Galloway | Nada que ver conmigo | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 336 Seiten

Galloway Nada que ver conmigo


1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-17109-40-0
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 336 Seiten

ISBN: 978-84-17109-40-0
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Janice Galloway cuenta en Nada que ver conmigo la historia de su infancia, el mundo en el que las palabras y la música eran para ella secretos felices y la vida familiar oscilaba entre la absurdidad y la desintegración. Con un padre borracho, una madre leal y una hermana mayor perversa y dominante, Galloway creció con los ojos bien abiertos y la boca cerrada. En este libro sombríamente divertido, la autora evoca la esperanza y la confusión de la niñez, y describe cómo, poco a poco, una incipiente furia insospechada empuja a una niña callada a encontrar su voz y su lugar en el mundo.

(Ayrshire, Escocia, 1955). Antes de dedicarse por completo a la escritura, trabajó como profesora durante diez años. Con su primera novela, The Trick is to Keep Breathing (1989), ganó el MIND/Allan Lane Book of the Year y, hoy en día, está considerada una autora indispensable de la literatura escocesa contemporánea. Con su novela Foreign Parts (1994) obtuvo el premio McVitie's y con Clara (2002), un libro inspirado en la vida de Clara Schumann, los galardones Creative Scotland Award y Saltire Book of the Year. Ha escrito también los volúmenes de cuentos Blood (1991), que fue un Notable Book of the Year, reconocimiento otorgado por The New York Times, y Where You Find It (1996), además de obras de teatro como Fall (1998) y un libreto de ópera, Monster (2002). Actualmente, vive y trabaja en Lanarkshire, Escocia.
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Capítulo 2

Mi madre decía que era él quien había ido al registro civil. No ella.

Fue a mi padre a quien realmente se le ocurrió mi nombre, decía ella.

Tenía instrucciones expresas de llamarme Eleanor o Louise. Habían rechazado de pleno el nombre de mi madre, Elizabeth. La acabarán llamando sólo Lizzie, dijo mi madre. Pronunciarlo le daba repelús, como si tocase una araña. Lizzie. Odio ese puñetero nombre.

Mi madre tenía más nombres que todas las personas que yo conocía. Sus amigos, parientes y colegas la llamaban, indistintamente, Bess, Bette, Beattie, Liza, Eliza, Ella, Lili, Liesel, Lulu, Blossom y Pearl. La familia más cercana la llamaba Beth y ése era el nombre que le gustaba. Aunque no para mí. Yo tenía que ser Eleanor o Louise, decía, un nombre que no tuviera ningún otro miembro de la familia, algo especial. Entonces llegó él al registro civil y soltó lo primero que se le vino a la cabeza, y lo primero fue Janice.

Janice, decía mi madre en momentos de ensimismamiento, sin dirigirse a nadie en concreto. Dios sabrá de dónde lo sacó. Aunque, bueno, podría haber sido peor.

Me han llamado Jan, Janet, Jinty, Jeanny y, en alguna extraña ocasión, por mi nombre en pseudofrancés: Janís, con el acento en la última sílaba. Las alternativas y las transformaciones del nombre de mi madre sonaban elaboradas, cariñosas, escogidas; las del mío, mucho menor en número, no sonaban más que a errores. Era un nombre soso, más aburrido que una ostra. Si yo lo odiaba, en el subtexto de mi madre se dejaba entender: fue culpa de él. Él fue al registro civil y se sacó aquel chiste de nombre de la manga. Ése es el tipo de padre que tuve: un padre que ni siquiera se molestó en escoger un nombre bonito.

Ya había pasado los cuarenta y me había reconciliado con mi nombre de pila cuando vi por primera vez una copia de mi certificado de nacimiento, y allí aparece, como un puñetazo, tres sílabas, nada de segundos nombres ni iniciales para que sonase distinto, espléndido o misterioso. La firma al pie del documento, sin embargo, es la de mi madre. La de ella, no la de él. Lo leí varias veces, intentando comprender lo que aquello implicaba, el significado de aquel cambio. Significaba que lo que me habían contado, lo que además yo había creído, la leyenda de mi nombre en nuestra historia familiar por negligencia y descuido no era cierta. La fecha de nacimiento estaba bien, por lo menos, hasta el año era correcto: un pequeño salvavidas hecho de un dato demostrable. Y el nombre. El nombre era indiscutible. Como salido de la nada, sin más explicaciones, sin que nadie reclamara su responsabilidad, yo era Janice. Pero, al parecer, nadie lo eligió.

Durante mi segundo año de vida, nos mudamos a un piso en un nuevo bloque de viviendas de protección oficial que no era ni más grande ni más pequeño que Sannox Drive, pero que sí era, en todo caso, distinto. Era un bloque diseñado por un arquitecto, decía mi madre, como si hubiese otra persona que pudiera diseñar una vivienda. Estaba más cerca del registro civil, de la abuela McBride y de The Cabinette. Estaba más cerca de las tiendas y del mar, y al no tener que subir ninguna pendiente empinada para llegar a casa, le haría la vida más fácil con una niña pequeña pegada a las faldas. También quedaba más cerca del bar de Massie. A él le gustaba, decía ella. A estrenar: fuimos los primeros inquilinos. Ni una marca en el rodapié. A él le encantaba aquella casa.

Si abrías las ventanas los días de tormenta se oía el mar. Si te subías a una silla y mirabas por encima de los tejados de los dúplex de enfrente, incluso se veía. En un pueblo costero, aquello era importante. Ya era oficial, indiscutible. Éramos de allí.

Saltcoats significaba mar. El aire que respiraban sus habitantes era denso y salado. Los escaparates de Hamilton Street estaban agrietados por cristales de cloruro sódico, como si tuviesen escarcha todo el año. La espuma podía darte una bofetada en los ojos mientras circulabas en un cochecito de bebé o te tropezabas paseando junto al muro del paseo marítimo, lo que te dejaba un regusto salobre en la lengua. Las gaviotas se posaban sobre las farolas, los postes de telégrafo, los techos de los coches y las chimeneas, sobre las furgonetas de los helados, las vallas, las rejas, las marquesinas de los autobuses, los bancos, los templetes de música y la iglesia. Robaban el pan que se les ponía a los gorriones, los tordos, los carrizos y los mirlos. Se peleaban con las palomas y se lanzaban en picado a los turistas para arrebatarles las patatas fritas al vuelo. Detrás de todo lo demás estaba el hedor a alga, a alga pudriéndose y a alga totalmente podrida, un olor que era cuando menos vigorizante. Los días tormentosos, se filtraba en la atmósfera una cantidad de agua salada y denso ozono marino suficiente para escabechar arenques vivos. Nadie pescaba en la orilla, pero había anguilas, berberechos y pintarrojas que nos succionaban las piernas en verano mientras dabas zancadas sobre las olas. Teníamos tres cines, seis restaurantes de patatas fritas, tres salones de juegos recreativos, seis heladerías italianas y un pub cada doscientos metros. El paseo marítimo exhibía pensiones y hoteles, el tipo de sitio al que llevarías de copas a una mujer, sitios con mesas de billar, y no de dardos. Las parejas de novios podían sentarse en las pagodas del paseo frente al mar o esperar a que tocasen música en los templetes, y los niños jugaban y perdían peniques en el salón de juegos recreativos. La mayoría de la gente se sentaba en la orilla y se dirigía a la piscina al aire libre, una trampa mortal rodeada de esquirlas de piedras y cortantes percebes. Mi abuela McBride, que estaba casi ciega y no sabía nadar, había sido la socorrista de la piscina durante tres veranos antes de que yo cumpliera dos años. Le daban un palo para que se lo tendiese a cualquiera que se estuviese ahogando, pero nunca hubo ninguna llamada de socorro. Después de todo, lo hacía sólo durante una quincena del verano, la quincena de la Feria de Glasgow. Todos los meses de julio, veía llegar a los pálidos habitantes de Glasgow en busca de arena, viento y aire perfumado de algas; todos los meses de julio me advertía que no me acercase a ellos.

Están de vacaciones, me aclaraba. Podría pasar cualquier cosa.

La mayoría de las veces, los visitantes de Glasgow se sentaban en la arena en plena llovizna genuina de Saltcoats, enloquecidos por la libertad, y comían biscotes directamente del paquete mientras sus niños se rebanaban los dedos con los juncos de las dunas y cristales rotos. Confundían las pilas flotantes de fuco con tiburones o submarinos, y destrozaban a golpes contra las rocas, o con palos y navajas, a las inofensivas medusas que no tenían modo de defenderse. Recogían en cubos erizos de mar muertos mientras las crías de cangrejo trepaban como podían por las redes verde chillón. Las anémonas marinas agitaban brazos rojos de goma desde las pozas de la marea y desaparecían ante la menor sombra. En el Regal se formaban colas que daban la vuelta a la calle pusieran la película que pusieran y en el Melbourne Café se agotaba el sirope de frambuesa para los cucuruchos. Durante dos semanas, vivíamos en un lugar destinado a otras personas. Poníamos a la venta artículos especiales, en tenderetes que vendían cubos y redes, caramelos rosas de menta con el nombre del pueblo escrito con líneas onduladas rojas. Saltcoats, Saltcoats, Saltcoats. The Cabinette vendía ceniceros donde se leía Haste ye Back [Vuelve pronto] en letras onduladas bajo una pintura cutre de un terrier escocés y, lo que es peor, la gente los compraba. Y cuando se retiraban del agua las cajetillas de tabaco y las señoras de las pensiones a media jornada volvían a ser meras señoras, nosotros volvíamos a ser nosotros mismos. En cuanto se iban los espectadores, regresábamos a la vida real. A la insoportable sensación de espera, de estancamiento. De estar en suspenso.

Estaba madre, estaba padre. Estaba yo.

Estaba la cocina helada de la abuela McBride, la estufa eléctrica de la tía Kitty y los paseos hasta Dockhead Street con el arnés de cuero rosa, que me sujetaba con firmeza si intentaba correr. El arnés tenía en la pechera un dibujo de un caballo a medio galope. Estaba el cajón con polvos de talco, retales de toalla, aceite amarillo de pescado en un tarro y una taza esmaltada veteada. Estaba la oscuridad y las farolas cubiertas de niebla. Estas cosas eran el mundo, lo que contaba.

Éste es mi primer recuerdo.

Estoy en el suelo con los brazos estirados, como un caballete, intentando ponerme de pie. Y como de la nada, sin esperármelo, no hay más que dedos. Son mis dedos, que se retuercen y me queman como si estuvieran ardiendo. Cuando miro hacia el dolor, veo la mitad de mi mano. El resto desaparece bajo el zapato de mi padre. Mi padre me está pisando la mano. En mi cabeza hay una sensación de agresión, luego la voz de mi madre, que grita; el roce de la tela demasiado fuerte y demasiado cerca. Y alguien dice Shhhhh, como el mar. Shhhhh. Shhhhh. Un chillido terrible que debo de ser yo.

Tengo otros recuerdos de mis dedos debajo de los zapatos de mi padre, con la sensación de estar a punto de explotar que los acompaña. Pero éste es el primero. Añadiré la sorpresa por las quemaduras de cigarrillos al azar, los repentinos chapuzones y caídas, una retahíla de sustos sin motivo, que yo recuerde. Guardo nítida en la memoria la imagen de meterme corriendo debajo de una mesa y el tablón de...



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