E-Book, Spanisch, Band 2, 685 Seiten
Reihe: Seraphina
Hartman Escamas
1. Auflage 2016
ISBN: 978-84-16858-15-6
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 2, 685 Seiten
Reihe: Seraphina
ISBN: 978-84-16858-15-6
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Rachel Hartman nació en Kentucky, donde de pequeña tocaba el chelo y hacía playback de óperas de Mozart con sus hermanas. Ha vivido en muchos lugares, entre ellos Chicago, Filadelfia, Inglaterra y Japón. Se licenció en Literatura Comparada y escribió su tesis sobre la parodia y la paradoja en el Quijote. Actualmente reside en Vancouver. En 2012 publicó Seraphina (Nocturna, 2015), que obtuvo un éxito rotundo (además de entrar en la lista de los diez libros más vendidos del New York Times, se tradujo a veintiún idiomas, recibió críticas magníficas y ganó múltiples premios). Su segunda parte, Escamas (Nocturna, 2016), pone punto y final a la historia de Seraphina Dombegh, aunque por el momento está escribiendo una novela más ambientada en el mismo mundo.
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Extracto de La inextricable maraña de la Historia, del padre Fargle
Recapitulemos primero sobre el papel de Seraphina Dombegh en los acontecimientos que precedieron al reinado de la reina Glisselda.
Al frisar los cuarenta años de la firma del histórico Tratado entre el ardmagar Comonot y la reina Lavonda la Grande, la paz entre dragones y humanos todavía era frágil. En Villa Lavonda, los Hijos de san Ogdo predicaban una retórica dragófoba en las esquinas de las calles, fomentaban el malestar y agredían a los saarantrai. En aquellos días era fácil identificar a esos dragones con forma humana por los cascabeles que estaban obligados a llevar; por su propia seguridad, los saarantrai y sus alagartijados primos, los quigutl, eran confinados cada noche en un barrio llamado Quigatera, aunque esta medida sólo sirvió para señalarlos más. A medida que se acercaba el aniversario del Tratado de paz —y la visita oficial del ardmagar Comonot—, las tensiones aumentaban.
Dos semanas antes de la llegada del ardmagar, sobrevino la tragedia. El único hijo de la reina Lavonda, el príncipe Rufus, fue asesinado de una manera típicamente dragontina: por decapitación. Su cabeza, presuntamente devorada, jamás se encontró. Sin embargo, ¿lo asesinó de verdad un dragón o fueron los Hijos de san Ogdo, con la esperanza de exacerbar la dragofobia?
En esa maraña de política y prejuicios apareció Seraphina Dombegh, recién contratada como ayudante del compositor de la corte, Viridius. La palabra «abominación» ha caído en desgracia, pero eso es exactamente lo que la gente de Goredd hubiera considerado a Seraphina, pues su madre era una dragona y su padre, un humano. El conocimiento de este secreto podría haber entrañado la muerte de Seraphina, de modo que su padre la mantuvo aislada por su propia seguridad. Las escamas plateadas de dragón que rodeaban su cintura y su antebrazo izquierdo la hubieran delatado en cualquier momento. Ya fuera la soledad o su talento musical lo que la motivó, corrió un riesgo terrible al abandonar la casa de su padre por el Castillo de Orison.
Las escamas no eran su única preocupación. A Seraphina también le abrumaban recuerdos maternos y visiones de seres grotescos. Su tío materno, el dragón Orma, le enseñó a crear un jardín simbólico dentro de su mente, en el que podía alojar a esas curiosas criaturas; si atendía el tal jardín de grotescos todas las noches, podía evitar que le sobreviniesen las visiones.
Sin embargo, en torno al momento del funeral del príncipe Rufus, tres habitantes del jardín imaginario de Seraphina la sorprendieron en la vida real: Dama Okra Carmine, embajadora ninysh; un gaitero samsamés llamado Lars y Abdo, un joven bailarín porphyriano. Con el tiempo, Seraphina descubrió que esas personas eran semidragones como ella, que no estaba sola en el mundo. Todos tenían escamas y facultades excepcionales, o bien físicas, o bien mentales. Aquello debió de suponer un alivio y, al mismo tiempo, una preocupación adicional. A fin de cuentas, ninguno de ellos estaba a salvo. Lars, en particular, fue amenazado en numerosas ocasiones por Josef, conde de Apsig, su hermanastro dragófobo y miembro de los Hijos de san Ogdo.
Seraphina podría haberse mantenido apartada de la política y la intriga de no ser por su tío Orma. Durante casi toda su vida, él había sido su único amigo y la había enseñado no sólo a controlar las visiones, sino también música y el conocimiento popular dragontino. Por su parte, Seraphina había inspirado el cariño de un tío en Orma, una intensidad emocional que la dragonidad consideraba inaceptable. Los censores dragones, convencidos de que Orma estaba comprometido emocionalmente, lo acosaron durante años, amenazándole con enviarlo de vuelta al país de los dragones, Tanamoot, para extirparle quirúrgicamente sus recuerdos.
Tras el funeral del príncipe Rufus, Orma descubrió que su padre, el proscrito exgeneral Imlann, estaba en Goredd. Orma creía, y los recuerdos maternos de Seraphina así lo confirmaban, que Imlann era una amenaza para el ardmagar Comonot, parte de una camarilla de generales resentidos que aspiraban a destruir la paz con Goredd. Receloso de los censores, Orma desconfiaba de ser imparcial y objetivo con su propio padre. Le pidió a Seraphina que informase de la presencia de Imlann al príncipe Lucian Kiggs, capitán de la Guardia de la Reina. Aunque Seraphina hubiera preferido permanecer en el anonimato, no podía rehusar la petición de su querido tío.
¿Abordó con recelo al príncipe Lucian Kiggs? Cualquier persona cabal lo habría hecho. El príncipe tenía fama de investigador inteligente y pertinaz; si en la corte había alguien indicado para descubrir su secreto, sin duda era él. Ahora bien, Seraphina contaba con tres ventajas inesperadas. En primer lugar, de modo favorable aunque no intencionado, ya había llamado la atención del príncipe: era la paciente profesora de clavecín de su prima y prometida, la princesa Glisselda. En segundo lugar, se vio repetidas veces en posición de ayudar a la gente de la corte a comprender la dragonidad, y el príncipe agradecía su intervención. Por último, Lucian, al ser el nieto bastardo de la reina, nunca se había sentido cómodo en la corte y reconoció a una compañera intrusa en ella, pese a no saber con precisión por qué.
El príncipe creyó su relato sobre Imlann, si bien notó que se guardaba otras cosas.
Dos caballeros desterrados —sir Cuthberte y sir Karal— acudieron a palacio con la noticia de que habían visto un dragón rebelde en la campiña. Seraphina sospechaba que se trataba de Imlann. El príncipe Lucian Kiggs la acompañó al campamento secreto de los caballeros para comprobar si alguno podía identificar al rebelde de manera definitiva. El anciano sir James recordaba al dragón como «general Imlann» por un ataque acaecido más de cuarenta años atrás. Mientras estuvieron allí, el escudero de sir James, Maurizio, hizo una demostración del agonizante arte marcial de la dragomaquia. Desarrollada por el mismísimo san Ogdo, en otro tiempo la dragomaquia había proporcionado a Goredd las herramientas para combatir contra los dragones, pero ahora sólo la practicaban unos pocos. Seraphina se percató entonces de cuán indefensa estaría la humanidad si los dragones rompiesen el Tratado.
Si Imlann se reveló en toda su monstruosidad escamosa y llameante ante Seraphina y el príncipe Lucian Kiggs de camino a casa, si dicho episodio es mera leyenda y ornamento, aún es motivo de debate entre los eruditos. Sin embargo, es evidente que Seraphina y el príncipe se convencieron de que Imlann había matado al príncipe Rufus. Empezaron a sospechar que el viejo y astuto dragón se escondía en la corte con forma humana. El ardmagar Comonot, empero, hizo oídos sordos a las advertencias de Seraphina. A pesar de haber sido coautor de la paz, arrogante y antipático, aún no era el dragón en que se convertiría años después.
Imlann atacó la Víspera del Tratado, suministrando vino envenenado a la princesa Dionne, madre de la princesa Glisselda. (Aunque el vino iba dirigido también a Comonot, en contra de las afirmaciones de algunos de mis compañeros, no hay pruebas de que la princesa Dionne y Comonot tuvieran una aventura amorosa ilícita). Seraphina y el príncipe Lucian evitaron que la princesa Glisselda bebiera vino, pero la reina Lavonda no gozó de tanta suerte.
Que esto sirva de lección sobre la paciencia de los dragones: Imlann había pasado quince años en la corte disfrazado de institutriz, lady Corongi, consejera de confianza y amiga de la princesa Glisselda. Seraphina y el príncipe Lucian, al descubrir por fin la verdad, se enfrentaron a Imlann, tras lo cual este secuestró a la princesa Glisselda y huyó.
Todos los semidragones desempeñaron un papel en la captura y muerte de Imlann: las premoniciones de Dama Okra Carmine ayudaron a Seraphina y al príncipe Lucian a encontrarlo; Lars lo distrajo con las gaitas, de modo que el príncipe Lucian pudo rescatar a la princesa Glisselda; y el joven Abdo estrujó la garganta aún blanda de Imlann, impidiendo que escupiera fuego. Seraphina retrasó la huida de Imlann al desvelar su propia verdad, que era su nieta, de manera que Orma tuvo tiempo para transformarse. ¡Ay! Orma no era rival para Imlann y resultó muy malherido. Fue otro dragón, la subsecretaria Eskar, quien acabó con Imlann por encima de la ciudad.
La historia ha demostrado que Imlann formaba parte de una camarilla de generales dragones decidida a derrocar a Comonot y destruir la paz. Mientras él causaba estragos en Goredd, los demás dieron un golpe de Estado en Tanamoot y se hicieron con el control del gobierno dragón. Los generales, que más tarde se autodenominaron el «Antiguo Ard», enviaron una carta a la reina en la que declaraban criminal a Comonot y exigían que Goredd lo entregara de inmediato. La reina Lavonda estaba incapacitada por el veneno y la princesa Dionne había muerto. La princesa Glisselda, en su primera actuación como reina, decidió que Goredd no restituiría a Comonot para que se enfrentara a falsas acusaciones y que, si era necesario, Goredd iría a la guerra por la paz.
Permítase una puntualización personal a este vuestro historiador: hace unos cuarenta años, cuando no era más que un novicio en Santa Prue, serví el vino en un banquete que ofreció el abad en honor a Seraphina, venerable dama de más de ciento diez años. Aún no había descubierto mi vocación por la historia —de hecho, creo que en ella había algo que encendió mi interés—, pero, al encontrarme a su vera al final de la velada,...




