E-Book, Spanisch, Band 2, 496 Seiten
Reihe: Trilogía Everlost
Shusterman Everwild
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19680-13-6
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 2, 496 Seiten
Reihe: Trilogía Everlost
ISBN: 978-84-19680-13-6
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Neal Shusterman (Nueva York, 1962) es autor superventas de más de treinta libros para lectores jóvenes y adultos, entre los que destacan la serie Desconexión, Sed (Nocturna, 2019), Everlost (Nocturna, 2023) y El abismo. Tras ganar el Premio Nacional de Literatura Juvenil, ha publicado la trilogía El arco de la Guadaña -compuesta por Siega (Nocturna, 2017), Nimbo (Nocturna, 2018) y Trueno (Nocturna, 2020)-, que no solo ha obtenido la nota más alta en cinco de las ocho revistas literarias más importantes de EE.UU., sino que se ha publicado en una docena de idiomas, ha entrado en la lista de best sellers del New York Times y Universal ha comprado sus derechos cinematográficos. En su nueva novela, Punto de inflexión (Nocturna, 2022), plantea una reflexión sobre los privilegios a partir de una trama relacionada con los mundos paralelos.
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4
La Apartada
Cierta cálida tarde de junio, dos descubridores encontraron una cafetería de pueblo que había ardido muchos años antes. El mundo de los vivos había pavimentado todo aquel terreno y lo había convertido en un aparcamiento para los coches que iban al banco de al lado, pero en Everlost seguía existiendo la cafetería, cuyos revestimientos cromados relucían al sol de la tarde. Era el único edificio de la ciudad que había cruzado a Everlost, y se había convertido en el hogar de una docena de neoluces.
Los descubridores, un chico y una chica, llegaron a lomos de un caballo. Esto era algo inaudito. Bueno, no exactamente inaudito, pues circulaban historias sobre cierta descubridora que viajaba en el único caballo del que se supiera que había cruzado a Everlost. Se decía que viajaba con un compañero, aunque a él apenas se lo mencionaba en aquellos rumores. Cuando los niños salieron de la cafetería, guardaron las distancias. Mostraban interés, pero al mismo tiempo temían que pudiera ser la descubridora de la que hablaba la leyenda. Las neoluces de la cafetería eran todas de corta edad, y la chica mayor, que se llamaba Dinah, era la jefa. Había muerto a los diez años, y lo que mejor recordaba de sí misma era que tenía un cabello largo y exuberante, que ahora la seguía a todas partes como una suave cola de novia de color ámbar.
Ya hacía un buen rato que los descubridores habían llegado a la ciudad. La llegada de descubridores siempre empezaba en esperanza y terminaba en decepción. Los descubridores no paraban de buscar cosas que hubieran cruzado a Everlost, comerciando y cambiando los objetos que encontraban por cosas de mayor valor. Pero por allí no cruzaba gran cosa. Los descubridores normalmente se despedían con un gesto de desprecio para no volver nunca más.
—Lo siento —les dijo Dinah a los dos mientras se bajaban del caballo—. No tenemos mucho con lo que comerciar. Tan solo esto. —Y les enseñó un cordón de zapato.
El chico se rio.
—¿Cruzó el cordón y no cruzó el zapato con él?
Dinah se encogió de hombros. Se esperaba que hicieran aquel comentario.
—Es todo lo que tenemos. Si te interesa, danos algo a cambio. Si no, te puedes ir. —Dinah miró entonces a la chica, y se atrevió a preguntar lo que no se atrevían a preguntar los niños más pequeños que tenía a su cargo—: ¿Tienes nombre?
La chica sonrió.
—Si quieres saber mi nombre, te costará un cordón de zapato.
Dinah escondió el cordón en el bolsillo.
—Un nombre no vale ni siquiera esto. Además, seguro que es inventado, como la mayoría.
La descubridora volvió a sonreír.
—Me parece que tengo algo que darte a cambio del cordón —dijo, y metió la mano en las alforjas para sacar de él un fulgurante adorno navideño que decía: «Las primeras Navidades de nuestro querido bebé».
Los niños más pequeños empezaron a exclamar «¡aaah!» y «¡oooh!», pero Dinah conservó su expresión pétrea.
—Eso vale más que un cordón de zapato. Y los descubridores no acostumbran a dar las cosas de balde.
—Considéralo un regalo en prueba de la buena voluntad… —repuso la descubridora— de Allie la Apartada.
* * *
Aquel era el momento que más le gustaba a Allie: las bocas abiertas, la sorpresa en los rostros… Unos la creían cuando decía quién era y otros tenían sus dudas; pero antes de que se marchara ya no quedaba nadie que no se lo creyera, pues era la verdad, y Allie pensaba que la verdad terminaba imponiéndose siempre.
Las jóvenes neoluces, que se habían mostrado tan distantes hacía solo un instante, se agruparon a su alrededor para bombardearla a preguntas:
—¿Eres Allie la Apartada?
—¿Es verdad que sabes secuestrar la piel?
—¿Es verdad que le escupiste a la cara a la Bruja del Cielo?
—¿Es verdad que encantaste al McGill como si fuera una serpiente?
Allie miró a Mikey, al que parecía que todo aquello no le hacía ninguna gracia.
—Todo es mentira —dijo Allie con una sonrisita que sirvió para convencerlos de que era completamente cierto.
Dinah, sin embargo, solo estaba convencida en parte.
—De acuerdo: si eres quien dices ser, entonces veamos cómo secuestras la piel. —Los niños se pusieron a gritar, aprobando con nerviosismo aquella invitación—. Vamos, por aquí hay montones de carnosillos.
Allie miró a su alrededor. En efecto, por la calle pasaban como borrones las imágenes de los vivos, tan fáciles de sintonizar cuando no había espectadores.
—Lo siento, pero yo no hago números de circo —soltó Allie con severidad—. No actúo a petición del público.
Dinah dio un paso atrás y volvió los ojos hacia la otra mitad del equipo.
—Si ella es Allie la Apartada, ¿quién eres tú?
—Me llamo Mikey.
Dinah se rio.
—No es un gran nombre para un descubridor.
—Bueno —repuso él, apretando los puños a los lados—. Entonces digamos que soy el McGill.
Pero eso solo provocó las risas de los niños. Y Mikey, que aguantaba muy mal las burlas, se puso furioso.
Allie seguía ofreciéndole el adorno navideño a Dinah, pero esta no lo aceptaba. Entonces asomó un niño que se había escondido tras la larga melena de Dinah.
—Por favor, Dinah…, ¿nos lo podemos quedar? —le pidió, pero Dinah le hizo callar.
—¿Vienen por aquí otros descubridores? —preguntó Allie.
Dinah hizo una estudiada pausa antes de responder, tal vez para dejar claro que era ella quien controlaba la conversación:
—A veces.
—Bueno, te daré el adorno navideño —dijo Allie— si me prometes que guardaréis para nosotros todo lo que encontréis que realmente valga la pena.
—¡Te lo prometemos, Allie! —decían todos los niños—. ¡Te lo prometemos!
Dinah asintió, poco ansiosa de ceder a los deseos de los demás, y cogió el adorno navideño de las manos de Allie.
—También me tenéis que prometer otra cosa.
El rostro de Dinah adoptó un gesto severo. Allie comprendió por aquel gesto que, aunque no parecía tener más que diez años, era un alma vieja, muy vieja.
—¿Qué tenemos que prometer?
—Que si Mary, la Bruja del Cielo, oscurece algún día el cielo con su gran globo, os esconderéis y no dejaréis que os lleve con ella.
Los niños miraron a Dinah para saber qué responder.
—Entonces, ¿quién nos protegerá del Ogro de Chocolate? —preguntó Dinah—. ¿Quién nos protegerá del McGill?
—Yo diría que hasta ahora tú lo has hecho perfectamente —le respondió Allie—. Y además, no hay motivo para tener miedo ni del McGill ni del Ogro de Chocolate. La única que tendría que daros miedo es la propia Mary.
Todos asintieron, aunque no parecían convencidos. Al fin y al cabo, la Apartada era ella. Pese a lo deslumbrados que pudieran estar, el consejo de Allie les resultaba sospechoso.
Dinah le entregó el adorno navideño a uno de los niños.
—Cuélgalo en el perchero —le dijo—. ¡Es lo más parecido que tenemos a un árbol de Navidad! —Entonces se volvió hacia Allie—. Cumpliremos nuestra parte: guardaremos para ti lo mejor que encontremos.
Era un trato satisfactorio. Se había granjeado la lealtad de muchos grupos de neoluces. No, no grupos: «vapores», pensó negando ligera y amargamente con la cabeza. En uno de los pesados libritos que había escrito Mary sobre buenas maneras, ella insistía en que el nombre correcto para una reunión de neoluces era el de vapor: se decía una bandada de pájaros, una piara de cerdos, y un vapor de neoluces. Le irritaba enormemente a Allie que Mary determinara el lenguaje que todos debían usar. Allie no se habría sorprendido si se hubiera enterado de que era la propia Mary la que había acuñado el nombre de Everlost.
Allie se encontró una calle más allá con Mikey, que se entretenía pisando con fuerza en una enorme explanada de césped y observando las ondas que su pie producía en el mundo de los vivos. Le dio vergüenza verse sorprendido haciendo algo tan infantil. Allie intentó disimular su sonrisa, porque sabía que si él la veía sonreír le daría aún más vergüenza.
—¿Hemos terminado aquí? —preguntó Mikey.
—Sí. ¿Adónde vamos ahora? —Allie hizo sitio en el caballo para él, dejándolo que se colocara delante de ella y sujetara las riendas. En tantas otras cosas él se había quedado a su sombra que lo menos que podía hacer era concederle el derecho a decidir hacia dónde cabalgaban.
—Creo que sé adónde podríamos ir —dijo Mikey—. No está demasiado lejos de aquí.
Allie había comprendido que ser una descubridora era más que nada cuestión de suerte y de fina observación. Algunos descubridores iban «a la caza de ataúdes». Es decir, rondaban a los moribundos esperando que dejaran caer algo en Everlost en el momento de cruzar al otro lado. Pero los mejores hallazgos se hacían siempre por accidente, y los mejores intercambios se lograban siendo uno astuto pero honrado. Incluso ahora llevaba las alforjas del caballo llenas de objetos que habían cruzado a Everlost: un pomo de cristal, un marco de cuadro sin el cuadro, un osito de peluche raído… En Everlost,...




