Bernstein | Encuentros pragmáticos | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 334 Seiten

Bernstein Encuentros pragmáticos


1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-18193-07-1
Verlag: Gedisa Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

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ISBN: 978-84-18193-07-1
Verlag: Gedisa Editorial
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El multiculturalismo, la vida política, el mal o la religión son algunos de los temas tratados en esta colección de ensayos de Richard J. Bernstein, uno de los mayores exponentes del pragmatismo norteamericano y uno de los principales filósofos contemporáneos. En este volumen, con artículos que se publican por primera vez en español, Bernstein muestra la vigencia actual de dicha tradición filosófica. Para hacerlo, dialoga con las aportaciones de filósofos como Kant, Dewey, Arendt, Marcuse, Ricoeur, Rorty, Habermas y Taylor. El gran valor de su mirada pragmática es que, en cada uno de los dieciséis ensayos, desde la aceptación de la pluralidad y el diálogo, Bernstein ofrece una forma de salvar las diferencias contemporáneas. El propósito de la obra es pensar la vida pública, la moralidad y la política democráticas desde lo que Bernstein llama un pluralismo falibilista, esto es: ofrecer una crítica al secreto afán dogmático de las culturas hegemónicas desde un enfoque multiculturalista que asume con honestidad y humildad sus propias limitaciones y su sesgo. El único modo, así, de responder ante la diversidad de nuestras sociedades pasa por multiplicar la mirada y abandonar el pensamiento único. Sólo con un enfoque plural, y además con un enfoque que se sabe falible, el choque entre culturas puede tornarse un diálogo. La falibilidad, tanto como la pluralidad, es una forma de escucha y de respeto, una práctica de la crítica como apertura a lo distinto.

Richard Bernstein (Nueva York, 1932) es doctor en filosofía en la Universidad de Yale y actualmente desempeña el cargo de profesor Vera List en la New School for Social Research en Nueva York. Bernstein ha destacado por su arduo análisis y trabajo de síntesis sobre el pragmatismo americano, la hermenéutica y la teoría crítica. Gedisa también ha publicado: Violencia (2015), Diálogos. Charles Taylor y Richard Bernstein (2017) y ¿Por qué leer a Hannah Arendt? (2019).
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1
El romance de la filosofía

Cuando me invitaron a dar esta conferencia, me dijeron que el propósito de la Fundación Dewey al financiar estos encuentros era que un filósofo hablara de su carrera, es decir, una charla autobiográfica acerca del involucramiento del conferencista con su campo de trabajo, en vez de un aporte concreto sobre un tema filosófico específico. ¡Un reto maravilloso! Me encanta contar historias, y además creo que es parte esencial de la enseñanza de la filosofía, así que ¿por qué no contar la historia de mi propio romance con la filosofía? Mirando hacia atrás (y hacia adelante) a mi trayectoria filosófica, no puedo dejar de sentir que, por muchas razones, que trataré de compartirles, he sido extremadamente afortunado. Pero ¿por dónde comenzar?

Parece apropiado comenzar con el tiempo previo a mis estudios filosóficos, incluso antes de que tuviera la más remota idea de lo que es la filosofía, en mis años de estudiante de bachillerato en Brooklyn. Crecí en una amorosa familia de inmigrantes judíos de segunda generación. Ninguno de mis padres fue a la universidad, tampoco mis tíos y tías, excepto uno que estudió para ser abogado, una de las dos profesiones preferidas por los jóvenes judíos que crecieron en los años cuarenta. Asistí a la preparatoria Midwood, una escuela pública en Brooklyn donde experimenté un despertar intelectual. Allí descubrí el goce de la literatura, la música y el arte. Muchos de ustedes saben más de Midwood High School que lo que suponen, pues también fue la escuela de Woody Allen. Cuando con mi esposa Carol, también egresada de Midwood, vimos las primeras películas de Woody Allen, no entendíamos de qué se reía todo el mundo. Después de todo, éstas eran bromas locales que habíamos escuchado en el bachillerato.

Era muy joven para ser reclutado en la Segunda Guerra Mundial, pero la guerra tocó de cerca a mi familia con la muerte de mi talentoso hermano mayor antes de que yo cumpliera los trece años. Sin embargo, crecer en Nueva York fue una experiencia emocionante. Corrían tiempos de optimismo, un momento en el que muchos de nosotros teníamos profundas convicciones de que de algún modo podíamos hacer una diferencia significativa en forjar un mejor Estados Unidos y un mundo mejor. Llegado el momento de escoger una universidad, un amigo me sugirió postularme a la Universidad de Chicago. Durante los años cuarenta y cincuenta, la escuela de pregrado (undergraduate college) de la Universidad de Chicago era un lugar único. Había un currículo fijo y obligatorio para todos los pregrados; no había electivas ni énfasis. El college aceptaba estudiantes que estuvieran cursando su último año de bachillerato, pero yo me inscribí después de graduarme de Midwood High School. No se avanzaba tomando créditos de estudio, sino aprobando un examen específico para cada uno de los cursos requeridos. El último curso del programa tenía un nombre modesto: «Observación, integración e interpretación de las ciencias». Al entrar al college uno debía presentar una prueba de nivelación para determinar los exámenes que debían aprobarse para la obtención del grado. Imaginen una universidad en la que todos los estudiantes están leyendo y hablando sobre los mismos libros. Durante mi primer trimestre leí a Heródoto, Tucídides, Platón, Aristóteles, Weber, Galileo, Kepler, Dostoievski y Freud. Fue una experiencia embriagante y recuerdo muchas noches en vela discutiendo apasionadamente los matices en Platón o Aristóteles. Pero nada de esto captura realmente lo que Chicago era durante esos días. En Estados Unidos se había regado el rumor de que Chicago era el único lugar al cual ir si uno aspiraba a convertirse en un intelectual serio. Sentíamos desdén por la Ivy League. Chicago atrajo un cuerpo docente y estudiantil verdaderamente talentoso. Tomé el mismo curso de ciencias sociales con Susan Sontag y también fue allí que conocí y me hice amigo de Dick Rorty. Éste era el Chicago de Philip Roth y Mike Nichols, de Alan Bloom y George Steiner. A.J Liebling escribió un perfil de Chicago para The New Yorker, titulado «La segunda ciudad», en el que se refería a la Universidad de Chicago como el centro más grande de jóvenes neuróticos desde la Cruzada de los Niños. Fue en Chicago donde descubrí de la filosofía y me enamoré de ella. Y fue el Fedro de Platón el que me encendió. Aún sigue siendo mi texto filosófico favorito, y nunca he dejado de sentir un profundo afecto por los diálogos platónicos.

Me gradué en Chicago a los diecinueve años, pero las únicas dos instituciones que aceptaban un pregrado de Chicago como prerrequisito para estudios de posgrado eran Oxford y Cambridge. Por razones personales, pues mi familia aún estaba haciendo el duelo por la muerte de mi hermano, decidí regresar a Nueva York y estudiar un par de años en Columbia antes de iniciar mis estudios de posgrado. Me inscribí en cursos de los más variados temas, desde griego antiguo hasta empaste de libros (mi madre siempre me insistió que debía estudiar algo «práctico»), pero ya en ese momento estaba enganchado a la filosofía. Mis amigos de Chicago decían que uno de los pocos lugares donde uno podía estudiar seriamente filosofía en el mismo espíritu de Chicago era en la Universidad de Yale. Dick Rorty fue el primero de mis amigos en hacer el tránsito de Chicago a Yale, y un grupo de nosotros lo siguió. Cuando llegué a Yale en 1953 a estudiar filosofía nunca pensé que estaba entrando a la profesión (filosófica), por el contrario, sentí que me embarcaba en una aventura de las ideas. El romance de la vida intelectual me envolvía y todavía era muy ingenuo. Mi primer año de posgrado fue, como lo recuerdo, excitante y aterrador. Como muchos otros primerizos, me preguntaba si había tomado la decisión correcta al estudiar un posgrado en filosofía y si era lo suficientemente bueno. Era una inquietud que se hizo especialmente palpable; me inscribí en un curso sobre la Fenomenología del espíritu de Hegel. Decidí tomarlo porque no había leído una sola palabra suya y pensaba que era importante saber al menos algo. Al comienzo, la experiencia fue traumática. No entendí una sola palabra, y tampoco entendí cómo los demás pensaban que podían entender a Hegel. Estaba intimidado por la presencia de estudiantes brillantes y avanzados que hablaban inteligentemente sobre Hegel, y yo, francamente, no tenía la más remota idea de qué demonios sucedía. Sentí que era la prueba real de mi habilidad filosófica, y que la estaba reprobando. Me aterrorizaba la idea de dar una presentación en la clase. De seguro todos notarían que era un idiota sin nada que hacer en un programa de posgrado de filosofía. Mi tema asignado: la sección de la Fenomenología en la que Hegel discute a Antígona. Pasé muchas horas leyendo el texto una y otra vez hasta que experimenté que el camino se abría; una suerte de epifanía. Sentí el poder de Hegel. Ese seminario me cambió la vida.

Dado que esta conferencia está financiada por la fundación Dewey, quisiera contarles cómo terminé escribiendo mi disertación doctoral sobre John Dewey, pues de alguna manera ilustra lo que creo es uno de los aspectos más importantes de cualquier formación de posgrado, a saber, la relevancia de aquellos grupos informales de discusión que a menudo resultan ser más importantes que los cursos formales que uno toma. Antes de ir a Yale yo no sabía prácticamente nada sobre Dewey, y lo que creía saber de él no me gustaba. Dewey presuntamente representaba todo lo que desdeñábamos en Chicago. John E. Smith, un joven profesor asistente de Yale, organizó un pequeño grupo informal de lectura para discutir Experiencia y naturaleza, y decidí inscribirme. El libro no encajaba en los estereotipos sobre Dewey y el pragmatismo tan populares en esos días. De repente, Dewey me pareció un filósofo mucho más interesante e importante y empecé a sentir una gran cercanía con su visión de la experiencia y la naturaleza, así como con su papel como un intelectual público preocupado por la democracia radical. En los años cincuenta, el interés en Dewey, y el pragmatismo en general, llegó quizás a su punto más bajo, pero yo fui lo suficientemente terco (o perverso) como para escribir mi disertación sobre la metafísica de la experiencia en Dewey. Mucho más tarde descubrí lo que Oliver Wendell Holmes Jr. había dicho sobre Experiencia y naturaleza en una carta dirigida a Frederick Pollock:

A pesar de que el libro de Dewey está muy mal escrito, me parece que tiene una intimidad con el universo que no tiene paralelos. Así habría hablado Dios si, a pesar de no ser muy elocuente, hubiera querido contarnos cómo sucedió todo. (Howe, 1941: 287).

Ya que Paul Weiss, uno de los editores de la Obra reunida de Peirce, era una fuerte y vibrante presencia en Yale, terminé estudiando a Peirce también y, de hecho, algunas de mis primeras publicaciones fueron sobre Dewey y Peirce.

El final de las décadas de 1940 y 1950 fue un momento en el que una silenciosa pero dramática revolución tuvo lugar en los departamentos de filosofía. Los departamentos más respetables estaban en proceso de volverse analíticos, influenciados ya fuera por el legado del empirismo lógico o por la filosofía del lenguaje cotidiano proveniente de Oxford. Es a este período al que le debemos la infame distinción entre filosofía analítica y filosofía continental. Decidí ir a Yale porque me resistía a esta invasión analítica y, para ser francos, jamás he pensado en términos de esta...



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