Barrenetxea Bahamonde | Tristrás | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 208 Seiten

Reihe: Infantil

Barrenetxea Bahamonde Tristrás


1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-18930-18-8
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 208 Seiten

Reihe: Infantil

ISBN: 978-84-18930-18-8
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Tristrás, con su casaca remendada y los zapatos polvorientos, es un flautista que se gana la vida con su música viajando de pueblo en pueblo. A lo largo del camino, se topará con cuervos que dicen ser sus madrinas, con personajes que se transforman al caer la noche... Hasta que decide aceptar su destino: confrontar a un auténtico dragón, mientras descubre su verdadero y desconocido origen...

Iban Barrenetxea (Elgoibar, 1973). El absurdo y la casualidad, leyes absolutamente presentes en nuestro mundo, son un elemento más de su paleta, con la que retrata a carismáticos personajes que transpiran una sutil ironía. Tras una década dedicado al diseño gráfico, inició su carrera como ilustrador en 2010. Desde entonces ha ilustrado una decena de libros, ha escrito dos de ellos y su obra ha sido reconocida con galardones del prestigio de Bratislava y los literarios de Euskadi.
Barrenetxea Bahamonde Tristrás jetzt bestellen!

Weitere Infos & Material


CAPÍTULO I

En el que se da comienzo a la narración de las

extraordinarias andanzas del héroe de esta historia,

a quien nos encontramos por primera vez el

día que conoció a sus Tres Madrinas.

Era una mañana como cualquier otra.

Excepto por los cuervos.

Había decenas, cientos de ellos. Encaramados en las ramas del viejo roble. Esperando.

Pero lo peor era el silencio.

Tristrás siempre había detestado el graznido de los cuervos: aquel ¡craj, craj, craj! que tanto recordaba a una risa. ¡Oh, ya lo creo que lo detestaba! Los cuervos graznaban al picotear las semillas recién sembradas. Graznaban al planear sobre su cabeza, tan bajo que llegaban a rozarle el sombrero con la punta de las alas, los muy insolentes. Graznaban al verlo pasar, burlándose de su casaca remendada y de sus zapatos polvorientos. Graznaban, siempre graznaban.

Pero aquel silencio era aún peor.

—¡Fuera de aquí, pajarracos! ¡Largo! ¡Bu!

Tristrás agitó los brazos, lanzó una piedra para espantarlos; los cuervos no movieron una pluma. Seguían en sus ramas, como una hojarasca de plumas y picos y ojos negros.

En silencio.

¿Ah, sí? ¿Pues sabéis qué os digo? Que por mí os podéis quedar ahí pasmados hasta que os hartéis. ¡Buen día tengan vuestras mercedes!

Tristrás se quitó el sombrero, les dedicó una reverencia, dio media vuelta y se levantó los faldones de la casaca para presentarles el trasero. ¡Ja! Ya estaba harto de las burlas de los cuervos; esta vez le tocaba a él ser el burlador. Y allá iba, caminando con aire satisfecho, cuando sintió el cosquilleo en la nuca. Podía adivinar la mirada de los cuervos, siguiéndole con sus ojos como canicas de cristal negro. No, no…, no pensaba girarse, de eso ni hablar.

Dio dos pasos más; a lo lejos cantó el gallo.

Tristrás se giró.

Y los cuervos alzaron el vuelo.

Todos los cuervos, todos, echaron a volar exactamente al mismo tiempo. Tristrás se tiró al suelo protegiéndose la cabeza con los brazos. Cerró los ojos mientras lo sobrevolaban; y ahora sí, ahora los cuervos graznaban y chillaban como una ventisca de picos y garras, ¡CRAJ, CRAJ, CRAJ! Cuando al fin se atrevió a abrir los ojos, vio que los cuervos formaban un torbellino negro que giraba, giraba, giraba y se transformaba en…

Tristrás se frotó los ojos.

En el lugar donde un instante atrás giraba el torbellino de cuervos, había ahora tres viejas bailando en corro. Giraban tomadas de la mano mientras reían, ¡craj, craj, craj!, con una risa que recordaba demasiado al graznido de los cuervos.

De los propios cuervos no quedaba rastro.

Pero no nos mires con esa cara, querido Tristrás. ¿No te acuerdas de la tía Griselda?

—¿Y de mí? ¿Verdad que recuerdas a la tía Grimelda?

—¡Seguro que de mí sí que te acuerdas! ¡Pero si soy la tía Grunilda!

—¿Cómo no te vas a acordar de tus Tres Madrinas? —cacarearon las tres viejas a la vez.

Tristrás, que ni siquiera recordaba a sus padres —pues, que él supiera, era huéfano de nacimiento—, menos se iba a acordar de estas tres. Se levantó del suelo abriendo y cerrando la boca como pez recién pescado.

—¿Verdad que es igualito que sus padres a esa edad? —dijo la que debía ser Griselda. Porque lo cierto es que a Tristrás le costaba diferenciarlas; las tres tenían la misma cara arrugada, la misma nariz corva y la misma espalda encorvada.

—¡Igualito! ¡Pelirrojo como su padre! —asintió Grimelda.

—¡Igualito! ¡Larguirucho como su madre! —aseguró Grunilda sin dejar de sonreír.

—¿Co…, cómo sabéis mi nombre? —balbuceó Tristrás.

—¡Buenas madrinas seríamos si no lo supiéramos! Estábamos ahí para verte llegar al mundo. Fue tal día como hoy, con el canto del gallo, que es un buen presagio. Oh, sí…, ¡un buen presagio!

—¡¿Qué…, qué…, qué significa esto?! ¡¿De dónde habéis salido?! ¿Qué ha pasado con los cuer…?

—¡Lo sabrás a su debido tiempo! —le interrumpió Griselda.

—Hoy es un día muy especial… —dijo Grimelda.

—Por eso venimos a traerte… —dijo Grunilda.

—¡Tus regalos de cumpleaños! —dijeron las tres a la vez.

Griselda metió la mano entre sus harapos, sacó medio metro de cuerda vieja y se la ofreció a Tristrás. Tristrás tomó la cuerda y se encogió de hombros.

¿Mi cumpleaños? ¿Hoy? Vaya, pues no tenía ni idea… Gracias… Una cuerda siempre viene bien… —dijo Tristrás mientras se la anudaba alrededor de la cintura para sujetarse los calzones—. ¡Mira por dónde, parecía algo corta, pero resulta que es justo de mi talla!

—¡Juventud ingrata e ignorante! ¡En tus manos tienes la maroma del gigante Barbarán, tejida hace diez siglos con los pelos de su propia barba! Siempre será tan corta o tan larga como necesites; el acero más afilado no la puede cortar, la llama más candente no la puede devorar. Átala y para siempre quedará atada, pues únicamente quien la ha anudado podrá deshacer el nudo. ¡Úsala con astucia y de más de un enredo te librará!

Después fue Grimelda quien entregó a Tristrás un pedazo de vela vieja.

—Oh… Una vela… Gracias… Supongo que aún tiene cera como para una horita…

—¡Juventud inepta y desagradecida! ¡En tus manos sostienes la candela de Celifema! ¡Fabricada hace cien décadas por la legendaria hechicera con la cera de sus propios oídos! Basta un soplido para prenderla. Por mucho que arda, jamás se consume, y su luz revela lo que permanece oculto por encantamiento o maleficio. ¡Su llama ha iluminado el camino de grandes héroes, y aún iluminará el de muchos más!

«Barba de Barbarán y cera de Celifema. ¿Qué vendrá ahora?, ¿moco de Molocái? Estas viejas deben de estar chifladas», pensó Tristrás.

Entonces le tocó el turno a Grunilda.

La vieja tomó la mano de Tristrás, le puso la palma hacia arriba y… ¡JJJJJRT! ¡PTÚ! Le lanzó un escupitajo.

—Hum… Gracias por su regalo, buena señora. Pero casi…, casi que prefiero el moco de Molocái…

—¡Juventud insensata y desconsiderada! El regalo que yo te ofrezco es el más valioso de los tres, pues lo que tienes en la palma de la mano es… ¡TU DESTINO!

Dicho lo cual, e ignorando las caras de asco de Tristrás, Grunilda se puso a trazar figuras con la punta de la uña en la espumilla que se deslizaba por su mano.

—Oh…, ya lo veo…, ya lo veo… —dijo Grunilda con aire misterioso—. Veo una gran bestia roja que llegará del cielo… Veo aventuras… Peligros… y al final, ¡todo lo que tu corazón desea!

Tristrás se soltó de un tirón, dio un paso atrás y se restregó la mano en el calzón.

—¡Barbas de gigante y cera de hechicera! ¡Héroes, peligros y aventuras! ¡A mí qué me venís con esos cuentos, si no soy más que un músico ambulante! —Y para demostrarlo, sacó una flauta del bolsillo y tocó dos notas—. ¡Trulú!

—¡Craj, craj, craj! —rieron las tres viejas.

—Te equivocas, querido Tristrás… —dijo Griselda.

—… Tu destino ya está escrito… —dijo Grimelda.

—… Y nadie… —dijo Grunilda.

—¡NADIE PUEDE ESCAPAR A SU DESTINO! —dijeron las tres.

—¡¿De qué habláis?! ¡Dejadme en paz!...



Ihre Fragen, Wünsche oder Anmerkungen
Vorname*
Nachname*
Ihre E-Mail-Adresse*
Kundennr.
Ihre Nachricht*
Lediglich mit * gekennzeichnete Felder sind Pflichtfelder.
Wenn Sie die im Kontaktformular eingegebenen Daten durch Klick auf den nachfolgenden Button übersenden, erklären Sie sich damit einverstanden, dass wir Ihr Angaben für die Beantwortung Ihrer Anfrage verwenden. Selbstverständlich werden Ihre Daten vertraulich behandelt und nicht an Dritte weitergegeben. Sie können der Verwendung Ihrer Daten jederzeit widersprechen. Das Datenhandling bei Sack Fachmedien erklären wir Ihnen in unserer Datenschutzerklärung.