Dunne | Vegas | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 312 Seiten

Dunne Vegas

Crónica de una mala racha
1. Auflage 2025
ISBN: 979-13-9903108-9
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

Crónica de una mala racha

E-Book, Spanisch, 312 Seiten

ISBN: 979-13-9903108-9
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Una impactante novela autobiográfica sobre el submundo de la capital del vicio. «En el verano de mi crisis nerviosa me fui a vivir a Las Vegas, condado de Clark, Nevada.» Con esta frase se abre uno de los relatos más salvajes, divertidos e irreverentes sobre la Ciudad del Pecado. John Gregory Dunne tiene menos de cuarenta años, pero ya siente que ha fracasado como escritor y como marido. Un día ve un anuncio en una valla publicitaria y decide abandonar a su hija y a su esposa, Joan Didion, para refugiarse en un apartamento cutre junto al Strip de Las Vegas. Lo que empieza como un proyecto de reportaje urbano se convierte en una odisea surrealista por el reverso del alma americana, plagada de sexo, soledad y sueños rotos, de estudiantes de cosmetología que se prostituyen en los casinos, detectives privados especializados en localizar a maridos infieles, y comediantes condenados a vivir a la sombra de estrellas como Elvis Presley, Frank Sinatra y Bill Cosby. Incomprendido en su día por su crudeza y su fiera sinceridad, e infinitamente más gamberro que el Resacón de Todd Phillips, Vegas conjuga de forma magistral la precisión periodística con la fuerza narrativa de la gran literatura. La crítica ha dicho... «El mejor libro sobre la Ciudad del Pecado jamás escrito. Lo que le ocurrió a Dunne en Las Vegas no se quedó en Las Vegas, y salió ganando con ello.» Sean Manning, Esquire «Vegas es una película porno encuadernada en papel.» San Francisco Chronicle «Dunne se instaló en un apartamento barato de Las Vegas y comenzó a recorrer el Strip, no tanto en busca de aventuras como de la compañía que anhelan las almas en pena.» Jonathan Yardley, The New York Times Book Review «Un paisaje de Hieronymus Bosch, delineado por un reportero brillante.» Brian Moore

John Gregory Dunne (1932-2003) nació en Hartford, Connecticut. Escritor, periodista y guionista estadounidense de origen irlandés, fue reconocido por su aguda observación social y su prosa incisiva. Tras graduarse en Princeton, trabajó en la revista Time, donde desarrolló su estilo directo y mordaz. En 1964 se casó con Joan Didion, con quien colaboró en proyectos cinematográficos como Pánico en Needle Park (1971) o Ha nacido una estrella (1976). Publicó cinco novelas y siete obras de no ficción narrativa, y escribió numerosos ensayos para The Saturday Evening Post, The Atlantic Monthly, The New York Review of Books y Esquire. Su novela Confesiones verdaderas (1977) fue adaptada al cine con Robert De Niro y Robert Duvall. De hecho, Dunne destacó por sus escritos sobre Hollywood, tema que exploró con particular brillantez en El estudio (1969). Su muerte súbita por infarto es el tema central de El año del pensamiento mágico (2005), con el que Joan Didion obtuvo el National Book Award.
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Dos


1

—¿Le puedo hacer una pregunta muy personal?

El que me lo preguntaba era un hombre esbelto de cuarenta y pocos años, con un suave bronceado de reflector y el cabello rubio pulcramente transformado por el tratamiento de electrólisis en un distinguido pico de viuda. Dos botones de madreperla le cerraban el cárdigan de alpaca color lima. Eran las cuatro en punto de la tarde, yo acababa de terminarme el desayuno y me preguntaba cómo de personal podía ser una pregunta que te hacía alguien junto a la caja registradora de la cafetería del Hotel Mint del centro de Las Vegas.

—Adelante —dije.

—¿Cuánto tiempo hace, ya sabe, que se le ven las ideas?

Me llevé la mano involuntariamente a la coronilla. «Se me veían las ideas», como decía aquel tipo, desde los veinticinco años más o menos. Mi madre me decía que era porque no me lavaba el pelo con regularidad, y siempre me explicaba que mi padre se había muerto con una buena mata de pelo. Yo no recordaba haberme lavado el pelo nunca, pero estaba claro que no podía haberme pasado veinte años sin lavármelo.

—Unos diez o quince años —dije.

—¿Nunca se ha planteado una prótesis?

Lo miré con cara de no entender.

—Una prótesis, un peluquín —dijo.

—Pues no. —Nunca había visto ningún peluquín que no fuera obvio. De hecho, la mirada se me estaba yendo a su electrólisis; no le quedaba tan bien como el flequillo postizo a John Wayne.

Negué con la cabeza y cogí el cambio que me daba la cajera.

—¿Qué día es hoy? —me preguntó.

—Jueves.

—Le puedo conseguir una prótesis para el lunes por la mañana —dijo—. Ni su propia madre se daría cuenta de que la lleva. —Me tocó el pelo que se me rizaba por encima de las orejas—. Un color un poco feo. Pero fácil de replicar. Se pueden poner mechas, si las quiere. Hay tres longitudes distintas. Recién cortado, bien peinado y largo a la moda.

—No, gracias.

—Aquí tiene mi tarjeta. Llámeme.

La tarjeta decía: «wayne frey, prótesis capilares».

—Le sorprendería saber a cuánta gente de Las Vegas he puesto peluquín —dijo Wayne Frey—. A una plantilla entera del casino del Dunes. —Aquello me dejó pensativo—. A la gente le gusta apostar su dinero con crupieres bien peinados. ¿Nunca se lo ha planteado?

—Yo no apuesto.

Sonrió con expresión triunfal y me dio un golpecito con el dedo en el pecho.

—Entonces seguro que le llega el dinero para comprarme un peluquín.

—Paso.

—Llámeme. ¿Cómo se llama?

Se lo dije.

—Espero noticias tuyas, John —dijo Wayne Frey. Entró dando zancadas en el casino y se sentó a una mesa de . El crupier era calvo como una bola de billar. Intenté imaginarme a mí mismo con peluquín. Había oído decir que los calvos tenían una mayor virilidad sexual. Gracias a Dios por algo al menos.

Era mi segundo día en Las Vegas y me estaba alojando en el Mint hasta encontrar apartamento. Me había acompañado hasta mi habitación un viejo botones, sacado de una versión corrupta de de Grant Wood: gafas sin montura y una ligera nevada de caspa en los hombros de su uniforme de botones de color rojo intenso. Estaba tan débil que apenas era capaz de llevar mis maletas. Comprobó los grifos y las luces, abrió el cajón de la cómoda, hizo un panegírico sobre el tamaño de los armarios y el número de perchas que contenían y, cuando le di una propina de dos dólares, aquel viejo con pequeñas semillas de legañas en los rabillos de los ojos y el pelo descolorido carraspeó para despejarse la garganta de mocos y me dijo:

—Si es usted jugador, señor, que tenga buena suerte. Y, si necesita un poco de compañía, sólo tiene que llamarme, ¿de acuerdo?

Me quedé tan asombrado que ni siquiera pude pedirle una explicación. Era como descubrir que un tío anciano tuyo, aquel tío fracasado cuya franquicia de tacos había quebrado, se había puesto a hacer de proxeneta.

—Como le decía, sólo tiene que ponerse en contacto conmigo o con Nate, el otro botones. Nate es un hombre de color, pero es buena persona. —Volvió a carraspear y vi cómo se le movía la nuez de Adán al tragarse el gargajo. Su acento del oeste le imprimía a su voz una nasalidad lastimera combinada con una extraña obsequiosidad. La idea de conspirar sexualmente con aquel anciano me llenó de temor—. Son majas y limpias, las chicas; jóvenes y guapas.

Intenté acompañarlo hasta la puerta.

—Y, si necesita más perchas, sólo tiene que llamarme. Pregunte por Dan. Aquí sólo tenemos perchas de madera. No como en otros sitios, donde te ponen ésas de alambre. Un caballero como usted no puede colgar su chaqueta en una percha de alambre.

Le abrí la puerta.

—Limpias —me susurró desde el pasillo—. Jóvenes y guapas.

2

Salí a conducir. Un pequeño Ford Pinto rojo de alquiler. Aire acondicionado de fábrica, parabrisas tintado, radio, calefacción y llantas blancas; siete dólares diarios y siete centavos por milla, la mejor oferta en coches de alquiler de todo el condado de Clark. Conduje por el Strip. Eran tierras del condado que no formaban parte de la ciudad de Las Vegas; los polis del Strip eran polis del Departamento del , no del Departamento de Policía de Las Vegas. Polis duros de verdad, no había que tocarles las narices, polis de los de «sí, señor agente, no, señor agente». De día, el Strip no era muy espectacular. Plano y bidimensional. Una Disneyland idiota de parábolas arquitectónicas, postes telefónicos sobrecargados, tenderetes celestiales de venta de hamburguesas y palacios fabulosos de baratijas. Pero espera a verlo de noche, me habían dicho. Cuando se encienden las luces. Esperé. De noche era una Disneyland idiota con luces.

—Yo conocía a Ben.

—¿En serio?

—Lo conocí en el 47.

—¿En el Flamingo?

—Era un amigo muy querido.

Durante mis tres primeros días en Las Vegas, conocí a once personas que me aseguraron que habían sido amigos muy queridos del difunto Benjamin Siegel, que detestaba el apodo «Bugsy». Te lo contaban como si te estuvieran diciendo que habían conocido a Cecil Rhodes o a Henry Stanley. Era un adelantado a su tiempo, te explicaban. El fundador del imperio del Strip. El hombre que convirtió esta ciudad en lo que es hoy. Ben. Nunca «Bugsy». «Ben siempre llevaba pistola.» «Tengo entendido que tenía doce muescas en la pistola.» «Eso es un cálculo a la baja, por lo que me han contado.»

—¿En serio?

—¡En serio!

—Era un adelantado a su tiempo.

El Fabulous Flamingo era el monumento de Ben. Mira eso: su pirámide. Inaugurada en 1946. Había cambiado el horizonte del Strip. Era un adelantado a su tiempo. Por entonces, sus amigos más queridos todavía eran jóvenes. En 1946 todavía no les habían salido varices. Y tenían mucho más pelo. El viejo gallo les peleaba cuatro o cinco veces por noche. Todas las noches. No le daban tregua. Pobre Ben. No le habían cuadrado las cuentas. Problemas de contabilidad. Le podía pasar a cualquiera. Pero le pasó a Ben. Y también le pasó otra cosa. El 20 de junio de 1947. En el 808 de North Linden Drive, Beverly Hills, California. Pum, pum. A través de la ventana de Virginia Hill. El difunto Ben Siegel. Un adelantado a su tiempo.

—Yo estaba en Miami aquella noche —dijo el primer hombre con varices.

—Yo estaba en Chicago —dijo el segundo hombre con varices.

Seguí conduciendo. Crucé Artesian Heights y Sierra Vista Ranchos y Equestrian Estates y Camelot Gardens. Zona residencial tras zona residencial. Vegas tenía menos de cincuenta mil habitantes cuando se había enfriado Ben. Ahora tenía casi trescientos mil. El día de mañana, «siete dígitos». Era como me lo había dicho el empleado de la oficina del supervisor del condado: no un millón, sino «siete dígitos». Me gustaba cómo sonaba. Y seguí conduciendo. Pasé junto a la base aérea de Nellis, sede del 474º Escuadrón Táctico de Cazas, los apodados F-111 «Correcaminos». Montones de aviones. Montones de campamentos de autocaravanas junto a la base de Nellis. Y muchas más que prometía la inmobiliaria Amfac. Y de vuelta a la ciudad, por el West Side. El West Side era la zona negra de Las Vegas. Un gueto de bungalós. Había cuarenta mil negros en Las Vegas. Un par de docenas de ellos eran crupieres de en el Strip. Los demás eran doncellas o, según me decían, «empleados de mantenimiento».

Seguí conduciendo. Hacia el oeste por Sahara Boulevard, dejando atrás el Strip y el rancho Be-Jak, hasta que la carretera dio paso al desierto. Un par de serpientes de cascabel tomaban el sol junto a un letrero que decía: «Fin del pavimento. Carretera cortada. Continúe por su cuenta y riesgo». El letrero estaba salpicado de agujeros de balas; las señales del tiempo...



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