E-Book, Spanisch, Band 1, 368 Seiten
Reihe: Trilogía Everlost
Shusterman Everlost
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19680-12-9
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 1, 368 Seiten
Reihe: Trilogía Everlost
ISBN: 978-84-19680-12-9
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
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Premio Nacional de Literatura Juvenil en Estados Unidos Premio Kelvin 505 del festival Celsius (por Sed) Neal Shusterman (Nueva York, 1962) es autor superventas de más de treinta libros para lectores jóvenes y adultos, entre los que destacan la serie Desconexión, Sed (Nocturna, 2019), Everlost (Nocturna, 2023) y El abismo. Tras ganar el Premio Nacional de Literatura Juvenil, ha publicado la trilogía El arco de la Guadaña -compuesta por Siega (Nocturna, 2017), Nimbo (Nocturna, 2018) y Trueno (Nocturna, 2020)-, que no solo ha obtenido la nota más alta en cinco de las ocho revistas literarias más importantes de EE.UU., sino que se ha publicado en una docena de idiomas, ha entrado en la lista de best sellers del New York Times y Universal ha comprado sus derechos cinematográficos. En su nueva novela, Punto de inflexión (Nocturna, 2022), plantea una reflexión sobre los privilegios a partir de una trama relacionada con los mundos paralelos.
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2
Llegada a Everlost
Hacía mucho que el muchacho no se acercaba a la carretera. ¿Para qué? Los coches iban y venían sin detenerse nunca, sin siquiera frenar un poco. Le daba igual saber o no quién pasaba por su bosque de camino a otros lugares. Ellos no se preocupaban por él, así que ¿por qué iba a preocuparse él por ellos?
Cuando oyó el accidente, estaba jugando a su juego favorito: saltar de rama en rama y de árbol en árbol lo más lejos del suelo que pudiera. El repentino crujido de aceros fue tan inesperado que le hizo calcular mal y perder el agarre a la siguiente rama. Empezó a caer de inmediato. Rebotó en una rama, y después en otra, como una bola en el pinball. No le dolieron todos estos golpes. De hecho, se estuvo riendo hasta que terminó de atravesar por entre las ramas y ya no quedó más que una larga caída.
Pegó fuerte en la tierra: fue una caída que ciertamente habría acabado con su vida de haber sido otras las circunstancias, pero que en realidad no constituyó sino un modo muy rápido de llegar al suelo.
Se levantó y tardó un instante en orientarse, oyendo ya los ecos del accidente que tenía lugar en la carretera. Los coches frenaban con un chirrido, la gente gritaba… Él salió corriendo en dirección al ruido y trepó por la empinada cuesta de piedra berroqueña que subía a la vía. No era el primer accidente que tenía lugar en aquel traicionero tramo de carretera: había muchos, varios cada año. Hacía tiempo un coche se había salido de la carretera volando como un pájaro para aterrizar en el mismo suelo del bosque. Sin embargo, nadie había llegado con él. Sí, seguro que había gente en el coche en el momento del accidente, pero se fueron adonde tenían que ir incluso antes de que el muchacho se acercara a inspeccionar el desastre.
Aquella nueva colisión tenía mala pinta. Muy mala. Mucho follón: ambulancias, camiones de bomberos, grúas… Para cuando se fueron todos aquellos vehículos, ya se había hecho de noche. Pronto donde se había producido el accidente no quedaron más que cristales rotos y trocitos de metal. El muchacho puso mala cara: también aquellos se habían ido adonde tenían que ir.
Resignado y algo furioso, el muchacho volvió a bajar la cuesta de regreso a su bosque.
¿A quién le preocupaba, de todas formas? ¿Qué pasaba si no llegaba nadie más? Aquel sitio era suyo. Reemprendería sus juegos, y seguiría jugando a ellos al día siguiente, y al otro y al otro, hasta que ya no quedara ni carretera.
Al llegar al fondo de la cuesta fue cuando los vio: eran dos chicos que habían salido despedidos de los coches que habían chocado, por encima del barranco. Ahora estaban tendidos al pie de la cuesta, en el suelo del bosque. Al principio pensó que tal vez no los habían visto los de las ambulancias, pero no: los de las ambulancias siempre veían esas cosas. Al acercarse más, se dio cuenta de que ni su ropa ni su rostro mostraban indicio alguno del accidente. Ni desgarrones, ni arañazos. ¡Era muy buena señal! Los dos parecían andar por los catorce años, unos pocos más de los que tenía él, y estaban tendidos a solo unos palmos de distancia uno del otro, ambos acurrucados como bebés. Uno de ellos era una chica que tenía un bonito cabello rubio; el otro, un chico con cierto aire de chino, salvo por la nariz y el pelo de color castaño cobrizo, más bien claro. El pecho de uno y otro se inflaba y desinflaba con un recuerdo de respiración. El muchacho sonrió al verlos, y los imitó, inflando y desinflando el pecho del mismo modo.
Mientras el viento atravesaba los árboles del bosque sin producir ni el más leve susurro, el muchacho aguardó pacientemente a que despertaran sus compañeros de juegos.
* * *
Ya antes de abrir los ojos, Allie sabía que no se encontraba en su cama. ¿Se habría vuelto a caer al suelo en medio de la noche? Normalmente, cuando dormía no paraba de dar vueltas. La mitad de las veces, cuando despertaba, veía que las sábanas se habían soltado del colchón y la envolvían como una serpiente.
Abrió los ojos a la clara luz del sol que se filtraba por los árboles, lo que no resultaba extraordinario, salvo por el hecho de que no había ventana por la que pudiera entrar la luz. Tampoco había dormitorio: solo árboles.
Volvió a cerrar los ojos, tratando de reiniciar. El cerebro humano, pensó, podía ser como un ordenador, especialmente en ese periodo que hay entre el sueño y la vigilia. A veces uno dice cosas extrañas, o hace cosas aún más extrañas, y de vez en cuando uno no consigue comprender cómo llegó al lugar en que se encuentra.
Pero no se preocupó. Aún no. Simplemente se concentró, buscando en su memoria una explicación racional. ¿Habían salido de acampada? ¿Era eso? En cosa de un instante aparecería en su mente, como un relámpago, el recuerdo de haberse dormido bajo las estrellas en compañía de su familia. Sin duda.
Como un relámpago.
Algo había en esa palabra que la hizo sentirse incómoda.
Volvió a abrir los ojos, y esta vez se sentó: no había sacos de dormir, ni camping; y Allie se notó rara, como si le hubieran llenado la cabeza de helio.
A muy poca distancia había otra persona, que dormía en el suelo muy encogida. Era un chico con cierto aspecto asiático. Al mismo tiempo le resultaba conocido y desconocido, como si se hubieran visto alguna vez, pero solo de pasada.
Entonces recordó algo que fue como una ola de agua helada: «Iba volando por un túnel. ¡El muy patoso había chocado contra ella!».
—¡Hola! —dijo tras ella una voz, sobresaltándola. Allie se volvió bruscamente y vio a otro muchacho más pequeño, que estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas. Tras él había una cuesta de piedra berroqueña que se alzaba hasta más allá de la vista.
Aquel muchacho llevaba el pelo descuidado y una ropa muy rara: una ropa que parecía muy pesada, demasiado ceñida, y abotonada hasta arriba del todo. Además, tenía más pecas de las que hubiera visto nunca en un ser humano.
—Ya es hora de que despertéis —le dijo.
—¿Quién eres tú? —preguntó Allie.
En vez de responder, señaló al otro muchacho, que empezaba a rebullir.
—Tu amigo también está despertando.
—No es amigo mío.
El otro muchacho se sentó, abriendo y cerrando los ojos a la luz del sol. Tenía la cara manchada de marrón.
«¿Sangre seca?», se preguntó Allie. No: chocolate. Le llegaba el olor.
—Esto es muy raro —dijo el chico manchado de chocolate—. ¿Dónde estoy?
Allie se levantó y echó una mirada a su alrededor. Aquello no era solo un grupito de árboles: era un bosque entero.
—Yo estaba en el coche, con mi padre —dijo Allie en voz alta, haciendo un esfuerzo por contar lo poco que recordaba, y esperando que eso le ayudara a rememorar todo lo demás—. Íbamos por una carretera de montaña, pasábamos por encima de un bosque… —Solo que el bosque por el que habían ido circulando no era aquel.
* * *
El bosque por el que habían ido circulando estaba lleno de altos troncos con ramas cortas, gruesas y podridas.
«Un bosque seco —había comentado su padre desde el asiento del conductor, señalándolo—. Pasa a veces. Un hongo, o algún otro tipo de plaga…, puede acabar de una sentada con unas cuantas hectáreas».
Entonces Allie recordó el rechinar de los neumáticos, seguido de un estruendo y después de nada. Empezó a preocuparse.
—Vale, ¿qué pasa aquí? —preguntó al niño de las pecas, porque se daba cuenta de que Choco estaba tan en la inopia como ella.
—¡Este es un sitio estupendo! —contestó el de las pecas—. Es mi lugar. ¡Y ahora también es el vuestro!
—Yo ya tengo un lugar —observó Allie—. No necesito este.
Entonces Choco señaló hacia ella:
—¡Te conozco! ¡Tú chocaste contra mí!
—¡No, fuiste tú el que chocó contra mí!
El niño de las pecas se interpuso:
—Vamos, dejad de hablar de eso. —Lleno de emoción, empezó a saltar sobre el pulpejo de la planta de los pies—: ¡Tenemos mucho que hacer!
Allie se cruzó de brazos.
—No pienso hacer nada hasta que entienda lo que está pasando… —Y de repente lo recordó todo con la furia de…—: ¡Un choque frontal!
—¡Sí! —exclamó el chico manchado de chocolate—. ¡Pensé que lo había soñado!
—¡Debemos de haber perdido el conocimiento a causa del choque! —Allie se palpó por todo el cuerpo—. No tenemos huesos rotos, ni contusiones…, ni siquiera un arañazo. ¿Cómo es posible? Tal vez suframos una conmoción cerebral.
—No me da la sensación de tener una conmoción cerebral.
—Uno nunca puede saber cuándo tiene una conmoción cerebral, Choco.
—Me llamo Nick.
—Bien. Yo me llamo Allie. —Nick intentó quitarse el chocolate de la cara, pero sin agua y jabón resultó ser una tarea imposible. Los dos se volvieron hacia el niño de las pecas—: ¿Tú tienes nombre? —preguntó Allie.
—Sí —dijo, y bajó la mirada—. Pero no tengo por qué decíroslo.
Allie no le hizo caso, porque el muchacho estaba empezando a ser un incordio, y se volvió hacia Nick:
—Seguramente salimos despedidos por el accidente y pasamos...




