E-Book, Spanisch, 232 Seiten
Osborne Beber o no beber
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-122364-1-5
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Una odisea etílica
E-Book, Spanisch, 232 Seiten
ISBN: 978-84-122364-1-5
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Nació en Inglaterra en 1958. Estudió Lenguas Modernas en Cambridge y Harvard. Vivió en París, ciudad donde escribió su primera novela, Ania Malina (1986), y también el libro de viajes Paris Dreambook (1990). Posteriormente llevó una vida nómada; vivió en Nueva York y después en México, Estambul y Bangkok, ciudad donde reside en la actualidad. En 2010 obtuvo el Premio Napoli. Gatopardo ediciones ha publicado de este autor El turista desnudo (2017), Bangkok (2018), Cazadores en la noche (2019), Los perdonados (2020), Beber o no beber (2020), Perversas criaturas (2021) y Maldita suerte (2022). Su novela más reciente es The Glass Kingdom (2020).
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1. Gin-tonic
Aquel verano en Milán, mientras la temperatura alcanzaba a diario los treinta y cinco grados en las calles y plazas desiertas que rodeaban mi hotel, me obligué a dejar de soñar con los fiordos noruegos y los hoteles de hielo del círculo polar ártico para, haciendo de tripas corazón, dirigirme a la sala donde un carrito ambulante equipado con cubiteras, rodajas de limón y removedores de cóctel se utilizaba para servir gin-tonics a los huéspedes del Town House Galleria. Me gustaba ir cuando no había clientes y el bar nómada era mío y solo mío. Los ventanales estarían entreabiertos, los visillos de lino ondearían en la brisa y las flores se marchitarían en las mesas del restaurante. El carrito de las bebidas también ofrecía botellas de coñac anónimo, un cuenco de aceitunas marinadas, diferentes amargos de angostura y botellas de Fernet. Era como estar en un hospital de lujo donde, puestos a pagar, tienes derecho a matarte a copas en la intimidad. Y eso haces, porque eres un ser humano y beber es de lo más agradable.
En la mesita de centro había revistas de moda que nadie hojeaba, y del comedor vecino llegaban las voces de los rusos adinerados que abrían langostas con tenazas de plata y hablaban con ignorancia de la carta de vinos que el único hotel de siete estrellas de Europa ofrecía a sus huéspedes. Les oí decir «Sassicaia» antes de dejar la carta sobre la mesa y estallar en carcajadas. Costaba seiscientos euros la botella. El camarero me preguntó cómo quería el gin-tonic. Le dije que con tres partes de tónica y una de ginebra Gordon’s, tres cubitos de hielo y una corteza de lima. La marca de la tónica no es relevante. El combinado se sirve con la música preliminar del tintineo del hielo y un perfume que alcanza la nariz como un aroma a hierba cálida. Vuelve la calma. Es como acero frío en forma líquida.
Acudía al salón del hotel a las seis con cierta regularidad, incluso cuando tuve que dar una charla en el Teatro Dal Verme. Una noche me entrevistaron para la televisión y una emisora de radio, y la ginebra me supo más dulce, se volvió más embriagadora. Farfullé mis frases hasta que vi cómo cambiaban los rostros que me rodeaban: «¿Es uno de esos?», intuí que se preguntaban. Me quedé ahí sentado, hablando sin cesar de mi último libro que ya ni recuerdo, mientras el vaso temblaba levemente en mi mano y tintineaba el hielo. A aquellas chicas bonitas les pareció divertido.
—¿Siente una afinidad especial por Milán?
—Nunca había estado aquí.
—¿Toma siempre un gin-tonic a la hora del cóctel?
Risas.
—Lo llevo en la sangre.
Les pareció una respuesta peculiar, sobre todo porque el vaso seguía temblando en la mano de un alcohólico.
—Es una bebida inglesa —añadí—. La bebida nacional.
Lo anotaron. Siglos atrás a ella se la conocía en las calles de Londres como Madame Geneva, una asesina.
—Corten —murmuró el director.
Siempre acabo solo con una copa y literalmente sediento. Me senté junto a la ventana con mi gin-tonic de cuarenta euros y admiré la Galleria, cuya planta baja se compone de múltiples bares y cafés. El arquitecto Giuseppe Mengoni, autor del proyecto, murió al caerse de la cúpula de cristal en 1877, dos días antes de la inauguración. El forjado sirvió de inspiración a la Torre Eiffel. Los cafés estaban iluminados y la tienda de Prada resplandecía, llena de cristales y espejos. Los turistas chinos fotografiaban y revoloteaban alrededor del pequeño mosaico de un toro que ocupaba el centro de la galería. En las terrazze había hombres trajeados con copas de Spritz, Negroni sbagliato y Campari solo. Era un copeo colectivo, alegre y desenvuelto, en sillas de mimbre, con servilletas, servicio y pinzas para el hielo. Nadie estaba de pie ni nadie se caía. Nadie gritaba ni mostraba indicios de incontinencia. Así es como beben los italianos. Los hombres se sientan cara a cara con las mujeres y hablan con ellas a un nivel de decibelios acorde con el interés sexual. Originariamente la Galleria se concibió como un prototipo de lo que ahora llamaríamos centro comercial, pero también era un espacio cubierto y protegido para comer y beber. El protocolo del aperitivo y el digestivo casaban a la perfección con aquellos espacios resonantes y sus alegóricos frescos.
«Otros países beben para emborracharse —escribió Roland Barthes en una ocasión—, y eso es algo aceptado por todos; en Francia, la embriaguez es una consecuencia, nunca una intención. La bebida se considera la prolongación de un placer, no la causa necesaria del efecto buscado: el vino no es solo un filtro, sino también el pausado acto de beber.» Lo mismo puede decirse de los italianos.
Sorbí mi ginebra aguada, y, como me ocurre siempre que «entro» en esta bebida (pienso en las bebidas como elementos en los que se penetra, como masas de agua o lugares), mis pensamientos volvieron al pasado, a la Inglaterra de mi infancia que ya no poseía y que sin duda había dejado de existir. Pero el motivo era un completo enigma. Como los abstemios recuerdan insistentemente a quienes consideramos que el alcohol es la esencia de la vida, la mente es un cuerpo químico. Estamos condenados a controlarla.
Muchos de los huéspedes del hotel eran árabes ricos a los que a veces veía deambulando por el restaurante con sus hijos y sus enmascaradas esposas en busca de una mesa. Se detenían junto al balcón y bajaban la vista a la tienda de Gucci y a las terrazas de los cafés. Sus expresiones parecían casi desdeñosas. Aunque en gran medida los árabes ricos del Golfo hacen de puente entre Europa y Oriente Medio, presentía que cuando miraban las mesas atiborradas de coloridas bebidas alcohólicas se sentían perplejos y distantes. Incluso en Dubái, de donde procedían muchos de ellos, la gente no consume alcohol en público, ni en espacios espectaculares definidos por su carácter multitudinario. Creo que era ese carácter público, esa desenvoltura, lo que hacía que arrugaran la nariz y se retirasen con su familia a la mesa del comedor llena de botellas de agua mineral fría. Pero es solo una suposición.
Cuando vemos a estos musulmanes acaudalados con sus familias en nuestros restaurantes de lujo, es probable que nos digamos: «Tienen dinero, pero no son libres. Mira a sus mujeres. Mira esas botellas de agua mineral en la mesa. No pueden beber».
No está claro qué nos ofende más, si la ocultación de las mujeres bajo el hiyab (la elegancia del cuerpo únicamente sugerida por las uñas perfectamente pintadas o un hermoso tobillo), o los refrescos que sustituyen a las majestuosas botellas de vino, la patética botella de agua que suple a un decente Brunello. Pensamos que hay un vínculo entre las prohibiciones que gobiernan a las mujeres y el alcohol. Quizá sean las moléculas de alcohol que fluyen constantemente por nuestro sistema sanguíneo día tras día, noche tras noche, en general con un efecto apenas perceptible, las que hacen que el occidental se sienta libre, sin restricciones, magníficamente insolente. Para los musulmanes, el occidental se encuentra en un estado constante, si bien inadvertido, de embriaguez, pero él siente que gobierna el espacio y gestiona el tiempo con sabiduría. Bebemos desde el final de nuestra infancia hasta nuestra muerte, sin abstenernos —casi nunca o nunca— ni siquiera una semana, el tiempo necesario para eliminar de nuestra sangre las últimas trazas de alcohol.
Una libertad inusual. Ni en la peor de sus pesadillas podría imaginarse ese millonario de Abu Dabi un sábado en Bradford. Si lo plantáramos en Dagenham a las once de la noche un fin de semana, no sabría en qué planeta se encontraba. Cuando estoy en Londres, a veces tomo el último autobús para volver de London Fields a Old Street, una experiencia instantáneamente reconocible gracias a las imágenes de Gin Lane que nos dejó William Hogarth. En las terrazas de la Galleria, el millonario árabe no ve a chicas desfallecidas en su propio vómito, pero esos cócteles al atardecer tampoco le parecen un acto de libertad. Y le desconcertaría saber que así lo consideramos nosotros.
Unos años antes había viajado en autobús por Java, una isla mayoritariamente abstemia. Mientras me desplazaba de ciudad en ciudad en una interminable confusión de hacer y deshacer el equipaje, dormir y despertar, empecé a aburrirme e inquietarme, o, mejor dicho, mi sangre empezó a vaciarse de alcohol y yo a sentirme más ligero, más lúcido y más abrumado por la ansiedad.
Exhausto, me detuve en la ciudad religiosa de Solo, también conocida como Surakarta. De Solo procedían los terroristas de Bali; era la ciudad cuyas exaltadas escuelas religiosas predican la yihad contra el sector turístico de Indonesia. El grupo Jemaah Islamiyah, vinculado a Al Qaeda, atentó dos veces contra el JW Marriott de Yakarta, primero en 2003 y después el 17 de julio de 2009. El JW es célebre por su bar deslumbrante y cosmopolita. Diecinueve muertos. En 2002, el mismo grupo detonó dos bombas en el interior del Paddy’s Pub y el Sari Club de Kuta, en Bali, un atentado en el que murieron 202 personas. En 2005 repitieron la jugada en una zona de restaurantes de Kuta y en algunos warungs (pequeños restaurantes al aire libre que suelen servir cerveza) de Jimbaran, un pueblo costero frecuentado por occidentales. Murieron veinte personas, muchas por metralla y por las bolas de metal que llevaban los explosivos. Los...




