E-Book, Spanisch, 530 Seiten
Haefs Alejandro. Conquistador de Asia
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-18491-61-0
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 530 Seiten
ISBN: 978-84-18491-61-0
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
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Gisbert Haefs (1950) es un escritor alemán que ha cultivado diversos géneros literarios, como la novela histórica, la policíaca y la ciencia ficción. Estudió Filología inglesa y española en la universidad de Bonn. Trabajó después como traductor al alemán de literatura española, francesa e inglesa. En 2004 Haefs tradujo todas las canciones (Lyrics 1962-2001) de Bob Dylan. Ha editado y traducido obras de Rudyard Kipling, Ambrose Bierce y Jorge Luis Borges. De su narrativa histórica han sido traducidos al español numerosos títulos, que se han convertido en clásicos del género, como su aclamado Aníbal, sus dos novelas sobre Alejandro Magno, Troya, Rajá, La amante de Pilatos y El jardín de Amílcar.
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II
La decapitación
Una suave llovizna cayó al amanecer. Ptolomeo, hijo de Lago, compañero del rey, se cubrió con una capa gris y se dirigió a la chisporroteante fogata de los centinelas. Uno de los hombres le ofreció una copa con caldo de hierbas, un poco de vino y miel.
—Mierda… Ahora los caminos estarán más pesados.
El mayor de los centinelas estaba en cuclillas junto al fuego; señaló la humedad gris con un movimiento de la barbilla.
Ptolomeo murmuró algo, se frotó los ojos con la mano izquierda y sorbió el brebaje.
—Puaj… Está caliente. ¿Qué caminos?
Sonrió. Un caballo relinchó en algún lugar, otro le contestó desde más lejos. La bruma gris de la llovizna se hizo más clara, pero no llegó a volverse transparente.
—El barro, digo. —El mayor de los hoplitas escupió—. Filipo siempre lo decía: mejor barro que nada.
Ptolomeo se rio. Sacó un puñado de granos de trigo de la bolsa del cinturón; los fue masticando y triturando poco a poco y enjuagándolos cada tanto con pequeños sorbos. El soldado de a pie lo observaba; sacó el labio inferior.
—Genial —dijo finalmente.
—¿Qué?
—Ver al noble Ptolomeo, príncipe y hetairo, sentado bajo la lluvia, masticando la misma comida que nosotros.
—Mmm… ¿Ha vuelto Hárpalo?
—Sí. Está en su tienda; llegó hace unas tres horas.
—¿Alguna novedad?
—Nada.
—¿Y él? —Ptolomeo señaló la tienda grande del rey con un movimiento de la cabeza.
—Ya está en marcha.
—¿Desde cuándo?
El centinela frunció el ceño:
—Media hora, quizás un poco más.
—¿Ha dormido?
—No creo. Primero hubo música y después charla. Cuando me tocó a mí el turno, estaba sentado, escribiendo. Los dos músicos están durmiendo detrás de la entrada.
Ptolomeo asintió.
—Perfecto. A esperar, pues. Los demás no tienen por qué levantarse antes de la diana.
Se incorporó, sacudió la humedad acumulada sobre su capa e hizo una ronda. Los demás centinelas tampoco tenían nada particular que comunicar. Cuando llegó al arroyo, oyó un resoplido apagado y un ruido de cascos apenas perceptible. Bucéfalo, el caballo de color claro y con cabeza de buey que Demarato regalara hacía años al príncipe y heredero, emergió de los velos grises de la neblina. Alejandro echó pie a tierra y lo dejó beber. Solo llevaba un taparrabos de cuero, y, como en él era habitual, había estado montando a pelo y sin arreos. El cuerpo robusto y los cabellos rubios estaban mojados.
—Con solo verte me pongo a tiritar —dijo Ptolomeo.
Alejandro se rio por un momento.
—Te estás volviendo blando, amigo.
Se dirigió de nuevo a Bucéfalo, acarició el cuello del animal y pareció susurrarle algo al oído. El caballo resopló suavemente y buscó la palma de la mano de Alejandro con el morro.
Ptolomeo sacó granos de su bolsa y los deslizó en la mano de Alejandro.
—Gracias. ¿Es tu almuerzo?
—Mmm…
Alejandro chascó la lengua; Bucéfalo vació la mano con los labios y la lengua; luego frotó la cabeza en el hombro del rey.
—¿Ha vuelto Hárpalo?
Ptolomeo señaló hacia atrás con el pulgar.
—Está durmiendo en su tienda.
—¿Llevas dinero?
—Di todo cuanto poseía y llevaba a mi rey y amigo, oh, desnudo jinete del alba. Siendo un hombre curtido, avanzo por el césped cubierto de rocío y me alimento de pasto y de granos como las bestias.
—Quizá debiera encargarte los poemas a ti en lugar de pedirlos a Calístenes. Oye, ¿no tienes nada?
—¿Cuánto necesitas a esta hora de la mañana?
Alejandro frunció la nariz.
—Poca cosa… Unos cuantos estáteres.
—¡Poca cosa! —Ptolomeo se hizo el indignado—. Un estáter de oro equivale a veinte dracmas de plata…, es decir, al sueldo de veinte días.
—¿Te pagan el sueldo?
Ptolomeo se rio.
—Me han prometido la gloria eterna y llegar a los confines del mundo… ¿Quién va a pedir entonces un sueldo?
—Perfecto.
Alejandro chasqueó los dedos y volvió la espalda a su interlocutor; el caballo lo siguió. Ptolomeo caminó al lado del rey, que se acercó a la tienda de Hárpalo.
—¿Qué piensas hacer?
—Robar…, ¿qué remedio?
Alejandro sonrió, se llevó el dedo a los labios y desapareció en la tienda del tesorero. Al cabo de unos momentos salió sin hacer el menor ruido; mostró a Ptolomeo cinco monedas de oro que tenía en la palma de la mano.
—Parece que el cojo duerme como un lirón. Oye, ¿para qué necesitas el dinero a esta hora tan temprana?
—No quiero sobornar a la diosa de la aurora, si es eso lo que creías; es para las musas.
—¿Qué dices?
—Cierra la boca, Ptolomeo; pareces un estúpido. Para los dos músicos, de despedida.
—Pues son muy buenos; lástima que se vayan… ¿Hoy mismo?
—Han dicho que después de la batalla, pero supongo que…
No dijo más nada; Ptolomeo escrutó su cara, la postura de su cuerpo, y luego asintió lentamente. Alejandro entró en la gran tienda; Bucéfalo pateó el suelo blando con el casco anterior derecho y movió las orejas.
Habían tocado música de maravilla; fue la mejor actuación musical que recordaba Ptolomeo. Ellos fueron los últimos en quedarse con el rey. La mujer negra… Quizá habían rechazado, ella sola o los dos juntos, alguna propuesta de Alejandro, y él había reaccionado humillándolos un poco de una de las diez mil maneras. No importaba; cuando amanecía antes de marchar hacia la batalla, las almas afligidas de dos músicos contaban menos que un grano de arena al borde del camino.
La mañana ya estaba avanzada cuando por fin mejoró la visibilidad. Ptolomeo contempló desde las colinas la partida del ejército, las columnas de marcha de los soldados de a pie, los carros que se hundían continuamente en los charcos de barro, los grupos de jinetes, los mensajeros que iban a galope tendido. Era una imagen familiar, un movimiento ordenado, solo confuso para quienes no lo conocían. Y pese a ser familiar, resultaba nuevo cada día. Algo se movió entonces en su pecho; algo en lo que él no quería indagar. La noche anterior, antes de la fiesta en la tienda de Alejandro, había intentado terminar de escribir una carta siempre inacabada al maestro de las indagaciones, a su viejo maestro Aristóteles; una vez más, no pudo concluirla. Tal vez era hora de abandonar el intento de explicar al lejano filósofo que Ptolomeo, hijo de Lago, le estaba agradecido por muchas cosas y que había decidido no indagar más en ciertos asuntos; que había tomado la decisión de no ser filósofo, sino hijo de la nobleza, amigo del rey y jefe militar. Suspiró.
Cuando regresó a su tienda, el mozo que le hacía de criado ya había embalado las cosas más importantes; hasta la carta sin acabar estaba envuelta y los útiles de escritura, guardados. Ptolomeo dio unas cuantas indicaciones; dos hombres de la guardia ayudaron al muchacho y a un esclavo a desmontar la tienda.
Los músicos habían desaparecido.
Ptolomeo describió al mozo el camino y el punto donde habían de encontrarse; luego lo dejó, a él y al esclavo, así como los caballos de carga, y se dirigió hacia el grupo de la caballería de hetairos que había de conducir. A estos no había de darles órdenes: estaban informados y ya conocían perfectamente el lugar junto a la orilla que debían ocupar. Ptolomeo dio la orden de partida, pero no los siguió, sino que cabalgó arriba y abajo por el terreno empapado, para organizar y para ayudar donde fuera necesario.
Algunas unidades se movían más rápido que otras; intentó adivinar los planes exactos del rey por las desviaciones del orden normal. En un momento se rio en voz alta; fue cuando conjugó mentalmente sus conocimientos sobre la organización del campamento enemigo y sus conjeturas respecto a los planes de Alejandro. Una cuña avanzaría en diagonal hacia la izquierda y abriría el ejército de los sátrapas…
Por la tarde casi se produjo una catástrofe. El rey, que había dado sus instrucciones y que luego se había detenido en diversas unidades en el camino, al igual que Ptolomeo y otros, llegó al terreno llano y pantanoso en la orilla occidental del Gránico casi al mismo tiempo que la falange de Crátero. Ptolomeo vio a Alejandro hablar con el gigantesco oso y, pese a estar apostado a cierta distancia, pudo oír las carcajadas de Crátero. Este interrumpió bruscamente su risa, cuando Alejandro observó algo e hizo caracolear el caballo. Ptolomeo se acercó cabalgando, como también hicieron otros oficiales. Vio a Clito el Negro, a Parmenión y a Pérdicas, mientras Demarato venía procedente del río.
En este lugar, el Gránico fluía exactamente en dirección norte; el terreno era alto y pedregoso, tanto río arriba como río abajo. Se suponía que el pequeño lago en la planicie, a tres estadios a este lado del río, antes cubría todo el llano; las orillas sembradas de arbustos y las superficies verdes de los alrededores eran el sitio idóneo para acampar. La otra ribera del Gránico era más escarpada, un banco de barro y de piedras sueltas que, sin embargo, no llegaba a la altura de un hombre. Allí estaba el ejército de los sátrapas; el sol de la tarde centelleaba en miles de puntas de lanzas, en los yelmos y las armaduras. Los persas, mercenarios y tropas auxiliares no pondrían el pie en el agua; los guerreros de...




