E-Book, Spanisch, Band 1, 576 Seiten
Reihe: Tess del camino
Hartman Tess del camino
1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-17834-25-8
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 1, 576 Seiten
Reihe: Tess del camino
ISBN: 978-84-17834-25-8
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Rachel Hartman nació en Kentucky, donde de pequeña tocaba el chelo y hacía playback de óperas de Mozart con sus hermanas. Ha vivido en muchos lugares, entre ellos Chicago, Filadelfia, Inglaterra y Japón. Se licenció en Literatura Comparada y escribió su tesis sobre la parodia y la paradoja en el Quijote. Actualmente reside en Vancouver. En 2012 publicó Seraphina (Nocturna, 2015), que obtuvo un éxito rotundo (además de entrar en la lista de los diez libros más vendidos del New York Times, se tradujo a veintiún idiomas, recibió críticas magníficas y ganó múltiples premios). Su segunda parte, Escamas (Nocturna, 2016), pone punto final a la historia de Seraphina Dombegh, si bien no al mundo: Tess del camino (Nocturna, 2019) inicia otra bilogía protagonizada por una de las hermanastras de Seraphina.
Weitere Infos & Material
Prólogo
Cuando Tessie Dombegh tenía seis años y todavía era incontrolable, casó a su hermana gemela, Jeanne, en el patio de la casa de su infancia.
Es decir, la casó con el primo Kenneth. Tessie, envuelta en una de las togas de letrado de papá que sujetó con una incoherente cinta roja, interpretaba al sacerdote. Rafy, el sabueso, era la dama de honor (Tessie le había dado perspicazmente un ramillete de bocas de dragón).
Llegaba el final del verano, y el ciruelo dejaba caer la fruta sobre los senderos enladrillados del jardín como pequeñas bombas de ciruela que fermentaban al sol y emborrachaban a las abejas. Estas, la peor calaña de invitados a una boda, zumbaban en órbitas lentas y aterrorizaban al novio.
Tessie trasladó la celebración a una punta del jardín libre de abejas, donde la fuente del hombre verde, siempre obstruida con hojas, gorgoteaba y alborotaba y salpicaba agua a intervalos. El padre Tessie —era un clérigo, a fin de cuentas— se subió al murete bajo de la fuente y se volvió hacia la feliz pareja, forzando la solemnidad en su expresión mientras pasaba las hojas del pesado volumen que cargaba, igual que el sacerdote en la boda de la tía Jenny la semana anterior.
A diferencia del sacerdote de San Munn, el libro del padre Tessie no era el Breviario de ritos, sino el primer volumen de Las aventuras del pirata porphyriano Dormidio y su valerosa tripulación. Pasó rápidamente las páginas hasta que tuvo el relato «Dormidio y el erizo gigante de Balbolia» abierto delante, y entonces dijo:
—Oremos.
Rafy sacudió el ramo como si fuera una ardilla. Los pétalos salieron volando por todas partes.
Jeanne inclinó su dorada cabeza, coronada de claveles blancos y flores de madreselva rosa. Abrazaba un ramo de lirios amarillos contra el corpiño de su mejor vestido, el de terciopelo azul celeste con botones de plata que había llevado en la boda de la tía Jenny. (Tessie, de cabello oscuro, fue con el mismo vestido en verde, y después rasgó la falda trepando a la pérgola de glicinias de la casa del conde Julian, justo lo que le habían dicho mil veces que no hiciera).
A Kenneth, que no había sido informado de que se iba a casar ese día, le habían vestido precipitadamente con uno de los jubones más alegres de papá, de seda color vino; tenía nueve años y era más alto que las gemelas, pero todavía le llegaba hasta las rodillas. Dócil como una vaca, había dejado que Tessie le adornara los rizos pelirrojos con ramitos de guipsófilas, que más bien hacían que pareciera que había salido arrastrándose de debajo de un arbusto.
—Agacha la cabeza, Kenneth —le susurró a su primo, que miraba embobado al vacío—. Y tendrías que cogerle la mano.
—No quiero cogerle la mano —dijo Kenneth, arrugando la nariz pecosa y chata.
Era siempre tan obediente que esa resistencia pilló a Tessie por sorpresa.
—Tienes que hacerlo —le regañó—. Si no, la ceremonia no vale.
Kenneth puso los ojos en blanco y agarró la mano de Jeanne con una de sus mugrientas zarpas. Jeanne se ruborizó, y Tessie lo interpretó como un signo de felicidad y no de timidez. Esos dos estaban menos entusiasmados por casarse de lo que ella había previsto. Era un mal augurio para su gran experimento, a menos que pudiera darle la vuelta a las cosas.
Pasó una página y siguió con el servicio, recitando los votos. Ellos balbucieron sus respuestas, pero Tessie tenía una capacidad ferviente para ilusionarse y decidió que el Cielo podría oírlos, aunque ella no. Por fin pronunció la bendición final, las palabras con poder celestial que había memorizado durante la boda de tía Jenny:
—Por la autoridad que me conceden el Cielo y Todos los Santos, consentimos que esta pareja sea unida en matrimonio. Que dos corazones sean un corazón; dos vidas, una vida. Que lo que ha unido el Cielo no pueda separarlo ningún poder terrenal. Bendita sea toda iniciativa que emprendáis juntos y —aquí estaba lo importante, todo el propósito de Tessie— fecunda sea vuestra progenie. Bajo la mirada del Cielo, que así sea.
Tessie desplegó una sonrisa radiante por encima de su hermana y su primo. Ellos la miraron fijamente, con los ojos muy abiertos, como si hubiesen averiguado a qué se refería. Progenie era el código para los bebés, y Tessie, siempre curiosa, estaba a expensas de Kenneth y Jeanne para demostrarlo.
Mamá había dado a luz dos meses antes, y Tessie estaba tremendamente obsesionada por conocer el proceso. La única pista que le había dado mamá había sido la enigmática declaración:
—No puedes tener bebés si no estás casada.
Tessie había ponderado esas solemnes palabras sobre un bloque de hielo de la cámara frigorífica, dolorida por la azotaina que también había recibido. No conseguía encontrarle sentido. Si los bebés venían del interior de tu cuerpo (la barriga de mamá, ahora rebajada, era prueba de ello), ¿cómo sabía tu cuerpo que estabas casada? Si ella se esforzaba lo suficiente en simular que estaba casada, ¿podría engañarse a sí misma para tener un bebé?
Se había esforzado mucho en fingir; desde luego, nadie podía aparentar como Tess.
—Ah, ¡qué dichosa me siento de afrontar otro adorable día de casada! —se dijo al levantarse por la mañana.
Había servido una cena imaginaria y regañado a su marido imaginario, y le decía «buenas noches, vieja pasa» todas las noches mientras se quedaba dormida. Pero todo sin resultado. Su barriga no aumentó, y al final se aburrió de su imaginado esposo: era una verdadera carga, ¡que los Santos le dieran paciencia!
A diferencia de su madre, Tess podía renunciar a la vieja pasa en el momento que quisiera y volver con su primer amor: la piratería. Y eso es exactamente lo que hizo.
No obstante, la boda de tía Jenny había reavivado su interés por los místicos orígenes de los niños. Había claves entrañadas en el propio servicio, indicios de lo que había faltado en el experimento original. Lo primero era la bendición del sacerdote: «Fecunda sea vuestra progenie». Tal vez los Santos necesitaran recibir claro aviso de que ahora una estaba preparada para tener bebés. Lo segundo era lo acontecido después del casamiento: la llamada noche de bodas.
Aquello lo comprendía vagamente. Tía Jenny y el nuevo y flamante tío Malagrigio (un comerciante de vinos ninysh) se habían marchado a algún dormitorio decorado de manera especial, entre las risas y guiños de los primos, tías y tíos Belgioso, que soltaban a voces malos consejos y les daban vigorosas palmadas en la espalda mientras subían la escalera.
Mamá no había participado en el jolgorio, sino que se había puesto pálida y demacrada, y se había ido a atender al bebé, Nedward, en un rincón tranquilo de la planta baja. Tessie y Jeanne habían intercambiado una rápida mirada que significaba: «Mamá está triste, ¿a quién le toca?». Era el turno de Tessie, a su pesar. Su bisa-buelo, el conde Julian, acababa de pedir que sacaran otra tanda de postres, de modo que iba a perderse el mazapán.
Tessie se sentó obedientemente junto a mamá, dispuesta a absorber cualquier cuita que saliera de ella. Mamá le dio una palmadita distraída en la cabeza, como si Tess fuese su perro fiel, y le murmuró en ninysh a la tía-abuela Elise, al otro lado:
—Por supuesto que me alegro. Me alegro de no tener que preocuparme más por mi hermana pequeña o de cómo sobrellevar que diese a luz a un bastardo.
—Eres tan agria que podríamos encurtir remolachas dentro de ti —le respondió tía Elise en bajo—. ¿Qué quieres, un escrutinio al estilo samsamés, aventando las sábanas ensangrentadas al aire como una bandera de victoria?
Tessie aguzó el oído al oír lo de «sábanas ensangrentadas»; sonaba a piratas.
—Lo que quiero —continuó mamá con voz áspera y ofendida— es responsabilidad. Quiero que a los malvados se los castigue por sus pecados. ¿Acaso es mucho pedir?
Y entonces apareció ella, como un espíritu convocado ante la indignación de mamá: Seraphina, la hermanastra de Tessie. Entró encorvada en la habitación, picoteando de su plato de postre con aire taciturno. Siempre parecía aburrida en las reuniones de los Belgioso. No eran familia suya, a fin de cuentas; Seraphina tenía otra madre, una temible madre dragona. Tessie y Jeanne se habían enterado a mediados del invierno y no les permitían contárselo a nadie, lo cual era una desgracia.
Tessie sabía que ese primer matrimonio era el pecado sin castigo de papá. Y para mamá, Seraphina era como una piedra en el zapato que le recordaba constantemente la clase de hombre que era él. Era espantoso que se hubiese casado con una saarantras, un dragón con forma humana, y luego cubriera su rastro; ahora que su esposa y sus hijas lo sabían, estaban obligadas a guardar su sórdido secreto, so pena de acarrear funestas consecuencias a todos.
Esa era la fuente de la amargura de mamá; la había conducido hacia la pareja de santos más cascarrabias y vengativos, Abaster y Vitt, que le brindaban un bálsamo para su sufrimiento, y sufrimiento para los malvados que la habían agraviado.
Tessie emitía sonidos tranquilizadores y amables aun cuando su cabeza empezaba a vagar en otras direcciones. Le habían asaltado dos descubrimientos más y tenía que analizarlos. Primero: al contrario de lo que le había asegurado mamá, tía Jenny podría haber tenido un bebé antes de casarse. Un bastardo, como había dicho ella; Tessie había oído la...




