Alejandre | La armada de Dios | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 590 Seiten

Alejandre La armada de Dios


1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-10070-09-7
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 590 Seiten

ISBN: 978-84-10070-09-7
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
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En el año 1585 Inglaterra y España entran en guerra abierta. Los ataques de los corsarios ingleses en el Caribe y el apoyo de su reina a los rebeldes holandeses colman la paciencia de Felipe II, que decide destronar a su enemiga y restaurar allí el catolicismo levantando la flota más formidable que jamás haya navegado el Atlántico: la Armada Invencible, protagonista de una de las batallas más fascinantes y deformadas de la Historia. Pero la guerra cambia y entrelaza los destinos de los protagonistas. Gabriel del Puerto, un mercader de oscuro pasado, busca por los puertos de media Europa el rastro de su hermana, perdida en un ataque pirata; un sargento de Flandes recibe la extraña orden de enrolarse en la Invencible y filtrar información reservada; una exiliada portuguesa en Londres se ve atrapada en una red de espionaje que pone a prueba sus lealtades; y un oficial inglés participa en la fundación de la primera colonia inglesa en el Nuevo Mundo. La armada de Dios nos sumerge en un mundo donde la política, la guerra y la religión tejen una trepidante historia de aventuras, intrigas, amores y ambiciones desmedidos con personajes tan carismáticos como el audaz corsario Francis Drake, el victorioso general Alejandro de Farnesio o Álvaro de Bazán, el curtido almirante a quien Felipe II encomienda dirigir su Grande y Felicísima Armada.

Julio Alejandre nace en Madrid, donde estudia Magisterio y más tarde Pedagogía. Vive más de una década en Honduras y El Salvador, trabajando con refugiados de guerra. De regreso a España se afinca en Extremadura y escribe Héroes, tumbas y libros perdidos, con el que obtiene el I premio de Literatura de la Universidad Complutense. Lo siguen Seis mil lunas y Reporte de una boda y un entierro, fruto de sus experiencias como cooperante. Se reconoce un apasionado de la historia, en especial la del siglo XVI, un siglo lleno de aventuras, exploraciones y descubrimientos en el que se sitúa la acción de las novelas Las islas de Poniente (2019) y La corona del mar (2022), editadas por Pàmies. La armada de Dios es su tercera novela.
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Introducción


«¡Oh, suerte fiera y dura!
¡Llorad, ojos, llorad mi desventura!».

Leonor de la Cueva y Silva,
Liras en la muerte de mi querido padre y señor

Junio de 1580

Isabel observaba con atención y cierto sentimiento de impotencia la blanca silueta que bailaba entre las olas, en el horizonte del sur. Aquel barco navegaba con todo el trapo desplegado, pero, ni aun así, alcanzaba a recortar la distancia que lo separaba de la Virgen de las Nieves. Ella lo sentía por su hermano Gabriel, que era el piloto. Sabía que él estaba poniendo todo el empeño del mundo en hacerlo bien, en ser digno de la responsabilidad que había asumido. Le dolía que no lograse acelerar más la marcha del barco, y con el pensamiento le daba ánimos. Siempre había estado muy unida a él.

Se hallaba en el coronamiento de popa, el punto más elevado de la cubierta. Allí corría una brisa agradable que la ayudaba a librarse de las náuseas que la habían acompañado desde el principio de la travesía. El mar estaba algo rizado y una infinidad de crestas blancas y espumosas alegraban el azul oscuro de su superficie.

—La Golondrina se está retrasando demasiado.

La voz de su padre la sacó de su ensimismamiento. Había un fondo de reproche en sus palabras, pese a haber sido dichas con amabilidad. Se había acercado por su espalda sin hacer ningún ruido, o al menos no tanto como el que provocaba el propio movimiento de la nao.

—Le pedís demasiado, padre. Mi hermano es sólo un piloto primerizo que trata de hacerlo lo mejor posible.

Santiago del Puerto se mantuvo en silencio, pero la expresión grave de su rostro no cambió.

Hacía varios días que habían salido de La Habana en dos barcos, para darse mutua protección, pero la Golondrina era una nave vieja y poco marinera que los obligaba a reducir la velocidad. Seguramente también estaba dirigida con poca pericia, aunque eso era disculpable. El piloto había desertado en La Habana y su hermano era el único reemplazo disponible.

La nao cabeceó más de la cuenta e Isabel dio un pequeño traspiés y se aferró a un cabo. Su padre le pasó un brazo por los hombros y le dijo que no se asustara, que sólo había sido una ola traviesa.

—El mar me da miedo. No puedo remediarlo —dijo ella, estremeciéndose—. Si pienso en el abismo sin fondo que se abre bajo nuestros pies, me echo a temblar.

Isabel había nacido y crecido en Veracruz, el más concurrido puerto caribeño de la Nueva España, pero desde la primera vez que se subió a un barco supo que el agua no era su elemento.

—Qué ideas tienes, hija —dijo su padre con una abierta sonrisa. Su voz casi se superpuso al grito del vigía.

—¡Velas por la amura de estribor!

Se dieron la vuelta. Isabel tenía ahora frente a sí todas las cubiertas de la nao, y los palos con sus velas desplegadas. Los hombres, que hasta hace un instante faenaban con diligencia, se habían detenido y miraban todos hacia un mismo punto. Isabel siguió la mirada de su padre, pero no distinguió nada. El resplandor del sol estorbaba la vista en aquella dirección. El azul del mar se aclaraba ligeramente y se fundía con el cielo en una línea difusa. Al fin, guiñando mucho los ojos, pudo identificar dos puntitos blancos muy distantes, casi tan distantes como La Golondrina.

Los gritos del capitán Beceiro atronaron el aire.

—Señor Ugalde, ocho cuartas a babor.

—Ocho cuartas a babor —repitió la voz de Juan Ugalde, un piloto experimentado en la carrera de Indias.

Los marineros, que habían salido de su momentáneo estupor, se movían con rapidez y agilidad, preparando la nao para la virada.

—¿Qué ocurre, padre? —preguntó Isabel.

—Piratas —fue la breve contestación.

—¿Cómo lo sabéis? —dijo Isabel, con el corazón de pronto acelerado—. Sólo son dos barquitos en la lejanía. Parecen copos de algodón.

—Son esos malditos perros del mar —insistió su padre con brusquedad. Nunca maldecía delante de ella—. Han variado el rumbo y se dirigen hacia nosotros.

Siguiendo las órdenes del capitán, se largaron cabos, se bracearon las vergas, el travesaño del pinzote se movió hacia estribor y la Virgen de las Nieves amainó al viento para poner rumbo este nordeste.

El capitán Beceiro pretendía alcanzar la costa de la Florida antes de que los piratas les dieran alcance, y puso toda su pericia, y la de Ugalde, en aprovechar hasta el último soplo de viento para escapar de ellos. Corrieron una legua y los perseguidores habían reducido en un tercio la distancia que los separaba de ellos. En la siguiente legua ya podían distinguir con claridad los palos y cascos de sus navíos y aún no había aparecido la silueta de la costa.

Santiago del Puerto le pidió a su hija que bajara a su camarote, pero todas las mujeres del pasaje estaban en cubierta y ella no quiso ser menos. La joven dividía su pensamiento entre su propia suerte y la de su hermano. La Golondrina, en lugar de dar media vuelta y alejarse de la Virgen de las Nieves, la seguía con obstinación.

A Isabel le costaba hacerse a la idea de que aquellos hermosos bajeles que cortaban las olas con tanta elegancia supusieran una amenaza. En cambio, los rostros de las demás pasajeras expresaban verdadero pánico. Se santiguaban, invocaban a la Virgen y al Altísimo y al mismo tiempo referían algunas historias truculentas sobre piratas.

La distancia continuó menguando y, cuando al fin fue visible la línea de la costa, el capitán se dio cuenta de que no la alcanzarían antes de ser cazados.

—Esta vez tendremos que pelear, Santiago, o… —El capitán dejó la frase en el aire.

—¿Rendirnos? ¿Con seis mujeres a bordo? —respondió el armador de la nao—. Sabes lo que les harán esos salvajes si las capturan.

El capitán cabeceó un par de veces, muy despacio, y le puso la mano en el hombro.

—Habrá que aprestarse para el combate.

La Virgen de las Nieves, una nao mercante de doscientos cuarenta toneles, iba pobremente armada para un enfrentamiento tan desigual. Sus cuatro cañones de pequeño calibre poco podrían hacer contra la artillería de los piratas, pero iban a sacarles todo el partido posible. Mientras los navíos enemigos se acercaban, el capitán Beceiro ordenó traer de la bodega municiones y pólvora con que cebarlos y tenerlos listos para hacer fuego. A los marineros les entregó sables y cuchillos, a la gente de pelea la situó con sus mosquetes en los puntos más altos de la cubierta y en la verga de la mayor, y también les pidió a los hombres del pasaje que sacaran sus fierros y se aprestaran para combatir.

—O nos salvamos juntos o juntos nos condenamos.

Isabel observaba estos preparativos con menos alarma que asombro, fascinada por la repentina agitación que había en cubierta —las voces y silbidos, el movimiento de barricas, pertrechos y bultos, las carreras de los hombres—, tan diferente de la rutina de cada día. Sin embargo, tan preocupada por las dificultades de su hermano como por las propias, no perdía de vista las evoluciones de La Golondrina, que mantenía el mismo rumbo e incluso se les había aproximado. ¿Habrían divisado ya a los piratas? Y si era así, ¿qué pretendían? ¿Sumarse al combate?

Juan Ugalde se acercó a las mujeres, que estaban reunidas en una esquina del alcázar. Les explicó que era peligroso permanecer más tiempo sobre cubierta y les pidió, con voz amable, que se refugiaran en el entrepuente. Algunas protestaron, alegando que querían estar junto a sus hombres.

—Vamos, mis señoras, despejad la cubierta —insistió el piloto. A pesar de que hablaba para todos, miraba solamente a Isabel, que se ruborizó. El piloto era un hombre apuesto que se había mostrado muy atento con ella desde el inicio de la travesía.

Las mujeres cruzaron la cubierta del alcázar con paso tambaleante, bajaron al combés y se plantaron en la amplia boca de la tolda.

—Hale, ya estamos dentro, señor Ugalde. Dad el encargo por cumplido —dijo con dureza una mujer rechoncha vestida de negro—, que también nosotras nos jugamos la vida.

El piloto no se sintió con ánimos de mantener un rifirrafe con aquellas mujeres, pero don Santiago, que estaba a su lado, mandó a su hija a la cámara de popa.

—Acompáñala tú también, Elvira —añadió. Elvira era su dama de compañía.

Isabel le dedicó a su padre una mirada suplicante que tuvo escaso efecto, pero la mujer vestida de negro volvió a intervenir:

—Si los piratas nos atacan por la popa, la cámara será un lugar muy poco seguro, señor. Yo que vos, la dejaría aquí.

Santiago del Puerto sopesó un momento aquellas palabras, que no estaban por completo carentes de razón, alzó la vista al cielo, hizo con los brazos un gesto de resignación y se quitó de en medio.

La mujer vestida de negro, que se llamaba Plácida, animó a las demás a rezar el rosario para levantar el espíritu y preparar el alma para lo que hubiera de venir. Abrió un pequeño misal de pastas negras que llevaba siempre consigo y comenzó con el acto de contrición.

—Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos Señor Dios Nuestro —recitó la mujer—. In nomine patris, et filii, et spiritus sancti. Amén.

—Amén —respondieron las demás.

A continuación recitaron el Credo y las letanías de Nuestra Señora. Isabel era muy devota y solía rezar el rosario con gran fervor, pero los...



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