Delaney | Destrozada por ti | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 3, 315 Seiten

Reihe: Kingcaid Billionaires

Delaney Destrozada por ti


1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-10070-76-9
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 3, 315 Seiten

Reihe: Kingcaid Billionaires

ISBN: 978-84-10070-76-9
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



¿Me destrozará mi insufrible jefe multimillonario... o me salvará? Hace seis meses escapé de un monstruo en plena noche con mi hija de cinco años dormida entre mis brazos. Desesperada y casi sin dinero, mi suerte cambió al fin cuando conseguí un trabajo de camarera en una discoteca de moda de Los Ángeles. El propietario es difícil, tiene mal carácter y está obsesionado con que todo sea perfecto, pero el trabajo duro no es lo que me asusta, sino el deseo arrollador que me consume cada vez que nuestras miradas se cruzan a través de la abarrotada pista de baile. Sin embargo, si yo estoy rota, él está destrozado. Lo cierto es que no podemos huir de nuestros pasados. Los demonios que nos acechan a lo largo del camino siempre terminan por alcanzarnos. Cuando mi pasado llame a la puerta y la verdad salga a la luz, ¿acudirá él a rescatarme? ¿O sus demonios no le dejarán ayudarme?

Tracie Delaney es una autora «All Star» de Kindle Unlimited con más de veinticinco novelas de romance contemporáneo que escribe desde su despacho en el gélido noroeste de Inglaterra. Antes, el despacho era un garaje, pero necesitaba un lugar tranquilo para escribir, así que se lo robó a su pobre y afligido marido, que todavía sigue lamentándose por haber terminado en el cobertizo. Lectora ávida desde que tiene uso de razón, Tracie era además un trasto de pequeña. Solía trepar por los árboles con sus queridos libros de Enid Blyton para leer durante horas, y regresaba a casa solo cuando estaba a punto de oscurecer con el culo dormido y unas cuantas astillas clavadas. Los libros de Tracie suelen contar con mujeres que demuestran que la verdadera fuerza se manifiesta de maneras distintas, y con machos alfa que dan mucha guerra (¡aunque la acaban perdiendo!). Por las noches, le gusta acurrucarse en el sofá con sus dos westies, Murphy y Cooper, y hacer maratones de series de Netflix. Es posible que haya vino de por medio. Destrozada por ti es la tercera novela de Tracie en Phoebe tras el arrollador éxito de Cautivada por ti y Consumida por ti en 2024.
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1


Johannes

La confianza es un lujo que ya no puedo permitirme

Mi exquisita mujer, a quien no le importaba ir sin sujetador, dada la forma en que rebotaban sus pechos, dio vueltas en la calle, con la falda separándosele de los muslos mientras la lluvia azotaba el asfalto y la empapaba de los pies a la cabeza. A ella no le importaba.

A mí tampoco.

Hechizado, me cobijé bajo el toldo de una pastelería que había cerrado mucho antes esa noche y observé cómo los pezones se le transparentaban a través de la fina tela de seda.

—¡Ven conmigo! —gritó, con una sonrisa de alegría que le levantó las mejillas y que hizo que sus ojos verdes brillaran.

Yo negué con la cabeza.

—Venga, Jo-Jo. —Me hizo una señal, y los tentáculos de mi alma se envolvieron en su dedo—. No seas aguafiestas.

Sonreí al escuchar mi apodo, a pesar de que no me gustaba. Solo Sadie podía llamarme así sin que pasara nada. Sin embargo, a pesar de su ruego, me negué por segunda vez.

—Tengo que irme.

Dejó de dar vueltas, con la boca curvada hacia abajo y una expresión de decepción evidente en la cara y en la curvatura de sus hombros.

—Todavía no. —Corrió hacia donde yo estaba para resguardarse de la lluvia y se retorció el pelo para escurrirse el agua—. Es temprano.

Me miré el reloj, un regalo excesivo de mi padre que yo atesoraba. Me lo había entregado un año antes, cuando me gradué en la Universidad de Cambridge, en Inglaterra, con evidente orgullo por mis logros. Siempre había querido estudiar en el extranjero, y aunque acceder a una universidad tan prestigiosa no había sido fácil, mis excelentes notas en el instituto me habían asegurado plaza en una de las mejores instituciones educativas del mundo.

Supongo que tener un padre multimillonario tampoco había hecho daño a la hora de seleccionarme.

Ser tan rico tenía sus desventajas, pero yo prefería centrarme en los aspectos positivos. Sí, el dinero traía problemas, pero también muchas oportunidades, y a mí me encantaba exprimirlas al máximo. La riqueza de mi familia me permitió pasarme más de un año después de mi graduación viajando por Europa y Extremo Oriente, para acabar justo donde empecé, en Inglaterra.

Meneé la cabeza otra vez.

—Mi vuelo sale a las nueve de la mañana, y no puedo perderlo.

Al día siguiente volvería a Estados Unidos y me uniría a la empresa familiar. No tenía ni idea de qué área de la empresa quería mi padre que me encargara, pero formar parte de la organización Kingcaid estaba escrito en mi futuro desde que nací. Igual que lo había estado para mi hermano mayor, Asher, a quien mi padre ya había preparado para asumir las riendas de la rama hotelera, y mi hermano pequeño, Penn, que cursaba su segundo año en Harvard.

Los labios llenos de Sadie formaron un puchero perfecto, y me dio un empujoncito con la punta del zapato.

—Solo trabajo y nada de diversión… Jo-Jo es muy aburrido.

Se desató los tres primeros botones de la blusa y enseñó unas tetas firmes y unos pezones erectos que rogaban por mi boca.

Solté un gemido.

—Sadie, no lo hagas más duro de lo que ya es.

Me acarició la erección a través de los vaqueros.

—A mí me parece que ya está muy dura.

Volví a soltar otro gemido, estampé mis labios contra los de ella y le acaricié la lengua con la mía. Mis manos descendieron hasta su culo. Tenía la falda empapada por la lluvia torrencial. Mecí las caderas para unir mi entrepierna a la suya.

—Ven conmigo —murmuré—. Quédate a pasar la noche.

—Johannes. —Suspiró y se apartó para abotonarse la blusa—. Me vas a dejar, y estoy al límite. Me destroza tener que despedirme. Quedarme contigo a pasar la noche para tener que separarme por la mañana no hará más que complicar las cosas. Y además, me dijiste que aún no habías hecho las maletas.

—No es un adiós, Sadie. Para nosotros no. Cuando me acomode en Seattle pensaremos en algo. Te lo prometo. —Incliné la cabeza para robarle otro beso—. Vamos. Echemos una carrera.

Le cogí la mano y, empapados hasta los huesos, corrimos hasta los escalones que descendían hacia la parada del metro. En Inglaterra no llovía, diluviaba. Al final de los escalones estreché a Sadie contra mi cuerpo. Su línea iba en sentido contrario a la mía.

—No es un adiós —repetí.

—Eso es lo que dices ahora, pero luego pueden pasar mil cosas.

Algo en su mirada me hizo sospechar. La observé con atención. Parecía… ¿asustada? No, asustada no. Inquieta. Nerviosa y distinta a la mujer segura de sí misma de la que me había enamorado.

—Confía en mí. —La besé de nuevo, y al fin me separé—. Te quiero, Sadie.

La lluvia había parado cuando salí del metro. Caminé junto al río en dirección a mi hotel, con la mente y el corazón repletos de Sadie. Ya la echaba de menos, pero cuando volviera a Estados Unidos y pudiera hablar de mi futuro con mi padre, regresaría a por ella. Ella era mi destino. Daba igual que acabara de cumplir solo veintitrés años: el corazón sabía lo que quería, y el mío había elegido a esa chica divertida, amable e increíble que me quería por quien era yo, y no por mi dinero.

Mi habitación estaba bañada de una luz suave y dorada. El servicio de habitaciones me había quitado la colcha y colocado bombones en la almohada. Sonreí al cogerlos y dejarlos en la mesita.

El golpe en la nuca me pilló desprevenido. Las piernas me fallaron, mis rodillas chocaron contra la gruesa moqueta. Me dieron una patada en los riñones, y solté un gemido. Traté de protegerme del ataque con los brazos, pero siguieron golpeándome sin cesar. Puñetazos, patadas. Varios atacantes. Noté que la boca se me llenaba de sangre espesa. Intenté gritar, pero no pude emitir sonido alguno. Me sentí cada vez más débil bajo aquel asalto.

—Coge el reloj. Deprisa.

—Por favor —logré decir. Me dolía el pecho y resollé, tratando de que el aire me llegara a los pulmones. Me dolía respirar. Tosí. Un chorro de gotas rojas saltó de mi boca. Sangre.

—Calla la puta boca.

Me dieron un puñetazo en la cara, y otra patada en las costillas. Me hice un ovillo mientras uno de los asaltantes me arrancaba el regalo de graduación de la muñeca.

—Coge la cartera también. Y el móvil.

Empecé a verlo todo rojo. Entreabrí los ojos hinchados. Había formas flotando delante de mí. Hombres sin cara con sudaderas negras y vaqueros.

—Rápido.

Era una voz de mujer. Me esforcé por mirar mejor. Había una silueta en la puerta. Una silueta familiar.

—Sadie. —Estiré la mano—. Ayúdame.

Ella se acercó a mí y se puso en cuclillas. Sus dedos me apartaron el pelo húmedo de la frente.

—Tenía que venir —murmuró—. Tenía que llegar hasta el final. He invertido demasiado tiempo como para perderme la diversión.

—Sadie, vámonos.

Ella inclinó la cabeza y me dio un beso ligero en la frente.

—Adiós, Johannes.

—No, Sadie.

Intenté levantarme. Otra patada fuerte en la espalda me lanzó de bruces. Me golpeé la cabeza con la esquina de la mesita de noche. Vi manchitas blancas brillantes bailoteando delante de mí.

—Vámonos. Ya tengo lo que he venido a buscar. —Se puso de pie y se marchó.

—Sadie —grazné, con el corazón destrozado en mil añicos. Su traición me dolía como un cuchillo clavado en el corazón—. ¿Por qué?

Ella miró por encima del hombro y una sonrisa fría asomó a sus labios.

—Tenías algo que yo quería. —Agitó mi reloj de un millón de dólares de valor—. Deberías haber tenido más cuidado en quién confiabas.

Alguien me agarró del pelo con el puño y me echó la cabeza hacia atrás. Un dolor lacerante me atravesó el cuello. Me caí al suelo, tratando de aferrarme a la herida que tenía en torno a la garganta.

Mientras la vida se me escapaba, Sadie se giró y me lanzó un beso, y su risa tintineante fue el último sonido que volví a escuchar.

El motor del coche lanzó un rugido atronador, y luego se detuvo cuando quité la llave del contacto. Había aparcado en el lugar reservado para el propietario de Level Nine, la joya de la corona de mi imperio de discotecas en auge, y entré en el edificio por la puerta de empleados. Atravesé la zona principal, encendí las luces, cogí una botella de agua de detrás de la barra y le quité el tapón para beberme la mitad mientras observaba la habitación. Normalmente solía gustarme esa parte del día, antes de que llegara el personal. Las discotecas vacías tenían una atmósfera extraña, como un eco de la noche anterior, cuando había agente abarrotada en la pista y la música estallaba desde la cabina del dj. La soledad solía relajarme.

Pero ese día no.

El sueño que había tenido me perseguía y me ponía de mal humor. No es que fuera muy alegre el resto de los días, pero cuando soñaba con ella ardía en llamas de furia por dentro. Las ganas de atacar, de hacer el mismo daño a los demás que sentía yo, me atosigaban, arrasando con todo lo bueno y sustituyéndolo por algo despreciable.

Durante años, después de lo sucedido, solía escuchar susurros a mis espaldas, los murmullos angustiados de mi familia por la persona resentida en que me había convertido, por lo enfadado y amargado que estaba. Como si me importara una mierda. Debían tratar de ponerse en mi lugar antes...



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