E-Book, Spanisch, 151 Seiten
Broncano La filosofía de la suerte
1. Auflage 2025
ISBN: 979-13-8781330-7
Verlag: Plataforma
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 151 Seiten
ISBN: 979-13-8781330-7
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Fernando Broncano Berrocal (Salamanca, 1984) es doctor en Filosofía y actualmente investigador Ramón y Cajal en la Universidad Autónoma de Madrid. Especializado en epistemología, ética y filosofía de la acción, ha sido investigador posdoctoral en KU Leuven (Bélgica), Marie Curie Fellow en la Universidad de Copenhague y ha realizado estancias en la Universidad de Edimburgo y la de Bolonia. Es autor de varios artículos académicos de impacto internacional y conferenciante habitual en foros filosóficos. En 2019 recibió la prestigiosa Beca Leonardo de la Fundación BBVA para investigar el papel de la suerte y el riesgo en la vida humana. Con un estilo claro y riguroso, Broncano destaca por su capacidad para vincular la reflexión filosófica con los problemas del mundo contemporáneo.
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2. La suerte y aquello que nos interesa
En el lenguaje cotidiano empleamos muchas expresiones para hablar de la suerte. Por ejemplo, cuando alguien atraviesa una buena racha, solemos decir que «está de suerte» o que «tiene la suerte de cara», mientras que a quien gana muchos premios lo llamamos «suertudo». A las personas afortunadas desde la infancia se les dice que «nacieron con estrella», y si alguien parece tener mala suerte una y otra vez, decimos que está «gafado». Además, cuando una persona inexperta triunfa sin que nadie se lo espere, lo atribuimos a la «suerte del principiante».
Un aspecto común a todas estas expresiones es que suelen referirse a personas; es decir, quienes tienen suerte, ya sea buena o mala, son seres humanos. Sin embargo, una pregunta legítima es si otros seres también pueden verse afectados por la suerte. Pensemos en un animal, por ejemplo, en un erizo que cruza con mucha calma una carretera con tráfico constante y, por cuestión de centímetros, no acaba atropellado bajo las ruedas de un camión. En este caso, podríamos decir también que el erizo ha tenido suerte. Y ahora imaginemos a un montañista que se salva de un desprendimiento de rocas por escasos metros. El montañista, sin duda, tiene suerte, pero ¿podríamos decir lo mismo de las rocas? Parece una pregunta absurda, ¿verdad? Esto nos lleva a la siguiente idea: por lo general, no atribuimos la suerte (ni buena, ni mala) a objetos inanimados. Por el contrario, parece que solo la atribuimos a aquellos seres que están vivos.
Podría pensarse entonces que lo que hace que algo o alguien pueda ser considerado portador o depositario de buena o mala suerte es que esté vivo. No obstante, contra esta idea, alguien podría alegar que existen excepciones, pues a veces atribuimos la suerte a objetos. Por ejemplo, imaginemos a una persona que tiene un aparatoso accidente de coche, pero que tiene la fortuna no solo de haber salido ilesa, sino de que su coche tampoco haya sufrido daños significativos. En este caso, podemos decir no solo de esa persona que ha tenido suerte de salir indemne, sino que también podemos decir que el propio coche ha tenido suerte de no sufrir grandes daños.
Ahora bien, ¿tiene sentido decir de un objeto que tiene buena o mala suerte? Si lo pensamos con detenimiento, este tipo de afirmaciones no hacen más que reflejar nuestro interés en el buen estado del objeto en cuestión. Por ejemplo, en el caso del accidente de coche, decimos que el coche tiene suerte de no haber sufrido daños porque si se hubiera averiado o, incluso, hubiera acabado siniestrado, tal suceso habría tenido implicaciones importantes para la vida cotidiana de la persona involucrada, como las dificultades que le habría ocasionado para desplazarse a su trabajo o el deterioro de la economía familiar por la necesidad de comprar un coche nuevo. Esto quiere decir que, en realidad, la suerte que atribuimos al coche no es más que un reflejo de nuestra propia suerte.
Si esto no es evidente, pensemos en dos asteroides colisionando en algún rincón remoto del universo o en una gota de agua cayendo en mitad de la selva amazónica. ¿Diríamos que estos objetos (los asteroides, la gota) tienen buena o mala suerte? Es muy probable que no, y la razón es simple: ni los asteroides ni la gota tienen importancia para ninguna persona, a diferencia del preciado coche, lo que explica por qué nada de lo que les sucede constituye, para nadie, buena o mala suerte.
Esta última idea nos da una pista sobre un rasgo interesante de la suerte: en los casos de buena o mala suerte, suele existir una relación entre un individuo y un evento. En otras palabras, cuando un evento representa buena o mala suerte, lo hace porque representa buena o mala suerte para alguien. Es decir, no tiene sentido hablar de buena o mala suerte si el evento en cuestión no afecta a nadie.
¿Qué es un evento? Un evento es un acontecimiento que ocurre en un lugar y un momento determinados; por ejemplo, ganar la lotería, sobrevivir a un accidente o recibir una multa son ejemplos de eventos. Así, consideramos que tales eventos representan buena o mala suerte en la medida en que afectan de ciertas maneras a ciertos individuos, a saber, el ganador de la lotería, la víctima del accidente o la persona multada: sus vidas se ven afectadas de forma positiva o negativa por ellos.
¿En qué consiste, exactamente, la influencia de la suerte? ¿Sobre qué aspectos ejerce su impacto? Una posible respuesta es que la suerte incide en nuestro mundo interior. Sabemos que la mala suerte genera emociones como sufrimiento, tristeza o angustia, mientras que la buena suerte produce bienestar, alegría o felicidad. Sin embargo, también solemos decir que seres vivos que no experimentan emociones, como una planta, pueden tener suerte. Por ejemplo, en un incendio forestal, no es descabellado pensar que los árboles que no se han quemado han tenido suerte de permanecer intactos, aunque los árboles no experimenten el tipo de emociones complejas que tenemos las personas, como el profundo alivio o la enorme felicidad que podemos sentir tras sobrevivir a un incendio.
En este sentido, podemos afirmar que la suerte, buena o mala, no solo afecta a nuestras emociones, sino que, de modo más general, incide de forma directa en nuestros intereses. Pensemos en los árboles: tienen el interés objetivo de estar vivos. De ahí que digamos que tienen buena suerte cuando un incendio los deja intactos: tal interés objetivo no se ve afectado negativamente por las llamas. En general, los intereses objetivos son aquellos relacionados con necesidades biológicas esenciales para la supervivencia y el bienestar, como la nutrición, la respiración o el descanso. Por otra parte, seres más complejos como los humanos también tienen intereses subjetivos, como deseos, decisiones y objetivos personales. La suerte, buena o mala, también afecta a este tipo de intereses, como cuando el deseo de un niño de comerse el helado de chocolate que tiene en la mano se ve truncado cuando un empujón fortuito de su hermano hace que se le caiga al suelo.
Por lo tanto, en la medida en que un ser posea algún tipo de interés, ya sea subjetivo u objetivo, puede ser considerado como portador o depositario de buena o mala suerte. Todos los seres vivos tienen intereses, ya sean objetivos o subjetivos, y es por ello que atribuimos buena o mala suerte a humanos, animales o plantas. Pero, quizás, en un futuro no tan distante, también podamos atribuir buena o mala suerte a las inteligencias artificiales en la medida en que estas desarrollen intereses más allá de los fijados en un principio por su propio diseño o por sus metas de funcionamiento.
Todos los seres anteriores comparten una característica: son individuos. Sin embargo, los grupos, como empresas, gobiernos o equipos deportivos, también pueden tener buena o mala suerte. Por ejemplo, como muchos recordaremos, Netflix, la plataforma de streaming, y de forma aún más notable, Zoom, el software de videoconferencias, se vieron muy beneficiados en 2020 por los confinamientos derivados de la pandemia, lo cual representó un golpe de buena suerte para ambas compañías. En cambio, sectores como la hostelería y las aerolíneas sufrieron grandes pérdidas, lo que significó un golpe de mala suerte. También en el ámbito deportivo son frecuentes los casos en los que un golpe de suerte en el último minuto, como un penalti mal pitado, da la victoria a un equipo.
Ahora bien, la suerte de un grupo no siempre coincide con la suerte de sus miembros. Por ejemplo, si una empresa manufacturera no alcanza su meta de ingresos anuales por mala suerte (como condiciones geopolíticas desfavorables), no significa siempre que todos y cada uno de sus empleados, como los trabajadores de la línea de montaje, compartan esa mala suerte, sobre todo si la ley les garantiza estabilidad laboral y la viabilidad de la empresa no está en riesgo. De igual manera, puede considerarse mala suerte que despidan a uno de esos trabajadores, pero eso no implica que la empresa en su conjunto tenga mala suerte.
La explicación de estas divergencias es sencilla: los intereses de un grupo no tienen que ser los mismos que los de sus miembros. Por ejemplo, el interés de una empresa podría ser incrementar sus beneficios respecto al año anterior. Sin embargo, un trabajador de esa misma empresa no tiene por qué compartir ese objetivo; su interés podría consistir tan solo en recibir su salario a tiempo y gozar de estabilidad laboral.
Ahora que entendemos qué convierte a alguien en portador o depositario de la suerte (ser un individuo o grupo con algún tipo de intereses), veamos algunas características generales de la suerte.
Buena y mala suerte. Como hemos visto, la suerte puede ser buena o mala. Por ejemplo, al decir «Sonia tuvo suerte de sobrevivir al atropello sin lesiones» o «Sonia tuvo mala suerte de morir atropellada», nos referimos a que sobrevivir representa buena suerte, mientras que fallecer representa mala suerte. ¿Cómo explicamos este hecho tan obvio?
Como acabamos de ver, alguien es portador o depositario de buena o mala suerte en la medida en que tiene intereses de algún tipo. En el caso de Sonia, como en el caso de cualquier persona, su interés consiste en permanecer con vida. Cuando la suerte actúa a favor de este interés (sobrevivir al atropello), la calificamos como buena suerte. En cambio, cuando afecta tal interés de forma negativa (muriendo atropellada), hablamos de mala suerte. Así, un mismo hecho, como ser atropellado, puede ser interpretado como buena o mala suerte según cómo impacte en nuestros intereses.
Además, en el primer...




