E-Book, Spanisch, 330 Seiten
Reihe: Libros singulares
Bardón Ana contra Gürtel
1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-10455-44-3
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 330 Seiten
Reihe: Libros singulares
ISBN: 978-84-10455-44-3
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
'Profesor. Psicólogo. Peatón. Pluscafeteador. Polícromo, palíndromo, palimpsesto. Políticamente perplejo. ¿Paleoliberal? Puntual. Pagano. Precito. Procaz (menos de lo que le gustaría). Etcétera.'
Autoren/Hrsg.
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CAPÍTULO I
Paso Canoas
Centinelas de la patria.
El Servicio Nacional de Fronteras vela por su seguridad
y el bienestar de la nación.
¡Dios! ¡Patria! ¡Orden!
Atrapada entre dos mulas de unos doce metros de largo, con unas intimidantes cabezas tractoras, la mujer del Toyota azul rebasa el cartel de carretera que anuncia la inminente llegada a Paso Canoas. La fila de vehículos avanza y para, avanza y para, arañando unos pocos metros a cada embate. Algunos camioneros, impacientes, salen de las cabinas para estimar la distancia con el paso fronterizo, punto de fuga de las mercancías que luego se distribuirán capilarmente por toda Centroamérica. La mujer se apea a estirar las piernas y a secar, con la brisa tenue, la película de sudor que le cubre la piel. Es diciembre. El calor y la humedad aplatanan, oprimen la respiración, irritan. Para colmo, al vehículo no le funciona el aire acondicionado. En realidad, nunca le funcionó bien del todo, desde que lo comprara, de segunda mano, en un tugurio a las afueras de San José. Un camionero descamisado y entrado en años asoma el torso desnudo por la ventanilla de su mula y grita:
—Señora, se ve como hecha leña. ¿Dónde va a dormir hoy?
Ella le devuelve una mirada displicente y se mete en el coche. Saca el pasaporte de la guantera y lo deja en el asiento del copiloto, junto a un paquete de Marlboro y una mochila donde guarda un móvil, un neceser sin maquillaje, dos mudas, varios táperes, un libro que no leerá. Coge el móvil, enciende un cigarrillo y selecciona el último número del historial de llamadas.
—¿Chamo?
—¡Aló! ¿Quién habla?
—Soy la amiga de Danny, de Quepos. Hablamos ayer por la noche.
—Ah, sí, sí. Decime.
—Estoy llegando.
—¡Tuanis! Escucha, cuando parqueés el carro, venite directa pa la fila de migración. Me buscás allá, estoy con una t-shirt verde neón y una gorra con la paleta pa’trás.
A medio kilómetro de la frontera, la mujer gira noventa grados y toma un camino polvoriento que da a una explanada donde están aparcados varias docenas de coches y algunas mulas. A la salida, un viejo de piel café y sombrero de paja, amodorrado en una silla de tijera, le entrega un tique de papel con una fecha anotada a mano.
—Diez rojos por día. Lo abona al recoger el carro.
Luego regresa a la avenida principal, la Panamericana del Sur, y camina por un arcén mínimo, invadido de puestos ambulantes, hacia una especie de pabellón, con losetas azules, rojas y blancas, que se alza imponente entre colmados, almacenes y casas bajas. En uno de los tenderetes, compra una bolsa de mango verde con sal y paga con un billete de veinte dólares.
—¿No tenés más menudo?
Niega con la cabeza. En realidad, necesita algo más menudo para pagarle al conseguidor. La mujer del puesto silba a un grupo de chavales al otro lado de la carretera y les muestra el billete. Al minuto, uno de ellos aparece con el cambio en dólares.
—Aquí está su vuelto. Pura vida y ¡feliz Navidad!
Paso Canoas, la frontera entre Costa Rica y Panamá, es un lugar inefable, un ecosistema cuasi alienígena, por el que hormiguean migrantes, solos o en familia, cambistas, agentes de aduana, cajeros de la Western Union, mozos de carga, policías con metralleta, vigilantes, camioneros, gasolineros, taxistas, fritadoras, buhoneros y demás buscavidas organizados según unas reglas herméticas para el visitante ocasional. No para el Chamo Pereira, que brega a diario en la cola de extranjería y tiene el ojo fino para organizar el género por tipología de migrante: con plata, limpios, muerticos de hambre. Cuando distingue a la mujer, sale a su encuentro con un silbato colgado del cuello y la camiseta empapada de sudor. Por detrás, le sigue un grupo de jóvenes con pinta de gringos. Intercambian unas palabras y ella le desliza el pasaporte por lo bajini.
—Oíme. —El hombre se chupa el dedo gordo y, con una mano, pasa ruidosamente las hojas de la libreta para curiosear los sellos. Luego se detiene en la primera página—. Así que Ana Garrido Ramos…, natural de Málaga…, 1966…, o sea, cuarenta y poco de años, ¿verdad? Muy bien. Decime, ¿y por qué anda una española haciéndose un border run el 20 de diciembre? ¿No celebra la Navidad con su maridito?
—¿Qué pasa, que a las solteras les haces descuento? —La voz de la mujer, áspera, ronca, atabacada, trunca un potencial compadreo.
—Obvio.
—Entonces cóbrame el servicio completo.
—Pura vida, dama, full extras. —Le tiende un billete de cinco dólares que el hombre pinza al vuelo—. Se salvó por unos días; pa’l otro año subo la tarifa. Fíjese cómo está esto: venezolanos por todas partes. Yo digo, ese Chávez es el puritico demonio. Conmigo se ahorra cuatro o cinco horas de espera y ¡el tufo! —Agria el gesto mientras sacude una mano por delante de la nariz. Luego, volviéndose al grupo, pita fuerte el silbato y grita—: Everybody! Follow the lider, lider, lider…Sígueme.
Es cierto que huele mal; a sudor acidulado, fritura y tal vez orín. Es la gente que suda; por el calor, por la vida. Gente desbordando el espacio de la oficina, sentada en las escaleras de acceso, durmiendo a la intemperie en un campamento improvisado detrás del edificio de la Dirección General de Extranjería.
La mujer se suma al grupo de turistas que sigue al Chamo por entre la turba. En una oficina colindante, rellenan un formulario, abonan el impuesto de salida y regresan al pabellón de migración.
—Everybody stop here. Me coming back.
El hombre acomoda al grupo en un espacio menos concurrido, intercambia unos gestos con un funcionario de aduanas y se dirige al único mostrador que da a la calle, cuya pletina reza: «Salida del país: ventanilla exprés». La española intenta no perder contacto visual con el portador de su documentación. A los gringos, sin embargo, no parece importarles. Sudorosos, charlan animadamente en un corrillo del que ella queda al margen. Al rato, el Chamo vuelve sonriente y los conduce hacia la ventanilla exprés, donde firman unos papeles y reciben el pasaporte con el matasellos de salida del país.
—You see? Easy japanese. Save you four hours or more! —Distribuye unas tarjetas de visita en las que aparece su foto en blanco y negro mientras grita—: Happy Christmas everybody and please recommend me to your friends!
En el endeble cartón, con la tinta corrida por la humedad, se lee: «Chamo Pereira, Gestor de Aduanas / Customs Manager. Confía en el líder / Trust our amazing professional services».
Como carece de permiso de residencia, Ana debe cruzar la frontera cada tres meses. Es su cuarto border run, y el más rápido, aunque la experiencia con el facilitador le irrita. Ya tuvo sus dudas cuando Danny le pasó el contacto. En parte por la pasta —con cinco dólares come casi dos días—, porque los tejemanejes la incomodan y porque, a fin de cuentas, por muchas horas que se ahorre en la aduana, los tres días de aislamiento no se los quita nadie.
Antes de cruzar a suelo panameño, para evitar que le cobren el roaming, guarda cuidadosamente la tarjeta SIM en la cartera, preguntándose por qué narices las harán tan pequeñas. Después se dirige al Chachagua Inn, el albergue más barato que ha podido encontrar, a razón de veinte dólares la noche, desayuno incluido. La habitación que le asignan es amplia, previsiblemente austera y muy del gusto caribeño: el envés de la puerta vinilado con un tucán, un camastro con sábanas verdes, un ventilador desconchado por la humedad, una mesa, una silla. Por ser fechas señaladas, de las paredes cuelgan tiras de espumillón rojo y han dejado un nacimiento/caja de música sobre la mesa. Nada que ver, obviamente, con la exquisita decoración del hotel donde trabaja, pero mejor de lo esperado. Si bien la profusión de arañas y mosquitos se antoja inevitable, al menos no hay pelos en la almohada ni agujeros por los que se entrevea el colchón, como la última vez. Deja la mochila sobre la mesa y saca un táper con patacones y unas tortillas. Come acompañada de las figuritas del belén y el sonsonete de un villancico enlatado. Luego se echa a la cama a fumar.
A ratos consigue dejar la mente en blanco, fijando la atención en los detalles pequeños: el centelleo fugaz del ascua, el chisporroteo de las brasas al contacto con el agua y la estela amarilla que deja la ceniza al precipitarse al fondo del vaso-cenicero. A ratos no lo logra, y los pensamientos entran y salen de su cabeza. No se molesta en pararlos, deja que se entrelacen y se disipen como el humo del tabaco, revueltos, inestables, anárquicos: las celebraciones navideñas en casa de Danny, la pobre Vilma, su perra, que la estará echando de menos, la insoportable situación familiar de la otra Vilma, su amiga, el cierre de año en el Tulemar, Íñigo Arteaga, al que hace meses que no visita, el olor particular del cuerpo broncíneo y sudoroso de Mogli. La bruma deja una pregunta en el aire: ¿y si se quedara en Costa Rica ahora que en el hotel están dispuestos a tramitarle la visa de trabajo? La idea, por novedosa, la turba.
Una pareja follando entre frases delirantes, al otro lado de la presunta pared, la saca del ensimismamiento. Debe darse prisa, son las cuatro de la tarde y pronto anochecerá. Se ducha y se pone un vestido de algodón, holgado, acuamarino, muy distinto de los tops y minifaldas estridentes, sintéticas, amorcilladas, con las que...




