E-Book, Spanisch, 432 Seiten
García Pecado nefando
1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-350-5015-9
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 432 Seiten
ISBN: 978-84-350-5015-9
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Olalla García nació en Madrid en 1973. Durante su infancia vivió también en Castellón, Alcázar de San Juan y Cartagena, antes de que su familia se instalara en Alcalá de Henares. Las sucesivas mudanzas le inspiraron el deseo de seguir descubriendo nuevos lugares y costumbres, pero también le ofrecieron la cualidad de valorar lo ya conocido. Cuando está en casa le gusta: beber té, escuchar ópera, leer libros de historia y devorar buenas novelas. También le gusta pasear por el campo y recorrer el casco antiguo de una ciudad. Lo primero oxigena, lo segundo inspira: cada calle es una página del pasado que sigue escribiéndose en el presente. Además de conocer varias lenguas muertas, habla con fluidez cinco idiomas, y ha trabajado como docente y traductora de autores como Stendhal, Flaubert, Voltaire y muchos más. Como autora, ha escrito tanto no ficción como ficción, y muchas de sus novelas han alcanzado un gran éxito. Destacan, entre otros, los títulos Ar-dashir, rey de Persia (2005), Las puertas de seda (2007), El jardín de Hipatia (2009), El taller de los libros prohibidos (2018), Pueblo sin rey (2020) y La buena esposa (2022).
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I
La niña ha nacido en Alhama, un pueblecito cercano a Granada que parece estar más cerca del cielo que ningún otro lugar. Por eso le gusta levantar la mano hacia las nubes y pensar que, cuando crezca más, podrá llegar a tocarlas. Alhama, encaramada en la sierra, pequeña pero desafiante.
–Igual que tú –le dice su madre–. Y eso no es cosa que convenga a una esclava.
Tal vez por eso la niña no tiene nombre ni nadie se ha cuidado de darle uno. La llaman «la Mulata». Y ella siente que le falta algo, algo muy importante; y que, mientras no lo tenga, no sabrá realmente quién es. También intuye que es algo que tendrá que descubrir –y conquistar– por sí misma, porque nadie va a entregárselo de buen grado.
Su madre también es esclava, aunque no nació como tal. Proviene de tierras lejanas, más allá del mar, pero no le gusta hablar de su infancia ni mentar el nombre que le dieron entonces. Recibió el que ahora lleva, Francisca, al ser bautizada, ya en tierras cristianas. Luego tomó, según la costumbre, el apellido de su amo, Benito Medina.
A la niña le fascina la piel de su madre, tersa y brillante, como de berenjena; los pañuelos de colores vibrantes con los que mantiene domado el pelo hirsuto; sus largos dedos oscuros, de uñas pálidas, que nunca descansan. Quisiera que esas manos acudieran a veces a ocuparse de ella, una caricia, un gesto, algo..., pero Francisca de Medina no ofrece atenciones a su hija. Siempre parece demasiado ocupada. Además, el señor la requiere con frecuencia para atender ciertos «asuntos privados». Cuando ella regresa de esos encuentros, muestra el gesto cansado y los ojos tristes.
–Madre, ¿por qué estáis tan apenada? –le pregunta la pequeña en cierta ocasión.
Desearía poder hacer algo, lo que fuera, para animarla y dibujar en ese rostro una de esas sonrisas tan infrecuentes, tan hermosas. En las raras veces en que Francisca de Medina sonríe, aporta luz al corazón de quien la mira.
Están en el patio de la cocina. La madre machaca almendras en el mortero. La niña se encarga de pelarlas y, de vez en cuando, se lleva alguna a la boca y la mastica rápido, cuidando de que nadie la vea.
–¿Apenada? No lo estoy, chiquilla –replica Francisca sin levantar los ojos de su tarea–. Al contrario, no tengo motivos de queja. El señor me da buen trato porque me tiene afición.
Aquel razonamiento, en lugar de aclarar el asunto, suscita mil y una cuestiones en la pequeña.
–Pero, si tanta afición os tiene, ¿no podría daros la libertad? ¿Por qué quiere que sigáis siendo esclava?
–Los hombres son así. Cuando se encaprichan de una mujer, prefieren tenerla encadenada. –Francisca suspira–. Más te vale aceptarlo, porque a ti te aguarda el mismo destino.
Pero la niña no queda satisfecha con ese tipo de respuestas. Ni las entiende ni las acepta, así que vuelve a la carga una y otra vez.
–Pero ¿por qué tenemos que esperar a que el señor nos libere, a ver? ¿Por qué no podemos hacerlo nosotras?
Ahora sí. La negra Francisca interrumpe su tarea, sobresaltada. Dirige a su hija una mirada llena de miedo y reproche.
–¡Virgen santa! ¡No digas esas cosas! Si alguien te oyera... –baja la voz–. ¿Tú sabes el castigo que espera a los esclavos que se fugan?
La niña niega, sobrecogida.
–Si los descubren, les marcan las mejillas con hierros al rojo. Igual que al ganado, ¿lo entiendes?, para que así todo el mundo reconozca lo que son y los apaleen como a bestias si intentan volver a escaparse.
La pequeña queda en silencio. Dentro de ella, algo se revuelve. Un temor con regusto a hiel se le agarra a las entrañas.
–¿Lo entiendes ahora? –insiste Francisca. Sigue hablando en susurros.
La pequeña traga saliva con dificultad. Asiente con la cabeza.
–Lo entiendo –confirma, en el mismo tono de voz–. Hay que escapar sin que te descubran.
No hay caso. Por mucho que Francisca insista en que su hija debe «aceptar la realidad» y «ocupar su lugar», la chiquilla parece obstinada en lo contrario. Es una niña curiosa, siempre deseosa de aprender, de trotar por las calles. Se escapa de la casa en cuanto ve la ocasión y nunca regresa por propia voluntad. Son los vecinos quienes la agarran y la traen de vuelta. Todos la reconocen, pues no hay otra mulata en esas tierras, y están convencidos de saber cuál es el lugar que le corresponde.
–¡Diantre de cría! –protesta más de uno al encontrársela zascandileando por las calles o los campos de labor–. Con una buena vara te daba yo, a ver si aprendes a quedarte en tu sitio.
Y ella se pregunta por qué nadie entiende que «su sitio» no está en la casa de don Benito, barriendo y fregando los suelos, haciendo la colada, trayendo agua del pozo. Su verdadero sitio está en el mundo de afuera, con el viento y el pelo despeinado en la cara, cerca de las nubes y el cielo.
* * *
–Esa desgraciada..., si no es más que una sucia esclava. ¿Por qué no se comporta como le corresponde, eh? Debiera sentirse agradecida de que mi padre la tenga en una casa como la nuestra. En lugar de eso, ¿qué hace? Ponernos en ridículo a todos. ¡Válgame! Mira que andar así, como una perra callejera...
Anita, la hija menor del señor Benito, no oculta su enojo. Está convencida de que la condenada mulata –esa criatura salvaje, esa infiel– desluce la fama de los Medina, uno de los linajes más ilustres de la región. Seguro que los pueblerinos, que tanto respeto muestran a la familia en público, se mofan de ella en privado. Y todo por culpa de esa desvergonzada.
No alberga quejas sobre Francisca, claro que no, porque ella sí sabe bajar la testuz y portarse con mansedumbre. También es más negra, tanto como la brea; un detalle importante, pues está de moda que las grandes familias compren esclavos de ese color. Cuanto más oscura la piel, mayor signo de distinción. De ahí que resulten tan caros.
La mulata, sin embargo, tiene un color de agua sucia que recuerda más a los infieles monfíes, esos bandoleros moriscos que rondan por las sierras y asaltan a las gentes de bien, arrebatándoles las riquezas y la vida.
–A ver, ¿qué hay que hacer para que esa malcriada aprenda cuál es su lugar? –insiste Anita–. Tan difícil no será, digo yo.
Está bordando uno de los pañuelos que formarán parte de su ajuar. Tiene trece años y espera no tardar mucho en casarse. Máximo, a los quince o dieciséis. La acompaña su vieja ama, que jamás se separa de su lado. Una hija de buena familia nunca debe quedarse a solas, pues eso la expondría a las malas lenguas.
–¡Ay, señora, cuánta razón tenéis! –concede la anciana–. ¡Qué cruz os ha tocado con esa chiquilla! No hay forma de meterla en vereda.
–Eso con una buena tunda se arregla. ¿Por qué nadie agarra un palo y sacude a esa desgraciada como Dios manda?
La sirvienta carraspea, incómoda ante la pregunta.
–Ya sabéis la razón... Vuestra señora madre...
–Esa mujer no es mi madre.
La suya murió de fiebres después de traerla al mundo, y no le cabe duda de que está en los cielos, pues todos afirman que era una santa. Más tarde, su padre volvió a casarse con doña Elena de Céspedes, porque siempre debe haber una mujer para llevar la casa y cuidar a los hijos. Y también porque la novia traía su buena dote.
Pero no es su madre, ni la de nadie, ya que no ha sido capaz de quedarse encinta. Tal vez tenga algo que ver el hecho de que, en lugar de elegir a una moza, su padre prefirió a una mujer ya vieja, cercana a los treinta, Dios sabrá por qué. Y, además, débil y enfermiza. Tanto así que se pasa buena parte del tiempo encamada.
Para colmo, su madrastra parece haberse encariñado con la mulata. La malcría, la trata con tanto mimo como si fuera una perrita faldera de pura raza, cuando lo cierto es que no pasa de chucho callejero.
Por no tener, no tiene siquiera padre conocido. La negra Francisca llegó a la casa ya preñada, váyase a saber de quién. Su padre siempre se jacta de que hizo buen negocio con ella, pues así consiguió dos esclavas por el precio de una.
* * *
Doña Elena de Céspedes ha ordenado que le traigan a la niña. Hoy tampoco puede levantarse de la cama. El pecho le duele más que de costumbre. La compañía de esa pequeña mulata, que desprende el vigor y la energía que a ella le faltan, le proporciona mayor alivio que cualquier preparado del boticario.
–Acércate –la invita en cuanto ambas se quedan a solas–, ¿has encontrado algo?
–Claro, señora. –La chiquilla rebusca por dentro de su camisa–. Esto de aquí.
Tiende a la convaleciente una concha de caracol, que ésta repasa con las yemas de los dedos, amagando una sonrisa.
–¿Os gusta?
–Sí, mucho. ¿Dónde la has encontrado?
–En el huerto. Perico me ha dado voces porque dice que le he pisado los nabos, pero ya estaban así de antes. Os lo juro.
–No jures, criatura. O, si lo haces, que nadie te oiga. –Le devuelve el regalo–. Anda, guárdala con lo demás. Ya sabes dónde.
La chiquilla abre el arcón pequeño, rebusca bajo la ropa y extrae algo envuelto en un pañuelo. Lo desata con cuidado para revelar una pequeña arqueta de madera y latón. Allí atesoran los objetos que la niña va trayendo; mejor dicho, los que no...




