Alonso | Claveles blancos | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 468 Seiten

Alonso Claveles blancos


1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-685-6533-0
Verlag: Editorial Bubok Publishing
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection

E-Book, Spanisch, 468 Seiten

ISBN: 978-84-685-6533-0
Verlag: Editorial Bubok Publishing
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«¿Por qué pusieron la bomba en el camino de ida hacia las clases de ballet y no en el de vuelta, cuando ya no estarían las niñas?» Esta pregunta se hace obsesiva en la vida de Josu Urquiola. La sinrazón del terrorismo que acabó con la vida de sus dos hermanas provoca una carrera desenfrenada hacia lo oscuro, hacia su propio yo; hacia su fría venganza, en compañía de una rata que le muerde las entrañas. Él ha vivido una vida que no es suya. Sus propios recuerdos, experiencias y éxitos se vuelven casi ajenos, y decide dar sentido a su existencia a través de los otros «claveles blancos», otras víctimas menores de edad que perdieron una batalla de la que ellos no eran ni tan siquiera testigos. La respuesta a su pregunta está en sus propios recuerdos, en la carta que su padre le envía en cada aniversario del atentado.

Miguel Alonso es economista de formación, con especialidades en Auditoría, en Marketing y en Derecho Laboral. Cuenta además con másteres relacionados con las finanzas, además de programas sobre la transformación digital y el liderazgo en entidades de gran prestigio, como Esade. Su carrera profesional ha transcurrido en el mundo de los negocios y las finanzas, en estrecho contacto siempre con empresas e instituciones de Madrid, País Vasco y Galicia. Se adentra en un mundo nuevo para él a través de su primera novela editada, que ha que ha escrito entre enero de 2021 y febrero de 2022.
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Sábado, 19 de mayo de 2018.

No siente nada. En su planificación nunca estuvo este final. Mantuvo un expediente casi vacío junto al resto, el único no numerado. En su portada había escrito simplemente TXOMIN.

Cuando, cercano ya al final de su aventura, planeó esta última acción, jugó con la idea de que quizá se sentiría mal, triste, rabioso, incluso pasó por su cabeza la posibilidad del arrepentimiento, pero se observa ahora por dentro y no siente nada en absoluto, salvo un profundo cansancio. Lleva mucho tiempo en «modo ejecución» y la adrenalina le ha mantenido atento y vivo en las últimas horas, las primordiales. Hoy, por fin, acaba todo. Hoy las últimas víctimas quedan vengadas; las mellizas, sus niñas, descansan por fin en paz.

El todoterreno avanza con lentitud, con desgana, después del último impulso. Dentro del coche, en el asiento trasero, dos siluetas se mueven compulsivamente: el dispositivo que bloquea los cinturones de seguridad funciona a la perfección y apenas le llegan sus gritos aterrorizados. La lluvia que acaba de comenzar y el mar Cantábrico a sus pies dominan los sonidos de la mañana de ese extraño sábado. No siente nada, ni siquiera vacío.

Unos metros más allá, la pendiente del terreno se hace más pronunciada hacia el borde del alto acantilado. El vehículo parece cobrar vida propia y va ganando confianza en su carrera. «Se acabó», piensa Josu, «aunque quisiera no podría echar marcha atrás». Realmente no se lo ha planteado, pero lo piensa intentando descargar su conciencia de alguna manera. Permanece impasible y observando el final de su plan. Meses de intenso trabajo, de metódica y detallada planificación, de innumerables riesgos. Todo acaba hoy, ahora, y no siente nada, ni siquiera alivio.

Está solo, mira al frente. El gris de las nubes se confunde con la oscuridad progresiva y profunda del mar, que ruge y bate incansable sus aguas contra las rocas del abismo. Josu no tiene interés en mirar. La paz se ha apoderado de él y le deja vacío. No llora porque no tiene fuerzas, y porque sigue sin sentir nada dentro de sí. Permanece bajo la lluvia unos minutos más, sabe lo que tiene que hacer: debe regresar a casa, acostarse y dormir, por fin.

Dedica una última mirada al infinito, más allá del mar, mientras arroja detrás del coche el último ramo de claveles blancos. Con tranquilidad se coloca el casco y los guantes, enciende los pilotos de seguridad y se sube a la bicicleta; se dispone a desandar los últimos kilómetros recorridos apenas media hora antes. Sigue sin sentir nada, ni tan siquiera las insistentes gotas de lluvia que ahora se multiplican. No siente tampoco el dolor de la «rata» que le roía lentamente por dentro, ahora ni siquiera siente eso, y le gusta.

Sábado, 19 de mayo de 2018.

Adela llora suavemente, sin saber muy bien por qué. Sostiene un pequeño sobre blanco con su nombre escrito en letras rojas mayúsculas, hechas primorosamente a mano. Tiembla levemente cuando saca una pequeña tarjeta con una larga serie de números y letras; parecen la contraseña de un wifi.

Ella es lo que los borrachos llaman una puta de las de toda la vida, de las guapas, de las caras y de las elegantes. Honrada y sabia a su manera, resabiada también, es probable que por «doblemente sabia», que diría Josu, su amigo, que compartió con ella infinitas botellas de champán durante muchas noches de los meses pasados. Adela no entiende nada, aunque la última vez que se vieron, donde siempre, al fondo de la barra, en la parte más oscura del Celeste, los verdes ojos de Josu le susurraron desde el principio que tardarían en verse de nuevo.

El misterioso sobre ha aparecido entre las páginas de un libro que alguien, «Josu, quién si no», le ha dejado esta tarde en el club, cuando estaban limpiando y reponiendo las bebidas.

Adela siempre ha sido una mujer muy guapa, elegante y sensual, pero a sus casi cuarenta años, no puede competir con las del Este y las morenas culonas. El producto nacional no tira, salvo si eres una chiquilla. Ella se ha convertido de alguna forma en la mano derecha de Sofía, la dueña y jefa, que tenía pocas ganas de pelea ya, de vuelta de todo; son amigas y han pasado por muchas cosas juntas. Su cara aniñada refleja cansancio y algo de aburrimiento. Es morena, alta, ojos negros, profundos como las noches que se han convertido en sus compañeras de trabajo. Cuando camina por la calle percibe las miradas que le dedican los hombres, siempre ha sido así, pero ahora los espía en los reflejos de los escaparates, busca el efecto que causa en ellos, con algo de duda, desesperación y necesidad.

Cuando le han dado el paquete ella ha preguntado, pero no saben quién lo trajo, creen que un chavalillo que pasó en moto lo dejó en la puerta, pero no están seguros. Qué más da, ella sabe perfectamente de quien es, y también Mauro, el camarero y Sofía. Ambos la observan con curiosidad y un punto de tristeza cuando abre el paquete a su nombre. Lilas en un prado negro de José Luis Alvite, cómo no. Si había alguna duda, ha quedado disipada.

Aprieta el libro contra su pecho y se sienta en la parte de la barra que comparten durante las noches en que Josu se deja ver.

—Mauro, ponme un cafetito, guapo. Y tráeme el servilletero que hoy creo que me toca llorar y moquear como una quinceañera. —Sonríe Adela al camarero, cubano grande, que le devuelve una sonrisa triste. Sabe bien lo que está pasando por las tripas de su amiga.

Recuerda el día que le conoció como si fuese ahora mismo. Realmente no ha pasado mucho tiempo, dos meses aproximadamente. Era marzo, el primer martes del mes. Los martes deberían cerrar todos los burdeles, por ley, especialmente en Vizcaya. Los lunes suelen librar y se aprovecha para limpiar y descansar del fin de semana, y los martes suelen ser días de «desecho de tienta», como dice la patrona, Sofía, con su acento malagueño y su voz cavernosa de fumadora empedernida.

—Los martes voy a dar descanso también, solo entran borrachos sin dinero y pelmazos sin cojones, así que ni vendo copas ni vendo camas… a tomar por culo niña. —Eso dice Sofía todos los martes del año.

Aquel martes fue distinto. Él apareció en la puerta, serían las diez de la noche, acababan de cenar Sofía, una rusa que ya cambió de nido y ella. Mauro atendía a los dos parroquianos que estaban mirando la tele delante de sus cervezas. Recuerda que todos centraron su atención en el recién llegado.

Se quitó su elegante abrigo negro; todo en él era atractivo y no pegaba nada allí, como si se hubiese equivocado. Recuerda que miró lentamente el local, y se encaminó con pasos largos, seguros, hacia el fondo de la barra. Estaba serio, no saludó más que lo justo, se concentró en la punta de sus zapatos mientras recorría el trecho junto a la larga barra, hasta que llegó al que sería su sitio habitual en las repetidas visitas que hizo al Celeste.

Mauro se acercó enseguida, todos observaban con curiosidad al recién llegado, en parte porque no tenían nada mejor que hacer. Cruzaron un saludo educado y dijo que esperaría un poco antes de pedir. Adela conoce bien cuál es su oficio, así que lentamente se dirigió hacia él, como quien pasa por allí, y ocupó la banqueta a su lado. Josu la miró de reojo, como tasándola, muy despacio. Ella permaneció impasible, mirándole divertida, insinuante. No hay duda de que Adela sabe manejar bien los tiempos.

—Eres muy guapa —dijo volviendo su mirada a las botellas que estaban tras la barra— y española, ¿no? —Esa es la típica pregunta que en el Celeste, igual que en cualquier garito de Euskadi, había que medir bien.

—Por los andares me has sacado el pasaporte, ¿eh? No serás un maderito haciendo la ronda, ¿no? —respondió zalamera y a la vez vigilante, nunca se sabía, aunque Adela hubiera apostado cualquier cosa a que no era poli.— Soy Adela, nacida en Vitoria, o en Gazteiz, como prefieras. ¿Le vale así, señoría?

—Hola Adela, me llamo Josu, ¿te apetece tomar algo? —murmuró. Sus ojos todavía estudiaban las botellas que tenía enfrente.

—Tomo lo que tú quieras, amigo, yo aquí estoy para servirte —le susurró acercándose al oído—. Pero me vuelve loca el champán, ¿cómo lo ves?

Él no se inmutó, levantó la mano levemente, como quien va a empezar a tamborilear con los dedos, y pidió una botella del mejor champán que hubiera. Mauro y Adela recordaron muchas veces el respingo que dieron los dos en ese momento, les pilló por sorpresa, a pesar de que siempre se jactan de que ya lo han visto todo.

—Moët, a 250 euros la botella, ¿le va bien, señor?

Esa noche la recuerda Adela como una de las mejores de su vida profesional, ganó más con la comisión de las tres botellas de champán que abrieron, más la propina que le dio Josu cuando se fue, a eso de las dos de la madrugada, que con tres o cuatro servicios. Fue educado, no habló demasiado y sabía preguntar, eso sí que la llamó la atención, sabía preguntar y sabía escuchar. Casi no la miraba, eso lo recuerda también muy bien. Lo habitual es que hablen ellos todo el tiempo y ella tenga que fingir un extraordinario interés en sus historias, y también lo normal es que la desnuden con los ojos constantemente, incluso que la busquen con las manos, cosa que Josu nunca hizo. Aparte de los dos besos con que se saludaban y se despedían a partir de esa primera noche, no había nunca ningún otro contacto...



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