Hugo | Nuestra señora de París | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 528 Seiten

Hugo Nuestra señora de París


1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-350-4878-1
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, 528 Seiten

ISBN: 978-84-350-4878-1
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NUEVA TRADUCCIÓN En el París del siglo XV, con sus sombrías callejuelas pobladas por desheredados de la fortuna y espíritus atormentados, la gitana Esmeralda, que predice el porvenir y atrae fatalmente a los hombres, es acusada injustamente de la muerte de su amado y condenada al patíbulo. Agradecido por el apoyo que en otro tiempo recibió de ella, Quasimodo, campanero de Nuestra Señora, de fuerza hercúlea y cuya horrible fealdad esconde un corazón sensible, la salva y le da asilo en la catedral. Conocida también como 'El jorobado de Notre Dame', Nuestra Señora de París es una obra de marcado carácter romántico, a caballo entre la novela histórica y la ficción literaria y consigue crear tres personajes de leyenda: Esmeralda, mujer fatal; Frollo, archidiácono maldito; Quasimodo, jorobado y tuerto, de gran corazón. Y, como telón de fondo, una imponente catedral. No en balde, por tanto, ha gozado siempre del favor del público. En esta nueva traducción, Andrés Ruiz Merino se ajusta al estilo de Víctor Hugo dándole, al tiempo, una nueva vitalidad y dinamismo, propio de nuestros tiempos.

Víctor Hugo nació en Bensaçon en 1802. Niño precoz, se iniciaba realmente en la literatura en 1822 con su primera obra poética: Odas y poesías diversas. Ese mismo año se casaba con Adèle Foucher. Desde muy pronto tuvo también una presencia activa en la escena política francesa. En 1845 el rey Luis Felipe lo nombró par de Francia, pero durante la revolución del año 1848 se convertirá en republicano y será designado alcalde y, tiempo después, será elegido diputado en la segunda república. En 1855, cuando Napoleón III ocupa el poder, comenzó su exilio de quince años en la isla de Guernsey. Con la caída del segundo Imperio, en 1870, Víctor Hugo regresa a Francia y vuelve a participar activamente en política como diputado y, más adelante, como senador, aunque en 1872 decide su retiro de la política activa. Víctor Hugo falleció el 22 de mayo de 1885, en París. Su cuerpo permaneció expuesto bajo el Arco del Triunfo y fue trasladado, según su deseo, hasta el Pantheon, donde fue enterrado. Escritor, poeta y dramaturgo, Víctor Hugo es uno de los grandes autores de todos los tiempos y un claro ejemplo del estilo romántico propio del siglo XIX. Además de Los miserables, su obra magna, entre su producción narrativa destacan Nuestra Señora de París, Hojas de otoño o El rey se divierte. Notables son también sus obras históricas, como Cromwell, y algunas de sus obras de teatro, entre las que destaca Hernani, adaptada a la ópera por Verdi. Edhasa ha hecho una nueva traducción completa de la obra por Andrés Ruíz Merino y Elena Sandoval en su colección de Edhasa Literaria. También tenemos disponible una edición adaptada para los más jóvenes en nuestro sello Castalia Ediciones: Los miserables de la colección Castalia Prima.
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LIBRO SEGUNDO

Capítulo I

DE CARIBDIS A ESCILA

La noche llega pronto en enero. Las calles estaban ya oscuras cuando Gringoire salió del palacio. Aquella oscuridad le satisfizo; estaba impaciente por buscar alguna calleja oscura y desierta para meditar a sus anchas y para que el filósofo pudiera poner el primer apósito en la herida del poeta. La filosofía era, por lo demás, su único refugio, pues no sabía dónde pasar la noche. Después del sonoro fracaso de su malogrado intento teatral, no se atrevía a volver al alojamiento que ocupaba en la calle Grenier-sur-l’Eau, enfrente de la Port-au-Foin. Había contado con lo que le iba a dar el preboste por su epitalamio para pagar a maese Guillaume Doulx-Sire, recaudador de tributos por la entrada en París de los animales de pezuña hendida. Le debía seis meses de alquiler, es decir, doce sueldos parisienses: doce veces el valor de todo lo que tenía, incluidos el bicoquete, las medias calzas y la camisa. Tras reflexionar un momento, provisionalmente resguardado bajo el vano de entrada a la prisión del tesorero de la Sainte-Chapelle, sobre el alojamiento de aquella noche, pues tenía todas las calles de París donde elegir, se acordó de haber visto la semana pasada en la calle de la Savaterie un escalón para montar a caballo, a la puerta de un consejero del Parlamento,33 y de haberse dicho que la piedra bien podía servir, llegada la ocasión, como almohada a un mendigo o a un poeta. Agradeció a la providencia por haberle inspirado la idea; pero cuando se disponía a atravesar la plaza del palacio para llegar al tortuoso laberinto de la Cité, donde serpentean todas esas viejas hermanas, las calles de la Barillerie, de la Vieille-Draperie, de la Savaterie, de la Juiverie, etc., hoy todavía en pie con sus casas de nueve pisos, vio la procesión del Papa de los locos, que salía también del palacio y se dirigía a través del patio, con gran griterío, gran claridad de antorchas y con su música, hacia él, Gringoire. Aquella música reavivó las afrentas a su amor propio y salió corriendo. En la amargura de su dramática desventura, todo lo que le recordara la fiesta del día le agriaba y hacía sangrar la herida.

Quiso tirar por el Pont Saint-Michel, pero vio que estaba lleno de niños que corrían por todas partes con botafuegos y cohetes.

–¡Peste de fuegos artificiales! –dijo Gringoire, desviándose hacia el Pont-au-Change.

Habían colgado en las casas de entrada al puente tres banderas que representaban al rey, al delfín y a Margarita de Flandes, respectivamente, y seis pequeñas banderolas en las que estaban «retratados» el duque de Austria, el cardenal de Borbón y el señor de Beaujeu y la señora Juana de Francia y el bastardo de Borbón y no sé quién más, todo iluminado con antorchas. La multitud estaba admirada.

–¡Feliz pintor Jehan Fourbault! –dijo Gringoire con un gran suspiro, volviendo la espalda a banderas y banderolas.

Tenía una calle delante, y la encontró tan negra y tan abandonada que pensó que era un buen sitio para escapar a todas las resonancias e irradiaciones de la fiesta. Penetró en ella y, al poco tiempo, su pie chocó con un obstáculo; se trastabilló y cayó. Era el ramo de mayo que los escribientes de la curia habían depositado por la mañana a la puerta de un presidente del Parlamento, en honor de la solemnidad del día. Gringoire soportó heroicamente el nuevo encuentro. Se levantó y fue hasta la orilla del río. Después de dejar atrás la tournelle civil y la tour criminal,34 y de bordear el gran muro de los jardines del rey por un camino sin empedrar, cuyo barro le llegaba hasta el tobillo, llegó a la punta occidental de la Cité y observó durante un tiempo el islote del Passeur-aux-Vaches, que ha desaparecido después bajo el caballo de bronce del Pont-Neuf. El islote se le aparecía en la sombra como una masa negra, más allá de la estrecha corriente de agua blanquecina que lo separaba de él. Se adivinaba en el islote, a la débil luz de una candela, una choza con forma de colmena donde el barquero de las vacas se refugiaba por la noche.

–¡Feliz barquero! –pensó Gringoire–. No piensas en la gloria ni haces epitalamios. ¡Qué te importan a ti los reyes que se casan ni las duquesas de Borgoña! No conoces otras margaritas que las que tus prados ofrecen a las vacas en abril. Y a mí, poeta, me abuchean; y estoy aterido y debo doce sueldos y mis suelas son tan finas que podrían servir de vidrio a tu linterna. ¡Gracias, barquero! En tu cabaña descansa mi vista, y puedo olvidarme de París.

El estruendo de un doble petardo de San Juan que salió de repente de la dichosa cabaña lo sacó de su lírico éxtasis. Era el barquero, que participaba de la alegría de la fiesta con su propio fuego de artificio.

El petardo puso a Gringoire la carne de gallina.

–¡Maldita fiesta! –exclamó–. ¿Es que no vas a parar de perseguirme? ¡Dios mío! ¡Hasta el barquero!

Vio el Sena a sus pies y lo asaltó una horrible tentación.

–¡Oh! ¡Qué a gusto me ahogaría si el agua no estuviera tan fría!

Tomó una resolución desesperada: puesto que no podía escapar del Papa de los locos ni de las banderolas de Jehan Fourbault ni de los ramos de mayo ni de los botafuegos ni de los petardos, iría a la plaza de Grève y se sumergiría en el mismísimo corazón de la fiesta.

–Quedarán al menos –pensó– algunas brasas de la hoguera para calentarme y podré cenar con algún trocito de los tres grandes escudos de armas hechos con azúcar real que han debido de poner en el bufé público de la ciudad.

Capítulo II

LA PLAZA DE GRÈVE35

No queda hoy más que un vestigio casi imperceptible de la plaza de Grève de aquella época: es la encantadora torrecilla que ocupa la esquina norte de la plaza y que, sepultada bajo el enlucido que mata las vivas aristas de sus esculturas, pronto habrá desparecido, sumergida por la crecida de casas nuevas que devora con tanta rapidez las viejas fachadas de París.

Quienes, como nosotros, no pasan nunca por la plaza de Grève sin echar una mirada de compasión y simpatía a esa pobre torre acosada por dos caserones de la época de Luis XV pueden imaginar fácilmente el conjunto de edificios del que formaba parte y hacerse una idea de la vieja plaza gótica del siglo XV.

Era, como hoy, un trapezoide bordeado en un lado por el muelle, y en los otros tres por una serie de casas altas, estrechas y sombrías. Durante el día se podía admirar la variedad de sus edificios, todos esculpidos en piedra o en madera, que ofrecían muestrarios completos de las diversas arquitecturas domésticas de la Edad Media en el periodo que, retrocediendo, va del siglo XV al siglo XI: desde la ventana rectangular, que comenzaba a destronar a la ojiva, hasta el arco de medio punto románico, que había sido sustituido por la ojiva y que aún ocupaba, por debajo de ésta, el primer piso de aquella antigua casa de la Tour-Roland, en la esquina de la plaza que da al Sena por el lado de la calle de la Tannerie. Por la noche, de la masa de edificios sólo se distinguía la dentadura negra de los tejados dibujando alrededor de la plaza su cadena de ángulos agudos. Pues una de las diferencias esenciales entra las villas de entonces y las de ahora es que antes las casas mostraban sus frontones a plazas y calles, mientras que ahora las fachadas se han cambiado a los muros laterales. Desde hace dos siglos, las casas han girado un cuarto de vuelta.36

En el centro del lado oriental de la plaza se elevaba una pesada e híbrida construcción formada por tres viviendas yuxtapuestas. Tenían tres nombres que explicaban su historia, su destino y su arquitectura: «La Casa del Delfín», porque la había habitado Carlos V cuando era delfín; «La Mercadería», porque hacía de ayuntamiento; «La Casa de los Pilares» (domus ad piloria), por la serie de gruesos pilares que sostenían sus tres pisos. La ciudad encontraba allí todo lo que necesita una gran ciudad como París: una capilla para rezar a Dios; un «alegatorio» para celebrar audiencias y para dar un empellón, llegado el caso, a la gente del rey; y, en los desvanes, un «arsenal» lleno de artillería. Y es que los burgueses de París saben que en ocasiones no basta rezar y litigar por los derechos de la Cité, y tienen siempre en reserva en un granero del ayuntamiento unos buenos arcabuces herrumbrosos.

La Grève tenía ya entonces ese aspecto siniestro que todavía mantiene por las sensaciones abominables que despierta y por el oscuro ayuntamiento de Dominique Bocador, que ha sustituido a la Casa de los Pilares. Añadamos que un patíbulo y una picota, o una justicia y una escala, como se decía entonces, levantados el uno junto a la otra en medio del pavimento, contribuían no poco a que las miradas se desviaran de aquella plaza fatal en la que tanto seres llenos de salud y vida han agonizado y donde iba a nacer cincuenta años después aquella «fiebre de Saint-Vallier», la enfermedad del terror del cadalso, la más monstruosa de todas las enfermedades, porque no viene de Dios, sino del hombre.

Es un consuelo, digámoslo de pasada, pensar que la pena de muerte, que hace trescientos años atestaba con sus ruedas de hierro, con sus picotas de piedra, con todo su aparataje de tortura, permanente y fijado al pavimento, la Grève, les Halles, la plaza Dauphine, la cruz de Trahoir, el mercado de los puercos, ese asqueroso Montfaucon, la barrera de los Sergents, la plaza de los gatos, la puerta de Saint-Denis, Champeaux,...



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