E-Book, Spanisch, 270 Seiten
García En tierra de Nadie
1. Auflage 2016
ISBN: 978-84-16331-73-4
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 270 Seiten
ISBN: 978-84-16331-73-4
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Olalla García (Madrid, 1973) estudió Historia e impartió clases en la universidad. Además de trabajar como profesora de literatura, colabora estrechamente con diversas editoriales desde hace diez años, como escritora, traductora y lectora. Ha publicado con gran éxito cuatro novelas: Ardashir, rey de Persia (2005), Las puertas de seda (2007), El jardín de Hipatia (2009) y Rito de paso (2014). También ha traducido al castellano numerosas obras de autores clásicos y modernos. En tierra de Nadie es su quinto libro, un thriller ambientado en el mundo editorial que la autora tan bien conoce.
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Día 1
Este lunes de octubre no es un día como los demás. No para Adela. El paquete acaba de llegar.
Lo deja encima de la mesa sin atreverse a abrirlo. Conoce muy bien la dirección del remitente. El sobre acolchado, pulcro y flamante, tiene algo de repulsivo. Es una burla, eso es. El sarcasmo de un universo en el que no se puede confiar.
Tanto, tanto tiempo… ¿y para qué? Todo su talento, todo su trabajo… El colegio, el instituto, la facultad, el doctorado. Las estancias en el extranjero. Casi treinta años… ¿para acabar así?
«Es culpa tuya, no te quejes. Te vendiste. Tú te lo has buscado». Así parece increparla el puñetero sobre, mirándola con desvergüenza desde la mesa. Y lo peor es que tiene razón.
El timbre la sobresalta con su habitual berrido, exigiendo su atención desde el otro extremo de la casa.
—Abre, chata, soy yo.
En un par de minutos Patricia —Tris para los amigos— está ante la puerta, renegando, como siempre, por tener que salvar cuarenta y ocho escalones. Entre improperio e improperio aprovecha para dar una calada al cigarrillo.
—Igual sería más fácil si no subieras con los pulmones llenos de humo.
—Y una leche. Lo que tienes que hacer es mudarte de una vez a un edificio que no haya alcanzado la edad de jubilación. Y lo mismo va para tus vecinas. Sobre todo, la de arriba y su famoso bastón.
Da una última calada al pitillo y lo aplasta bajo el zapato. Es una «fumadora social», como ella dice. En otras palabras, solo recurre al tabaco en bodas y noches de borrachera. No entra en sus hábitos el hacerlo de camino a casa de las amigas. Mejor dicho, no entraba antes de que la comunidad de propietarios decidiera colgar en la puerta del edificio un cartel de «Se ruega no fumar». Desde entonces aprovecha para encender un pitillo cada vez que entra en el portal.
—Bueno, aquí estoy. ¿Has guardado a la bestia?
—Sí. Pasa.
Tris entra en el apartamento pisando fuerte, con su escote de diez centímetros y sus tacones de quince; que, sumados a su casi metro noventa de altura, la alzan hasta esa cima desde la que ella acostumbra a juzgar —y condenar— al mundo entero.
—¿Seguro que el bicho está a buen recaudo? Mira que me da grima…
—Que sí, mujer, tranquila. Está en su terrario. ¿Quieres un café?
—Déjate de cafés.
Saca del bolso un neceser de viaje, abre la cremallera y esparce el contenido sobre la mesita. Habrá más de una docena de botellas de licor en miniatura.
—¿Y esto?
—El botín del último hotel en el que me tocó pasar la noche. Tenía un buen minibar. Y, total, paga el periódico…
Tris, que se mueve en la casa ajena como en la suya propia, abre el aparador y saca dos vasos. Le tiende uno a su anfitriona.
—A propósito de eso, ¿no tendrías que estar ahora mismo en la redacción?
—Qué va. Hoy tocaba première de una peli de arte y ensayo. No veas qué peñazo. Con los cinco primeros minutos de visionado ya me vale para hacer la crítica completa. Así que me he escapado de la sala para venir a verte.
—¿Y a qué debo el honor?
Patricia señala el sobre con su whisky escocés de doce años.
—El correo. Te ha llegado hoy, ¿verdad?
—¿Cómo lo sabes?
—Es mi trabajo, chata.
De algo tiene que servir ganarse la vida en la sección de cultura de uno de los grandes diarios nacionales. Seguro que también ellos han recibido el dichoso paquete. Y no solo ellos. Televisiones, radios, redacciones de periódicos provinciales, locales, foros literarios, blogueros… El envío se habrá hecho a lo grande.
—¿No lo has abierto aún? ¿A qué esperas? ¿Algún tipo de permiso cósmico, alguna señal?
—¿Por qué piensas eso?
—Porque te conozco como si te hubiera parido, reina, que veinticinco años dan para mucho.
Sí, es mucho lo que han vivido juntas; desde el jardín de infancia, desde los días en que la amistad parecía algo sencillo, que nunca pasaría por duras pruebas, reveses, verdades hirientes ni noches a la intemperie.
Hasta la facultad no tomaron rumbos diferentes: periodismo la una, filología la otra. Pero ni siquiera entonces sus caminos se separaron. Estaban las largas llamadas de teléfono, casi todas las noches. Los cafés de los domingos por la mañana, cuando la resaca del sábado hacía estallar la cabeza y teñía el mundo de gris. Cada una fue partícipe de los desengaños de la otra, cómplice de las esperanzas, testigo de las escasas ilusiones cumplidas y las muchas sin cumplir.
—Acabemos con esto cuanto antes, ¿te parece?
Tris se pone en pie, alcanza el sobre, lo rasga. A diferencia de las de Adela, sus manos no vacilan.
—¿Ves? No es para tanto.
Entrega a su amiga el contenido del paquete. Viento de estrellas. En la portada, una habitación de hotel de estilo oriental y el brazo desnudo de mujer sobre la cama deshecha. Sobre la escena en tonos sepia, la identidad de la autora en grandes letras rojas, a juego con el logotipo de la editorial:
«Ana I. Rosaleda»
Trescientas páginas escritas por Adela Soriana, aunque su nombre no aparezca impreso en ninguna parte; y firmadas por una impostora incapaz de redactarlas, pero convertida en autora de éxito por obra y gracia de la diosa fama.
Milagros de la televisión. Al fin y al cabo, todo el país conoce a Ana I. Rosaleda, moderadora de A corazón abierto, el debate más visto en el territorio nacional, un programa en el que, so pretexto de tratar «cuestiones actuales de interés general», una serie de tertulianos vociferan sobre cualquier tema, a condición de que resulte lo bastante escandaloso; y en el que todos parecen pensar que la razón estará de parte de quien sea capaz de gritar más.
Se ha preparado una primera tirada de cincuenta mil ejemplares; que, gracias a la promoción gratuita que la Rosaleda hará en su programa de su libro, y a la publicidad extra proporcionada por algunos otros colegas de profesión, podría incluso agotarse en pocos días. Sin embargo, ¿quién compraría una novela firmada por una tal Adela Soriana? Tendría suerte si llega a vender doscientos ejemplares; y eso después de autopublicarse en alguna plataforma digital que ofrezca sus títulos en formato electrónico. Con los tiempos que corren, pocas editoriales apostarían su dinero para lanzar en papel a una autora novel.
Adela lo sabe muy bien. Tiene a muchos colegas que llevan años trabajando como freelancers para una o varias editoriales —ya sea como traductores, como selectores o correctores de textos, o haciendo informes de lectura— cuando en realidad sueñan con ser escritores. Quien más quien menos ha entregado una novela, una colección de relatos o una antología de poesía a la empresa para la que trabaja, con la esperanza de que esta acceda a publicar su obra. En casi todos los casos, con resultados negativos.
—Supongo que nadie lo imagina así, ¿no? Quiero decir, cuando piensas en cómo será cuándo tengas tu primer libro impreso entre las manos. Esperas que, por lo menos, tu nombre esté en la portada…
Tris observa cómo su amiga manosea el ejemplar sin abrirlo, como haría el visitante de un mercadillo que no se decide a comprar el artículo que tiene entre manos. Se lo arrebata y le muestra la foto de la contraportada.
—Este no es tu libro, reina. Acéptalo.
La imagen muestra a la Rosaleda en todo su esplendor, después de pasar por una sesión de maquillaje y peluquería de varias horas, otra de vestuario y, posiblemente, otra de photoshop. Mira directa a los ojos del lector, imponente y segura de sí misma, con esa sonrisa tan suya capaz de inspirar confianza y familiaridad. Posa con la cabeza ligeramente ladeada, la larga melena oscura cayendo a un lado, la barbilla sobre los dedos entrelazados. Sus manos aparecen tan hermosas como en la pantalla, con manicura perfecta, la alianza de boda en la derecha y ese extraño anillo que siempre lleva en la izquierda —porque, según dice, es su amuleto de la suerte— con el aspecto de un ojo de pupila negra.
Patricia da la vuelta al ejemplar y observa la fotografía con la misma mirada que podría dedicar a una cucaracha que tuviera el descaro de asomar por el suelo de la cocina.
—No te molestes en odiarla, que ya lo hago yo. Mira ese bronceado artificial… Y los dientes tan perfectos… Ni que fuera un anuncio de dentífrico. Y no me hagas hablar de las tetas… Imposible que sean de verdad. Te lo digo yo, que he visto muchas.
Y tanto que sí. Desde la pubertad, ha atraído sin el menor esfuerzo los ojos masculinos. Bien ufana que ha estado siempre por eso. Cuando Adela le preguntaba: «¿Y para qué quieres que te miren, si a ti no te van los tíos?», respondía: «Por eso mismo. Para que rabien por lo que no pueden tener».
Tris abre el libro y lee el texto de la solapa.
—A ver. Ana I. Rosaleda… ¡Pero si tiene la misma edad que nosotras, la muy zorra! Radio, televisión… Casada, madre de dos hijos… Nada original… Y ahora «autora revelación del año, con una impactante novela que te atrapará desde la primera página».
Lo cierra de golpe, con gesto desdeñoso.
—Lo de siempre. Puro marketing. Podrá creerse la reina del mambo, pero solo es una más del montón. Mira si no cómo se hace llamar, como si fuera diferente a todo hijo de vecino. Esa...




