Soler | El hechizo de tu nombre | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 576 Seiten

Reihe: TBR

Soler El hechizo de tu nombre


1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-19621-96-2
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 576 Seiten

Reihe: TBR

ISBN: 978-84-19621-96-2
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Viena, años 90. La compañera de Interrail de Tanit la ha dejado tirada. Cuando se está preguntando si volver a casa, Evanora y Ariel se cruzan en su camino y la arrastran a un viaje por lugares, sentimientos y secretos cuya existencia jamás ha sospechado. Un viaje por el amor, la magia, la amistad... y la traición.

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1


Si me hubiera permitido creer en la magia, estoy segura de que habría sabido reconocer su estela en el instante en el que la noria arrancó aquel día del verano de 1999. En un parpadeo, la noche cayó sobre Viena, el cielo se encapotó y las luces de las atracciones del Prater se encendieron para iluminar la escena de la película que me había robado el corazón cuatro años atrás, el único motivo por el que nos encontrábamos ahí.

Todo lo demás desapareció: los turistas, el ruido, el eco de las quejas de Carolina, las réplicas atascadas en mi garganta. Me quedé sola, flotando en esa irrealidad con el corazón encogido, hasta que la voz de mi amiga se infiltró en mi mente e hizo estallar el hechizo.

La realidad se recompuso a mi alrededor. Volvió la luz del sol de mediodía brillando en un cielo inmaculado, las voces y ruidos, los cuerpos meciéndose al ritmo de la cabina, y aquella risita burlona que tanto me enervaba.

–No me jodas, ¿estás llorando?

Me llevé la mano a la mejilla inconscientemente; no había ni rastro de lágrimas, aunque el picor en la nariz me advertía que estaban al llegar. Carolina me conocía bien, tanto como yo a ella, y por eso me aparté antes de que su mano pudiera posarse con condescendencia en mi hombro. No podía alejarme para ignorarla, como llevaba haciendo desde el día anterior, así que me limité a darle la espalda. Fijé la vista más allá del reflejo desencajado que me devolvía el cristal, tratando de concentrarme en encontrar el Danubio entre los tejados rojos de la ciudad, que se extendía a medida que nos elevábamos sobre ella.

Carolina no se dio por vencida.

–Es una noria de mierda, Tanit, las hay mejores en las fiestas de mi pueblo. –Esbozó una sonrisa soberbia y, al ver que no reaccionaba, añadió–: Eres una moñas.

Lo dijo con esa dulzura ponzoñosa que tan bien conocía y que llevaba años diciéndome a mí misma que era parte de su encanto. La quería como a una hermana y, en ocasiones como aquella, la odiaba con el mismo ahínco. Nos conocíamos desde los siete años, habíamos compartido urbanización, colegio e instituto, grupo de amigos de nuestras universidades, confidencias y secretos.

El problema era que llevaba demasiado tiempo tragando con esa clase de comentarios sobre mi ropa, los chicos con los que salía, mis gustos, lo que pedía para comer en los restaurantes... Cualquier ocasión era buena para hacerme saber que me estaba equivocando, y yo había aprendido a morderme la lengua y tragar para que no escalara a una discusión. Estaba tan acostumbrada a fingir que las risas entre las que soltaba sus pullas les restaban fuerza que había llegado a creer que ya no me molestaban.

Aquella había sido siempre nuestra dinámica; mis silencios, la razón por la que nuestra relación había sobrevivido tantos años.

Pero Carolina acababa de cruzar una línea roja.

Llevaba soportado sus comentarios hirientes desde que habíamos tomado el tren en Múnich con destino a Austria y se me había ocurrido mencionar que justo así empezaba la película. Un tren, una chica francesa que vuelve a París y un chico norteamericano que viaja hasta Viena para tomar un avión de vuelta a casa. Una mirada, una conversación espontánea, un paseo por la ciudad que se convierte en una noche demasiado corta. O, en palabras de Carolina, «solo dos pesados hablando», la película más aburrida que había visto en su vida.

Yo no había vuelto a mencionar la película, pero Carolina se había asegurado de machacar mi ilusión cada vez que sospechaba que nos encontrábamos en uno de esos escenarios que yo llevaba tiempo soñando con visitar. Esa película es una mierda. No tienes edad para ser tan fan de nada. Es hora de madurar y dejar de emocionarte por estupideces. Ha sido un error venir a Viena, es un aburrimiento de ciudad sin nada interesante, el noventa por ciento de los turistas tienen un pie en la tumba. Deberíamos haber ido directamente a Budapest; mis amigos del club de tenis me dijeron que es una pasada. Tienes alma de jubilada.

Estaba harta de sus burlas, de tener que fingir que no me dolían y de morderme la lengua para no defenderme.

Pero de lo que más harta estaba era de que aquella fuera nuestra normalidad.

Sentí el picor de las lágrimas en los ojos, y el rostro de Carolina se contrajo en una mueca de hastío. Fue suficiente para saber cuál sería su reacción: me reprocharía que me echara a llorar a la mínima y esperaría a que yo me calmara y me disculpara por haberla hecho sentir mal (otra vez). Ella se haría de rogar, al final lo solucionaríamos y fingiríamos que eso no había pasado, pero la única que realmente lo iba a dejar atrás sería ella. Yo simplemente lo escondería con todo aquello que me dolía y en lo que prefería no pensar.

Supe que iba a explotar en cuanto separé los labios, pero, por primera vez, no hice nada para evitarlo. Las palabras salieron disparadas de mi boca como perdigones.

–Y tú eres una gilipollas.

Carolina se echó para atrás y me miró de hito en hito, con las cejas enarcadas y el mentón ligeramente levantado.

–¿La gata tiene uñas? –Se rio por lo bajo, sin conseguir disimular del todo su estupor.

Jamás le había hablado así. Nunca le había contestado mal ni la había insultado. Iba en contra de las normas no escritas de nuestra amistad.

–La gata está hasta los cojones de ti –gruñí, y ella abrió la boca, pero no le di la oportunidad de hablar–. ¿No puedes dejarme en paz ni un minuto? Ya sé que para ti esto no es importante y que te parece una tontería, pero ¿qué más te da? ¡He elegido una, UNA SOLA ciudad de todo el Interrail. ¡¿Es tanto pedir que me dejes disfrutarla?!

Seguí gritándole como jamás pensaba que sería capaz de hacerlo, por todo lo acumulado en el viaje y a lo largo de nuestra amistad, mientras ella se mantenía impertérrita, como si no me reconociera o aquello no fuera con ella o simplemente le diera igual.

Solo reaccionó cuando las lágrimas empezaron a empapar mis mejillas.

–Por supuesto. –Se cruzó de brazos y dibujó una sonrisa entre hastiada y triunfal–. Como siempre, haciéndote la víctima.

Para ella, todas las lágrimas eran de tristeza o una treta de manipulación. Daba igual cuántas veces hubiera intentado hacerle entender que no podía evitarlo, que mi cuerpo reaccionaba así cuando alguna emoción me sobrepasaba, para bien o para mal. Me sequé la rabia con las palmas de las manos y las encerré en los puños.

–¿En serio, Carolina? –mascullé. No entendía que, después de todo lo que le había soltado, esa fuera su única reacción.

–Si tan mal te trato, ¿qué haces aquí?

Antes de que pudiera responder, la noria se detuvo bruscamente y el hombre bigotudo que nos había vendido las entradas abrió la puerta gritando algo en alemán. Tenía los ojos fijos en nosotras y señalaba la pasarela de salida con la mano libre.

Out! Now! –bufó al ver que no reaccionábamos.

Carolina dio media vuelta y se alejó con paso digno.

Yo regresé de nuevo a la realidad y, súbitamente consciente de que todas las miradas estaban puestas en nosotras, fui tras ella con la cabeza gacha.

La había cagado.

Llamé a Carolina con voz entrecortada, pero ella siguió caminando por la plataforma sin mirar atrás. Aceleré el paso hasta alcanzarla justo cuando ella torcía para enfilar la avenida principal.

–Lo siento, se me ha ido la pinza –susurré, con la esperanza de que ella se detuviera o se disculpara también.

Por supuesto, no hizo ninguna de las dos cosas. Mi ira se esfumó y solo quedó culpa.

–Pero es que... tú sabías que esto era importante para mí, y yo...

–Ahora no vayas de niña buena –me soltó–. Te has pasado veinte pueblos. Yo nunca en mi vida te he insultado.

Quise decirle que no hacía falta hacerlo para herir a alguien, pero me limité a clavar las uñas en mis piernas.

–Ya te he dicho que lo siento, Carolina. Pero tú...

–¿Yo qué? –me interrumpió, alzando la voz–. ¿Qué vas a echarme en cara? ¿Que me pase la vida tirando de ti? ¿Que tenga que mentir por ti a tus padres, porque tú no te atreves? ¿Que haya estado ahí siempre que me has necesitado, por estúpido que fuera tu problema? ¡Si no fuera por mí, ni siquiera te habrías atrevido a hacer este viaje! Estarías en casa diciendo «Sí, papá», «Sí, mamá», porque es lo único que sabes hacer.

Sus palabras me golpearon con tanta fuerza que me costó encontrar el aliento necesario para hablar.

–No... Tú... No piensas eso de mí.

–Sabes que es verdad. Y, sinceramente, ya estoy empezando a hartarme de hacerte de niñera y encima tener que medir cada cosa que digo e ir con pies de plomo porque todo te molesta. Es agotador. Se suponía que este viaje iba a ser divertido, que íbamos a dejarnos llevar y vivir el día a día, a la aventura, pero contigo está siendo un auténtico peñazo. Estoy harta de que intentes controlarlo todo, de escucharte hablar de esa peli de mierda y de tus dramas. –Esa fue la estocada final de Carolina, con la que me desarmó por completo. Se regodeó unos segundos en mi silencio–. A lo mejor aún estoy a tiempo de decirles a las valencianas que he cambiado de opinión.

La noche...



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