Guillou | El caballero templario | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 2, 440 Seiten

Reihe: Trilogía de las Cruzadas

Guillou El caballero templario


1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-16970-96-4
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

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Reihe: Trilogía de las Cruzadas

ISBN: 978-84-16970-96-4
Verlag: Ediciones Pàmies
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Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



Año de Gracia de 1177 Saladino, el hombre que ha jurado liberar Jerusalén de los invasores francos, está a punto de morir a manos de unos bandoleros cuando aparece inesperadamente Arn de Gothia, un caballero templario que mata a los agresores y salva la vida del caudillo musulmán. A sus veintisiete años, Arn es ya todo un aguerrido veterano entre los cruzados de Tierra Santa. Sin embargo, durante los diez años que han pasado desde que salió de tierras escandinavas camino de su penitencia en Palestina ha aprendido a entender y respetar a aquellos contra los que debe luchar. En su Suecia natal, Cecilia, su amor adolescente, ha sido recluida en un convento como castigo por su pasión carnal. Allí ha dado a luz a su hijo, que será criado en casa del tío de Arn, Birger Brosa. Extramuros, sigue la sangrienta lucha por el poder entre los linajes de Sverker y de Erik, en la que Birger Brosa maniobra con sagacidad, mientras Cecilia reza por el regreso de Arn a casa.

Periodista y escritor sueco (Södertälje, 1944), Jan Guillou es uno de los escritores más vendidos de su país. Después del éxito alcanzado con su serie de novelas de espías, se sumergió en el mundo medieval para comenzar a escribir su ambiciosa trilogía sobre las Cruzadas, una obra ambientada en el norte de la Europa del siglo XII y que terminó de encumbrar a su autor en las listas de los más vendidos tanto en su país como en el resto de mundo.
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1


En el sagrado mes de luto del Moharram, que esta vez coincidió con la época más calurosa del verano del año 575 tras la hégira, en el año de gracia de 1177, según los infieles, Dios envió su más peculiar salvación a aquel de sus fieles a quien más amaba.

Yussuf y su hermano Fahkr cabalgaban como si en ello les fuera la vida y, tras ellos, a un lado, protegiéndolos de las flechas del enemigo, los seguía el emir Moussa. Los perseguidores eran seis, y poco a poco los iban alcanzando. Yussuf maldijo su propia soberbia, que le había hecho creer que algo así jamás sucedería, puesto que él y su séquito tenían los caballos más rápidos. Pero el paisaje aquí en el valle de la muerte era tan inhóspito y seco como pedregoso. Eso, unido a la sequía al oeste del mar Muerto, hacía que fuese peligroso cabalgar demasiado deprisa, aunque parecía que este hecho no preocupaba en absoluto a los perseguidores. Si alguno de ellos tenía que caer, tampoco resultaría tan fatídico como si caía uno de los perseguidos.

De repente Yussuf decidió dar un brusco giro hacia el oeste, hacia las montañas, donde albergaba la esperanza de hallar protección. Pronto los tres jinetes perseguidos seguían un wadi, una ría seca, en una pronunciada pendiente hacia arriba. Pero el wadi se estrechaba y profundizaba de modo que pronto parecía como si montasen por un alargado cuenco, como si Dios los hubiese cazado en su huida y ahora los dirigiese en una única dirección. Solo había un camino que los llevaba por una subida cada vez más pronunciada y que hacía que fuese más difícil mantener el ritmo. Los perseguidores se iban aproximando, pronto estarían a tiro. Los perseguidos ya se habían atado los escudos redondos y herrados a las espaldas.

Yussuf no tenía por costumbre rezar por su vida, pero ahora que se veía obligado a reducir la velocidad entre las traicioneras rocas en el fondo del wadi, le invadió un verso de las palabras de Dios que recitaba jadeando y con los labios rotos:

Quien ha creado la vida y la muerte para poneros a prueba
y mostraros quién de vosotros en sus actos es el mejor,
aquel es el Todopoderoso, quien siempre perdona.

Y entonces Dios puso a su amado Yussuf a prueba mostrándole, primero como un espejismo, en la luz de la puesta del sol, y luego con una tremenda claridad, la más espantosa visión que un fiel en esta complicada situación podía llegar a tener.

Arriba, desde la otra dirección del wadi, se acercaba un templario con la lanza bajada y, detrás de él, su sargento. Los dos enemigos de todo lo vivo y todo lo bueno cabalgaban con tal velocidad que sus mantos ondeaban tras ellos en forma de grandes alas de dragón, venían como los djins del desierto.

Yussuf detuvo su caballo en seco, buscando a tientas el escudo que ahora debía coger de la espalda para enfrentarse a la lanza del infiel. No sentía miedo, sino la fría excitación que comportaba la proximidad de la muerte, y acercó su caballo a la escarpada pared del wadi para reducir así la superficie sobre la que golpear y aumentar el ángulo de la lanza del enemigo.

Pero entonces el templario, que ahora estaba a poca distancia, alzó su lanza e hizo con el escudo unos gestos en señal de que Yussuf y los otros fieles se apartaran para no entorpecer el camino. Así lo hicieron, y al instante siguiente pasaron tronando los dos templarios, que soltaron sus mantos y los dejaron caer revoloteando en la polvareda que surgía tras ellos.

Yussuf se apresuró a gesticular una orden a su séquito, de modo que ascendieron con muchas dificultades y los cascos de los caballos resbalando por la pronunciada pendiente del wadi hasta llegar a un lugar donde verían con toda claridad el panorama. Ahí, Yussuf dio media vuelta a su caballo y se detuvo, pues quería comprender lo que Dios pretendía con todo aquello.

Los otros dos querían aprovechar la ocasión para retirarse mientras los templarios y los bandoleros se las apañaban entre ellos. Pero Yussuf interrumpió todos esos razonamientos con un irritado gesto con la mano, porque realmente quería ver lo que estaba a punto de suceder. Jamás había estado tan cerca de un templario, aquellos viles demonios, y tenía una fuerte sensación, como si la voz de Dios se lo aconsejase, de que debía ver lo que ahora sucedería. Lo sensato habría sido continuar cabalgando hacia Al Arish mientras que la luz lo permitiese, hasta que la oscuridad llegase con su manto protector. Pero lo que vio a continuación no lo olvidaría nunca.

Los seis bandoleros no tenían mucha alternativa cuando descubrieron que ahora, en lugar de perseguir a tres hombres ricos, se enfrentaban a dos templarios lanza contra lanza. El wadi era demasiado estrecho para que pudiesen detenerse, dar media vuelta e iniciar la retirada antes de ser alcanzados por los francos. Tras dudar un instante, hicieron lo único que podían hacer: se agruparon de forma que cabalgaban de dos en dos y espolearon a sus caballos para no enfrentarse parados al ataque.

El templario vestido de blanco que cabalgaba delante de su sargento hizo primero un amago de atacar al que iba a la derecha de la primera pareja de bandoleros, y cuando este alzó su escudo para recibir el terrible golpe de lanza —Yussuf tuvo tiempo de preguntarse si el bandolero comprendía lo que le esperaba—, el templario invirtió el galope de su caballo con un rápido movimiento que debería haber sido imposible en tan difícil terreno, tomó un ángulo completamente diferente y atravesó con su lanza el escudo y el cuerpo del bandolero de la izquierda, soltando su lanza en ese mismo instante para no salir despedido del caballo. En ese preciso momento, el sargento se enfrentó al sorprendido bandolero de la derecha, que se había encogido tras su escudo esperando un golpe que no llegó y ahora sacaba la cabeza para, desde el lado contrario, recibir la lanza del otro enemigo en la cara.

El hombre vestido de blanco con la abominable cruz roja se enfrentaba ahora a la siguiente pareja de enemigos en un pasaje tan estrecho que apenas cabían tres caballos caminando en paralelo. Había sacado la espada, y primero parecía como si pensase atacar directamente desde el frente, lo que habría sido menos astuto al llevar arma solo a un lado. Pero de repente su hermoso caballo, un alazán en sus mejores años, giró en seco y coceó hacia uno de los bandoleros, que fue golpeado y salió disparado por los aires.

El otro bandolero vio en ese momento una buena posibilidad, puesto que el enemigo se enfrentaba a él del revés, casi hacia atrás, con su espada en la mano equivocada y fuera de alcance. Lo que no captó fue cómo el templario dejó caer su escudo pasando su espada a la mano izquierda. De modo que, cuando el bandolero se echó hacia adelante en su silla para golpear con su sable, dejó a la vista todo su cuello y cabeza para el golpe que ahora le asestaban desde el lado erróneo.

—Si la cabeza puede conservar un pensamiento en el preciso momento de la muerte, aunque sea tan solo por un instante, esa que caía al suelo era una cabeza sorprendida —dijo Fahkr, atónito. También él había sido cautivado por el espectáculo y deseaba ver más.

Los dos últimos bandoleros habían aprovechado la pérdida de velocidad que sufría el templario de blanco al matar al segundo bandolero. Habían dado media vuelta con sus caballos y huían ahora por el wadi.

En ese momento se acercó el sargento vestido de negro al impío perro que había caído al suelo golpeado por el caballo del templario. El sargento desmontó y tomó tranquilamente con una mano la rienda del caballo del bandolero mientras que con la otra atravesaba con la espada la garganta del bandolero atolondrado, tambaleante y probablemente también magullado, justo por donde acababa la cota de malla de cuero cubierta de escamas de acero. Pero luego no hizo ningún gesto de seguir a su señor, que ahora había tomado una buena velocidad en la persecución de los dos últimos bandoleros que huían. En lugar de eso, ató las riendas a las patas delanteras del caballo que acababa de capturar y empezó a seguir con cuidado a los otros caballos sueltos mientras les hablaba con voz tranquilizadora. Era como si no se preocupase lo más mínimo por su señor, a quien debería haber seguido de cerca y a un lado como protección, sino más por agrupar los caballos del enemigo. Era una visión muy curiosa.

—Ese —dijo el emir Moussa, y señaló al templario vestido de blanco que al fondo del wadi desaparecía de la vista de los tres fieles—, ese que ves, señor, es Al Ghouti.

—¿Al Ghouti? —preguntó Yussuf—. Pronuncias su nombre como si debiera saber quién es, pero no le conozco. ¿Quién es Al Ghouti?

—Al Ghouti es uno de los que deberías conocer, señor —contestó el emir Moussa, taciturno—. Es a quien Dios nos ha enviado por nuestros pecados, quien de entre los demonios de la cruz roja cabalga a veces con los turcópolos y a veces con la caballería pesada. Ahora monta, como puedes observar, un caballo árabe a modo de turcópolo, pero aun así con lanza y espada, como si montase uno de esos caballos lentos y pesados de los francos. Además, es el emir de los templarios en Gaza.

—Al Ghouti, Al Ghouti… —murmuró Yussuf, pensativo—. Quiero conocerle. ¡Esperaremos aquí!

Los otros dos le miraron aterrorizados, pero comprendieron de inmediato que estaba muy decidido, por lo que no merecía la pena decir nada por muy sensatas que fueran sus protestas.

Mientras los tres jinetes sarracenos esperaban en lo...



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