Hughes | En peligro | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 240 Seiten

Hughes En peligro


1. Auflage 2015
ISBN: 978-84-17109-01-1
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

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ISBN: 978-84-17109-01-1
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Como Huracán en Jamaica, su primera novela, y a la que Richard Hughes debe su fama, En peligro, publicada en 1938, cuenta la apasionante aventura del barco de vapor Archimedes, que en 1929 zarpa de Norfolk (Virginia), a través del canal de Panamá, hacia el lejano Oriente. El barco, que transporta una serie de mercancías desde la Costa Este de Estados Unidos hasta China, se ve inmerso, de pronto, en una terrible tormenta. Las condiciones climatológicas cambian de forma repentina y, durante cuatro días, el Archimedes se halla en el vórtice de un inmenso huracán y debe enfrentarse sin tregua a un fuerte vendaval y unas olas inmensas. En peligro es la historia extraordinaria de unos hombres que son puestos a prueba por la fuerza de la naturaleza. Una metáfora de la condición humana, que pone en juego los límites y capacidades de resistencia del individuo. Una obra de estilo conradiano, una espléndida e inolvidable aventura moderna que, hoy en día, está considerada un clásico de la literatura de tema marino.

(1900-1976) nació en Surrey y se educó en Oriel College, Oxford. En sus años de estudiante, editó con Robert Graves la revista de poesía Oxford Poetry. Trabajó luego como periodista y realizó varios viajes. En 1932 se casó con la pintora Frances Bazley. Hughes escribió solamente cuatro novelas, entre las que destaca la primera de ellas, Huracán en Jamaica, publicada de 1929, y que fue llevada al cine por Alexander Mackendrick en 1965. En 1938 apareció su segunda novela, En peligro. A pesar de que su obra más ambiciosa es la trilogía The Human Predicament, Hughes sólo publicó los dos primeros volúmenes, The Fox in the Attic (1961) y The Wooden Shepherdess (1973). El tercer volumen quedó inconcluso tras su muerte. Hughes escribió también poesía, varias obras de teatro y libros para niños, así como el volumen de relatos A Moment of Time (1926).
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Capítulo 1

i

Entre todas las personas que he conocido, una de las que destacan más vivamente en mi recuerdo es un tal señor Ramsay MacDonald. Era jefe de máquinas, y primo lejano, según decía, del señor James Ramsay MacDonald, el político. Lo cierto es que se parece muchísimo a su «primo», tanto por su semblante como por el bigote. Y al principio me quedé perplejo al ver a alguien que parecía ser mi primer ministro, enfundado en un mono y saliendo a gatas de una maquinaria desmantelada con aire sumamente autoritario, instruido y resuelto.

Pues fue precisamente en 1924, en la época del primer gobierno laborista, cuando conocí al señor MacDonald, en el Archimedes, un vapor a turbina, de un solo eje, de poco más de nueve mil toneladas.

Era una embarcación magnífica. Un barco sólo de carga, salvo que nos neguemos a clasificar como carga a los peregrinos musulmanes que transportaba de forma ocasional. Sus propietarios, unos de los más famosos armadores de Bristol, poseían una enorme flota, pero sentían un gran amor por cada una de sus embarcaciones, y les sacaban el máximo partido, como si fueran sus propios hijos: era ese tipo de amor profundo, sincero y egoísta, no un mero sentimentalismo. Construían sus barcos según sus propios diseños. Los mantenían en perfecto estado, y no vacilaban jamás a la hora de desguazar cualquier navío que resultara anticuado o inseguro. Nunca los aseguraban. Si se producía alguna pérdida, sería exclusivamente suya, al igual que lo eran los beneficios. Por tanto, todos los que formaban parte de la Compañía, desde el presidente hasta el gato de la nave, afrontaban con ferviente resolución cualquier riesgo de pérdida.

Toda precaución era poca. Observemos los tubos de la chimenea del Archimedes, por ejemplo. ¡Estaban diseñados para resistir una propulsión de cien toneladas! Pero ¿en qué condiciones iban a recibir los tubos de la chimenea una propulsión de cien toneladas? Un viento de setenta y cinco millas por hora arrancaría todas las lonas de un barco de vela y, sin embargo, un huracán de esta envergadura —calculaban los diseñadores—, sólo sometería la chimenea del Archimedes a una presión de diez o quince toneladas. La propia chimenea —había una interior y otra exterior sujetas con unos soportes— era lo bastante rígida como para soportar, ella sola, un empuje tan habitual. Si los tubos estaban bien colocados, la chimenea era tan segura como el Banco de Inglaterra.

ii

Creo haber dicho que el señor MacDonald era el jefe de máquinas. Se erigía en monarca de la sala de máquinas, la sala de calderas y diversas demarcaciones periféricas.

En la arquitectura terrestre no hay nada parecido a una sala de máquinas. Es un espacio enormemente alto, desde la altura máxima de la embarcación hasta más o menos el fondo de la nave. Enorme. Pero, contrariamente a casi todos los grandes espacios arquitectónicos —exceptuando quizá el Infierno—, se entra por una portezuela de la parte superior.

Su vacuidad queda ingeniosamente ocupada por unas máquinas ubicadas de manera concienzuda: turbinas de alta y baja presión, el engranaje de reducción, condensadores, bombas, etc. Por supuesto, el visitante no comprende la naturaleza de esas máquinas, pues cada una de ellas está encasillada de un modo seguro en el interior de una caja metálica, con cientos de pesados tornillos de hierro como cierres. Grandes tubos de diferente anchura, algunos de ellos —los fríos— de cobre reluciente y cubiertos de condensación, y otros envueltos en una gruesa tela blanca para mantener el calor, las conectan entre sí.

¿Habéis visto alguna vez, en una maleza y en un día nublado, los hilos de la araña entre las ramas? Pues también en una sala de máquinas hay pequeños hilos metálicos a diferentes niveles, y escaleras de acero como telarañas que te llevan a cualquier parte a la que desees ir entre esas enormes moles de acero. Y por encima de ti están las grúas y los carriles elevados para transportar los instrumentos que necesites, como herramientas y piezas sueltas que, a menudo, pesan varias toneladas.

Los pasamanos de acero bruñido están resbaladizos a causa del aceite y la humedad. También el aire contrasta con el luminoso aire marino del exterior: un aire caliente, con frecuencia atenuado por el vapor, pues siempre consigue escaparse un poco de alguna parte, y el lugar es relativamente ruidoso debido al estrépito de la maquinaria.

La sala de calderas, en la que normalmente se entra por abajo, a través de una puertecilla desde la zona inferior de la sala de máquinas, es un lugar muy distinto. Allí el aire es aún más caliente, aunque bastante seco. Además, guarda una simetría más parecida a la de la arquitectura terrestre: una serie de hornos similares entre sí, pequeños en la parte inferior pero que van aumentando de tamaño en la parte superior, de modo que los más altos tienden a unirse como arcos góticos en una cripta metálica o las paredes de una habitación en un sueño.

Frente a ti, cuando accedes desde la sala de máquinas, hay una hilera de puertas como de horno, cada una de ellas provista de una mirilla iluminada por las llamas en su interior. Cuando por una de esas mirillas observas el furioso fuego que arde allí dentro, se hace difícil creer que éste sea el resultado de quemar sólo un pequeño chorro de fuel caliente, que sale a través de una boquilla lo bastante pequeña como para que quepa en el bolsillo de un chaleco. Y al lado de cada puerta de horno hay un recipiente, parecido a un paragüero. Contiene una antorcha: una larga varilla de hierro con un puñado de harapos empapados de aceite en su extremo. Para volver a encender un horno mientras todavía está caliente basta con girar cuidadosamente dos llaves de paso, una que deja pasar el fuel caliente y la otra una corriente de aire: entonces un marinero chino enciende la antorcha y la introduce a través de un pequeño agujero en el hueco vacío del horno, donde el vapor del fuel caliente se convierte de inmediato en una fragorosa llamarada.

Naturalmente, aquí, en la sala de calderas, uno se encuentra en las mismas entrañas de la chimenea. Una escala de acero asciende hacia el espacio que rodea su base, y que recibe el nombre de cámara de humos; y una puerta da acceso directo a la plataforma, donde los fogoneros, cuando les toca el turno, pueden disfrutar de un poco de aire fresco. Pero el visitante, a quien el señor MacDonald está enseñando sus dominios, generalmente vuelve a entrar en la sala de máquinas.

Y allí, más allá de toda esta vastedad de hornos y maquinaria estrepitosa, descubres al fin el secreto simple y silencioso a que se reduce todo esto: a saber, una bruñida columna de acero, acostada sobre unos frescos y cómodos cojinetes, que da vueltas y vueltas sin emitir sonido alguno: el árbol de transmisión. Un pasadizo, en el que uno no puede erguirse del todo, se extiende en toda su longitud hasta la cola del barco.

Pensemos en un árbol. Las raíces se desparraman sinuosamente por el suelo, de donde extraen todos los nutrientes necesarios. Dichos nutrientes, unificados, ascienden por la sencilla columna de su tronco y se diseminan en una inconmensurable multitud de hojas. De este modo, las múltiples fuerzas, las tensiones y resistencias procedentes de ese maremágnum de maquinaria, se integran en la simple rotación de esa columna horizontal y son conducidas plácidamente, en toda su longitud, hacia el mar, donde emergen de repente en la turbulencia blanca y verde cristalina de los remolinos, las corrientes alborotadas y la poderosísima fuerza del agua que se acumula en la estela de un barco.

iii

Todo eso pertenecía en exclusiva al señor MacDonald, al igual que otros mecanismos aislados de la nave. El aparato de gobierno, por ejemplo, en su «casa» sobre el castillo de popa. Se trata de un enorme motor, pero a pesar de sus poderosas fuerzas, que desplazan con exactitud el pesado timón, puede ser conectado y desconectado por la delicada muñeca de un timonel chino en el puente, que sólo debe girar ligeramente la rueda. Y si, por alguna razón, la rueda del puente quedara inutilizada, existe un segundo timón de emergencia en la popa que puede conectarse. Y si fallara el propio motor de gobierno de vapor, bueno, entonces estaríamos en un aprieto, pues el pesado timón no puede moverse a mano, y ni toda la fuerza de los tripulantes de la nave bastaría para moverlo una sola pulgada.

¿Qué más puedo contar para describir el Archimedes? No diré nada de su magnífica mano de pintura, ni de la belleza de sus líneas, pues quiero que lo conozcáis, no como un amante conoce a una mujer, sino más bien como la conoce un estudiante de medicina. (La parte del amante puede venir después.)

He aquí algo más. El casco del navío es doble, y el espacio entre las dos capas se divide en compartimentos. Esos compartimentos en las paredes del barco son los llamados tanques. Tienen varios propósitos. Algunos guardan el fueloil —el Archimedes es un vapor que va con fuel—, otros, si se deja entrar agua de mar, pueden actuar como lastre con el fin de controlar y ajustar la estabilidad del barco, mientras que otros contienen agua fresca. Se entra en estos tanques a través de bocas de acceso, algunas de las cuales se hallan en la planta de la sala de máquinas: se ventilan (pues el fuel emite gases explosivos) mediante algunos de esos tubos ganchudos que puede que hayáis observado en la cubierta de un transatlántico, cerca de los pasamanos. Es tarea del carpintero del barco sondear todos estos tanques en cada turno de guardia y...



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