubiera tocado el mismo portaequipajes que él, el patógeno habría podido anidar en cualquiera de nosotros. Yo me había pasado el viaje recorriendo clínicas de tratamiento del cólera y barrios afectados por la epidemia para observar de primera mano los efectos de la enfermedad. Y el temible patógeno había estado casi a punto de acompañarme a casa.
El microbio, o patógeno, causante de la enfermedad que provocará la siguiente pandemia ya está entre nosotros. No sabemos su nombre y tampoco de dónde viene. Por ahora lo vamos a llamar «hijo del cólera», porque sí sabemos que probablemente seguirá el camino trazado por esta plaga.
El cólera es solo uno de los diversos patógenos —como la peste bubónica, la gripe, la viruela y el VIH— que en los tiempos modernos han sido capaces de producir pandemias a través del contagio masivo de la población. Pero el cólera es único en su género. A diferencia de la peste, la viruela y la gripe, la aparición y la propagación del cólera se documentaron muy bien desde el principio. Dos siglos después de que aflorara, sigue teniendo una fuerza excepcional y su poder de provocar la muerte o daños graves no ha disminuido, como muestra el incidente del vuelo 952. A diferencia de otras enfermedades relativamente recién llegadas, como el VIH, el cólera es un histórico de las pandemias. Hasta hoy ya van siete, la última de ellas en Haití en 2010.
El cólera es una enfermedad que hoy afecta principalmente a los países pobres, aunque esto no siempre fue así. En el siglo XIX golpeó a las ciudades más modernas y prósperas del mundo: mató a ricos y pobres por igual, de París a Londres y de Nueva York a Nueva Orleans. En 1836 acabó con la vida del rey Carlos X en Italia; en 1849 con la del presidente James Polk en Nueva Orleans; en 1893 con la del compositor Piotr Ilich Chaikovski en San Petersburgo. A lo largo del siglo XIX, el cólera infectó a cientos de millones de personas y mató a más de la mitad de sus víctimas. Era uno de los patógenos de propagación más rápida y uno de los más temidos del mundo.[27]
El microbio causante de la enfermedad, Vibrio cholerae, se introdujo en la población humana en la época de la colonización británica de las zonas interiores del sureste asiático, pero fueron las rápidas transformaciones de la Revolución Industrial las que facilitaron al microbio las oportunidades de convertirse en un patógeno capaz de causar pandemias. Los nuevos medios de transporte —el barco de vapor, los canales y el ferrocarril— llevaron Vibrio cholerae hasta el corazón de Europa y América del Norte. El hacinamiento y la insalubridad de las ciudades en imparable crecimiento permitían a la bacteria infectar eficazmente a docenas de personas de una vez.
Las reiteradas epidemias de cólera constituían un gran desafío para las instituciones políticas y sociales de las comunidades afectadas. Contener la enfermedad requería un grado de cooperación internacional, cohesión social y gobernanza municipal efectiva que en los pueblos y ciudades recién industrializados aún estaba por forjarse. Descubrir su cura —el agua limpia— exigió a médicos y científicos trascender sus conocimientos tradicionales sobre la salud y la propagación de la enfermedad.
Fueron necesarios casi cien años de pandemias de cólera para que ciudades como Nueva York, París y Londres respondieran a las provocaciones de la enfermedad. Para ello tuvieron que modificar el sistema de viviendas, gestionar el suministro de agua potable y los residuos, dirigir la salud pública, establecer relaciones internacionales y comprender la ciencia de la salud y la enfermedad.
Tal es el poder transformador de las pandemias.
Los avances en el campo de la medicina y la salud pública que se hicieron en el siglo XIX para contener la invasión de patógenos como el cólera fueron tan eficaces que durante buena parte del siglo XX se extendió entre los epidemiólogos, historiadores de la medicina y otros expertos la idea de que las sociedades desarrolladas habían erradicado definitivamente las enfermedades infecciosas. La sociedad occidental había conseguido «que las enfermedades infecciosas prácticamente se eliminaran y dejaran de ser un factor relevante de la vida comunitaria», según afirmó en 1951 el virólogo sir Macfarlane Burnet.[28] «Escribir sobre las enfermedades infeccionas —añadió en 1962— casi equivale a escribir sobre algo que ha pasado a la historia».[29] El estadounidense medio, que a principios del siglo XX vivía alrededor de cincuenta años, alcanzó casi los ochenta a finales del siglo.[30]
Según la conocida teoría de la «transición epidemiológica», formulada por el investigador egipcio Abdel Omran, la desaparición de las enfermedades infecciosas en las sociedades ricas era una consecuencia inevitable del desarrollo económico. El perfil de las enfermedades que afectaban a una sociedad cambiaba con su grado de progreso. En lugar de una oleada de contagios, las sociedades prósperas padecían principalmente enfermedades crónicas, no transmisibles y de evolución lenta, como el infarto y el cáncer.
Confieso que antes creía sinceramente en esta teoría. Por mis visitas a sitios como el gueto del sur de Bombay, donde se crio mi padre, sabía que las sociedades que soportaban una carga significativa de enfermedades infecciosas eran siempre pobres, estaban superpobladas y carecían de condiciones higiénicas. Pasábamos todos los veranos en el sur de Bombay, amontonados con la familia en un piso de dos habitaciones de un edificio destartalado. Como otros cientos de vecinos, tirábamos la basura al patio, llevábamos el agua en cubos de plástico viejos hasta las letrinas compartidas y tapiábamos el umbral de la puerta con tablones de medio metro para que no entrasen las ratas. Allí —como en cualquier sociedad que viva en hacinamiento, rodeada de basura y sin suministro de agua o alcantarillado— la infección era una realidad constante.
Pero al final del verano embarcábamos en un avión y volvíamos a casa con la sensación de haber abandonado para siempre ese modo de vida continuamente expuesto al contagio, siguiendo el mismo camino que hicieron mis padres cuando salieron de la India por primera vez con destino a Nueva York, con sus títulos de Medicina plastificados en la maleta. En las...




