E-Book, Spanisch, Band 58, 260 Seiten
Reihe: Narrativa
de Carrión Las impuras
1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9953-992-8
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 58, 260 Seiten
Reihe: Narrativa
ISBN: 978-84-9953-992-8
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Miguel de Carrión y de Cárdenas (La Habana, 9 de abril de 1875-30 de julio de 1929) Cuba. Al inició la Guerra de Independencia en 1895 Miguel de Carrión viajó a los Estados Unidos. A su regreso a Cuba se dedicó a la literatura y el periodismo. Se graduó de médico en la Universidad de La Habana, y ejerció como tal. Fue miembro fundador de la Academia Nacional de Artes y Letras.
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II. Teresa y Rogelio
El verdadero nombre de aquella interesante mujer, que hemos visto precipitarse, con tan honda emoción, en los brazos de su vieja nodriza, era María Teresa Trebijo, y no Teresa Valdés, como se hacía llamar desde que su carácter arrebatado y voluntarioso la impulsó a dejar la casa de su hermano, cediendo a una invitación de éste, sin reclamar lo que legítimamente era suyo. Los Trebijo pertenecían a una de las más distinguidas familias de la época colonial, y estuvieron emparentados con lo más selecto de la sociedad de entonces. El padre de Teresa, el solemne Juan Jacobo Trebijo, hacendado, miembro de una gran firma comercial y hombre de inmensa influencia, había muerto dos años antes de la ruptura entre los dos hermanos y cuando Teresa estaba todavía interna en un colegio de religiosas. La madre había dejado de existir algunos años antes que su marido, sin dejar huellas de su paso por el mundo, y la joven solo recordaba de ella un rostro largo y pálido de apasionada, un pelo muy negro, unas lindas manos y el perfume penetrante que se desprendía de sus pañuelos, de sus cabellos, de su cestita de costura y de todo lo que tocaban sus dedos. Se llamaba Isolina, y le hablaba siempre a sus hijos con mucha dulzura. Teresa recordaba también que muchas veces la retenía apretada contra su pecho, hasta hacerle daño, y que suspiraba a menudo, mirándola. Cuando aquella melancólica mujer se extinguió, tan silenciosamente como había vivido, la niña estaba en el colegio, y no supo su desgracia sino después que la hubieron enterrado. La vistieron de negro, sin sacarla de la pensión, y lloró algunos días por los rincones, más por el efecto de sus propias palabras al repetirse que ya no tenía madre, que por un verdadero sentimiento de dolor, que aún no podía albergar su corazón demasiado tierno.
Cuando Teresa nació, hacía mucho tiempo que el amor de sus padres se había extinguido y que la inmensa fortuna territorial de los Trebijo mermara un poco, a consecuencia lo primero de hondas divergencias de carácter entre los dos cónyuges y lo segundo a causa de la abolición de la esclavitud. Aún eran muy ricos, sin embargo, y la fortuna que Isolina aportó al casamiento vino a acrecer el patrimonio que algún día correspondería a sus hijos. Juan Jacobo era materialista, a pesar de su fanatismo religioso, avaro y autoritario, y su mujer sentimental, delicada e ignorante, como casi todas las cubanas bien nacidas de aquella época. Hirió a la pobre joven, al obligarla a codearse con las esclavas de quienes tenía hijos ilegítimos, y siguió engendrando en ella otros, solo por el absurdo deber de acostarse juntos los casados, que coloca al hombre moral muchas veces un poco más bajo que las peores bestias. Cuando Sebastián y Teresa vinieron al mundo ya no existía ningún lazo de estimación ni de afecto entre aquellos dos seres. El primero murió del crup antes de cumplir los cinco años y la segunda fue casi relegada al olvido dentro del triste caserón, lleno de criados, donde habitaba la familia. Casi todos los halagos del padre eran para José Ignacio, que se parecía a él, aunque, de carácter más dúctil y más solapado, procuraba disimular aquellos de sus defectos que podían atraerle la murmuración de las gentes. Juan Jacobo Trebijo era un déspota, que tenía la misma ruda fe, el mismo instinto de dominación e igual apego a los bienes materiales que sus antepasados, los héroes de la conquista americana. La religión era a su juicio indispensable, porque resumía la más alta confirmación del poder social, como lo era el espíritu reaccionario en política, amenazado por fracmasones, republicanos y separatistas. Así, Dios fue para él una especie de aliado todopoderoso, que legitimaba la esclavitud del negro, enviando buenos rendimientos en el azúcar a los creyentes y surtiendo su lecho de frescas y apetitosas mulatas, y a quien era preciso reverenciar por ello sinceramente. José Ignacio, en cambio, no creía en Dios ni en el diablo, aunque le convenía que los demás no le imitasen y se guardara de expresar en alta voz su ateísmo. Tampoco se mostró intransigente en política, y al terminarse la revolución del 95, hizo alarde de sus ideas avanzadas, jurando que había enviado quinina y balas a los levantados en armas. En general, aceptaba todo lo que no le perjudicase directamente; pero en su interior había una rigidez dura y seca, muy semejante a la del autor de sus días. Era catorce años mayor que Teresa y después de la muerte de su hermano, Sebastián, no le perdonaba a aquélla el haber nacido, para arrebatarle la mitad del cariño de su padre y del techo de la casa. La niña, por su parte, no tenía de los Trebijo sino la ruda obstinación, la voluntad inflexible y la robustez del cuerpo. De la madre había heredado el desinterés, la delicadeza de los sentimientos y cierto altivo desdén hacia todo lo que no se amoldara a sus ideas, que la obligaba a callar y a parecer algunas veces torpe o demasiado sumisa. A los doce años, era apasionada y generosa, alegre y dulce, indolente e irascible, según las circunstancias. Poseía dos magníficos ojazos negros, de mirada a ratos dura y con frecuencia soñadora, semejantes, en esto último, a los de la madre; pero, coqueta por temperamento, atenuaba lo primero, que podía pasar por un defecto, y lo segundo, que pugnaba en ocasiones con su orgullo, dejando caer sobre ellos, con mucha gracia, la pantalla de sus párpados adornados de lindísimas pestañas y de una lánguida pesadez de criolla de pura sangre. Desde esa edad, aquel cuerpo, lleno de encantadoras promesas, aquellos lindos ojos y el vigor expresivo de sus facciones hacían presagiar en ella a la encantadora y extraña mujer que fue después.
En el espacio que medió entre la muerte de sus padres, Teresa vivió casi privada de afectos en el hogar de los Trebijo, el poco tiempo que pasaba fuera del colegio. Su sed apasionada de caricias tenía que permanecer comprimida entre un anciano frío y reservado, a quien la vejez convertía en misántropo y que no se sintió nunca atraído por su hija, y un hermano, mucho mayor que ella, que tampoco le profesaba un gran cariño. A menudo los criados la sorprendían llorando de despecho en algún rincón; pero la chiquilla hacía un llamamiento a todo su orgullo y se secaba las lágrimas, imponiéndose la obligación de reír y jugar bulliciosamente durante el resto del día. Esto no sucedía más que el primero y tercer domingo de cada mes y en las vacaciones de Semana Santa y de Navidad; mas era lo bastante para que volviera con gusto a su convento, llevándose a él una vaga impresión de vacío interior. El único calor que el alma de la niña recibía en su casa procedía de su nodriza, la negra Dominga, que la amaba con la obsesión intransigente y casi feroz con que las mujeres de su raza suelen unirse a los hijos de los blancos que criaron a sus pechos. Dominga aborrecía a José Ignacio tanto como idolatraba a Teresa. Había, a causa de esta doble pasión, una eterna rivalidad entre la negra y Ana, la mulata, otra de las viejas esclavas de la casa y antigua manceba de Juan Jacobo, que había amamantado a José Ignacio mientras criaba al hijo nacido de sus amores con el amo. Ana quería a José Ignacio con una pasión semejante a la de Dominga por Teresa. Las dos criadas se odiaban, aunque sin revelárselo mutuamente, sino por frases cortantes y alusiones indirectas. Teresa asistía a las escenas que esta rivalidad provocaba, y aunque no estaba en edad de comprender la causa, sufría la influencia del ejemplo en el curso del desarrollo de su corazón. Las dos rivales eran incapaces de faltarle el respeto a cualquiera de los hijos de su señor; pero Dominga se desahogaba a solas con la niña, y por ella supo esta muchos de los defectos de su hermano. Teresa acabó por pensar que Dominga constituía su única familia, aislándose con la negra en algún rincón, mientras permanecía en su casa. Dominga le refería historias de aparecidos y de santos, entremezcladas con el relato de pasiones salvajes. Solía decir: «Cuando el negro Jacinto era marido mío...», o: «En ese año era yo la mujer del mulato Esteban, que fue cochero de tu papá», mostrando una naturalidad en que no podía advertirse la más leve sombra de malicia. Teresa, que era inteligente y tenía una imaginación muy viva, tomaba nota de todo y oía con mucho interés aquellos cuentos, algunos de los cuales tuvieron por escenario su propia casa y se remontaban hasta la época de su abuelo.
En el colegio le enseñaron todas las cosas innecesarias que forman la educación de una señorita de nuestro país y de nuestra época. Aprendió a pintar, a tocar el piano, un poco de inglés, otro poco de canto y mucho de religión, de filosofía y de historia antigua. Se codeó con una multitud de jovencitas de familias acomodadas, crecidas entre exagerados mimos, dotadas unas de atroz precocidad y otras de tremenda gazmoñería, pero casi todas de una frivolidad encantadora de pájaros, cuyos ideales eran el lujo y el baile, y en cuyos caracteres se notaba algo de borroso y de vacilante, como hijas de una sociedad en pleno proceso de formación, que no ha adquirido aún los rasgos propios de su fisonomía. Teresa entrevió el mundo de los placeres y la voluptuosidad al través de sus relatos y adquirió hábitos de elegancia y aficiones mundanas, que eran como una compensación a su encierro y a sus tristezas domésticas. Su belleza y la fortuna de su padre le atrajeron desde el principio admiradores entusiastas y envidias rencorosas, obligándola a vivir en las caldeadas regiones de la pasión. Se le censuraban su ingenuidad, que rayaba a veces en la inconveniencia, y la audacia de sus ideas, que expresaba a menudo tal como las concebía. Ella se encogía de hombros ante...




