Cardona / Damien | Tierra quemada | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 539, 288 Seiten

Reihe: Nuevos Tiempos

Cardona / Damien Tierra quemada


1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-10183-64-3
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 539, 288 Seiten

Reihe: Nuevos Tiempos

ISBN: 978-84-10183-64-3
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



«Un dúo eficaz, personajes elaborados con finura, endiabladamente humanos».  L'Express Cuando el teniente Philippe Andreani vuelve a Nancy después de sus vacaciones, todo parece confabularse para hacerle el retorno lo más difícil posible: anuncian una inspección interna en la Brigada, le toca ocuparse de un caso que había quedado olvidado en el cajón de un compañero y, para colmo, no para de llover. Rémi Fournier, un hombre de casi setenta años, sin descendientes ni amigos, ha muerto en lo que parece el incendio accidental de su casa. Andreani, el también teniente Couturier y la psicóloga Francesca Rossini averiguarán que el anciano era notario. Entre sus cosas aparece una mezuzá. ¿Qué vínculo podía tener alguien como Fournier, católico practicante que asistía a misa sin falta cada domingo, con la religión judía? ¿Tiene el objeto algo que ver con una antigua casa de su propiedad en Eberviller? Andreani se verá entonces obligado a hurgar en las heridas de la historia: la de los pueblos, la de las tierras y la de los hombres. ¿Está relacionada la muerte del notario con la anexión de los territorios de Alsacia-Lorena por parte de Alemania durante la Segunda Guerra Mundial? ¿O son mucho más profundas las raíces y alcanzan hasta nuestros días?

Teresa Cardona (Madrid, 1973) ha publicado en Francia junto a Eric Damien las novelas negras Un travail à finir y Terres brûlées bajo el seudónimo de Eric Todenne. En Ediciones Siruela han aparecido Los dos lados, Un bien relativo y La carne del cisne, las tres primeras entregas de la serie protagonizada por los guardias civiles Blecker y Cano, ambientada en San Lorenzo de El Escorial. En 2023 recibió el Premio Villanúa Rural Noir a toda su obra.
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2


De Málaga a… se había olvidado del final de la expresión. El granizo en el que se había convertido la lluvia le azotó la cara. Recordó que tenía la nevera vacía. Pensó en la climatización de los supermercados, la iluminación artificial, las colas delante de las cajas, las sonrisas exhaustas de las cajeras, los carritos y maleteros a cargar, descargar, cargar, descargar… Sísifos modernos. Bis repetita ad vitam aeternam, como diría Timonier. Malagón. Se acababa de acordar. De Málaga a Malagón.

Desde que se había mudado al apartamento del casco viejo de Nancy, Andreani hacía la compra en Casa Rodrigo, un colmado español. La tienda era un poco más cara que las grandes superficies que poblaban las afueras de Nancy, pero las frutas y hortalizas tenían sabor; los quesos que ofrecía no estaban envasados en bandejas de plástico y el jamón que cortaba bajo la atenta mirada de sus clientes provenía de unos cerdos pata negra, cebados con bellotas. Él mismo seleccionaba los vinos que ofrecía (con una marcada tendencia por los tintos de su región natal) y, como colofón, tostaba él mismo los granos de arábica o robusta, combinándolos en equilibradas mezclas que bautizaba con nombres cada cual más poético.

Rodrigo, el propietario, era un tipo parco en palabras. A pesar de todo, el negocio iba bien, siendo su público una clientela pretenciosa que encontraba en ese mutismo la máxima expresión de la elegancia. Andreani, por su parte, se lo tomaba con calma, con la esperanza de que la tienda de la calle Craffe pasase pronto de moda.

Sus ojos se toparon con una botella de aceite de forma alargada.

Es aceite catalán.1 De Cataluña, que, aunque no sé si es todavía España, tiene un aceite estupendo —comentó Rodrigo, antes de recomendarle unos extraños tomates aplanados y con unos profundos surcos en la piel—. Son «feos de Tudela», me ha llegado una caja esta mañana. A los clientes no les gustan, les parecen feos. ¡Pero no se le pide ser hermoso, al tomate! Tiene que ser bueno, tener sabor. Ya verá como este es delicioso.2

Andreani envió un mensaje a Lisa informándola del cambio de planes y se dirigió a la heladería Amorino para comprar el postre. De caramelo salado y de pistacho, los sabores preferidos de su hija. Ya de vuelta en casa, dejó la compra en la cocina y se dirigió al salón, donde su maleta seguía sin deshacer. La levantó y percibió el olor a eucalipto y a olivo que emanaba de ella. Unos granos de arena cayeron al suelo. Los observó un instante y, sin saber por qué, dejó la maleta en el mismo sitio para acercarse a la cadena de música. Recorrió con el dedo la hilera de vinilos que llenaba la estantería y cogió uno al azar. Charles Bradley. Las primeras notas de Confusion llenaron la habitación.

Se duchó, y al afeitarse observó la imagen reflejada en el espejo. No se reconoció. Las ojeras que subrayaban sus ojos verdes le parecieron menos profundas, sus rasgos menos marcados, los ojos menos hundidos que antes de su partida. Los huesos de la mandíbula menos sobresalientes. Se dio cuenta de que había cogido color. Buscó ropa limpia sin preguntarse lo que se iba a poner. Sin tener en cuenta la estación, la única variación cromática que se permitía era la de sus jerséis, de gris claro a gris oscuro. Excepto estos, su atuendo era tan predecible como la fecha de Navidad. Laurent Couturier, su compañero, no perdía ocasión para bromear sobre el detalle. «Philippe, ¿sabes lo que tienen en común el Ford T y tus camisas? Que el cliente puede elegir el color que quiera, siempre y cuando sea negro».

Había citado a Lisa hacia las seis. Eso le dejaba tiempo suficiente para poner la mesa y preparar la receta de Timonier. Abrió una de las botellas de vino recomendadas por el tendero, llenó una copa, aspiró el aroma y dejó vagar sus pensamientos. Sabía que no estaba preparado para volver y que tendría que fingir. La cuestión era cuánto tiempo aguantaría.

El olor de la cebolla pochada en el aceite inundaba la cocina. A las seis en punto, el sonido del telefonillo le interrumpió. Se limpió las manos en el delantal, bajó el volumen de la música y abrió la puerta principal mientras los pasos de Lisa resonaban al subir la escalera.

—¡Debes de tener hambre!

—La puntualidad es la cortesía de los reyes, decía…

—Sí. ¡Adelante, majestad!

Algo había cambiado en ella. Era el pelo. Todavía era de un negro profundo, pero se lo había afeitado a la altura de la nuca. Un nuevo piercing adornaba su oreja izquierda. Anudadas en la muñeca, una docena de pulseras permitían recordar los festivales tecno del verano.

—Cuando hayas acabado de escanearme, papá…

Avergonzado, la hizo pasar a la cocina. Sin decir nada, le sirvió una copa de vino. Brindaron en silencio. Lisa bebió un sorbo, se levantó y arremangándose se puso a amasar la carne. Andreani pudo ver el tatuaje que su hija se había hecho en el antebrazo derecho, una mano rodeada por una serpiente, pero se abstuvo de preguntar por el sentido del dibujo.

Timonier tenía razón. Lisa se zampó dos hamburguesas y acabó con la mitad que él dejó en el plato.

—¿Es el amor lo que te abre así el apetito?

—Más bien lo contrario… Pero bueno, de vez en cuando, es agradable estar sola.

Se mordió el labio, pero juzgó preferible no hacer ningún comentario y esperar a que le contase ella, si quería.

—No te preocupes, estoy bien —le aseguró—. Tampoco era el amor de mi vida. Además, se pasaba el día delante de la consola, y qué quieres, llega un momento en que cansa… ¿Y Francesca? ¿Qué tal va?

La pregunta le dejó asombrado. Lisa le interrogaba rara vez sobre su vida privada. Pasado el primer momento de sorpresa, comprendió que su hija acababa de entreabrir una puerta y no podía dejar pasar la ocasión.

—La verdad es que no sé, acabo de volver. Intento no adelantar acontecimientos, así que tampoco he intentado quedar…

—Eso no lo dudaba. Para conseguir sacarte a ti… Lo que quiero decir es, ¿qué vais a hacer?

—Tienes unas preguntas…

—¡Papá, anda, para! Ya no tienes veinte años, y qué quieres que te diga, me preocupo por ti. Vas a acabar hecho una momia. ¿Pero tú te has visto? Casi se diría que eres un cura o un tipo de una funeraria. Muévete, te vas a quedar para el museo, vas a acumular polvo como tus discos de jazz y tus vinos. —Se interrumpió, pero era demasiado tarde. A los ojos de su hija, una vez alcanzada la edad canónica de treinta años se entraba en la categoría de momia—. Bueno, lo que quería decir es que parece simpática. La podrías invitar, yo qué sé…

—Ya veré —zanjó, finalizando una conversación que le hacía sentirse incómodo.



Acabada la cena, Lisa emitió un veto: no tenía pensado volver directamente a casa y era innecesario que la acompañase. Andreani cedió y se abstuvo de insistir. La abrazó, la besó y se quedó mirándola mientras bajaba las escaleras. En el último momento no pudo contenerse y le pidió que le enviase un mensaje cuando llegase.

—No te preocupes, papá; ya sabes, ¡si no hay noticias, es que son buenas! —gritó Lisa entre risas.

Lanzó un gruñido y se quedó un momento en el umbral de su piso a la espera de oír el ruido de la puerta de la calle al cerrarse. La luz de la escalera se apagó. Detrás de él, la lámpara del pasillo proyectaba su contorno alargado en la pared. Parecía una de las sombras de Nosferatu. Observó a su doble un momento. Los lúgubres pensamientos que hasta el momento había conseguido reprimir volvieron a aparecer y decidió irse a la cama dejando todo como estaba.

El domingo, el despertador sonó a las seis como cualquier otro día, pero la pereza le venció y se dedicó a saborear el placer de no tener que ir a la brigada. Se preguntó qué hacer con el día que empezaba, una cuestión que en Córcega nunca se planteaba. Había dormido mal, y aunque el dolor de espalda comenzaba a remitir, sentía unos calambres en el estómago. Decidió ir a la piscina: una hora contando los azulejos del fondo le pondrían en forma. Salió de la cama y echó un vistazo por la ventana. Se preguntó si también habría llovido tanto los años anteriores, pero no se conseguía acordar.

Tiró la toalla tras quince largos. Los calambres no desaparecían y no servía de nada intentar forzarse.

Hacia las once, pensó que podría llamar a Lisa sin despertarla. Sí, estaba bien, le aseguró al otro lado de la línea. Con un gruñido le preguntó cómo se le ocurría llamar al alba.

Volvió a pensar en los reproches que le había hecho su hija el día anterior y tuvo que reconocer que tenía razón. Era cierto que se enterraba, solo, con sus libros y sus discos. Podría empezar a salir, ir al cine, por ejemplo. El Caméo, el último cine independiente de la ciudad, tenía Gran Torino en cartelera. Si sus compañeros de la Brigada se enterasen de la admiración que sentía por Clint Eastwood, el cachondeo no se haría esperar. Pensó en llamar a Francesca y pedirle que le acompañase, pero rechazó la idea. Después de todo, tenía todavía un Curtis Mayfield que había descubierto en la tienda de discos de la esquina y una pila de libros que esperaban a ser leídos en la estantería. Miró el salón. Sabía que, si se sentaba en el sillón de Eames, el último vestigio de los muebles comprados con Sylvie, su exmujer, no conseguiría levantarse otra vez. Por un momento dudó, lanzó una...



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