E-Book, Spanisch, 288 Seiten
Swain El río del tiempo
1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-17109-38-7
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 288 Seiten
ISBN: 978-84-17109-38-7
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Nació en Londres en 1948. Tras un breve periodo en la Legión Francesa, trabajó algunos años como periodista en París. En 1970 se trasladó a Indochina, donde estuvo cinco años como corresponsal de guerra, trabajando primero para la Agence France-Presse, y luego como reportero y fotógrafo independiente, principalmente para The Economist y el Daily Mail y, por último, para The Sunday Times, el periódico para el que acabaría trabajando durante treinta y cinco años. Fue el único periodista británico en Nom Pen cuando la ciudad cayó en manos de los jemeres rojos en abril de 1975. La cobertura de esos sucesos y sus horribles secuelas relatadas en El río del tiempo le valieron el Premio del Periodista Británico del Año y que, en 1984, su historia fuera llevada al cine en The Killing Fields (Los gritos del silencio).
Weitere Infos & Material
1. Tierras del pasado vivo
Son tantos los periodistas que han contado sus versiones de la guerra de Vietnam, Camboya y Laos que, a estas alturas, otro libro sobre el tema puede parecer superfluo. El relato de sus batallitas suele empezar así: «Recuerdo que cuando estaba en Indochina…».
Si peco de una falta similar y sueno demasiado como esos viejos veteranos de Indochina, les pido disculpas. No pretendo explotar la nostalgia. Si describo algunos aspectos de la guerra con excesivo romanticismo, atribúyanlo a la exaltación juvenil. Los países de la antigua Indochina francesa siguen destacando del resto de Asia, aunque ya no se deba a sus dramáticos titulares.
Pese a la modernización occidental continúan siendo remotos, trágicos, sugerentes y hermosos, una seductora melodía de los sentidos. Son lugares que han marcado mi experiencia vital como ningún otro en la tierra. Lamento haber tenido que marcharme, aunque reconozco que no llegué a conocerlos tanto como debería y que los vi en un momento de oscura tragedia, cuando eran escenarios de conflicto y languidecían sometidos a ejércitos extranjeros, ideologías y opresión interna.
El impacto de las guerras ha sido terrible en Indochina, y las victorias comunistas, un espantoso desencanto. Sin embargo, hay una constante que fluye a lo largo de estas tierras: el Mekong. Los grandes ríos poseen una magia especial. El Mekong tiene algo que, pese al tiempo transcurrido, sigue invitándome a sentarme en su orilla y contemplar el curso de mi vida.
Es el río más largo del sudeste asiático. Nace mansamente como un pequeño manantial glacial en el Himalaya tibetano, el techo del mundo. Alimentado por la nieve fundida y los arroyos de las montañas, se precipita por los escarpados barrancos del sudoeste chino, caracolea tortuosamente por las exuberantes colinas de Laos, desciende mediante una serie de rápidos hasta Camboya y luego fluye a un ritmo más pausado hasta el sur de Vietnam, para acabar serpenteando plácidamente hasta el mar de China Meridional, por debajo de Saigón.
Entre 1970 y 1975 viví en las tierras del Mekong —Camboya y Vietnam— y ocasionalmente crucé a Laos para informar sobre la guerra secreta que Estados Unidos desarrollaba allí. Este libro es ante todo un relato personal de aquellos días turbulentos. Durante dicho periodo el Mekong formó repetidamente parte de mi vida y acabaría convirtiéndose en algo más familiar de lo que es el Támesis para muchos londinenses. Yo tenía poco más de veinte años y era uno de los aproximadamente seiscientos periodistas acreditados en Saigón por el Comando de Asistencia Militar Estadounidense en Vietnam (MACV); en Nom Pen formé parte del grupo mucho más reducido de corresponsales acreditados por el Gobierno de la desafortunada República Jemer que apoyaba Estados Unidos.
Pronto el Mekong me inundaría como una inmensa marea. Lo que me enseñó de la vida y de la muerte nunca lo habría aprendido en Europa. Conocí la emoción del amor, teñida de melancolía, tan peculiar de este rincón de Asia. Y también que el Mekong no es un río tan inocente como en ocasiones aparenta. Es cierto que trae la vida a las tierras de Indochina, pero también tiene otra faceta que, a su debido tiempo, acabé conociendo demasiado bien. Es el reflejo de la violencia y la corrupción de los países que toca.
Nunca ha sido del todo el apacible remanso asiático de campesinos sonrientes, dóciles y amables que domina la imaginación popular, sino un lugar despótico, lleno de sufrimiento y destrucción primitiva. La historia ha demostrado que tanto la violencia como la sensualidad son intrínsecas del carácter indochino en general, y de los camboyanos en particular. Llevan la violencia en la sangre. Los camboyanos «parece que sólo han aprendido a destruir, nunca a reconstruir», escribió Henri Mouhot, el gran explorador francés que moriría de malaria mientras remontaba la cuenca alta del río en 1861. Sobre el Mekong afirmó: «Hace mucho tiempo que bebo de sus aguas, que me acuna en su lecho y que pone a prueba mi paciencia; a veces fluye majestuosamente entre las montañas, otras baja enfangado y amarillo como el Arno de Florencia».
En cuanto a mí, hay imágenes que nunca olvidaré: los cadáveres zarandeados por los violentos remolinos del río en las inmediaciones de un pueblo fluvial a 50 kilómetros de Nom Pen, cuando en la bruma matinal el Mekong se muestra más espléndido y misterioso; o la tragedia del bombardero B52 estadounidense que soltó prematuramente su carga de explosivos en esa misma aldea, transformando su centro en una masa de cascotes que sepultó a gran parte de la población. «Vi que un grupo de bombas caía en la aldea, pero no fue un gran desastre», afirmó en una conferencia de prensa el coronel Opfer, agregado de las fuerzas aéreas de Estados Unidos. Opfer no había entendido nada. El bombardeo había matado o herido a unas 400 personas. Un hombre perdió a doce miembros de su familia.
Tampoco olvidaré el día en que un general camboyano hizo avanzar a sus soldados detrás de un escudo protector formado por civiles vietnamitas, sometido al fuego del Viet Cong. «Es una nueva forma de guerra psicológica», afirmó el general mientras los cuerpos se desplomaban ante él.
Fue en Nom Pen, a orillas de uno de los quatre bras del Mekong, cuando una mañana de 1975 pensé que iba a morir. Un joven jemer rojo me puso una pistola en la cabeza. Nada le impedía apretar el gatillo. A día de hoy, sigo experimentando la perturbadora sensación de que quizá no debería estar vivo.
Todos estos acontecimientos tenían también otra lectura. Ante la guerra se puede ser cínico además de romántico. La tragedia posee una atracción mágica, y es capaz de provocar tanta euforia como cansancio. Cuando acecha la muerte, todo objeto, todo sentimiento, adquiere un valor formidable. La camaradería es más fuerte y el amor más profundo.
Aunque es inevitable que el tiempo atenúe la intensidad de lo que sentimos, a menudo me asalta un deseo vehemente de volver al lugar donde todo empezó para mí. No tanto la Camboya que conocí al final, en sus días más trágicos y solitarios, cuando Nom Pen era una ciudad sitiada, envuelta en alambradas e inundada por unos refugiados cuyo sufrimiento se ha convertido en una de las imágenes más atroces de Asia en el siglo xx.
Quiero volver a la Camboya de inicios de 1970 y a la inocencia de mi primer viaje a Indochina. Sueño con las calles perfumadas de Nom Pen; la simplicidad de las aldeas a orillas del Mekong, rodeadas de bananeros, mangos y cocoteros; el esplendor de la jungla; los arrozales, verdes como prados; las mujeres exquisitas; el olor del opio; la tibia caricia del calor, y la paz que lo impregnaba todo. Los inicios de una hermosa historia de amor…, también eso pertenece a la Indochina que adoro.
Lo que me transporta a la Camboya de mis sueños son esos primeros días. Una fría mañana de 1970, encapotada y gris bajo un monótono cielo septentrional, me marché de París. Había trabajado en la sección inglesa de la Agence France-Presse (AFP) durante casi dos años, pero deseaba que me destinasen a Vietnam y acosaba descaradamente a mis jefes para conseguirlo. Mi pasión por Indochina se debía en parte a un breve coqueteo con la Legión Extranjera Francesa, que había luchado en Indochina con distinción, y en parte a mi sed de aventuras, que era la razón de que me hubiese hecho periodista, para empezar. Finalmente, un coup d’état fue la respuesta a mis plegarias. Los nuevos gobernantes consideraron que Jean Barré, el corresponsal de la AFP en Nom Pen, les era hostil y lo expulsaron. Mis jefes franceses decidieron sabiamente reemplazarlo por alguien que no fuese francés. Resulté elegido y me enviaron por un periodo de tres meses como enviado especial. Me quedé cinco años.
A las veinte horas de haber despegado de París, un viraje del avión mostró brevemente el Mekong antes de que aterrizásemos en Nom Pen, un mundo completamente distinto. Aquel primer día tuve la impresión de que penetraba en un hermoso jardín. En cuanto descendí del Boeing 707 de Air France y pisé el asfalto caliente del aeropuerto Pochentong para comenzar una nueva vida, me olvidé de París e inicié una aventura y una historia de amor con Indochina a la que siempre he sido fiel.
Todavía puedo ver y sentir su encanto indolente. En la carretera del pequeño aeropuerto donde me había recibido Bernard Ullman, un corresponsal de la AFP, vi árboles de asombrosas flores rojas. Los ataques con cohetes y los atentados no empezarían hasta al cabo de unos meses y era posible andar o pedalear tranquilamente por la calle. Había pocos coches y, al principio, escasos indicios de la guerra. Los soldados partían al frente en autobuses pintados de alegres colores y camiones de Pepsi-Cola requisados por el ejército.
Mi hogar era Studio Six, un dúplex de dos dormitorios con ventiladores de techo ubicado en la planta baja del Hôtel Le Royal. El edificio, espacioso, señorial y envuelto en buganvilias escarlata, había sido el Club de Oficiales Franceses y, más recientemente, una base cómoda para los turistas franceses que se desplazaban a Camboya para la chasse, visitar los templos de Angkor y saborear la legendaria belleza de las...




