E-Book, Englisch, Spanisch, 494 Seiten
Reihe: Historia
Hopkirk El Gran Juego
1. Auflage 2023
ISBN: 978-607-16-7790-7
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
El servicio secreto en los altos de Asia
E-Book, Englisch, Spanisch, 494 Seiten
Reihe: Historia
ISBN: 978-607-16-7790-7
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Peter Hopkirk (1930-2014) fue un escritor y periodista británico. Fungió como corresponsal del antiguo Daily Express y colaborador de The Times durante 20 años, primero como reportero y después como especialista en asuntos de Oriente Medio. Recibió la Sir Percy Sykes Memorial Medal en 1999 por su valiosa labor al ampliar el conocimiento sobre Asia y estimular el interés global por ese continente.
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PRÓLOGO
Una mañana de junio de 1842, en la ciudad de Bujará, ubicada en Asia Central, se podía ver a dos figuras andrajosas hincadas sobre el polvo en la gran plaza frente al palacio del emir. Les habían amarrado los brazos firmemente a la espalda y su condición era lamentable. Sucios y famélicos, sus cuerpos estaban cubiertos de llagas; su cabello, sus barbas y su ropa llenos de piojos. No lejos de ahí había dos tumbas recién cavadas. Una pequeña muchedumbre de bujarianos o bujaris los observaba. Por lo general, las ejecuciones llamaban poco la atención en este pueblo de caravanas remoto y aún medieval, pues eran demasiado frecuentes bajo el mando maligno y despótico del emir; sin embargo, en esta ocasión era diferente. Los dos hombres que estaban hincados bajo el refulgente sol del mediodía a los pies del verdugo eran oficiales británicos.
Durante meses el emir los había mantenido en una fosa oscura y apestosa debajo de la ciudadela construida con arcilla, donde las ratas y demás alimañas eran sus únicas compañeras. Los dos hombres (el coronel Charles Stoddart y el capitán Arthur Conolly) estaban a punto de enfrentar la muerte juntos, a 6 500 kilómetros de casa, en un punto donde en la actualidad los turistas descienden de los autobuses rusos sin saber lo que alguna vez ocurrió allí. Stoddart y Conolly estaban pagando el precio de participar en un juego sumamente peligroso: el Gran Juego, como llegaron a conocerlo quienes arriesgaban sus cuellos al participar en él. Resulta irónico que fuera Conolly quien acuñó esta frase, aunque fue Kipling quien la inmortalizaría muchos años después en su novela
El primero de los dos hombres en morir esa mañana de junio, mientras su amigo observaba, fue Stoddart. La Compañía Británica de las Indias Orientales lo había enviado a Bujará para que intentara forjar una alianza con el emir en contra de los rusos, cuyo avance en Asia Central estaba ocasionando temores en torno a sus futuras intenciones; no obstante, las cosas salieron terriblemente mal. Cuando Conolly, quien se había ofrecido como voluntario para intentar obtener la libertad de su hermano en armas, llegó a Bujará, terminó también en el oscuro calabozo del emir. Un momento después de la decapitación de Stoddart también fue despachado Conolly, y actualmente los restos de los dos yacen, junto con las muchas otras víctimas del emir, en un cementerio macabro y olvidado hace mucho en algún lugar debajo de la plaza.
Stoddart y Conolly no eran más que dos de los muchos oficiales y exploradores, tanto británicos como rusos, que a lo largo de buena parte de un siglo participaron en el Gran Juego, y cuyas aventuras e infortunios mientras lo hacían conforman la narración de este libro. El gran tablero de ajedrez en que ocurrió esta lucha oscura por el dominio político se extendía desde el nevado Cáucaso en el oeste, a través de los grandes desiertos y cordilleras montañosas de Asia Central, hasta el Turquestán chino y el Tíbet, al este. La presea final, o al menos así lo temían Londres y Calcuta, y lo esperaban con fervor los ambiciosos oficiales rusos que servían en Asia, era la India Británica.
Todo había comenzado en los primeros años del siglo XIX, cuando las tropas rusas comenzaron a abrirse camino luchando hacia el sur a través del Cáucaso —que entonces estaba habitado por aguerridos musulmanes y miembros de tribus cristianas—, en dirección hacia el norte de Persia. En un inicio, como la gran marcha rusa hacia el este a través de Siberia dos siglos antes, esto no parecía representar ninguna amenaza seria para los intereses británicos. Catalina la Grande, es cierto, había jugado con la idea de marchar sobre la India, mientras que en 1801 su hijo Pablo incluso despachó una fuerza invasora en esa dirección, sólo para que fuera rápidamente retirada cuando murió poco tiempo después; pero de alguna manera nadie parecía tomar a los rusos demasiado en serio en esos días, y sus puestos fronterizos más cercanos estaban demasiado lejos para plantear alguna amenaza real a las posesiones de la Compañía Británica de las Indias Orientales.
Después, en 1807, llegó a Londres información de inteligencia que causaría una preocupación considerable tanto al gobierno británico como a los directores de la Compañía. Napoleón Bonaparte, alentado por su racha de brillantes victorias en Europa, le había planteado al sucesor de Pablo, el zar Alejandro I, que invadieran juntos la India y la arrebataran del dominio británico. Con el tiempo, le dijo a Alejandro, y con la fuerza de sus dos ejércitos podían conquistar todo el mundo y dividirlo entre ellos. No era un secreto en Londres ni en Calcuta que Napoleón tenía en la mira hacía hace mucho a la India. También deseaba vengar las vergonzosas derrotas que los británicos habían infligido a sus compatriotas durante la batalla previa por su posesión.
Su asombroso plan era hacer que 50 000 soldados franceses marcharan a través de Persia y Afganistán y, allí, unieran fuerzas con los cosacos de Alejandro para el empuje final a través del Indo hasta la India. Con todo, esto no era Europa, con sus suministros disponibles, sus caminos y puentes y su clima templado, y Napoleón tenía poca idea de las terribles penurias y los obstáculos que tendría que superar un ejército que tomara esta ruta. Su ignorancia del terreno intermedio, con sus grandes desiertos carentes de agua y barreras montañosas, sólo se comparaba con la de los mismos británicos. Hasta entonces, al haber llegado originalmente por mar, estos últimos habían prestado poca atención a las rutas estratégicas a la India por tierra, pues estaban más preocupados por mantener las vías marítimas abiertas.
De la noche a la mañana esta autocomplacencia se esfumó. Mientras que quizá por sí mismos los rusos no representaban una verdadera amenaza, los ejércitos combinados de Napoleón y Alejandro eran algo muy distinto, en especial si los dirigía un soldado con el indudable genio del primero. Rápidamente se emitieron órdenes para que las rutas por las que un invasor podría llegar a la India se exploraran meticulosamente y se hicieran mapas de ellas, de tal forma que los jefes de defensa de la Compañía pudieran decidir dónde sería mejor detenerlo y destruirlo. Al mismo tiempo se enviaron misiones diplomáticas al sah de Persia y al emir de Afganistán, por cuyos dominios tendría que pasar el agresor, con la esperanza de evitar que entablaran relaciones con el enemigo.
Esta amenaza nunca se materializó, pues Napoleón y Alejandro no tardaron en pelearse. Dado que las tropas francesas se diseminaron triunfales en Rusia y entraron a un Moscú en llamas, la India se olvidó por el momento; pero no bien se había hecho que Napoleón regresara a Europa con pérdidas terribles, surgió una nueva amenaza para la India. En esta ocasión se trataba de los rusos, rebosantes de confianza en ellos mismos y de ambición, y esta vez el escenario ominoso no iba a desaparecer. Cuando las tropas rusas, curtidas en la batalla, comenzaron su avance hacia el sur una vez más a través del Cáucaso, los miedos por la seguridad de la India se volvieron más profundos.
Tras aplastar a las tribus del Cáucaso, aunque sólo después de una resistencia prolongada y amarga en que sólo un puñado de ingleses participaron, los rusos voltearon su codiciosa mirada hacia el este. Allí, en un vasto anfiteatro de desiertos y montañas al norte de la India, estaban los antiguos kanatos musulmanes de Jiva, Bujará y Kokand. Conforme el avance de los rusos hacia ellos ganaba impulso, la preocupación en Londres y Calcuta aumentaba. No pasó mucho tiempo para que esta gran tierra política de nadie se convirtiera en un vasto patio de juegos para las aventuras de jóvenes oficiales y exploradores de ambos bandos que, poseídos por la sed de dominio, se dedicaron a hacer mapas de los pasos y los desiertos por los que tendrían que marchar los ejércitos si había una guerra en la región.
Para mediados del siglo XIX, era rara la vez en que Asia Central no ocupara los titulares, pues uno a uno los antiguos pueblos de caravanas y kanatos de la Ruta de la Seda cayeron ante las armas rusas. Cada semana parecía traer noticias de que los veloces jinetes cosacos, que siempre encabezaban cada avance, se acercaban más y más a las mal resguardadas fronteras de la India. En 1865 la gran ciudad amurallada de Taskent se sometió al zar. Tres años más tarde fue el turno de Samarcanda y Bujará, y cinco años después de eso, en su segundo intento, los rusos tomaron Jiva. La carnicería que infligieron las armas rusas sobre aquellos que eran lo suficientemente valientes e insensatos para resistirse fue horripilante. “Pero en Asia —explicó un general ruso—, entre más duro los golpees, más tiempo se mantendrán quietos.”
A pesar de las repetidas declaraciones de San Petersburgo de que no tenía intenciones hostiles hacia la India y de que cada avance era el último, a muchos les parecía que todo esto formaba parte de un gran plan para poner a la totalidad de Asia Central bajo el influjo zarista. Y una vez que eso se lograra, según se temía, el avance final comenzaría sobre la India: el mayor de todos los trofeos imperiales; pues no era un secreto que varios de los generales más capaces del zar habían elaborado planes para dicha invasión, y que, todos a una, los miembros del ejército ruso estaban entusiastas por lanzarse a ello.
Conforme se estrechó gradualmente la brecha entre los dos frentes, el Gran Juego se intensificó. A pesar de los peligros, ocasionados principalmente por las tribus y los gobernantes hostiles,...




