Forte | Crea tu segundo cerebro | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 288 Seiten

Forte Crea tu segundo cerebro

Un método probado para organizar tu vida digital
España (+34)
ISBN: 978-84-291-9767-9
Verlag: Reverte-Management
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

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A WALL STREET JOURNAL BESTSELLER A FINANCIAL TIMESBUSINESS BOOK OF THE MONTH A FAST COMPANY TOP SUMMER PICK Un sistema revolucionario para mejorar tu productividad, pensar de forma más creativa y recordar y poner en práctica tus mejores ideas. Por primera vez en la historia, tenemos acceso instantáneo a todo el conocimiento que existe. Nunca ha habido un mejor momento para aprender, crear cosas nuevas y mejorar. Sin embargo, ese flujo continuo de información a menudo nos abruma en lugar de empoderarnos. El mismo conocimiento que se suponía que debía liberarnos nos ha llevado al estrés paralizante de creer que nunca sabremos o recordaremos lo suficiente. Descubre todo el potencial de tus ideas y transforma lo que sabes en mejoras más potentes y significativas en tu trabajo y en tu vida creando un segundo cerebro.

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Capítulo 1


Allí donde todo empezó


Tu mente sirve para tener ideas, no para almacenarlas.

David Allen, autor de Organízate con eficacia (Getting Things Done)

Un día de primavera, durante mi tercer año de universidad, empecé a notar un leve dolor de garganta sin causa aparente.

Pensé que sería el primer síntoma de un catarro, pero mi médico no consiguió encontrar rastro alguno de enfermedad. Durante los siguientes meses fue empeorando y comencé a consultar a varios especialistas. Todos llegaron a la misma conclusión: «No te pasa nada».

Aun así, cada vez sentía más y más dolor, y no parecía haber remedio. Al final se volvió tan intenso que incluso tenía dificultades para hablar, tragar o reír. Me hice todos los test y escáneres que pude, buscando con desesperación entender por qué me sentía así.

Conforme pasaron los meses y después los años, empecé a perder la esperanza de encontrar algún alivio. Me recetaron una medicación anticonvulsiva que me aliviaba el dolor, pero tenía unos efectos secundarios terribles, como sensación de entumecimiento en todo el cuerpo y una severa pérdida de memoria a corto plazo. Los viajes que hice, los libros que leí y las preciosas experiencias que compartí con mis seres queridos durante este período desaparecieron de mi mente como si nunca hubieran tenido lugar. Era un hombre de veinticuatro años con la mente de un niño de ocho.

A medida que empeoraba mi habilidad para expresarme, la falta de esperanza tornó en desesperación. Sin la capacidad de hablar con libertad era como si gran parte de lo que la vida tenía que ofrecerme ?amistades, parejas, viajes, encontrar un trabajo que me apasionara? se me escapara entre los dedos. Sentía que alguien había dejado caer un pesado telón sobre el escenario que era mi vida, antes incluso de tener la oportunidad de empezar a actuar.

Un momento que marcó mi vida: descubrir el poder de escribir


Un día, sentado en otra consulta médica para someterme a una nueva prueba, tuve una revelación. En apenas un segundo me di cuenta de que solo tenía dos opciones: o bien asumía la responsabilidad de mi salud y mis tratamientos a partir de ese día, o bien pasaba el resto de mi vida de un doctor a otro, sin poder ponerle punto final a la historia.

En ese momento saqué mi diario y empecé a escribir lo que sentía y pensaba. Por primera vez, describí con mis propias palabras y bajo mi punto de vista mis síntomas y mi historial médico. Hice una lista de los tratamientos que me habían ayudado y los que no. Anoté lo que quería y lo que no quería, lo que estaba dispuesto a sacrificar y lo que no, y lo que significaría para mí escapar de aquel mundo de dolor en el que me veía atrapado.

Conforme la historia de mi salud tomaba forma en aquellas páginas, supe lo que tenía que hacer. Así que me levanté de un salto, fui a la recepción y pedí mi historial médico completo. La enfermera me miró confundida, pero tras responder algunas preguntas se giró hacia los archivos y empezó a hacer fotocopias.

Mi historial constaba de cientos de páginas, así que no era muy manejable en papel. Decidí escanear todas esas páginas en el ordenador de casa y convertirlas en documentos digitales que se pudieran buscar, reordenar, anotar y compartir. Me convertí, de este modo, en el «gestor de proyectos» de mi propia enfermedad: tomaba notas de todo lo que los doctores me decían, probaba cada sugerencia o tratamiento y formulaba preguntas para revisarlas en mi siguiente cita.

De pronto, al tener toda esta información en un solo lugar, empezaron a surgir patrones. Y gracias a la ayuda de mis médicos descubrí unas afecciones llamadas «trastornos funcionales de la voz» que pueden afectar a alguno de los más de cincuenta pares de músculos que utilizamos, por ejemplo, para tragar un trozo de comida. Me percaté de que la medicación que estaba tomando ocultaba en realidad mis síntomas y hacía más difícil que pudiera escuchar lo que estos me estaban diciendo. Lo que yo tenía no era una enfermedad o una infección que se pudiera curar con una pastilla, sino un trastorno funcional que requería cambios respecto a cómo me cuidaba.

Comencé a investigar de qué modo la respiración, la nutrición, los hábitos vocales e incluso las vivencias en la infancia pueden manifestarse a través del sistema nervioso. Fui entendiendo la conexión cuerpo-mente y cómo mis pensamientos y sentimientos tenían un impacto directo sobre mi organismo. Tras tomar nota de todo lo que iba aprendiendo, diseñé un experimento: probaría unos cuantos cambios de estilo de vida, como mejorar mi dieta y meditar, combinados con una serie de ejercicios de voz que aprendí de un logopeda. Para mi completo asombro, funcionó casi al instante. El dolor no desapareció, pero era mucho más llevadero.1

Al mirar atrás, me doy cuenta de que mis notas fueron tan importantes para hallar ese alivio como cualquier medicamento o tratamiento. Me dieron la oportunidad de detenerme, alejarme de los detalles de mi afección y verlo todo desde una perspectiva diferente. Esas notas fueron un medio para convertir cualquier nuevo dato en una solución práctica que pudiera servirme, tanto para el mundo «exterior» de la medicina como para el «interior» de las sensaciones.

A partir de entonces, me obsesioné con el potencial de la tecnología para canalizar la información de mi entorno. Empecé a darme cuenta de que el simple acto de tomar notas en un ordenador era la punta del iceberg. Una vez digitalizadas, esas notas ya no se limitaban a ser breves garabatos manuscritos, sino que podían ser también imágenes, enlaces y archivos de cualquier forma y tamaño. En el plano digital, la información podía moldearse y dirigirse a cualquier propósito, como si fuera una fuerza primitiva y mágica de la naturaleza.

Empecé a tomar notas digitales para otros aspectos de mi vida. En las clases de la universidad, convertí pilas de destartaladas libretas de anillas en un elegante y organizado compendio de lecciones. Aprendí a dominar el proceso de anotar solo los puntos clave de las clases, revisarlos cuando los necesitara y utilizarlos para una redacción o para aprobar un examen. Siempre había sido un estudiante mediocre; mis primeros maestros solían enviarme a casa con notas para mis padres en las que resaltaban mi facilidad para distraerme y mi falta de concentración. Puedes imaginar la felicidad que sentí cuando me gradué en la universidad con matrículas de honor y sobresalientes en casi todo.

Por desgracia, tuve la mala suerte de entrar al peor mercado laboral de las últimas generaciones, justo tras el desastre de la crisis financiera de 2008. Ante las escasas oportunidades laborales en Estados Unidos, decidí unirme al Cuerpo de Paz, un programa de voluntariado que envía a ciudadanos estadounidenses a servir en países en vías de desarrollo. Me aceptaron y me asignaron una pequeña escuela en el campo, al este de Ucrania, donde pasé dos años enseñando inglés a estudiantes de ocho a dieciocho años.

En mi trabajo como profesor contaba con muy pocos recursos y apoyo, por lo que mi sistema de toma de notas volvió a convertirse en mi salvavidas. Guardaba ejemplos de lecciones y ejercicios de dondequiera que los encontrara, ya fueran libros de texto, páginas web o pinchos USB que otros profesores me dejaban. Mezclaba y unía frases, expresiones y coloquialismos en inglés mediante juegos de palabras para mantener la atención de los más pequeños. A los mayores les enseñé lo básico sobre la productividad personal: cómo organizarse un horario, tomar apuntes en clase, marcarse objetivos y planear su futuro educativo. Nunca olvidaré cuánto lo agradecieron al crecer y usar esas habilidades para solicitar plaza en la universidad y triunfar en sus primeros trabajos. Años después, todavía recibo mensajes de mis antiguos alumnos, porque las competencias de productividad que les enseñé entonces continúan dando sus frutos.

Volví a los Estados Unidos después de dos años de servicio y conseguí trabajo como analista en una pequeña consultora de San Francisco. Aunque estaba encantado de empezar por fin mi carrera profesional, me enfrentaba a un gran reto: el ritmo de trabajo era frenético y arrollador. Me había mudado de la Ucrania rural al epicentro de Silicon Valley, y no estaba en absoluto preparado para el constante bombardeo de información y estímulos que forma parte de tantos trabajos hoy en día. Recibía a diario cientos de correos electrónicos, decenas de mensajes a todas horas, y los soniditos de cada dispositivo se mezclaban en una eterna melodía de interrupciones. Recuerdo mirar a mis colegas y preguntarme: «¿Cómo logran hacer algo aquí? ¿Cuál es su secreto?».

Solo sabía un truco, y este empezaba con el acto de escribir.

Así que comencé a apuntar todo lo que aprendía usando una app de notas en el ordenador. Tomaba apuntes durante las reuniones, en las llamadas telefónicas y mientras investigaba en Internet. Anoté datos de trabajos de investigación que podíamos usar en las presentaciones a los clientes. Apunté píldoras de información útil que hallaba en las redes sociales para compartirlas con nuestras redes internas. Registré comentarios y consejos de mis colegas para asegurarme de que los asimilaba y los tenía en cuenta. Cada vez que iniciábamos un proyecto, creaba una carpeta en mi ordenador dedicada solo a ello, donde podía rebuscar y a continuación elaborar un plan de acción.

Conforme la corriente de información disminuía, iba ganando confianza en mis habilidades...



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