E-Book, Spanisch, Band 1, 320 Seiten
Reihe: Salacious Players Club
Cate Compláceme
1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-10070-73-8
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 1, 320 Seiten
Reihe: Salacious Players Club
ISBN: 978-84-10070-73-8
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Sara Cate es una autora de romance contemporáneo y prohibido, superventas del USA Today. Sus historias son conocidas por sus tramas desgarradoras y un erotismo que pone la carne de gallina. Sara vive en Arizona con su marido y sus hijos, y pasa la mayor parte del tiempo trabajando en su despacho con su goldendoodle junto a ella.
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Regla nº 3
Haz lo que te digan, sobre todo si supone ponerse de rodillas para un multimillonario sexy
Charlie
—Tiene que haber algún error…
La casa que estoy viendo es una mansión de estilo español de tres plantas, con palmeras bien cuidadas, ventanas en arco y una entrada adoquinada.
Si el tío con el que salía me ha ocultado que estaba forrado, me voy a cabrear mucho, porque hasta llegamos a buscar dinero entre los cojines del sofá para ir a cenar a Taco Bell. Es imposible que su padre viva aquí.
Salgo del coche, sintiéndome fuera de lugar en este elegante barrio costero; me limpio los pelos de perro de la falda de terciopelo negro y subo los escalones empedrados hasta la puerta principal, desde donde alcanzo a oír el mar.
Esto es absurdo. Ese tío debe de estar limpiándose el culo con mi cheque de mil dólares.
Llamo al timbre, y pasan unos treinta segundos sin que nadie venga a abrir. En cualquier otro momento me habría sentido aliviada de que no hubiera nadie en casa porque así me ahorraría la incomodidad de tener que hablar con un desconocido, pero ahora mismo soy demasiado pobre para eso: necesito el dinero. Le prometí a Sophie que la llevaría al Anime Fest en abril, y su cumpleaños está a la vuelta de la esquina. Además, no soporto la idea de tener que vivir en la casita de la piscina de mi madre para siempre.
Así que vuelvo a llamar.
—¡Ya voy! —responde una voz dulce, y escucho el repiqueteo de unos tacones contra el suelo. Cuando se abre la puerta me encuentro frente a una mujer con unos enormes ojos azules, pelo castaño ondulado y labios carnosos y rosados.
—Hola. He venido a ver al señor Grant.
Se queda paralizada, con los ojos como platos y la boca abierta. Mira el reloj.
—Ah, vale. No sabía que ibas a venir, pero no importa. Pasa, pasa.
¿No sabía que iba a venir? Si no he quedado con nadie… A lo mejor Beau ha avisado a su familia de que iba a recoger el cheque.
—¿Es usted la señora Grant? —pregunto. Beau me dijo que sus padres se separaron cuando él aún era un bebé, pero supongo que su padre podría haberse casado de nuevo sin que yo me enterara.
Sacude la cabeza y suelta una carcajada.
—¡Dios, no! Solo le estoy echado una mano. Enseguida viene. Puedes esperarlo en el despacho.
—De acuerdo, gracias —murmuro; me guía por el amplio salón de techos altos y suelos de mármol hasta las puertas francesas que hay al otro extremo y que conducen a un enorme despacho con ventanales que dejan ver el mar. Me quedo sin aliento al contemplar las vistas.
—Vaya… —susurro, paralizada en la puerta.
—Llevas un conjunto muy mono —comenta la mujer, estudiando mi vestuario: un top de manga larga transparente con cuello Peter Pan, una falda lápiz de terciopelo negro, medias y unas Docs negras.
—Gracias —sonrío.
—Es diferente, pero creo que le gustará.
—¿Qué? —pregunto, pero suena su móvil y se aleja para hablar sobre algún asunto de negocios al que no me molesto en prestar atención.
Mientras habla paseo por la estancia, observando el estilo y pensando que no termina de cuadrarme el comentario sobre mi ropa… ¿Es así como tratan aquí a las mujeres? ¿Opinando sobre su aspecto sin que nadie se lo pida?
Aunque el comentario ha estado fuera de lugar, al menos el despacho es bonito. Aunque lo que he visto de la casa me ha parecido frío y sin alma, el suelo está cubierto por una alfombra de color rojo escarlata, sobre la que descansa un gran escritorio de caoba, con dos sillones grises frente a él. Paso los dedos por el tapizado.
—Ahora mismo viene —anuncia la mujer—. Deberías arrodillarte.
Doy por sentado que no la he escuchado bien y miro sobre mi hombro, confusa, pero ella ya ha salido a toda prisa de la estancia y ha cerrado las puertas francesas.
¿En serio acaba de decir que debería arrodillarme?
Este lugar me provoca una sensación muy rara, y me alegro al instante de no haber traído a Sophie. Empiezo a entender por qué Beau no quería que conociera a su padre. Solo quiero coger el cheque y largarme cuanto antes.
Me doy la vuelta para salir del despacho y preguntar qué pasa, pero entonces aparece él; lo veo a través de los cristales de las puertas francesas, en el vestíbulo, acompañando a la mujer hasta la salida. No sé lo que dicen, pero me da igual porque estoy muy entretenida mirando al hombre.
Nunca había visto al padre de Beau en fotos, así que no tenía ni idea de qué iba a encontrarme, pero, desde luego, esto no: es alto y corpulento, y tiene la piel bronceada; lleva el pelo oscuro perfectamente peinado con raya al lado, salpimentado con canas en las sienes y la frente, y viste un traje caro de color azul marino.
Solo puedo distinguir su perfil, pero es suficiente como para darme cuenta de que su traje y su cuerpo impecables combinan a la perfección con su magnífico rostro de cejas marcadas y mandíbula cincelada cubierta por una barba bien recortada.
Estoy contemplándolo cuando se vuelve hacia mí ,y me sonrojo de tal modo que me arden las mejillas. Aparto la vista hacia los ventanales y él viene hacia el despacho donde me encuentro.
Cuando entra es como si todo hubiera empequeñecido, incluida yo. Cierra la puerta, se quita la chaqueta y la cuelga en el perchero de roble. Se me seca la boca mientras recorro con la vista sus anchos hombros y los músculos de su espalda a través de la tela ceñida de la camisa.
—Hola, soy Charlie —saludo. Entrelazo las manos, nerviosa, aunque no tengo ni idea de por qué. Normalmente no soy tan tímida.
—Deberías estar de rodillas. No quiero verte de pie cuando entre. No hables a menos que yo te lo pida, y, cuando lo hagas, debes dirigirte a mí como «señor», ¿entendido? —Su voz es profunda y fría, como si surgiera de las profundidades del mar. Me quedo paralizada dándoles vueltas a esas palabras, intentando entenderlas, y el pánico se apodera de mí, porque me da la impresión de que me he metido donde no debía.
—¿Perdón? —balbuceo.
Se queda mirándome de los pies a la cabeza y siento un escalofrío.
—De rodillas —ordena, y me quedo sin habla.
Debería salir gritando a toda prisa y, desde luego, no debería ni pensar en arrodillarme ante él. ¿Es un imbécil machista que cree que todas las mujeres deberían rendirle pleitesía o algo así? Lo que no entiendo es por qué, si esa idea hace que me suba la tensión de rabia, me siento tan extrañamente… excitada.
—¿Por qué? —pregunto.
Reacciona como si lo hubiera abofeteado.
—Bueno, quieres tu dinero, ¿no?
Hostias… ¡No, no! Charlotte Marie Underwood, no te atrevas ni siquiera a considerar la idea. Este hijo de puta manipulador no tiene poder sobre ti, y no hay ningún motivo por el que debas arrodillarte ante él. Es tu dinero, y no tienes que hacer una mierda para conseguirlo.
Me mira con fuego en los ojos, como si esperara que obedeciera, y, aunque la parte racional de mi cerebro me pide a gritos que le diga a este tío que lo jodan y lo mande a tomar por culo, mi mente racional no está llevando el control ahora mismo.
Es él quien lo hace.
No doy crédito cuando siento que me flaquean las piernas, y, cuando caigo sobre la alfombra, espero sentir humillación e ira, pero, en vez de eso, sigo mirándolo a la cara, esperando a ver qué más tiene pensado.
No pretenderá que me acueste con él para recuperar mis mil pavos, ¿no? Porque por ahí sí que no paso. O eso creo. No, en serio: por ahí no paso.
—Mucho mejor —dice afectuosamente, y me invade una extraña sensación de calma.
Se acerca hasta que lo tengo al alcance de la mano y percibo el aroma de su embriagadora colonia. Levanto la vista hacia esa montaña de hombre cuando extiende una mano, me acaricia la mandíbula y me agarra de la barbilla.
«Eh, eso es muy inapropiado», me informa mi alarma interna. Sí, es inapropiado de la hostia, pero no tengo ni idea de cómo salir de esta situación, porque, al fin y al cabo, ya me he arrodillado.
—Deberías estar mirando al suelo, pero quiero verte la cara. —Hace que levante el rostro y me mira fijamente.
No puedo respirar ni moverme. No puedo hacer nada porque soy una presa indefensa en sus manos. Él es un león y yo una mansa gacela atrapada entre sus dientes.
Sus facciones se suavizan, y esboza una diminuta sonrisa.
—Encantadora… —Esa palabra me recorre la columna como miel caliente. Me suelta, se da media vuelta y se pone detrás del escritorio—. ¿Dónde te ha encontrado Garret?
—¿Garrett? —tartamudeo, confusa. ¿Quiere decir «Beau»?
—Le dije que hoy no me enviara a nadie. Y está claro que necesitas más formación, pero…
Es como si alguien hubiera chasqueado los dedos delante de mi cara y me hubiera despertado de una ensoñación hipnótica.
—Espera, ¿qué? —protesto. Me mira, ofendido por el atrevimiento de haberlo interrumpido—. ¿Quién es Garrett? ¿Y qué quieres decir con eso de «formación»?
—¿Cómo te llamas? —pregunta despacio.
—Charlotte Underwood. He venido a buscar mi cheque.
—¿Charlotte? ¿De qué cheque me hablas? —Veo cómo guiña un ojo con un tic nervioso en el momento en que se da cuenta de que algo no encaja; el control y la calma desaparecen de su rostro para dejar paso a los nervios y el arrepentimiento—....




